Nuria
El coche huele a cocido.
Y no un poco. Huele a cocido de una manera que va a durar hasta el jueves y que va a hacer que mañana, a las seis y media y a cuatro grados, yo abra la puerta del conductor y me acuerde de Busot antes que de nada.
Atrás va la fuente de barro que le ha puesto su hermana en las manos al salir, tapada con un papel de aluminio que no cierra nada.
Bajamos de noche, con las curvas y con los faros de los de enfrente dándonos en la cara cada veinte segundos.
Veintiocho minutos.
— Bueno — digo.
— No empieces.
— Yo no he dicho nada.
— Has dicho bueno.
— Es una palabra neutra.
— Es lo que dice la gente justo antes de decir lo otro.
Me quito los zapatos y pongo los pies en el salpicadero. Eso le pone nervioso. Por eso lo hago.
— Tu tía Adela es lo mejor que le ha pasado a esa mesa.
— Mi tía Adela es un peligro público.
— Tu tía Adela es la única de esa casa que dice las cosas, y encima las dice bien. Lo del chalé de la Albufereta lo tenía preparado desde la cancela.
Vamos un rato callados, con el intermitente puesto en una rotonda, y yo hago la cuenta de cómo digo lo siguiente sin que suene a consulta.
— Te han aplaudido una multiplicación.
— Es un cálculo de flete.
— Jaime, te han aplaudido una multiplicación.
— Es lo que hacemos.
— ¿Y qué pasa si un día te equivocas?
Silencio. Un silencio con motor, que son los mejores para las preguntas malas.
— No me equivoco.
— Pero si te equivocaras.
— Es que no me equivoco. Ese es el asunto.
Y ahí lo tengo. En una frase de cinco palabras y en una carretera de noche. Yo no le digo nada de lo que estoy pensando, porque lo que estoy pensando es una cosa muy fea sobre una casa muy bonita con un porche muy grande.
— Otra cosa. A tu cuñado le has contestado con el precio del metro cuadrado en Vallonga.
— Es que es el dato relevante.
— No, cariño. El dato relevante es que ese hombre lleva siete años buscando una excusa para hablar contigo.
Y ahí no contesta. Pone el limpiaparabrisas sin que llueva, se da cuenta, lo quita. Yo miro por la ventanilla y me muerdo por dentro del carrillo para no rematarlo, porque hay chistes que se dejan para el año que viene.
Entramos en Alicante por Alfonso el Sabio y está todo puesto: los arcos, las terrazas llenas un martes festivo a las nueve y cuarto, tres niños peleándose por un globo, y en un semáforo un hombre con gorro de Papá Noel vendiendo pilas y mecheros encima de una caja de fruta.
— Ese señor está ahí todo el año — digo.
— Con el gorro no.
— El gorro es de temporada. El señor es fijo.
Aparcamos en la calle de Alcoraya a las nueve y cuarenta y subimos con la fuente de cocido, que va tapada y huele igual, y la cocina está como la dejé a las nueve de la mañana: dos montones de papeles ordenados por urgencia, la libreta abierta por la última página escrita y un táper vacío esperando a que se lo devuelva a mi hermana.
Y en medio de la mesa, ocupando exactamente el sitio donde se come, hay una caja.
Papel de estrellas. Lazo verde. Y una etiqueta a rotulador: «PARA MI AMIGO INVISIBLE (NO MIRAR, LORETO)».
Bego se va a Valencia el jueves y me la ha dejado para que no se le olvide, porque confía en mí más que en ella misma y menos que en un cajón.
Jaime deja la fuente en la encimera, se lava las manos, se las seca con el paño del horno, que no es el paño de las manos, y coge la caja.
— ¿Qué es esto?
— Eso no es tuyo.
La sopesa. La mueve. Suena a que dentro hay algo pequeño y algo de papel.
— Pesa poco.
— Deja eso.
— Es que el lazo está mal hecho.
Y le mete el dedo por debajo del lazo, con esa naturalidad de la gente que abre las cosas de los demás porque nunca en su vida le ha dicho nadie que no.
— Ábrelo en Navidad.
Se lo digo así, en el tono normal, y se me queda la frase colgando en la cocina un segundo más de lo que a mí me hubiera gustado, porque las dos sabemos, la frase y yo, dónde ha estado esa frase antes.
Escrita a bolígrafo encima de una caja de muestras, un lunes de noviembre, con la letra de él, y Jaime se para con el dedo debajo del lazo.
— Eso me suena.
— Suéltalo.
Le quito la caja de las manos. Se la quito de verdad, tirando, y él la suelta, y la dejo encima del microondas.
— ¿Tú abriste la mía? — dice.
— No.
— ¿No?
— Pone que la abra en Navidad.
Y se ríe, apoyado en la encimera, con las manos todavía mojadas del paño equivocado.
Y yo, que llevo desde el 2 de noviembre con esa caja en el cajón de mi mesa y que le he mirado la letra al trasluz un jueves por la noche, cuando ya no quedaba nadie en la planta, hago por fin lo que no había hecho hasta hoy, que es preguntar.
— ¿Qué hay dentro?
Y aquí pasa una cosa pequeñísima y la veo entera. Este hombre contesta antes de que le termines la pregunta: a un proveedor, a su cuñado, a su padre con un flete y la comisión al tres por ciento. Y a esto tarda. Tarda lo que se tarda en decidir por dónde se sale.
— Ábrela en Navidad — dice.
— Eso no es una respuesta.
— Es la que hay hoy.
Y me devuelve, con mis palabras y en mi propia cocina, lo que yo le contesté el domingo por teléfono en la avenida de Elche. Lo hace sin sonreír. Después se sirve un vaso de agua y se pone a mirar la libreta con un interés desmedido por el mes de noviembre.
Ahí es donde a mí se me tenía que haber encendido una luz. Y se me enciende, y la apago, porque son las diez menos veinte, porque mañana entro a las seis y media y porque encima de esta mesa hay otra cosa que sí tiene arreglo esta noche.
— Siéntate.
— ¿Para qué?
— Para trabajar.
En la silla de al lado hay una caja con doscientos cuarenta estuches vacíos y un rollo de pegatinas doradas que llegó el viernes con cinco días de retraso.
Hay que pegarlas a mano porque la máquina de Jijona no coge ese formato y porque a Bego se le ocurrió esto en octubre, y en octubre todo parece buena idea.
— ¿Cuántas?
— Doscientas cuarenta.
— ¿Y esto se hace a mano?
— Esto se hace a mano.
Coge el rollo, lo mira por los dos lados y le veo hacer la cuenta por dentro antes de sacarla.
— Esto lo hace una empresa de manipulado a cuatro céntimos la unidad. Nueve euros con sesenta más el porte. Mañana a las nueve lo tienen recogido y el jueves lo tienes puesto.
— El jueves salen.
— Pues por veinte euros te lo traigo yo el miércoles a mediodía.
— Jaime.
— Dime.
— Que no.
Y se hace ese silencio de cocina pequeña en el que se oye el frigorífico. Él se queda con el rollo de pegatinas en la mano.
— ¿Por qué no?
— Porque son las diez, porque hay que hacerlo y porque a mí las cosas que hay que hacer no me las hace nadie por nueve euros con sesenta.
Se sienta. Se sienta de verdad, con el abrigo todavía puesto, y coge un estuche, y ahí empieza la parte de la noche que yo no le voy a contar a nadie.
Jaime Berenguer pega la primera pegatina torcida. La segunda le sale torcida y con burbuja. La tercera se le queda pegada en la yema del pulgar y tiene que despegársela con los dientes. A la séptima levanta la cabeza y me pregunta si hay un sistema.
— Levantas la esquina con la uña, la apoyas por un lado y la aplastas del centro hacia fuera. Como cuando estiras una masa. Si empiezas por el centro, te sale la burbuja.
— Eso no me lo habías dicho.
— No me lo habías preguntado.
Y no contesta, que en él es una frase larga.
De la doce en adelante le salen rectas y deprisa, en la cincuenta ya tiene método propio y en la ochenta me está explicando a mí, en mi cocina, cómo debería estar organizada esta mesa.
— Si los pusiéramos boca abajo...
— Calla y pega.
— Es que se ganan dos segundos por unidad.
— Doscientas cuarenta por dos segundos son ocho minutos.
— Ocho minutos son ocho minutos.
Y lo son. Los ocho minutos son suyos y se los concedo por escrito, aunque eso tampoco se lo digo. Al pasar por detrás de su silla le pongo la mano en la nuca, y él se queda quieto un momento con la pegatina a medio despegar, y sigue.
Terminamos las doscientas cuarenta a las once y veinte. Él ha hecho ciento sesenta y una. Las ha contado.
Recogemos los estuches en la caja y acabamos los dos de pie en un metro de cocina, con la caja en medio y sin ningún sitio donde dejarla, hasta que él la deja en el suelo.
Me pone las dos manos en la cintura y me sube el jersey lo justo para tenerlas dentro, y las tiene frías del cartón, y yo doy un salto y él no las quita.
— Están heladas.
— Se calientan solas.
— ¿Y por qué me las tengo que calentar yo?
— Porque a ti te sobra.
Nos besamos contra el canto de la mesa, encima de un rollo de pegatinas gastado hasta el cartón.
Me sube al borde. Yo me agarro y le meto un pie por detrás de la rodilla.
Y llevamos así lo justo para que se me olvide el día entero cuando me suena el móvil en el bolsillo de atrás, contra la madera, vibrando.
— No lo cojas.
— Es la fábrica.
— Nuria.
— Es el turno de noche, Jaime. Si me llaman a esta hora es que se ha parado algo.
Lo cojo. Es Amparo.
— Dime, mi alma.
— Amparo, son las once y media de la noche del día de la Inmaculada.
— ¿Y qué quieres, que te lo diga mañana a las seis y que te pilles el camión de frente? Que el de las seis sale a las siete, que el conductor tiene revisión médica.
— Eso se manda por escrito.
— Yo lo mando como lo mando desde antes de que tú nacieras. — Y entonces, ya despidiéndose, en el mismo tono exacto con el que ha dicho lo del camión —. Ah, y otra cosa, que se me iba. Esta tarde ha llamado uno de Aldán preguntando por los palés del veinte.
— ¿Preguntando qué?
— Preguntando. Le he dicho que llamara mañana en horario. Descansa.
Y cuelga, porque Amparo cuelga siempre ella.
Me quedo con el móvil en la mano, sentada en el borde de mi propia mesa, con el jersey subido y las manos de él todavía puestas. Y hago con eso lo que hago con todo lo que hoy ya no cabe: lo guardo en la cabeza, debajo de otras cuatro cosas, en el sitio donde se pone lo que se mira el viernes.
— ¿Se ha parado algo? — dice.
— Se ha parado esto.
— ¿A qué hora entras mañana?
— A las seis y media en la fábrica.
— Eso son treinta y cinco minutos de carretera a oscuras.
— Eso son treinta y cinco minutos de carretera y seis horas de sueño, si me acuesto ahora mismo.
— Pues acuéstate.
— Es lo que voy a hacer.
Me bajo de la mesa, me estiro el jersey y le doy con el móvil un golpecito en el pecho. Se va con el abrigo puesto, que no se lo ha quitado en toda la noche, y con una pegatina dorada en el bajo del pantalón que yo no le pienso decir.
Y en el rellano, al otro lado de la puerta, el ascensor de 1972 arranca solo, con ese ruido de cadena y de motor viejo que tiene, y sube, y pasa de largo, y sigue subiendo.