Ábrelo en Navidad Nuria
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Nuria

— Granate no, que parece un joyero — dice Bego, y tira el rollo de fieltro encima de la mesa larga de la nevera.

— Verde tampoco — dice Kiko, sin levantar la cabeza del trípode — . El verde le chupa el color a la almendra.

— Entonces qué.

— Crudo.

— Crudo no es el nombre de nada — dice Bego, y levanta el rollo contra la ventana y lo mira al trasluz — . Le vamos a llamar arena mojada.

Son las ocho y cuatro de la mañana de un viernes.

Llevamos cuatro minutos discutiendo el color de un trapo.

Quedan treinta y cuatro días de campaña.

Yo he bajado a las siete y media y he encendido la máquina de café antes que las luces.

Luego he subido las cuarenta y ocho tabletas que Amparo mandó anoche desde Jijona, envueltas de dos en dos, cada una con su papel de fecha.

Ahí están, en la mesa. Kiko monta el segundo foco con una calma que a mí me pone de los nervios.

Y el aire acondicionado de esta sala sigue sin poderse regular, así que hoy, por primera vez desde julio, la nevera es el sitio más caliente de la tercera planta y todo el mundo tiene una excusa para entrar.

Estas cuarenta y ocho entraron en el perol el sábado y se cortaron ayer por la tarde.

Del bombo de tueste a esta mesa hay casi cinco días, y en esos cinco días trabajan catorce personas que nunca van a salir en la foto.

Yo lo cuento en días porque el turrón se cuenta en días.

Bego lo cuenta en el color de un trapo. Las dos tenemos razón y solo una de las dos va a llegar a las dos de la tarde con esto resuelto.

El estuche de la marca propia se fotografía primero.

Cuatro tabletas de turrón blando de las de siempre, con azúcar, con la faja granate, y una postal de cartón con el escudo de la casa de 1951.

Eso sale bien a la tercera. Kiko dispara, Bego mira la pantalla, Bego dice que la faja está torcida un milímetro y medio, Kiko la endereza con la uña y dispara otra vez.

— Esto ya está — dice Bego — . Ahora lo otro.

Lo otro es la ficha de lineal de Aldán, que exige la tableta desnuda.

Sin faja, sin envoltorio, sin nada: doscientos gramos de turrón blando sin azúcar añadido puestos encima del fieltro, mirando a la cámara, para que una señora en un pasillo de supermercado decida en segundo y medio si eso le apetece o no.

Saco la primera del papel y la pongo en el centro.

Se parte.

No se cae, no la empujo, no pasa nada alrededor. Se abre por la mitad con un ruido pequeño y seco, igual que se abre una galleta cuando la dejas encima de la mesa y te vas.

— Vaya — dice Kiko.

— Es una — digo yo.

Saco la segunda. La apoyo despacio, sin soltarla del todo hasta que la tengo entera sobre el fieltro. Cuento hasta tres. La suelto.

Se parte.

Llevamos once a las nueve y veinte. Kiko ha dejado de decir vaya.

Bego ha sacado del cajón una espátula de repostería que tiene ahí por si acaso, y las dos estamos haciendo lo que se hace cuando se te está cortando una mahonesa: bajar la temperatura, ir más despacio, tocar menos.

No sirve. La bandeja de las partidas la hemos puesto encima de la silla que no gira.

Es la única que se está quieta en todo el edificio.

Amparo llama desde la fábrica a las nueve y media y pongo el manos libres para no tener que repetirlo luego. Llama siempre a la misma hora, cuando ya ha cargado el primer camión y todavía no ha bajado a desayunar.

— ¿Cómo va eso, mi alma?

— Once.

— ¿Once cajas?

— Once tabletas, Amparo.

— Ay — dice, y detrás de ella se oye el muelle, y la carretilla, y alguien que grita un número — . Pues eso son dos cajas de problema y media, y no te digo más porque estoy cargando.

— Amparo.

— Que si quieres te subo otras cuarenta y ocho, pero te van a hacer lo mismo. Ximo lo dijo el jueves y os reísteis todos.

— Yo no me reí.

— Tú tampoco le hiciste caso, mi alma.

Y cuelga, porque Amparo cuelga siempre justo detrás de la frase que hace daño, y una se piensa que es casualidad hasta que lleva media vida oyéndolo.

Hay público desde las diez. Quique ha venido a por un cable que no necesita y se ha quedado en el marco de la puerta leyendo en voz alta lo que se apunta en el móvil.

— Nota: pedir a Bego los brutos antes del martes — lee — . Nota: Héctor Palau llama a las once y media, no a las once. Nota: comprar pilas.

— ¿Pilas para qué? — dice Bego.

— Eso no lo pone.

— Quique, pregunta lo del lote.

— Lo he preguntado el martes.

— Pregúntalo otra vez.

— Es que arriba dicen que se decide en diciembre y abajo dicen que se decidió en octubre, y yo lo que no quiero es ser el que dice en el muelle que este año no hay lote.

— Nadie quiere ser ese.

— Por eso lo pregunto tanto.

Loreto sube desde la cuarta con dos partes de calidad en la mano, se para en la puerta y se queda mirando la bandeja de las rotas, con esa manera suya de mirar las cosas que consiste en no tocarlas.

— Punto siete dos del manual — dice — . La muestra fotográfica no puede ser una unidad seleccionada.

— No estoy seleccionando, Loreto. Estoy suplicando.

— Punto siete dos igual.

Y se va con sus partes. Detrás de ella, en el recibidor, está el belén con el pesebre vacío, porque el Niño lleva desaparecido varias campañas y hace años que dejamos de buscarlo.

Loreto se para a la vuelta delante del belén y mueve un pastor tres centímetros a la izquierda. Lo hace todos los días. Y todos los días el pastor ha vuelto a su sitio a la mañana siguiente, y ella lo vuelve a mover, y nadie ha dicho una palabra en voz alta sobre el asunto.

La doce se parte a lo largo. Eso es peor. A lo largo ya no parece un accidente: parece una decisión, y una decisión tomada por la tableta.

— Nuria.

Jaime está en la puerta de la nevera con la chaqueta en el brazo y sin haber pasado por su despacho, que se nota porque todavía lleva el frío de la calle encima y aquí dentro estamos a veinticuatro grados por culpa de los focos.

— Buenos días — digo.

— ¿Cuántas van?

— Doce.

— De cuántas.

— De cuarenta y ocho.

Entra, deja la chaqueta en el respaldo de una silla y se pone al otro lado de la mesa, donde no molesta y donde lo ve todo.

Se pone siempre ahí. Coge una de las partidas por los dos trozos y los junta.

Encajan. Eso es lo que más rabia da del sin: que encajan perfectamente, que no falta nada, que no se ha ido ni una miga.

— Doce tabletas a uno con treinta y ocho son dieciséis euros con cincuenta y seis — dice — . El fotógrafo son seiscientos por la mañana. Vamos por seiscientos dieciséis con cincuenta y seis y una foto.

— Ninguna foto.

— Ninguna foto — repite, y deja los dos trozos uno contra otro encima del fieltro, muy despacio, para nada.

Kiko dispara sin avisar, que es lo único que hace sin avisar en toda la mañana. Bego se acerca a la pantalla y mira. Se le queda una cara rarísima, de esas que en marketing valen dinero.

— Esa.

— Esa está partida — digo.

— Lo sé — dice Bego, y gira la pantalla hacia nosotros — . Mírala. Es preciosa.

Y lo es. En la foto sale la tableta abierta por la mitad sobre el fieltro color arena mojada. Los dos trozos juntos. La grieta en medio, como una costura. La almendra dentro, sin tostar de más. Parece el anuncio de una cosa que todavía está por inventar.

— No podemos mandarle a Aldán una foto del producto roto — digo.

— Yo la mandaría.

— Bego.

— Digo que yo la mandaría.

— Y yo digo que a las once y media te llama Héctor Palau y te lo explica él en un tono precioso.

Bego se ríe. Kiko se ríe. Jaime no se ríe, pero mueve la boca de una manera que en él es lo mismo, y a mí eso me distrae más de lo que me conviene un viernes por la mañana con veintidós personas al otro lado del cristal.

Óscar entra a las once a por un café y sale sin el café, y por el cristal se ve cómo se para en medio de la planta, mira hacia aquí y se mete en su despacho.

Bego dice que ese hombre tiene una úlcera con nombre y apellidos.

Kiko pregunta si es el jefe. Le digo que es el director comercial.

Kiko dice que ah, y sigue con el foco, y esa es toda la impresión que Óscar Devesa causa en un desconocido después de once años en esta casa.

Vamos por treinta y una a las once y cuarto.

Hemos probado a sacarlas de la cámara con dos horas de antelación, a sacarlas frías directamente, a ponerlas encima de un papel, a ponerlas encima de nada, a moldear una a mano en la cocina con la que Amparo mandó de reserva.

Se parten todas. Se parten como si estuvieran esperando el momento de estar delante de una cámara y de siete personas para hacerlo.

Aquí lo dejo escrito porque en enero no me lo voy a creer: el turrón sin azúcar de esta casa se comporta como una masa que no ha ligado, y yo llevo media vida haciendo turrón y no sé por qué.

Óscar sale de su despacho y se planta en la puerta de la nevera con las manos en los bolsillos.

— Por orden — dice — . Uno, quién ha autorizado esto en horario de campaña. Dos, quién paga al fotógrafo. Tres...

Se para.

— Da igual el orden. El pedido de Aldán es una trampa de volumen y llevo diciéndolo desde septiembre. Un pedido así no es un cliente, es una hipoteca. Y lo que estáis fotografiando hoy es una tableta que se rompe sola. Con eso me como yo enero.

Silencio. No un silencio de esos que se cuentan: uno de los normales, de los que en una oficina se rellenan solos porque alguien tiene que ir al baño.

— El fotógrafo lo pago yo — dice Jaime.

— Estupendo.

— Y lo de enero lo hablamos en enero.

— Estupendo también.

Óscar se vuelve a su despacho. Bego se pone a recoger el fieltro y a mí me queda una cosa dentro que no me apetece mirar de frente, porque Óscar Devesa lleva razón por segunda vez en tres semanas y en esta planta eso todavía no se lo ha dicho nadie.

Ni yo. Me lo apunto en la libreta para no acordarme.

Quique sube a las doce menos cuarto con el fijo puesto en el hombro y la libreta de comerciales debajo del brazo.

— Palau. Que cierran las seiscientas veinte mil de hoy y que las seiscientas mil de la reposición las quieren en almacén el lunes veintiocho de diciembre, y me lo ha repetido despacio.

— Dile que sí.

— Se lo he dicho ya.

— Pues díselo otra vez, que le gusta.

Un millón cuatrocientas mil tabletas en total.

Y yo eso no lo sé pensar en tabletas. Lo pienso en turnos.

Es la única moneda que manejo bien: ciento veintisiete turnos de sala blanca a plena carga y sin toser.

Llevamos setenta y tres. Faltan cincuenta y cuatro, y en medio están la marca propia, el puente y la Nochebuena. Y las tabletas se parten.

Bego mira la hora en el móvil con una prisa rara para ser viernes.

— Yo a las seis me voy, que hoy encienden — dice.

— ¿Encienden qué?

— Las luces, Nuria. Rambla, Maisonnave, Alfonso el Sabio. Que llevo a mi sobrino y luego cenamos.

— Ah.

— Vente.

— No puedo.

— Es media hora.

— Es media hora tuya. La mía hoy es hasta las nueve.

Se lo digo sin pena y sin gracia. Estas cosas se dicen así cuando son verdad. Bego se cuelga el bolso, me dice que me traerá un buñuelo, y sale a fumarse el cigarro que se fuma antes de coger el ascensor.

Llevamos treinta y ocho a las doce y diez, y treinta y ocho es un número que ya no se dice en voz alta. Kiko empieza a desmontar el segundo foco sin preguntar, que es su manera de opinar.

— ¿Lo dejamos? — dice.

— Lo dejamos.

— Te puedo dar la del centro con el retoque, quitándole la grieta. Son dos horas.

— No.

— Es que se quita muy fácil.

— Que no, Kiko. Si le quitamos la grieta a la foto, en el lineal la grieta sigue estando.

Kiko se encoge de hombros y sigue desmontando, y Bego se pone a doblar el fieltro por la mitad y por la mitad otra vez, con un cuidado que ese trapo no merece.

Bajo a mi mesa con la bandeja. Treinta y ocho tabletas partidas. Siete kilos y medio de turrón para el contenedor. Y una entera: la última, la cuarenta y ocho, la que no he querido sacar del papel por superstición y que me pienso llevar a casa.

Encima del teclado hay un sobre acolchado.

Membrete de Frutos Secos La Sarga. Sello de entrada de la fábrica del 11 de noviembre, con la fecha puesta a bolígrafo por alguien que escribe los unos con sombrero.

Nueve días ha tardado en subir veintinueve kilómetros.

Dentro va el análisis de humedad de la partida de almendra marcona que entró en octubre, que yo pedí hace tres semanas y que he reclamado dos veces por escrito y una por teléfono.

Lo tengo en la mano. Pesa lo que pesan tres folios. Le doy la vuelta. Y pienso, un segundo y medio, una cosa muy cómoda. La almendra viene como viene desde que yo estoy aquí. El proveedor es el mismo de siempre. Un papel no me va a decir nada que Ximo no me diga antes con la mano dentro de la masa.

Delante tengo: la hoja de reetiquetado del martes, los partes de Loreto, el correo de Palau con copia oculta a media provincia, la previsión de la sala blanca del puente, dos llamadas de Amparo sin devolver y un fotógrafo al que hay que dar de alta como proveedor antes de las dos.

Abro el cajón de la izquierda y lo dejo dentro, encima de la grapadora, y me digo lo que me digo siempre: el lunes a primera hora.

Subo a la una y media a la cuarta a por los partes de Loreto porque el ascensor tarda más que la escalera. En el tramo entre el tercero y el cuarto están el cuadro eléctrico y una silla rota. Y hay alguien apoyado en la barandilla mirando el móvil. Ese alguien es Jaime. Y no está mirando el móvil.

— ¿Se te ha perdido algo?

— La cuarta planta.

— La cuarta planta es la de arriba. Es una pista.

Se ríe por la nariz. Da un paso y me pone la mano abierta en la cintura, por encima del jersey, sin apretar, y yo me quedo quieta con los partes de calidad contra el pecho y la espalda contra la pared fría del rellano.

No nos besamos. Estamos así lo que estamos.

Es muchísimo más tiempo del que parece y muchísimo menos del que hace falta.

Dos pisos más abajo se abre el ascensor con ese chirrido suyo de las mañanas frías. Alguien sale al rellano del primero hablando por teléfono. La voz sube por el hueco igual que sube el olor a fritanga por un patio.

Jaime quita la mano. Yo bajo la barbilla, me miro los zapatos y me río sin ruido y con la boca cerrada. Me río así cuando no debería reírme.

— Los partes — digo.

— Están arriba.

— Lo sé.

Subo. Jaime se queda. A los cuatro escalones me vuelvo.

Todavía está ahí. Tiene la mano en la barandilla y la cara vuelta hacia el hueco, escuchando subir la voz del hombre del primero.

El hombre del primero discute por un contador de la luz.

Da nombres, apellidos y una lectura de octubre.

Y no tiene ni idea de que se le oye en todo el edificio.

Esta noche encienden las luces. Yo estaré aquí. Habrá una bandeja con siete kilos y medio de turrón para tirar y una tableta entera dentro de su papel, y a las nueve bajaré por la avenida de Elche con todo puesto y no me voy a parar a mirarlo.

Le tiro un parte de calidad doblado a la cabeza.

— La cuarta es arriba — le digo.