Jaime
En Jijona a las seis y cuarto de la mañana hay una niebla que no se mueve, que no sube ni baja, y que tampoco se va con el sol porque el sol tarda todavía una hora larga en pasar por encima del castillo.
A mí, que llevo bajando aquí desde septiembre del año pasado, esto me sigue pareciendo una avería administrativa de la provincia.
Treinta y cinco minutos de coche desde una ciudad donde hoy va a haber veinte grados a mediodía y donde la gente comprará polvorones en manga corta.
Y aquí arriba el termómetro del cuadro marca cuatro, la almendra huele a tostado desde el aparcamiento y los de expediciones trabajan con el aliento a la vista.
El muelle de carga de la nave del Rabosí tiene seis dársenas, y a esta hora hay dos camiones esperando y cuatro huecos.
Esa es la peor foto posible de una nave en campaña, porque los huecos no cuestan menos que los llenos.
Un camión parado en la puerta cuesta lo mismo esté cargando o esté mirando, y la media hora que llevamos de retraso por la niebla sale a ciento sesenta euros entre los dos, que no arruinan la campaña pero que se pagan igual, y que se pagan todos los días, y que en treinta días de campaña son cuatro mil ochocientos.
Eso lo pienso yo solo, y aquí lo piensa solo el que firma, porque en este muelle la cabeza de la gente está puesta en otra cosa muy concreta y mucho más útil, que es sacar cuarenta y un palés antes de las nueve con dos carretillas y una precintadora que va a medio gas.
Antes de bajar al muelle paso por el obrador, que a las seis y media es el único sitio de la nave donde no hace frío.
Me pongo el mono azul que tengo colgado detrás de la puerta desde la primera semana de octubre y que no me hace falta, porque yo aquí no toco una máquina.
Me lo pongo igual. Un hombre con abrigo de calle en una sala de amasado es una pieza que no encaja en su hueco y que se nota desde la puerta de la nave.
En el bolsillo de la pechera hay un papel doblado en cuatro desde el lunes de la semana pasada, y lo noto con la palma al abrocharme, y lo dejo donde está.
Los cajones de enfriado de la tanda de esta noche están en fila contra la pared, tapados, con la fecha escrita en el borde a rotulador.
Yo me he pasado quince años metiendo palés en cámaras a temperatura controlada, con sondas, con registro y con alarma en el móvil a las cuatro de la mañana.
Esto es madera, aire y veinticuatro horas.
No aguantaría media auditoría de las mías y lleva funcionando desde 1951, que son setenta y cinco campañas seguidas.
— Buenos días.
— Muy buenas.
Iván Cortés está subiendo cajas a la cinta con esa energía de los veintidós años que consiste en hacer las cosas mucho más deprisa de lo que hace falta y luego pararse a esperar. Es el más joven de la nave. Lleva las manoplas colgando de la cinturilla porque le estorban y lleva razón, le estorban.
— ¿Ha visto usted la niebla? — me dice.
— La he visto.
— ¿Y no le da cosa la CV-800 con esto?
— Me da menos cosa que llegar tarde.
— ¿Y eso por qué?
Cada cosa que le digo a este chico me vuelve convertida en una pregunta, y llevo semanas sin saber si es timidez o si es una manera muy inteligente de no comprometerse jamás con una frase entera.
Le pregunto por Ximo, que a esta hora tendría que estar en el obrador y no está, y el chico deja la caja que tiene en las manos encima de la cinta con demasiado cuidado, que es lo que hace la gente cuando va a decir algo que no le corresponde decir.
— Ha entrado a las cinco menos veinte.
— ¿Y dónde está?
— Ha subido a firmar los partes y luego se va a Alicante — dice, y se mira las manos — . La mujer lleva nueve días ingresada. Sube por la mañana antes del turno, hace el turno, baja a Alicante a la hora de comer, se está la tarde y vuelve a subir. Y mañana igual.
— ¿Nueve días?
— Nueve. Bueno, diez con hoy.
Cincuenta y ocho kilómetros diarios de bajada y subida por la CV-800, por nueve días, son quinientos veintidós kilómetros, más el rato de hospital, más un turno de ocho horas con un perol delante.
Si yo tuviera eso en una hoja de ruta, con un conductor y un tacógrafo, me lo tumbaba la inspección en la primera parada de control de la provincia.
Eso es lo primero que hago con la información: convertirla.
Es un defecto y lo sé, y aun así es lo primero.
Lo segundo lo hago cuarenta minutos más tarde y no tiene arreglo.
Son las siete y veinte y estamos en el muelle: Amparo con el listado de carga, dos de expediciones, el carretillero, una de la sala blanca que ha bajado a por etiquetas, Iván y Ximo, que acaba de salir de la oficina de fábrica con el mono puesto y la carpeta de los partes debajo del brazo.
Siete personas. Las he contado sin querer, porque yo cuento, y porque el número me viene a la cabeza mucho antes de que me venga la idea de que ese número importa.
— Ximo.
— Mande usted.
— Me han dicho lo de tu mujer.
Ximo se para. No suelta la carpeta. Detrás de él, en la otra punta del muelle, la máquina de flejar da su golpe de escopeta y todo el mundo hace lo que hace siempre con ese ruido desde marzo, que es no oírlo.
— Está en la cuarta planta — dice — . La operaron el martes pasado y le queda otra semana, o dos tandas más, según lo que digan el jueves.
— ¿Y tú estás haciendo el turno entero?
— Estoy haciendo mi trabajo.
Y ahí es donde yo, que llevo cuarenta minutos con esto dentro y que me he pasado esos cuarenta minutos calculando, hago lo único que se me ha ocurrido en la vida hacer con un problema que no puedo resolver desde una mesa: me llevo la mano al bolsillo de atrás, saco la cartera, la abro delante de siete personas y empiezo a contar billetes.
— Aquí hay cuatrocientos y pico. Cógelo. Y mañana me dices una cifra y te la ingreso, la que sea, y te coges los días que necesites, que la fábrica no se va a caer por dos semanas de un maestro.
Hay un silencio que no es de los que se cuentan en las novelas, que dura poco, que lo interrumpe la carretilla marcha atrás con su pitido, y que sin embargo lo oigo perfectamente, y lo oigo desde entonces.
— Que no.
— Ximo, esto no es un favor. Es dinero. Es lo único que puedo poner yo aquí y es lo único que en esta casa sobra.
— Que no. Y ahora otra vez, que se ve que hace falta: que no.
Amparo baja el listado de carga y se pone a mirar el listado de carga con una concentración que no requiere ese listado. El carretillero apaga la carretilla. La chica de la sala blanca se ha quedado con las etiquetas en la mano, a mitad de camino, y ya no puede ni irse ni quedarse.
— Explícamelo.
— Se lo explico — dice Ximo, y se pasa la carpeta al otro brazo y habla despacio, sin levantar la voz — .
Si yo cojo eso, mañana entro por esa puerta debiéndole a usted cuatrocientos euros, y el que dice cuándo está el punto no puede entrar debiendo.
Mi mujer está en la cuarta planta y le suben la comida a las doce y media, y eso ni se arregla con dinero ni se arregla antes.
Lo que usted quiere es que esto se le quite de encima esta mañana. Y me lo está diciendo delante de ellos.
Yo tengo aquí, ahora mismo, tres respuestas preparadas, porque siempre tengo tres respuestas preparadas.
Esa es exactamente mi manera de no escuchar la primera.
Puedo hacérselo llegar por la nómina como premio de campaña.
Puedo ponerle un coche con conductor para que no baje él por la carretera.
Y puedo llamar al jefe de servicio del hospital, que a mí me coge el teléfono a la primera.
Las tres son verdad. Las tres las tengo, además, valoradas: el conductor son ciento diez euros al día con la dieta, y me sale barato.
— El coche te lo pongo igual — digo — . Un conductor, y tú duermes en el trayecto.
— Me queda media tanda — dice Ximo — . Con permiso.
Y se va al obrador con la carpeta, y a los tres segundos la carretilla se enciende otra vez, y Amparo pasa por mi lado y me dice, mirando el listado, que en la dársena dos faltan seis cajas de la referencia de doscientos gramos, seis cajas nada más, seis cajas que ella misma repone antes de las nueve, y que si quiero un café hay café.
Subo a la oficina de fábrica y me siento a firmar unos partes que podría haber firmado igual de bien en Alicante y en otro momento.
El libro de firmas de visitas sigue encima del alféizar, con las tapas azules levantadas por la humedad de la sala.
Y desde aquí, por el ventanuco, se ve a Ximo delante del boixet, con la mano metida hasta la muñeca en la masa.
La saca. Se mira los dedos. La vuelve a meter, y otra vez, y otra, sin decirle a nadie lo que está viendo con los dedos.
Cojo el móvil para llamar a Nuria y no la llamo, porque no sabría empezar la frase y porque a las nueve menos veinte de la mañana ella está en la tercera planta de Alicante con veintidós personas alrededor y con una campaña encima, y porque, si soy honesto, lo que quiero es que alguien me diga que he hecho lo correcto.
Nadie me dice nada. Nadie me lo va a decir.
Yo he pagado nóminas de noventa y seis personas todos los meses desde 2011 sin retrasarme ni una vez, he sacado a esta fábrica de un concurso de acreedores que ya estaba redactado, y esta mañana he entendido perfectamente lo que ha pasado aquí, que es que Ximo Sanchis está agotado y orgulloso y que a la gente muy cansada hay que dejarle su orgullo.
Eso lo he entendido. Y a las ocho menos cuarto, mientras me tomo el café en el comedor debajo del reloj adelantado, ya estoy pensando en cómo meterle los cuatrocientos euros por otro sitio, sin que se entere, en la paga de campaña, redondeando el complemento de maestro, que es una cosa que puedo firmar yo solo un martes por la mañana.
Eso es lo que hay dentro de mi cabeza a las ocho menos cuarto y no me molesta nada.
A las diez y veinte, cuando salen los dos camiones y el muelle se queda con sus cuatro huecos, Iván aparece con una caja vacía en la mano y se para a mi lado más tiempo del que hace falta para pararse.
— Dime.
— Es que se lo ha dicho usted delante de nosotros.
Y esta vez no hay pregunta detrás. Es una frase terminada, con su punto, dicha por un chaval de veintidós años que lleva cinco meses en su primer trabajo y que no vuelve a abrir la boca en toda la mañana.
— ¿Y qué?
— Que ahora nosotros lo sabemos.
Se lleva la caja. La tira al contenedor de cartón. Vuelve a la cinta.
El dinero, en mi cabeza, sigue siendo un idioma neutro, una unidad de medida que sirve para todo y que no ofende a nadie, del mismo modo que un palé son trescientos kilos aquí, en Rotterdam y a las tres de la mañana.
Llevo desde los veinticuatro años resolviendo cosas con esta herramienta y me ha funcionado con proveedores, con bancos, con una plantilla de noventa y seis personas y hasta con mi propio padre, el hombre más difícil de pagar que conozco.
Lo que hoy no se me pasa por la cabeza, ni a las ocho menos cuarto ni a las dos, es que haya gente que cobre en otra moneda, y que la otra moneda sea lo que uno vale delante de los suyos.
A las once y media firmo el parte de la tanda de esta noche.
Entera al contenedor: treinta y seis mil cuatrocientos treinta y dos euros que no se van a facturar.
Y con esta, desde el 12 de agosto, llevamos ciento noventa y ocho mil tabletas tiradas en el contenedor gris de la parte de atrás, que son doscientos setenta y tres mil doscientos cuarenta euros.
Esa cifra la llevo en la cabeza sin haberla apuntado en sitio alguno.
No se la he dicho a Óscar, ni a Loreto, ni a la gente del banco, ni a Nuria.
Amparo me trae el listado firmado a la una y veinte y se queda de pie delante de la mesa con el bolígrafo detrás de la oreja, y en el rato que tarda en decidir si dice algo o no lo dice cabe un camión entero.
— Los seis de la dársena dos ya están repuestos.
— Gracias.
— Y el jueves entran cuatro palés de La Sarga.
— Lo he visto esta mañana.
— Muy bien — dice, y se da media vuelta, y a mitad de camino de la puerta se para, con la mano en el marco, mirando el suelo — . Ximo tiene la hija en Elche y la hija tiene dos críos. Por si algún día hace falta saberlo.
Y se va antes de que yo pueda contestar, que es exactamente lo que quería.
A la una y media bajo otra vez al muelle a mirar las dársenas y no hay ni una razón profesional para hacerlo, porque el listado lo he firmado y los camiones han salido, y me quedo diez minutos de pie en la puerta con el frío entrando, viendo cargar el palé de las seis cajas repuestas.
A las dos menos cuarto salgo. La niebla se ha levantado del todo y desde el aparcamiento del Rabosí se ve la sierra limpia y, arriba a la izquierda, el puerto de la Carrasqueta con la carretera subiendo en zigzag hacia Alcoi.
Hace sol. Hace ese sol de aquí que no calienta nada y que engaña a los de fuera.
En el coche, con el motor en marcha y la calefacción puesta, hago lo que hago siempre que una cosa se me ha descolocado por dentro y no encuentro la casilla donde meterla, que es ordenar el resto: reviso la ruta de la tarde, cuento los huecos que me quedan libres en la nave de Vallonga para el jueves y compruebo otra vez la hora de la reunión de las cinco.
Ximo cruza el muelle con un cajón de madera en las manos, de los de enfriado, y va hacia el obrador con diez horas de pie encima y media tanda por delante.
Bajo la ventanilla.
Se para. Se queda a tres metros con el cajón, esperando. Y yo llevo desde las siete y veinte de esta mañana montando una frase entera, ordenada, con su principio y con su final, una frase que no lleva dentro ninguna cantidad y que le arregla esto a los dos.
— Ximo.