Ábrelo en Navidad Jaime
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Jaime

Estoy con el brazo metido hasta el codo dentro del contenedor gris del rechazo, a las nueve y diez de la mañana de un lunes, sacando tabletas partidas y poniéndolas en fila encima de una tapa de palé para verlas todas juntas, que es una cosa que no sirve absolutamente para nada y que necesito hacer.

Trece mil doscientas.

El contenedor es de plástico gris, de mil litros, con las paredes rayadas de arrastrarlo por el suelo, y está lleno casi hasta el borde de un producto que hace cuarenta y ocho horas era idéntico al que está entrando ahora mismo en la sala blanca, con la misma almendra, el mismo perol, la misma mano y las mismas cuarenta y ocho horas de remesat.

La diferencia entre las dos cosas la sabe alguien que no está en esta nave, y llevo dos meses buscándolo con la única herramienta que tengo, que consiste en preguntar más fuerte.

Eso es lo que ha salido de los seis moldes de la tanda treinta y ocho que se moldearon el viernes por la noche con mi firma debajo de la suya.

Se cortaron ayer domingo a mediodía, con un turno extra de cuatro personas que pedí yo el sábado por teléfono, y se partieron en el corte exactamente por donde se han partido las otras seis veces.

A uno treinta y ocho, ahí hay dieciocho mil doscientos dieciséis euros.

Con el turno del domingo, que fueron cuatrocientos diez, dieciocho mil seiscientos veintiséis.

Ximo pasa por detrás a las nueve y veinte, mira el contenedor de lejos, mira las tabletas que he puesto en fila encima de la tapa del palé y sigue andando hacia el tostadero sin abrir la boca.

Diez metros más allá se para, se da la vuelta y me dice una sola cosa antes de meterse por la puerta de al lado.

— Guárdate una entera de la treinta y nueve, para comparar.

Me guardo una entera de la treinta y nueve, envuelta en una servilleta de papel del comedor, y la meto en el bolsillo del mono.

Nuria llega a las nueve y media con el pelo mojado, la carpeta debajo del brazo y la cara de haber hecho la subida entera pensando en una sola cosa desde la primera rotonda.

Se pone a mi lado y mira la fila de tabletas colocadas encima de la tapa del palé. Coge una, la parte del todo, la mira por dentro, la deja otra vez donde estaba y se limpia los dedos en el pantalón.

— Pues eso — dice.

— Tenías razón.

— Tenía razón a medias, como tú. La treinta y nueve ha salido entera.

— La treinta y nueve ha salido entera.

— Con almendra nueva. De la que subió el lunes pasado, que había entrado en la Vallonga el viernes de antes. Tres días de cámara y no seis semanas.

Y eso lo dice mirando al contenedor, no a mí, y lo dice del modo en que se deja una piedra encima de una mesa, y yo lo oigo, y lo archivo en el sitio donde archivo las cosas que no tienen todavía un cajón, y sigo con lo del veinte.

Porque lo del veinte es lo que hay encima de la mesa: seiscientas veinte mil tabletas el viernes.

El fin de semana no nos hemos visto. Hablamos el sábado dos veces por teléfono, las dos por lo del turno del domingo, y en la segunda llamada hubo un silencio al final que se quedó ahí sin que lo aprovechara ninguno.

El domingo por la tarde estuve en la terraza de mi casa, con el mar delante y dos sillas de plástico, sentado en una y con el móvil boca abajo encima de la otra durante hora y media.

Nos sentamos en la oficina de fábrica a las diez y estamos cuatro horas. Cuatro horas con la hoja de entregas, la libreta de tapas de hule, el calendario de moldes, dos cafés de máquina y con Ximo entrando y saliendo cada media hora para decirnos una frase de cinco palabras y volverse a ir.

Y en esas cuatro horas aprendo más de esta empresa que en todo el tiempo anterior junto, porque ella no explica: ella abre la libreta por una fecha, señala un renglón con el bolígrafo y espera a que yo llegue solo.

Que el molde tres deja marca en la esquina desde el año pasado y por eso los estuches de esa línea van con la ventana girada.

Que las dársenas dos y cinco tienen el suelo un centímetro más bajo y por eso los palés se montan diez centímetros más bajos en esas dos.

Que en la semana de la lotería falta siempre una persona en el turno de tarde y que eso se sabe desde octubre y se cubre desde octubre.

Entra Iván a preguntar si las sacas de la tarde van a la cámara o al muelle, y Nuria le contesta en siete palabras sin levantar la vista del calendario de moldes.

A los cuatro minutos vuelve a preguntar otra cosa.

La tercera vez ella le dice que se traiga una silla y que se siente diez minutos, y el chaval se sienta, y se va sabiendo por qué las dársenas dos y cinco llevan los palés más bajos.

El plan lo tenemos a las dos de la tarde y se sostiene.

Es un plan feo, con dos turnos extra el miércoles, con la marca propia retrasada cuatro días y con una llamada a Héctor Palau que voy a hacer yo el martes para pedirle una ventana de descarga el sábado veintiuno en lugar del viernes veinte, que es una cosa que a Héctor Palau le va a encantar tanto como una multa.

Pero se sostiene, y lo hemos hecho entre los dos, discutiendo, y las tres decisiones importantes las ha tomado ella y las ha tomado delante de mí.

Y entonces, cuando ya he cerrado la carpeta y estoy buscando las llaves del coche en el bolsillo de la chaqueta, Nuria alarga el brazo por encima de la mesa y coge del alféizar del ventanuco el libro de firmas de visitas.

Tapas azules, gomas en las esquinas, hojas rayadas con cuatro columnas: fecha, nombre, empresa, motivo.

La última firma es de un comercial de envases de mayo.

Ella lo abre por una hoja limpia del final, lo pone en medio de la mesa, saca el bolígrafo de la bata y escribe encima, en la primera línea, con letra grande.

REGLAS.

Lo escribe en mayúsculas y subrayado, con la fecha delante, en la casilla que ese libro reserva para la fecha de la visita, de manera que la hoja queda desde el primer renglón con el aspecto de un documento de empresa.

— ¿Perdona? — digo.

— Hay que ponerlas. Y hay que ponerlas hoy, que es cuando todavía nos parece divertido.

— ¿Y las apuntamos en el libro de visitas?

— Es el único papel de esta oficina que no está en el sistema.

Y debajo, en el primer renglón rayado, escribe la primera.

«1. En horario de trabajo, nada de nada.»

Me pasa el bolígrafo. Y yo, que he firmado en mi vida cosas con notarios delante y con un abogado leyéndome las cláusulas en voz alta, me siento en el borde de esa mesa y escribo la segunda con la letra de siempre, que es mala.

«2. Los turnos de noche no cuentan como horario de trabajo.»

Me quita el bolígrafo de la mano con ese gesto suyo de quitarle a uno las cosas de las manos, que ya me resulta familiar y que, para mi sorpresa, me sigue gustando bastante.

«3. Los turnos de noche son horario de trabajo, los firmo yo y encima los pago con mis cotizaciones. Retírate.»

— No me retiro.

— Es que no puedes escribir eso en un documento.

— Esto es un libro de visitas de una fábrica de turrón.

— Todo lo que tiene fecha y firma acaba siendo un documento. Eso lo sé yo, que me dedico a esto.

Y aun así escribo la cuarta, y la escribo despacio, y mientras la escribo tengo la sensación clarísima de que es la que sobra y la escribo igual.

«4. Si alguien se entera, se lo cuento yo a Óscar antes de que se lo cuente nadie, y lo arreglo yo.»

Nuria la lee entera, y luego la lee otra vez. Deja el bolígrafo encima del libro y se echa hacia atrás en la silla, y cuando vuelve a cogerlo escribe la quinta sin mirarme.

«5. Si esto se acaba, se acaba en un sitio sin albaranes. Y el lunes siguiente yo sigo llevando la campaña.»

Nos quedamos los dos mirando las cinco líneas, apoyados en el mismo lado de la mesa, con la cabeza inclinada hacia el mismo sitio, en la postura exacta en la que dos personas miran el plano de una obra que se va a quedar sin hacer.

Están escritas con dos letras distintas, se contradicen entre ellas en dos sitios y la última es la única en serio.

Y son, hasta la fecha, el único acuerdo escrito que he firmado en mi vida sin leerlo tres veces antes, sin abogado y sin una cifra, un plazo y una penalización detrás, que es lo que sujeta todos los demás papeles que he firmado y, ahora que lo escribo, lo que me sujeta a mí.

Y lo raro es que a mí eso me parece bien, porque en el mundo del que yo vengo lo que está escrito existe y lo que no está escrito se lo lleva el primer camión que pasa.

— Falta una — digo.

— No falta ninguna. Faltan las de verdad, y esas no se escriben.

— Pues dilas.

Y las dice, sentada en una silla giratoria, con el gorro de papel doblado encima de la mesa y con el ventanuco a la espalda por el que se ve moverse a la gente en la sala de amasado.

— Si esto sale, a ti no te pasa nada.

— A mí me pasaría bastante.

— A ti te pasa que se habla de ti en una comida de Navidad. A mí me pasa que dentro de seis años, cuando alguien diga que yo llevo la campaña, alguien contestará que claro, que era la del jefe. Y no lo dirán con mala idea. Lo dirán con el tono con el que se habla del tiempo que hace.

— Eso lo puedo cortar yo en dos frases.

— Eso no lo cortas tú ni con un comunicado interno. Eso solo se corta si no ha pasado.

Me callo. Porque tiene razón, porque yo llevo cuarenta minutos buscando la manera de arreglárselo y porque acabo de descubrir en tiempo real que este es un problema del que no existe una versión que se arregle desde arriba.

— Y hay otra cosa — dice — . Si esto sale mal y tú y yo dejamos de poder discutir en una oficina a las diez de la mañana, la campaña se resiente. Y la campaña son las nóminas de gente de este pueblo que trabaja de septiembre a diciembre.

— Eso es un poco exagerado.

— Eso es exactamente lo que va a pensar Amparo.

Ahí nos quedamos callados un rato bastante largo, con el zumbido del molino al fondo y con alguien pasando por delante del ventanuco con una carretilla.

— Arranca la hoja — dice.

— ¿Yo?

— Tú, que la has empezado a estropear.

Y mientras estamos ahí sentados, con el libro abierto y con las cinco reglas mirándonos desde el papel, se me ocurre por primera vez en toda esta historia que a lo mejor lo que estamos haciendo aquí no tiene arreglo por el procedimiento que yo conozco, que consiste en identificar el problema, ponerle un número y comprarle una solución a alguien que la tenga en stock.

La arranco. Sale mal, con la parte de arriba rasgada en diagonal y con un trocito de papel que se queda pegado en el canutillo, y me quedo con una hoja rayada en la mano, con cinco líneas escritas a dos letras, dentro de una oficina que tiene una papelera de rejilla a medio metro.

Y no la tiro.

Y no la tiro porque en ese papel hay una letra que no es la mía escribiendo la palabra retírate, y porque hace muchísimo tiempo que en un papel dirigido a mí solo hay cifras, firmas e instrucciones, y porque a estas alturas uno ya sabe distinguir perfectamente las tres o cuatro cosas que le van a apetecer volver a leer.

La doblo en cuatro. Y me la guardo en el bolsillo del pecho del mono, y le pongo encima el bolígrafo para que no se salga, y me digo que la tiro luego.

— ¿Qué haces? — dice ella.

— La tiro fuera. Aquí la papelera la vacía alguien.

— Eso es verdad.

Y con eso la conversación se cierra, porque es la primera cosa razonable que he dicho en toda la mañana y porque a las dos y veinte hay que subir.

Bajamos al muelle y ella se para a hablar con Amparo de la carga del miércoles, y yo me quedo tres metros por detrás mirando cómo dos mujeres resuelven de pie, con un albarán en la mano, una cosa que en la tercera planta habría necesitado una reunión, un correo y alguien en copia oculta.

Volvemos a Alicante a las cinco y media, con una puesta de sol naranja de las de aquí, la sierra a la izquierda negra del todo y el mar apareciendo de golpe en la última curva.

Entro en la sede a las seis y diez con la hoja doblada en cuatro todavía en el bolsillo del mono, que se ha quedado colgado de su percha en Jijona.

Y pasa una cosa muy pequeña que apunto en el sitio donde apunto lo que me importa. Estoy en el office, sirviéndome un café de la máquina, y por detrás oigo a Amparo por el manos libres del fijo de recepción, discutiendo con alguien de una dársena, y la oigo decir:

— Eso se lo pregunto a Jaime, mi alma, que sube ahora.

Sin apellido. Sin cargo. Sin «el de Jijona».

Llevo desde septiembre del año pasado siendo el de Jijona en esta planta.

Lo sé porque me lo dijo el segundo día un chaval de administración que se pensaba que yo estaba de espaldas, y porque desde entonces lo he oído cuatro veces por los pasillos, y porque una vez lo vi escrito en el asunto de un correo interno reenviado por error.

Y hoy, sin reunión y sin acta, se ha caído.

Aquí las cosas se caen así, solas, y después se pasan el resto del año sin que las comente ni una persona.

Subo al despacho, dejo la carpeta encima de la mesa y me quedo un rato de pie mirando por el hueco de la puerta la nuca de una mujer que hace dos horas ha escrito la palabra retírate en un libro de firmas de una fábrica de turrón que es mía, y que ahora mismo está contestando un correo con la espalda muy recta, sin girarse ni una vez.

Entro a las siete menos cuarto en el despacho de Óscar, que tiene la persiana a media asta y una calculadora de las de cinta encima de la mesa, y le digo que quiero ver los números del sin que sacó en junio.

Se lo pido de pie y sin explicación previa, que es la peor manera de pedirle un favor a un hombre al que llevas cinco meses sin contestarle los correos y al que hace dos semanas le pagaste un menú de dieciocho euros con cuarenta para no hablar de esto.

Él tarda en contestar, y en ese rato, con la calculadora sonando sola porque le ha dado sin querer al botón del papel, se le ve decidir por dentro si me lo dice, si me lo enseña o si me manda a buscarlo en un correo de junio que él sabe perfectamente que yo no he abierto.

— Los tengo aquí — dice, y abre el segundo cajón, y saca dos folios grapados con el margen subrayado en azul — . Están desde junio. Quédate estos, que yo tengo copia.