Ábrelo en Navidad Jaime
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Jaime

A las once y seis de la noche, con la puerta ya cerrada y el ruido del mar apagado detrás del cristal, Nuria Bellot se apoya de espaldas en esa puerta, se cruza de brazos y me dice que espere un momento, que quiere decir una cosa antes.

Yo llevo desde los veinticuatro años dando instrucciones.

Doy instrucciones a noventa y seis personas en una nave, a cuatro jefes de tráfico, a un banco, a una gestoría y, desde el otoño pasado, a ciento treinta personas más que no me conocían de nada.

Doy instrucciones incluso cuando no hace falta, que es mi problema.

Y en toda mi vida adulta no me acuerdo de haber estado quieto en mitad de un salón esperando a que alguien me explique el orden de las cosas.

— Dime.

— Voy a decirte lo que va a pasar. Y en qué orden.

— De acuerdo.

— ¿Te parece bien?

— Me parece bien — digo, y como no me sale nada más inteligente añado lo peor que podía añadir — . ¿Lo puedo comentar?

— Lo puedes comentar al final.

Y entonces me lo dice. Entero. De pie, con la espalda en el cristal, sin bajar la voz y sin adornarlo, con esa manera suya de dar el orden de una jornada de envasado, primero esto, luego esto, y cuando termine esto entonces lo otro.

— Primero me quitas tú el jersey y la camiseta, sin prisa, y no me tocas nada más mientras lo haces.

Segundo, te sientas en ese sofá y me miras mientras me quito yo el resto.

Todo. Tú te quedas sentado. Tercero, me arrodillo yo delante y te la chupo el rato que a mí me parezca, y tú no me pones la mano en la cabeza; la mano la pones en el brazo del sofá y la dejas ahí.

Cuarto, me llevas al dormitorio en brazos, que es una tontería y me apetece.

Y quinto, allí ya hago yo lo que quiera contigo, y tú me vas diciendo si sí o si no.

Silencio. El frigorífico de la cocina nueva arranca su motor, que es lo único que se oye en toda la casa.

Habría que explicar una cosa aquí, y la explico deprisa porque tampoco tiene tanto misterio: desde que compré esa fábrica he tomado unas cuatrocientas decisiones que afectaban a gente que no conozco, he firmado un crédito puente de setecientos mil euros un martes por la mañana sin que se me acelerase el pulso, y llevo desde septiembre del año pasado sin dormir una noche entera del tirón.

Y estar aquí de pie, en mi propio salón, sin decidir absolutamente nada, con una mujer que se ha aprendido el orden de memoria y que lo recita con la espalda pegada a un cristal, me está haciendo un efecto que no tengo dónde archivar.

— ¿Puedo comentar ya?

— Comenta.

— Lo de en brazos me parece bien pero hay un escalón en el pasillo.

— Lo he visto yo. Tú ya no lo ves, porque vives aquí.

— Entonces lo tengo controlado.

— Entonces empieza.

Le quito el jersey, que es de esos de cuello ancho y sale de una sola vez, y luego la camiseta, que se le engancha en el pelo y que hay que sacar despacio y con paciencia, y no la toco, y no tocarla mientras la desnudo resulta ser una cosa mucho más difícil de lo que parecía cuando lo ha dicho ella con la espalda en el cristal.

Le dejo la ropa en el respaldo de la silla.

Ella no se mueve. Tiene la piel de gallina en los brazos y no es de frío, porque aquí dentro estamos a veintidós.

Me siento en el sofá heredado del anterior propietario, que costó cero euros porque venía con la casa y que es lo más cómodo que tengo.

Y ella se quita el resto.

Se lo quita despacio y de una manera muy poco solemne, con la torpeza normal de una persona real quitándose unos vaqueros de pie y apoyándose en la pared para sacar un pie y luego el otro.

En el momento del sujetador se le queda un tirante enganchado en el reloj, tira, tira otra vez y suelta un taco muy corto.

Y yo estoy más caliente de lo que he estado en años y me estoy riendo, y ninguna de las dos cosas le estorba a la otra.

— No te rías.

— Me estoy riendo de admiración.

— Cállate.

Se queda desnuda en mitad del salón, a metro y medio, descalza en el suelo frío, y me deja mirarla el tiempo que ella decide, que son unos veinte segundos que a mí se me hacen la tarde entera.

Nuria mide uno sesenta y ocho. Tiene un lunar debajo de la clavícula derecha y una cicatriz vieja y fina en la espinilla.

Los muslos fuertes de subir escaleras en un edificio con un ascensor lento y las manos de trabajar con papel y con producto, con las uñas cortas, cortísimas.

— Ahora el tres — dice.

Y se arrodilla delante de mí en el suelo, y me desabrocha el cinturón ella, y me lo saca de las trabillas entero de un tirón, y en ese momento pienso, con una nitidez absurda, que este cinturón lo compré en 2018.

Me la chupa despacio primero, mirándome, y después dejando de mirarme, que es cuando se pone seria de verdad.

Yo tengo la mano izquierda en el brazo del sofá porque me lo ha dicho ella y la derecha en el brazo del sofá porque no me atrevo a moverla a otro sitio, y las dos apretando la tela hasta que me duelen los dedos, y le digo lo que estoy pensando porque en esta casa esta noche parece que se dicen las cosas.

— Me estás matando.

Levanta la vista un segundo, con la boca ocupada, y no dice nada porque no puede, pero le sale un ruido por la nariz que es exactamente su risa.

— Nuria.

Se para. Se limpia la boca con el dorso de la muñeca.

— ¿Qué pasa?

— ¿Cuánto rato es el rato que a ti te parezca?

— Cállate.

Y sigue, y el rato que a ella le parece es un rato largo, con dos pausas suyas, una para decirme que le suba el pie derecho a mi rodilla porque el suelo está helado y otra para preguntarme, en el tono con el que se pregunta una hora de camión, si voy a aguantar mucho más.

Le digo la verdad: que no. Se separa. Se sienta encima de los talones, con las manos en mis muslos, y se queda ahí respirando, y espera.

Es la primera vez en mi vida que alguien me para justo antes y no lo hace por una razón mala.

— Cuatro — dice.

En el suelo, entre los dos, están mis vaqueros hechos un ocho, su reloj, que se ha quitado por culpa del tirante, y el cinturón de 2018 estirado como una anguila muerta. Nada de eso se recoge hasta mañana.

La cojo en brazos. Pesa. Pesa lo que pesa una persona adulta, que es una cosa que se olvida, y yo llevo quince años cargando cajas y sé perfectamente cómo se levanta un peso vivo, con las piernas y con el peso pegado al cuerpo.

El escalón del pasillo lo salvo. Le doy en la cabeza con el marco de la puerta del dormitorio.

— Ay.

— Perdona.

— Estaba en el pliego de condiciones.

La dejo en la cama. La cama es un colchón bueno sobre un somier normal y unas sábanas que compré hace tres años en unas rebajas, ochenta euros el juego, lo único de esta casa que elegí yo mirando etiquetas. Se lo digo, porque yo digo esas cosas.

— Ochenta euros.

— Jaime, ahora no.

— Perdona.

— Pero se nota. Son buenas.

Y a partir de ahí manda ella, que era el punto cinco, y manda de verdad: me pone donde quiere, me dice que no me mueva, se pone encima y se coloca a su ritmo y va bajando muy despacio, apoyando las manos en mi pecho, y a media bajada se para, con los ojos cerrados, y se queda quieta.

— ¿Bien?

— No hables.

— Entendido.

— Y no me hables como en el trabajo.

Empieza a moverse encima, despacio y con un ritmo suyo, y me va diciendo lo que quiere y lo que no quiere: que le sujete la cadera, que le suelte la cadera, que le ponga la mano ahí, que la mano ahí sí, que así no, que así sí.

Yo obedezco cada cosa medio segundo después de que la diga y ese medio segundo es lo mejor que me ha pasado en catorce meses, porque en ese medio segundo yo no estoy decidiendo nada.

— Estate quieto un segundo.

— Estoy quieto.

— Lo sé. Es que quiero mirarte la cara.

Me mira la cara. Yo llevo toda la vida en reuniones en las que la gente me mira la cara buscando una cifra, un sí o un no, y esto no se parece a eso en nada, y aun así lo primero que hago, por costumbre y por miedo, es intentar averiguar qué está calculando ella, hasta que entiendo que no está calculando nada.

Y entonces se le rompe el orden.

Se le rompe a la mitad, sin previo aviso, y se le nota exactamente en qué momento: deja de decirme cosas, cambia el ritmo y lo pierde, se apoya con la frente en mi hombro y me pide una cosa que no estaba en su lista.

— Ponme boca abajo.

— ¿Eso estaba en el orden?

— Me da igual el orden. Ponme boca abajo.

Y la pongo boca abajo, y a partir de ese segundo la que dirigía el asunto deja de dirigir nada y empieza a hablar de otra manera, con la cara girada contra el colchón y una mano agarrada al borde del somier.

— Más. Así. Métemela entera y no vayas despacio, que ya no hace falta.

— ¿Seguro?

— Que sí. Que me da igual que se oiga. Que no pares aunque haga ruido, Jaime, que si paras te mato.

— No paro.

— Cógeme del pelo. Del pelo, sí. Y dime algo.

— ¿Que te diga algo?

— Cualquier cosa. Tú habla.

— Me tienes loco desde el dos de noviembre y no he vuelto a mirar bien un albarán desde entonces.

— Eso no es hablar sucio.

— Es lo que hay. Tú tampoco has sido tan fina en el punto tres.

Y se ríe, con la cara en el colchón, y la risa se le tuerce a la mitad y se le convierte en otra cosa, y me llama por mi nombre dos veces seguidas y a la segunda se le rompe la voz.

Y yo, que llevaba media hora ejecutando instrucciones en el orden en que me las daban, me pierdo también.

— Dime si paro.

— No pares.

— Nuria.

— Que no pares. Sigue así. Ahí. Ahí. No cambies nada, no se te ocurra cambiar nada.

Y no cambio nada, y se corre así, con la cara contra las sábanas de ochenta euros y una mano tirándome del antebrazo hacia abajo, apretando, con las uñas cortísimas que aun así dejan marca, y hace un ruido bajo y largo que no se parece en nada a la voz con la que le dice a un fotógrafo que no le quite la grieta a una foto.

Yo me corro treinta segundos después, con la frente en su nuca y su nombre a medias.

— No te muevas todavía — dice, contra el colchón.

— No me muevo.

— Es que si te mueves ahora me voy a poner tonta.

— Ponte tonta.

— No. Ahora no.