Jaime #2
Nos quedamos así un rato bastante ridículo, aplastados, sin hablar, con el colchón medio salido del somier y una lámpara encendida en el pasillo que va a quedarse encendida hasta mañana.
Fuera, en la calle del Faralló, pasa un coche despacio con la ventanilla bajada y la música puesta, y las cuatro farolas mal colocadas siguen alumbrando los coches en lugar de la acera, y en la casa de al lado el Papá Noel de plástico con la pierna descolgada lleva encendido desde las siete y va a seguir encendido hasta que al vecino le dé por acordarse.
— Se me han quedado las rodillas fatal — dice, al cabo de un rato, con la voz de debajo de la almohada.
— ¿Quieres algo debajo?
— Una toalla doblada. O un cojín.
Y aquí es donde yo, en calzoncillos, a la una menos veinte de la madrugada de un domingo, salgo al pasillo y entro en el cuarto de atrás, porque en las cajas de la mudanza hay toallas.
Lo sé porque en 2019 las metí yo. Cojo la de arriba del todo, la que tiene la mancha gris donde estuvo la letra, la pongo en el suelo y meto los dedos por el borde del precinto para levantarlo.
El precinto no se levanta.
Está fosilizado. Es una tira marrón que en algún momento fue adhesiva y que ahora es una costra pegada al cartón, quebradiza, que se rompe en trocitos de dos centímetros y no arrastra nada, y yo estoy en cuclillas, en calzoncillos, arañando una caja de cartón con la uña del pulgar como un animal, y me hago daño, y sigo, y no cede.
Me llevo la caja al dormitorio.
— ¿Qué haces?
— No se abre.
— ¿Cómo que no se abre?
— Que no se abre, Nuria. Que el precinto se ha secado.
Nuria se incorpora en la cama, desnuda, con el pelo por delante de la cara, y mira la caja, y me mira a mí, y luego se ríe.
Se ríe de una manera que empieza pequeña y va creciendo y que acaba con ella tumbada de lado dándole golpes al colchón con la palma abierta, y yo estoy de pie con una caja de mudanza de 2019 en las manos y también me estoy riendo, y aquí, en algún punto de esta risa, hay una cosa que no tiene ninguna gracia y que los dos estamos viendo.
— Déjala.
— Puedo ir a por un cuchillo.
— Jaime. Déjala.
Dejo la caja en el suelo, junto a la pared, sin abrir, y ahí se queda.
Acabamos los dos boca abajo, atravesados en la cama, uno al lado del otro y con la almohada compartida.
Y hablamos de cosas que no tienen nada que ver.
De que en Jijona hay niebla por las mañanas y en Alicante no.
De una profesora que tuvo ella en el instituto de Carolinas, doña Encarna, que corregía con bolígrafo verde para no hacer sangre.
De si las farolas de esta calle las paga el ayuntamiento o la comunidad de propietarios.
Y de un tío mío que tenía un barco de siete metros y que se mareaba.
— ¿Se mareaba en su propio barco?
— En su propio barco. Y lo tuvo once años.
— ¿Por qué?
— Porque era suyo.
— Y lo del barco de tu tío, ¿en qué acabó?
— Lo vendió en 2014 por seis mil euros a un cuñado suyo, y el cuñado lo tuvo dos meses y lo revendió por nueve mil quinientos.
— Eso te lo sabes.
— Eso me lo sé.
— ¿Y te sabes cuánto costó la boda de tu hermana?
— Cuarenta y un mil, sin el vestido.
Nuria se calla un rato largo, con la cara medio metida en la almohada compartida y un brazo por encima de mi espalda, y luego dice, sin maldad, con una voz de estar a punto de dormirse, que ella se sabe los tiempos de todo y que yo me sé los precios de todo, y que entre los dos podríamos montar una empresa espantosa.
Se duerme antes que yo, con una mano debajo de la barbilla y la otra colgando por fuera de la cama.
Yo me quedo despierto una hora larga mirando el techo del dormitorio, que no he pintado, y haciendo lo que hago siempre a esas horas, que es cuadrar cosas: la sala blanca del lunes, los camiones del martes, las seiscientas mil tabletas que tienen que estar en el almacén de Aldán el veintiocho de diciembre.
Y en medio de todo eso, sin venir a cuento, la cuenta de cuántos domingos he dormido en esta casa con otra persona desde 2019. La cuenta sale rápido.
Y después hay veinte minutos que no sirven para nada, los dos boca abajo, callados, con el pie de ella encima de mi pantorrilla y la lámpara del pasillo encendida. Yo llevo siete años entrando en esta casa a comprobar un stock. Hoy es la primera noche que la casa se ha usado.
A las tres y algo me levanto a beber agua y vuelvo, y en el pasillo, al lado de la pared, está la caja con el precinto reventado a trozos y la esquina levantada por donde le he metido la uña, exactamente igual de cerrada que hace dos horas, y paso por delante y no la miro más de un segundo.
Por la mañana huele a café, porque lo ha hecho ella con la cafetera italiana que hay en el armario de arriba y que yo no uso.
Son las once menos veinte de un domingo de finales de noviembre y por la ventana de la cocina entra un sol de veintiún grados que no le corresponde al mes. Nuria está de pie, con mi jersey puesto y las piernas al aire, mirando el mar por encima de la parra seca, con la taza en las dos manos.
Ha fregado los platos de anoche. Los ha fregado y los ha puesto boca abajo encima de un trapo doblado, porque en esta casa no hay escurridor, y esa fila de platos boca abajo en la encimera de la cocina que costó once mil euros con la instalación es la cosa más rara que he visto en siete años dentro de esta casa.
— Te has puesto a fregar.
— Me he despertado a las ocho y no sabía qué hacer.
— Podías haberme despertado a mí.
— Estabas dormido de verdad. No se despierta a la gente que duerme así.
Me sirve café en la única taza sana que tengo y ella se queda la desportillada, sin preguntarme, y se apoya en la encimera con los pies descalzos encima del travesaño del taburete, y hablamos veinte minutos de nada: del vecino del Papá Noel, de un tío que vende décimos en la Rambla y que le grita a la gente, de que en Benalúa hay una panadería que abre los domingos y que aquí arriba no hay ni un sitio donde comprar el pan.
— Me tengo que ir.
Aquí es donde tendría que decir una palabra de siete letras que sé perfectamente cuál es.
La tengo entera en la boca. Es una palabra fácil, corta, que no compromete a nada, que se dice en un segundo y que la gente normal dice en las cocinas los domingos por la mañana desde que existen las cocinas y los domingos.
— El TRAM de la Albufereta pasa cada veinte minutos los domingos — digo — , y tarda trece hasta Luceros.
Nuria deja la taza en la encimera.
— Ya lo sé — dice — . He venido en él.
— También te puedo bajar yo.
— Prefiero el TRAM. Me da tiempo a pensar.
— Jaime.
— Dime.
— El lunes en la reunión no me mires.
— No te miro nunca.
— Me miras siempre. Y lo hace todo el mundo menos tú.
Y se ríe, y se queda mirándome desde la puerta de la cocina con la taza desportillada en la mano, y en ese momento vuelve a estar aquí la palabra de siete letras, otra vez entera, otra vez completa, y otra vez sale por delante de ella una frase perfectamente inútil sobre el horario de los domingos.
Se viste, se recoge el pelo con una goma que llevaba en la muñeca y se termina el café de pie.
Se va a las once y cuarto. Desde la puerta me dice que el lunes hay reunión a las nueve y que llegue con el informe de mermas mirado, y yo digo que sí, y cierro, y me quedo parado en el pasillo, encima del escalón que ella ve y que yo he dejado de ver, oyendo cómo se aleja cuesta abajo el ruido de unas zapatillas de deporte por una calle sin acera, con la casa entera oliendo al café de una cafetera que no es mía.