Ábrelo en Navidad Nuria
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Nuria

— El arroz no se remueve.

Eso lo dice mi padre todos los domingos desde que yo tengo memoria, siempre en el mismo momento y siempre con la cuchara de madera levantada. Y no se remueve. En esta casa el arroz no lo ha removido jamás nadie. Pero hay que decirlo igual, porque si no se dice, el arroz sale malo.

Son las dos de la tarde de un domingo de diciembre en la calle del Vidriero, Carolinas Bajas, tercero sin ascensor.

Aquí me crié. Setenta metros de terrazo gris y beis, una mesa camilla que en invierno lleva faldas aunque en Alicante el invierno sea esto, y al fondo del pasillo el cuarto de la plancha, donde mi padre guarda las herramientas y donde no se plancha nada.

Mi padre se llama Salvador Bellot. Fue encargado de mantenimiento en una planta de embotellado y se jubiló hace tres años. Sabe arreglar cualquier cosa que tenga un motor y no sabe estar sentado.

— Nuri, pon los platos.

— Ya están puestos.

— Pon los de postre.

— Papá, no hay postre.

— Ponlos igual, que luego alguien saca algo y no hay dónde.

Y alguien saca algo. Siempre.

Mireia llega a las dos y cuarto desde Elda, con una bolsa de tela y esa cara de domingo por la tarde que tienen los profesores de secundaria. Deja las llaves en el plato de la entrada, me da dos besos y me mira dos segundos más de lo normal.

— Estás blanca.

— Estoy de campaña.

— Eso lo dices en marzo también.

— En marzo estoy blanca por otra cosa.

Mi hermana tiene veintinueve años y una capacidad para mirarme que no le conozco a nadie. No pregunta. Mira. Y luego, tres horas después, cuando ya no lo esperas, suelta una frase de siete palabras y te deja tocada hasta el jueves.

Antes de comer, mi padre me lleva al cuarto de la plancha y enciende el fluorescente, que tarda dos segundos en decidirse. Ahí dentro hay un torno de banco atornillado a lo que fue un pupitre, botes de mermelada llenos de tornillos por medidas y una radio del ochenta y tantos que sigue funcionando.

— Mira.

Ha desmontado el motor del extractor de la cocina. Lo tiene abierto encima del banco, con las piezas puestas en fila y en orden, cada una en el sitio que le toca para volver a montarlo, y las escobillas nuevas todavía en su bolsa.

— Se paraba a los diez minutos.

— Me lo dijiste el otro día.

— Y era la escobilla. Mira cómo estaba.

Me enseña una escobilla de carbón gastada en diagonal y me la pone en la palma de la mano, y yo la miro y digo que sí, que está comida por un lado, y que si está comida por un lado es que el portaescobillas tiene holgura.

— Eso digo yo.

— Pues eso.

— Es que tú de esto sabes.

Y lo dice sin segunda intención, mirando el motor, con la escobilla en la mano, contento. Un hombre de sesenta y seis años enseñándole a su hija un extractor abierto un domingo antes de comer.

Llaman a la puerta a las dos y media. Es Fermín Boix, el vecino de abajo, con un vaso de plástico en la mano y una expresión de disculpa que lleva ensayando desde el rellano.

— Salva, ¿me das sal? Que se me ha acabado y tengo el pollo en el horno.

— Pasa.

— No, si es un momento.

— Pasa, hombre.

Y pasa. Y son las siete menos cuarto y Fermín Boix sigue aquí.

Esto pasa en esta casa desde 1994. Mi padre no ha aprendido a decirle a nadie que se vaya y, la verdad, tampoco lo ha intentado. Fermín se sienta en la silla que está más cerca de la puerta, que es la que en esta casa no ocupa nadie, y eso lleva ocho años sin decirse en voz alta.

El arroz sale como sale siempre: seco, con el fondo justo, con las costillas por encima y unas alcachofas de las de diciembre, que son las buenas.

Mi padre lo saca del horno con dos trapos, lo deja en el centro de la mesa y espera a que alguien diga algo.

Y hay que decirlo, porque forma parte del arroz.

— Está buenísimo.

— Está pasado.

— No está pasado.

— Le faltan dos minutos menos.

— Papá.

— Yo lo digo.

— Está pasado dos minutos — dice mi padre otra vez, ya sentado.

— Papá, el arroz está perfecto.

— Es que el horno de abajo tira más que el de arriba.

— El horno tira igual desde 1994.

— Eso lo dices tú.

Comemos. Fermín cuenta lo de su cuñado y el coche, una historia que dura toda la campaña y que cada domingo tiene un capítulo nuevo.

Mireia sirve vino. Yo calculo que a las siete me da tiempo a llegar a casa, poner una lavadora y repasar el reetiquetado de la semana que viene.

Dos cafés y estoy en casa. Eso es lo que estoy pensando en el momento exacto en el que pasa lo otro.

— ¿Y tú en qué trabajas, hija? — dice Fermín, que me lo pregunta cada dos o tres domingos porque se le olvida.

Y aquí hay un cuarto de segundo. Un cuarto de segundo en el que abro la boca para decir «en una turronera, en administración». Lo digo siempre. Es verdad. Y se acaba ahí.

Y mi padre no me deja contestar.

— Esta es mi hija, la ingeniera — dice. — Trabaja en Alberola, la de los turrones. Lleva la fábrica.

Lo dice con la boca llena y sin darle importancia, señalándome con el tenedor, del mismo modo que diría que tengo el pelo castaño.

Y Fermín levanta las cejas y dice ah, y dice que caramba, y dice que él el turrón de Jijona lo compra siempre del blando, y mi padre se pone a explicarle que su hija estudió en la politécnica y que ahora hay quien tiene tres carreras y no sabe cambiar un enchufe.

Yo bebo agua.

Eso es todo lo que hago. Bebo agua, dejo el vaso, cojo una alcachofa y digo que el aceite este está muy bueno, ¿de dónde es. Y mi padre dice que de la cooperativa de Callosa y se pone a hablar de aceite.

Y ya está. Ya ha pasado.

Yo dejé la carrera en tercero. En febrero de 2013, en la entrevista para el puesto fijo, la jefa de personal de entonces leyó mi currículum en voz alta, se saltó una línea, dijo «ah, ingeniera química» y siguió.

Yo tenía diecinueve años y un contrato de prácticas a punto de acabarse, y no la corregí.

Y desde entonces mi padre lo dice en las bodas, en la barra del Blanquet, en el mostrador del ambulatorio y en su propia mesa un domingo, con toda la buena fe del mundo, y yo bebo agua.

Mi padre no miente. La que se calla soy yo. Y no es lo mismo.

Lo he pensado mil veces y siempre en el mismo sitio: en el autobús, en la cola del súper, a las tres de la mañana de una noche de campaña. Se dice en dos frases. «Papá, yo no soy ingeniera. Dejé la carrera en tercero y no pasa nada.» Catorce palabras. Menos de lo que se tarda en pelar una gamba.

Y llevo trece años sin decirlas. Cada año que pasa se ponen más caras. Ahora ya no pesa lo que dejé, sino lo que llevo encima desde entonces, más todo lo que él ha ido contando por ahí, más todas las veces que yo he estado delante bebiendo agua.

Fermín me pregunta entonces una cosa, y esto es lo peor, porque me pregunta una cosa de las que yo sé.

— Oye, y una tontería. ¿Por qué el turrón blando se pone duro si lo dejas abierto?

— Porque pierde aceite. La almendra suelta su grasa y esa grasa es la que lo mantiene blando. Si lo dejas al aire, el aceite se va a la superficie y por dentro se queda un ladrillo. Ciérralo bien y déjalo fuera de la nevera.

— Anda.

— Y no lo pongas encima de la calefacción, que la gente lo hace.

— Es que yo lo pongo encima del microondas.

— Peor.

Y todo el mundo se ríe, y mi padre me mira con una cara de orgullo que no tengo dónde meter, y desde la otra punta de la mesa mi hermana Mireia no se ríe. Está con el tenedor parado y me está mirando a mí. Solo dura un segundo. Luego baja el tenedor y sirve más vino a Fermín.

La historia del cuñado de Fermín va por el capítulo once y hoy toca la partida de dominó de los jueves, en la que el cuñado y el del taller coinciden y no se hablan. Fermín lo cuenta con nombres y con horas, y mi padre le hace preguntas técnicas.

Mi padre se levanta a por el postre que no hay y vuelve con media tableta de turrón blando y un cuchillo de sierra.

La tableta la compró en el súper de la esquina.

No es de Alberola. Nunca es de Alberola, porque en esta casa el turrón se compra donde se ha comprado siempre y a mí no se me ha ocurrido jamás decir lo contrario.

La corta en cuatro trozos desiguales y me da a mí el más grande.

— Prueba, a ver qué te parece.

— Está bien.

— ¿Bien bien o bien de las tuyas?

— Está bien, papá. Tiene poca almendra y le han metido mucha miel para tapar, pero está bien.

— ¿Ves? — le dice a Fermín. — Esto es lo que yo digo.

De sobremesa sale la lotería. Mi padre tiene el décimo de siempre, comprado en Luceros en octubre, más la participación del bar y una del club de petanca al que no va.

— Si toca, ¿tú qué harías? — dice Fermín.

— Yo, la cocina — dice mi padre.

— ¿La cocina?

— La cocina entera. Los armarios están del año de la pera.

— Papá, si toca el gordo con eso te da para cuarenta cocinas.

— Es que yo no quiero cuarenta cocinas.

Y ahí Fermín se ríe tanto que se atraganta, y hay que darle en la espalda, y Mireia le trae agua, y durante dos minutos esta casa es exactamente la casa que era.

Encima del aparador no hay nada. Ahí estuvo el belén hasta 2018.

Doce figuras de barro sin musgo y sin portal: la mula, el buey, la Virgen con la capa azul desconchada, San José con el bastón pegado en 2006, dos pastores, dos ovejas, el ángel al que se le rompió un ala y tres reyes de tamaños distintos porque no son del mismo juego.

Lo compró mi madre en el mercadillo de la Explanada el primer año que vivieron aquí.

Se llamaba Puri. Lo montaba el 2 de diciembre, ni antes ni después.

Las doce figuras las tengo yo, en Benalúa, porque me las dio él y en esta casa ya no se monta.

Este año las puse el 2 de diciembre a las once y media de la noche, sola, con las manos frías y la tele puesta sin volumen.

Aquí lo que hay ahora es una guirnalda de luces de colores enganchada con chinchetas al marco del espejo.

— Esa guirnalda te va a quemar la casa.

— Esa guirnalda tiene más años que tú.

— Por eso.

A las siete menos veinte Fermín se va, con la sal por fin, en el mismo vaso de plástico que trajo.

Mi padre se sienta a ver el resumen de la jornada y se queda dormido en el sillón a los cuatro minutos, con el mando en la mano, como todos los domingos desde que se jubiló.

Y lo hará todos los domingos que le queden.

Yo me quedo un rato de pie delante del aparador vacío, con el paño en la mano, y luego voy a la cocina.

La cocina es estrecha. Ella lava y yo seco, siempre igual, desde que teníamos once y siete años, y hay un ruido de plato contra plato y de la tele de fondo, y las dos estamos calladas, y las dos sabemos perfectamente que ella va a decir algo.

— Está muy bien de la rodilla — digo.

— Sí.

— Le he dicho que suba menos la escalera con la compra.

— Sí.

— Y que se compre un carro.

— Nuria.

Deja el estropajo. No cierra el grifo, y eso me pone nerviosa, porque en esta casa el grifo se cierra.

— Un día se lo va a decir alguien que te quiera bien — dice. — Y va a ser delante de gente.

Y ya está. Cierra el grifo, coge el trapo de mi mano, seca el plato que yo tenía cogido y lo pone en el escurridor, y se pone a hablar de un alumno suyo de segundo que se ha escrito el temario entero en la funda de las gafas.

Yo me quedo con las manos mojadas y sin trapo.

Y lo que hago es lo que hago siempre: colocar los vasos boca abajo en la balda de arriba, los tres de agua y los dos de vino, porque el de plástico se lo ha llevado Fermín.

Doblo el paño de cocina en tres y lo cuelgo del tirador del horno con el pico hacia dentro.

Así se ha colgado siempre en esta cocina, y así lo cuelgo yo en la mía, sin habérmelo propuesto jamás.

Mireia sigue con lo del alumno y la funda de las gafas. Yo digo que qué morro. Ella dice que le puso un cinco. Y las dos nos reímos, y de lo otro no se vuelve a hablar en los veinte minutos que quedan.

Antes de irse me da la bolsa de tela con un tupper.

— ¿Y esto?

— Es lentejas. Te las comes el martes.

— No hace falta.

— Nuria, te las comes el martes.

Antes de irme, mi padre se despierta del sillón como se despierta él, de golpe y hablando, y me pregunta si me llevo el táper y si tengo bombona.

— Papá, yo no tengo bombona. Tengo vitrocerámica.

— Ah, es verdad.

— Desde que me mudé.

— Pues ten cuidado igual.

Salgo a las siete y veinte y echo a andar hacia Benalúa, que son veintidós minutos si vas rápido y veintiocho si no.

Voy rápido. Alicante un domingo de diciembre está llena y hace ese fresco de aquí que no es frío, y las luces llevan puestas desde el viernes 20 de noviembre.

A las dos semanas y media ya no las mira nadie: se convierten en el techo.

Voy por la avenida de Alfonso el Sabio con las manos en los bolsillos y la cabeza en cuatro cosas a la vez.

Ninguna de las cuatro es lo que ha dicho mi hermana.

Repaso el reetiquetado. Repaso las horas de sala blanca del martes.

Me acuerdo de que hay que dar de alta al fotógrafo.

Y me digo, con una tranquilidad que da un poco de miedo, que mi hermana habla mucho y que la gente que corrige exámenes se piensa que la vida es un examen.

En Maisonnave hay treinta personas de cola en una churrería y, en el escaparate de una zapatería, un cartel escrito a mano que dice «SÍ, AbrIMOS EL 8». En la parada del bus, un chaval con un árbol de Navidad de metro y medio metido en una funda de la basura, esperando el 22.

Y yo voy andando por mi ciudad con la bolsa de las lentejas en la mano y la frase de mi hermana funcionando dentro como funciona el motor de una cámara: bajito, constante y sin apagarse.

Me suena el móvil en la avenida de Elche.

— ¿Qué tal la comida?

— Bien. Arroz.

— ¿Y tu padre?

— Dormido en el sillón desde las siete menos cuarto.

— ¿Y tu hermana?

— Se ha ido a Elda.

Y hay un silencio de tres segundos, de los que se hacen cuando el otro está esperando a que sigas, y yo miro un escaparate con un reno de peluche de metro y medio y no sigo.

— Nuria.

— Dime.

— El jueves bajo a Jijona a primera hora. ¿Te recojo?

— Voy en mi coche.

— Tu coche tiene doscientos noventa mil kilómetros.

— Mi coche tiene una correa nueva de ciento cuarenta euros que me pagué yo.

— Eso es verdad.

— ¿Estás bien? — dice Jaime.

— Estoy andando.

— Eso no es una respuesta.

— Es la que hay hoy.