Ábrelo en Navidad Nuria
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Nuria

Lo primero que hay al entrar en casa de Jaime Berenguer es una televisión enorme apoyada en el suelo, de canto, contra la pared del salón.

No está colgada ni tiene mueble. Tiene los cables enrollados encima y una capa de polvo en el marco de abajo, la que se le pone a las cosas que están a la altura de los pies.

— ¿Y eso?

— Eso es la tele.

— Eso es una tele en el suelo.

— Funciona igual.

He venido en el TRAM. Trece minutos hasta la Albufereta y veinticinco andando cuesta arriba, con una bolsa de tela en la mano y un rato largo de pensar por el camino si esto que estoy haciendo lo estoy haciendo bien.

En la bolsa llevo una botella de vino, dos tabletas de la marca propia y unas mandarinas.

La botella y las mandarinas, del súper de mi calle.

Las tabletas, del armario de muestras, como todo el mundo.

En la calle del Faralló hay ocho casas. Seis tienen las luces de Navidad puestas desde el viernes.

Una tiene un Papá Noel de plástico trepando por la barandilla con una pierna descolgada.

Y luego está la de Jaime, que no tiene nada, ni una bombilla, ni una corona en la puerta, y que desde fuera parece cerrada.

Son las cinco y diez de un sábado de finales de noviembre.

La casa es baja, de las de 1974, con el tejado a dos aguas y una parra seca en la entrada.

Jaime la compró y se nota lo que reformó y se nota exactamente dónde paró.

La cocina es nueva entera, con una encimera de las que salen en las revistas y un horno con más botones que la línea de envasado.

El baño es nuevo. Y el resto está igual que el día que se la vendieron: las puertas de aquel marrón de entonces, los enchufes redondos, una lámpara de tres brazos en el pasillo a la que le falta un brazo.

Y luego está el cuarto de atrás.

— ¿Puedo?

— Puedes.

Once cajas de cartón, apiladas de tres en tres y dos sueltas, con el precinto original, ese precinto marrón que se pone amarillo y se agrieta.

En el lomo de cada una hubo algo escrito a rotulador y ahora hay una mancha gris que no dice nada.

Están en el centro de la habitación, no arrinconadas, como si las hubieran dejado ahí para deshacerlas el domingo siguiente.

Me acerco. No las toco. Hay una pequeña marca de humedad en la de abajo del todo, del lado que da a la pared.

— ¿Esto es de la mudanza?

— Sí.

— ¿De la mudanza de cuándo?

— De 2019.

En la pared de esa habitación hay dos agujeros de taco a la altura de una tele. Alguien colgó algo aquí y se lo llevó, y eso pasó antes de que él la comprara.

Cuento las cajas. Once. Cuento otra vez por si me he equivocado, porque a mí las cosas que están en el suelo sin abrir me hacen algo raro. Once.

— Jaime. Llevan aquí siete años.

— La mudanza me costó cuatrocientos veinte euros con dos hombres y una furgoneta, y les di cincuenta más porque el piso de la Vallonga tenía la escalera por fuera — dice — . Cuatrocientos setenta. Está pagado.

Una respuesta perfecta. A una pregunta que no le he hecho.

Yo miro esas once cajas y no veo cuatrocientos setenta euros.

Veo un sábado. Un sábado entero, de los que empiezan a las diez con un café y acaban a las siete con la espalda molida.

El contenedor de cartón de la esquina lleno hasta arriba.

Y esa cosa que pasa a media tarde, cuando abres una caja, aparece el cargador de un móvil que ya no existe y te sientas en el suelo diez minutos con él en la mano. Eso es lo que veo. Un sábado y pico.

Y él ve un recibo pagado.

No se lo digo. Y no se lo digo por una razón que no me gusta nada: porque contarle eso es contarle cómo cuento yo. Y cómo cuento yo es lo único mío que no le he enseñado a nadie de la empresa.

Salimos a la terraza.

La terraza es lo mejor de la casa y es lo único que no ha tocado: cemento pintado de rojo, un murete y el mar delante, sin nada en medio, con la Albufereta a la izquierda y el faro al fondo.

Hay dos sillas de plástico blanco, de las que duran dos veranos, una con una pata torcida. Nada más. Ni una mesa.

— Siéntate en la buena — dice.

— ¿Cuál es la buena?

— Ninguna. Pero la de la izquierda te tira menos.

Se va la luz de golpe a las seis menos veinte.

Aquí en noviembre la luz no se va: se apaga.

El mar se queda de ese color de aceite viejo.

Se encienden las cuatro farolas de la calle del Faralló, que están mal puestas y alumbran los coches en vez de la acera.

Se oye la tele de un vecino. Se oye un perro que ladra tres veces y para.

Huele a salitre y a la humedad que sube del jardín de al lado cuando riegan de noche.

Yo aquí no había estado nunca. He subido a Jijona más de mil veces desde que entré en Alberola. A Cabo de las Huertas he venido dos, las dos a la playa, en agosto, con Mireia y un tupper de ensaladilla.

Me suena el móvil a las siete y media. Es un mensaje de Amparo con una foto de un albarán mal hecho y tres palabras. Lo miro, contesto sin pensar y lo pongo boca abajo encima del murete.

— Eso ha sido trabajo — dice Jaime.

— Eso ha sido Amparo.

— ¿Un sábado a las siete y media?

— Amparo no sabe que existen los sábados. Amparo sabe que existen los camiones.

— Yo tampoco lo sabía hasta hace poco.

— Tú lo sabes desde que tienes una fábrica. Ella lo sabe desde que tenía diecinueve años y cargaba a mano.

Se calla. Coge la botella y me rellena el vaso hasta donde se rellenan los vasos cuando uno no ha servido vino en su vida.

En la terraza hace ya frío del de verdad y ninguno de los dos se levanta a por una chaqueta, porque levantarse sería reconocer que hace frío.

— Tengo hambre — digo.

— Hay cosas.

Hay cosas. Vamos a la cocina de revista y abrimos la nevera y dentro hay: dos yogures caducados el 19, una botella de vino blanco abierta, tres huevos, un tomate en un estado que no se lo deseo a un enemigo y media bolsa de espinacas convertida en un líquido verde.

— Jaime.

— Hay pasta.

— ¿Dónde?

— Arriba.

Arriba, en un armario de esa cocina, hay un paquete de espaguetis, medio kilo de arroz redondo, una lata de tomate y catorce sobres de sal de esos que dan en los bares. Catorce. Los cuento porque yo cuento las cosas cuando estoy nerviosa y llevo nerviosa desde las cinco y diez.

Hacemos la pasta y sale mal. La sacamos tarde porque nos ponemos a hablar, y cuando un espagueti se pasa ya no vuelve, igual que no vuelve una mahonesa cortada, y lo que queda es una cosa blanda que se agarra a sí misma en el plato.

El tomate de lata, solo, sin un ajo ni un chorro de aceite, se queda en agua roja.

Le echo dos sobres de sal de bar y una pizca del orégano que encuentro detrás de la lata, que tiene una fecha de 2021.

— Está horrible — dice.

— Está horrible.

— ¿Y por qué me lo estoy comiendo?

— Porque tienes hambre y porque no hay más.

— Esto en la fábrica no pasaría — digo.

— ¿Por qué?

— Porque en la fábrica hay un punto y alguien que dice cuándo es. Aquí no hay punto. Aquí hay dos personas hambrientas y un reloj de horno que va con retraso.

— El reloj del horno va bien.

— El reloj del horno va con dos minutos.

— Eso no puede ser.

— Jaime, ese horno tiene más botones que la envasadora de Jijona y va con dos minutos. Lo he mirado.

Nos lo comemos entero, de pie, apoyados en la encimera de la cocina de revista, con la sartén todavía en el fuego apagado y el vino blanco en dos vasos que no son de vino.

Y en algún momento, no sé por qué, empieza a contarme cómo montó lo de la furgoneta, las rutas que se hacía él solo de madrugada, y cómo aprendió a dormir cuarenta minutos en un área de servicio con el motor en marcha para no perder el frío de la caja.

— Cuarenta minutos.

— Cuarenta. Con la alarma del móvil y las manos así.

Y se mete las manos debajo de los sobacos, con esa postura de frío de verdad, y a mí eso me hace gracia y luego me hace otra cosa que ya no tiene gracia.

— ¿Y dormías?

— Dormía. Se duerme muy bien cuando estás pagando tú la gasolina.

— Eso no es dormir.

— Es lo que había.

— ¿Y no te daba miedo?

— Me daba más miedo la letra del leasing.

Me río con la boca llena, que es una cosa muy fea que hago desde pequeña, y él se ríe de que yo me ría, y en la cocina hay un sonido de dos personas riéndose de una cena espantosa que en cualquier otra casa sería un domingo normal y en esta es un acontecimiento.

De postre saco las dos tabletas de la bolsa y las pongo encima de la encimera, y me arrepiento en el mismo segundo, porque llevarle turrón a este hombre es como llevarle agua al mar.

— ¿Con o sin? — dice.

— Con.

— Menos mal.

Y es la primera vez en tres semanas que alguien hace esa broma delante de mí sin que se me tuerza la boca.

Salimos otra vez fuera con el vino. Nos sentamos, él en la silla que tira y yo en la otra. A las diez ya no se está bien: aquí, en cuanto se pone el sol, el aire viene del agua y se te mete por las mangas.

El vecino de la casa de al lado sale a la terraza, enciende su Papá Noel de plástico y se queda un rato mirándolo con las manos en la cintura, y desde aquí se ve perfectamente cómo se le ha vuelto a descolgar la pierna. Se mete. Nosotros no decimos nada durante un minuto entero y se está bien.

— Tienes frío.

— Un poco.

Y entonces se levanta, coge mi silla por los brazos conmigo dentro, la gira hacia la suya y se sienta enfrente, con las rodillas por fuera de las mías, y me coge las manos y me las pone donde antes tenía él las suyas, debajo de los brazos, contra el jersey, y se queda quieto.

No dice nada. No me besa. Yo tengo las manos calientes en menos de un minuto y el resto del cuerpo con un frío que ya no me importa lo más mínimo.

— Esto lo aprendiste en un área de servicio.

— Esto lo aprendí en un área de servicio.

— Pues qué bien invertido.

Tiene las manos grandes y calientes y muy secas, de las de trabajar con papel.

Me las sube por los brazos hasta los codos y las baja otra vez.

Y luego se queda en el mismo sitio, sin avanzar, esperando, que es una cosa que este hombre no hace en otro sitio del mundo.

En la nevera de la tercera planta contesta antes de que le termines la frase.

Aquí, en una silla de plástico con la pata torcida, sabe esperar.

Yo llevo toda la tarde con el estómago hecho un nudo por esto, y ahora que ha llegado no tengo ningún nudo.

— Jaime.

— Dime.

— No voy a decir nada. Quería decir tu nombre.

Se ríe por la nariz. Tira de mí un poco, lo justo para que me tenga que levantar, y yo me levanto.

Nos besamos ahí, de pie entre las dos sillas de plástico, con el murete a un lado y el mar sonando abajo, y el beso dura lo que tarda en enfriarse una sartén en una encimera de granito, que es más de lo que la gente se piensa. Se me cae el vaso. No se rompe, porque no es de vidrio.

— Adentro — digo.

— Adentro.

Entramos. La puerta corredera del salón pesa una barbaridad y va dura por la arena que se le mete en el carril, y hay que empujarla con el hombro.

La cierro yo.

Son las once y cuatro minutos de la noche del sábado 28 de noviembre. Quedan veintiséis días de campaña. En el cuarto de atrás, once cajas sin abrir.