Ábrelo en Navidad Jaime
54%

Jaime

Llevamos cuatro minutos parados delante de la cancela de la casa de Busot porque mi padre, que tiene setenta y un años y una salud excelente, ha decidido que el mando del portón se guarda en un cajón de la cocina y no en el coche de cada uno, de manera que el acceso a la finca de la familia Berenguer depende de que alguien de dentro se acuerde de que hay gente fuera.

— Toca otra vez — dice Nuria, desde el asiento del copiloto.

— Llevo cinco.

— Toca seis.

Toco seis, y a la sexta sale mi sobrino mayor corriendo con el mando en la mano y la camisa por fuera, y abre, y se sube al capó del coche de mi hermana para dejarnos pasar, y ese es el nivel de organización de una casa donde todo el mundo lleva cuarenta años diciendo que hay que organizarse.

La casa de Busot la compraron mis abuelos en 1962: encalada, con las contras verdes y un porche de vigas que mi abuelo hizo con travesaños de un barco desguazado, y a la que le han ido añadiendo cosas cada década sin criterio.

Desde el porche se ve el valle y la sierra del Cabeçó d'Or, y en los días claros, si te pones encima del murete, una franja de mar del tamaño de un sello.

Hoy es martes 8 de diciembre y hay catorce personas, contando a los críos.

— Tú tranquila — le digo a Nuria en el camino de gravilla.

— Yo estoy tranquila.

— Es que si te preguntan a qué has venido...

— He venido a que me firmes los partes de mermas de noviembre porque cierro el mes el jueves y tú no has pisado la sede en cinco días.

— Eso es verdad.

— Claro que es verdad. Los llevo en el bolso.

Y los lleva en el bolso, porque Nuria Bellot ha metido en el bolso una carpeta de partes de mermas de verdad para venir a una comida de la Inmaculada en una casa de campo, y esa es la clase de cosa que a mí me pone de un humor espléndido durante horas.

Nadie se lo cree: mi madre le da dos besos, le pregunta si quiere vermut y no le pregunta nada más en toda la tarde, que en esta casa es la manera más educada que existe de decir que se ha enterado.

Antes de comer hay vermut, que aquí es una institución con horario propio: se sirve a la una y media en el porche, con las salazones en el mismo plato de loza desde que yo era pequeño, y dura hasta que mi madre dice desde la cocina que ya está y todo el mundo se levanta a la vez sin haber terminado la conversación que tuviera empezada.

Blanca se me acerca con dos vermuts y me da uno sin preguntarme si quiero, porque mi hermana lleva cuarenta y tres años sin preguntar antes de servir.

— ¿Esa es la que lleva la campaña?

— Esa es Nuria.

— Sé cómo se llama. Me lo has dicho tres veces en el camino de la cancela.

— No te he dicho nada en el camino de la cancela.

— Jaime, has dicho su nombre cuatro veces en once minutos. — Bebe. Mira hacia el murete, donde Nuria está escuchando a mi madre explicar lo de la parra. — Tú sabrás.

Blanca es la que se quedó: entró en la consignataria a los veintitrés, aguantó a mi padre once años sin que se le notara y desde 2018 lleva la casa entera, y nadie le ha dado las gracias jamás.

La mesa se pone en el porche, porque hoy hace diecinueve grados y aquí, el 8 de diciembre, se come fuera con una chaqueta encima de la silla por si acaso. La mesa es de las alargables, con un tablero encima y un mantel de hule debajo del mantel bueno.

De comer hay pericana, salazones, un cocido con pelotas que ha hecho mi madre desde las ocho de la mañana y que está espectacular, y de postre lo que traiga cada uno, que este año son dos brazos de gitano y un tiramisú de supermercado que ha traído mi cuñado Damián y que se va a quedar entero.

La conversación de la mesa, en orden, y esto no lo he preparado yo, ocurre así todos los años:

Primero el tiempo. Después el puerto: los tráficos de noviembre, los cruceros, la ampliación que llevan veinte años anunciando.

Después la empresa, que fundó mi abuelo en 1948 y que hoy lleva Blanca con mi padre respirándole en la nuca desde una jubilación que él llama excedencia. Y después, siempre, quién hereda qué.

Eso se habla aquí en voz alta, delante de los críos y con las bocas llenas, porque en esta familia el patrimonio es tema de sobremesa como en otras casas lo es el fútbol, y llevo escuchando la misma conversación con las mismas frases desde que tengo uso de razón.

— Yo lo que digo es que la nave de la calle del muelle no se toca — dice mi padre.

— Papá, esa nave lleva vacía desde 2011.

— Por eso no se toca.

— Es que paga cuatro mil ochocientos al año de impuestos y no entra un euro por ella — digo yo.

— Aquí está el de las cuentas.

Y ahí se ríen todos, con mucho cariño, y se cambia de tema.

— Y esta casa, cuando yo falte, para los tres por igual — dice mi padre, que lleva anunciando su fallecimiento en las comidas familiares desde 1996 y que tiene la tensión de un hombre de cincuenta.

— Papá, la casa se la queda Blanca, que viene ella a arreglar la bomba de la piscina.

— La bomba de la piscina la arreglé yo en agosto.

— La llamaste a ella y ella llamó al técnico.

— Eso es arreglarla.

La tía Adela Lloret, hermana mayor de mi madre, tiene ochenta y cuatro años y viene a todas las comidas con un bastón que no necesita y unos pendientes que pesan más que el bastón. Está sentada enfrente de Nuria y lleva media hora mirándola.

— ¿Y tú de dónde eres, guapa?

— De Carolinas Bajas.

— Ah. — Adela se sirve vino ella misma, porque no le gusta cómo se lo sirven los demás. — Pues mira, mejor. Aquí la última que trajo este a comer era de un chalé de la Albufereta y no sabía ni pelar una gamba.

Silencio de dos segundos, y mi madre dice el nombre de su hermana en el tono en que se dice el nombre de una hermana, y Adela se encoge de hombros y se come una oliva. Y Nuria, que no ha venido aquí a divertirse pero se está divirtiendo, se ríe con la boca cerrada y baja la cabeza.

Mi padre, entonces, se pone amable.

Y hay que explicar esto, porque es lo peor que hace mi padre y no se le nota.

Gonzalo Berenguer trata a la gente que no es de aquí con una amabilidad extraordinaria, milimétrica, diseñada para que el otro se sienta cómodo y que consigue exactamente lo contrario.

Le pregunta a Nuria por su trabajo con mucho interés, y le pregunta cuánto tarda en llegar a Jijona y le dice que qué barbaridad, que eso es una paliza.

— ¿Y usted lleva mucho en la empresa? — dice.

— Catorce años.

— Catorce años. Fíjate. — Se vuelve hacia mi madre. — Pilar, catorce años en la misma casa. Eso hoy no se ve.

— Es que ya no hay gente así — dice mi madre.

— Y qué suerte para el chico, que la tiene a usted, que se conoce aquello de memoria.

Nuria dice que gracias. Yo miro el plato. Y por debajo del mantel de hule, sin mirarme, Nuria me da con la rodilla una vez, que quiere decir «estoy bien», o quiere decir «cállate», o quiere decir las dos cosas.

Nuria se levanta a ayudar a recoger los platos hondos y mi madre le dice que de eso nada, que es una invitada, y Nuria contesta que ha venido a trabajar, y los recoge, y en el camino le da tiempo a preguntarle a mi madre por el hilo de la parra y a mi sobrina por un juego del que yo no he oído hablar en mi vida.

Desde la mesa la veo entrar y salir con esa manera suya de moverse por un sitio que no es suyo, que consiste en enterarse en cuatro minutos de dónde está todo y en no tocar nada que no haga falta.

Mi madre saca los brazos de gitano y coloca el tiramisú de mi cuñado en el centro exacto de la mesa, con una cuchara de servir puesta encima y todo, y ahí se queda las dos horas siguientes, intacto y perfectamente visible, mientras catorce personas se comen otra cosa.

A la hora del café se levantan los críos, se llevan la pelota al descampado de detrás, y se queda en la mesa la gente de siempre.

Y entonces mi cuñado Damián arrastra la silla, se sienta a mi lado y empieza.

Damián lleva años con una idea. Consiste en montar algo con el frío y con el puerto, cambia de forma cada Navidad y siempre me la cuenta con un espárrago en la mano. Este año es una plataforma, y cuando le pregunto si es una nave o un programa informático me dice que las dos cosas.

— Tú piénsalo.

— Lo pienso.

— Con lo que tú tienes montado, esto sale solo.

— Damián, una cámara de temperatura controlada de mil metros son ochocientos mil euros sin el suelo, y el suelo en Vallonga está a doscientos veinte el metro.

— Pero es que yo lo veo.

— Yo también lo veo. Lo que no veo es quién lo paga.

— Por eso te lo cuento a ti.

Y ahí está toda la conversación de mi vida familiar resumida en una frase, dicha con un espárrago, sin una gota de mala intención, un martes de diciembre.

Nuria, que está sentada a dos sillas y que lo ha oído todo, se inclina hacia delante para coger una aceituna que le queda lejísimos, y en el camino de vuelta me dice, sin mover los labios más de lo imprescindible y mirando fijamente al frente:

— ¿Esto te pasa mucho?

— Cada Navidad y cada Pascua.

— ¿Y siempre le contestas con el precio del suelo?

— Es que el suelo está a doscientos veinte.

— Jaime.

— Dime.

— Que no te estoy preguntando por el suelo.

Y se come la aceituna, le da la vuelta al hueso con la lengua y se mete otra vez en la conversación de mi madre y mi cuñada sobre un colegio, con una naturalidad que no ha aprendido esta tarde, y yo me quedo con la copa en la mano y con una pregunta a la que no le encuentro la casilla.

A las cinco menos cuarto, con los cafés y la mistela, mi padre da dos golpecitos en la mesa con el anillo.

— A ver, el niño de las cuentas.

Yo tengo treinta y nueve años.

— Papá.

— Que es un momento. — Se vuelve hacia la mesa entera, que ya se está callando sola, porque esto lleva pasando desde que yo tenía once. — El barco del jueves. Cuatro mil ochocientas cincuenta toneladas. El flete a treinta y ocho con cincuenta la tonelada. Venga.

Y todo el mundo me mira.

Catorce personas en un porche con los cafés en la mano, y mi madre con la cafetera en el aire, y mi sobrina de nueve años subida en la silla, y Nuria a mi lado sin llegar a beber.

Y yo lo hago, claro que lo hago: cuatro mil ochocientos cincuenta por treinta y ocho son ciento ochenta y cuatro mil trescientos, más la mitad de cuatro mil ochocientos cincuenta, que son dos mil cuatrocientos veinticinco.

— Ciento ochenta y seis mil setecientos veinticinco.

— ¡Ahí está!

— Y la comisión al tres por ciento son cinco mil seiscientos uno con setenta y cinco.

Aplauden. Aplauden de verdad, con las manos, doce adultos y dos niños en un porche de Busot, y mi cuñado dice que esto no lo hace un ordenador, y mi madre dice que desde chiquitito, y mi padre me da una palmada en el hombro y se queda con la mano ahí tres segundos más de los que hacen falta, y dice, y esto lo dice todos los años:

— Este chico podía haber sido lo que hubiera querido.

Yo tengo una empresa de noventa y seis empleados y una turronera de ciento treinta fijos, y estoy sentado en un porche recibiendo un aplauso por multiplicar cuatro mil ochocientos cincuenta por treinta y ocho y medio, y lo peor es que me ha gustado.

Me gusta desde los once años. Es lo único que en esta casa se me ha pedido y lo único que se me ha dado, y las dos frases dicen lo mismo, y por eso me he pasado la vida montando naves a cuarenta minutos de aquí.

Y hay una cosa más, y es que en esta casa solo se ha aplaudido una cosa en cincuenta años y esa cosa es una cuenta.

Ni cuando monté la empresa con veinticuatro años y una furgoneta de segunda mano que en esta mesa lleva quince años costando seis mil quinientos euros y que me costó cuatro mil doscientos, porque aquí una cifra pequeña no se sostiene.

Ni cuando compré la turronera, de la que en este porche se ha hablado en toda la tarde lo que se tarda en preguntar si el turrón lo regalan a los empleados.

Nuria deja la taza en el plato sin hacer ruido.

Adela, desde el otro lado de la mesa, dice la segunda:

— Gonzalo, hijo, un día vas a pedirle una cuenta en el entierro de alguien.

Esta vez no se ríe ni el cuñado. Mi padre dice que Adela está otra vez, y Adela contesta que ella está otra vez desde el sesenta y cuatro, y mi madre se levanta a por más café, que es lo que hace mi madre cuando alguien tiene razón en voz alta.

Y entonces pasa lo otro, que dura dos segundos y que lo vemos yo y quizá Nuria.

Adela nos mira. Nos mira a los dos, a Nuria y a mí, uno detrás del otro, con toda la calma del mundo, y abre la boca, y le viene un aire a la cara de la persona que va a decir la cosa gorda, la que lleva dentro desde que hemos entrado por la cancela. Y no la dice.

Cierra la boca. Coge el bastón que no necesita. Y dice:

— ¿Queda mistela?

Queda mistela.

Le sirvo yo. Ella me da las gracias sin mirarme, se la bebe en dos tragos y se dedica el resto de la tarde a hablar con mi sobrina de nueve años sobre un perro que tuvo en 1971.

Nuria y mi madre se quedan un rato largo fregando cacharros, y desde el porche se las oye hablar y en un momento reírse a las dos, y yo, que llevo veinte años sin traer a nadie a esta casa, me quedo con la copa vacía en la mano escuchando un ruido perfectamente normal que aquí no había sonado nunca.

Y ahí es donde me pasa por la cabeza, por primera vez y en un porche lleno de gente, una idea muy sencilla y muy tonta: que a Nuria le hace falta que alguien la ponga en su sitio, con su nombre, delante de todos. Como si eso lo pudiera comprar yo con una firma.

Mi padre, antes de que empiece a recogerse la mesa, se sirve la última mistela, mira el valle, y dice, para nadie en concreto, que este año el almendro de la parte de abajo ha echado la flor con tres semanas de adelanto y que eso no puede ser bueno.

Ya está oscuro a las siete menos cuarto y hace frío de verdad, y se recoge la mesa entre seis personas que se estorban, y Blanca me pone en las manos, sin preguntarme, una fuente de cocido tapada con papel de aluminio, y yo le digo que no me la voy a comer y ella me dice que ya lo sabe.

En el porche, encima del murete, mi sobrino ha dejado una linterna encendida apuntando al valle. No alumbra nada. Se ve el haz subiendo un poco y perdiéndose en el aire, y ahí sigue, gastando pila, apuntando a un campo vacío donde no hay nada que mirar.