Nuria #2
Le cojo de la manga del mono y tiro. La oficina de fábrica está a doce pasos por el pasillo y tiene una puerta que cierra.
Tiene también un ventanuco que da a la sala de amasado y que está justo a la altura de la cara.
Lo primero que hago al entrar es soltarle, subirme a la silla y descolgar el calendario de la pared para taparlo.
Él me sujeta la silla por el respaldo mientras lo hago.
— ¿Esto va a ser siempre así? — dice.
— ¿El qué?
— Que te subes a los sitios.
— Yo mido uno sesenta y ocho. Tú vives en un mundo donde todo está a tu altura.
Bajo de la silla. Cierro el pestillo, que es de los antiguos y suena.
Y me lo como a besos ahí mismo, contra la puerta, con las dos manos en su cara, y él me levanta del suelo por debajo de los muslos y me sienta en la mesa, y la mesa es de esas de metal con cajón que hay en todas las fábricas del mundo y que están frías siempre.
— Está fría.
— ¿Te bajo?
— Ni se te ocurra.
Está distinto. Lo noto en la boca. El sábado había un hombre que no sabía mi nombre. Hoy hay uno que ha firmado un parte debajo de mi firma hace una hora.
Y a mí eso, en lugar de frenarme, me pone peor.
Le desabrocho el mono de arriba abajo, que tiene una cremallera larga y estupenda, y él intenta quitarme el jersey al mismo tiempo, y ahí es donde empieza el desastre.
Porque yo tiro del mono hacia abajo mientras él tira de mi jersey hacia arriba.
Con los dos brazos levantados yo no puedo bajarle nada.
Con el mono por las muñecas él tampoco puede sacarme el jersey.
Y nos quedamos los dos trabados, respirando fuerte, riéndonos con la boca pegada a la cara del otro.
— Uno de los dos tiene que soltar.
— Suelta tú.
— Estoy más avanzado que tú.
— Estás atrapado en tu propio mono.
Suelto yo. Se quita el mono. Yo me quito el jersey, y me quedo con el pelo hecho un desastre y con la marca de la goma del pelo en el flequillo, y él me mira desde muy cerca con una cara que hasta hoy no le había visto.
Tiene una cicatriz pequeña encima de la ceja izquierda. La descubro ahora, con esta luz. No se la había visto en dos noches y la veo en una oficina de fábrica con un fluorescente que zumba.
— Ahora quieta — dice.
— No.
— ¿No?
— No. Hoy no. Hoy llevo dieciséis horas de pie y hoy elijo yo.
— Hoy elegimos los dos.
Y ahí nos volvemos a estorbar, que resulta que es lo nuestro.
Porque él me quiere tumbar en la mesa y yo le quiero de pie, y acabamos en una postura que no era la de ninguno de los dos, con él sentado en la silla del cubículo y yo encima, y con la silla, que es de las que giran, girando media vuelta cada vez que nos movemos.
— Esta silla es la que no gira.
— La que no gira es la de Alicante.
— Pues esta se va a quedar sin gomas.
Nos quedamos quietos un segundo. Se oye la campana extractora al fondo. Se oye una radio muy lejos.
— ¿Seguro? — dice.
— Segurísimo.
— Lo digo porque mañana los dos tenemos que firmar cosas.
— Mañana firmamos las cosas y hoy hacemos esto. Cállate.
Le desabrocho el pantalón. Se lo bajo lo justo. Me subo la falda, que me la he puesto esta mañana pensando en una entrega y no en esto, y él me para con la mano en el muslo un segundo entero y me mira a los ojos, y me hace la pregunta con las cejas.
— Sí — digo — . Y baja la mano.
— ¿Aquí?
— Ahí.
Y baja la mano. Y sabe lo que hace, y lo hace despacio, y yo me agarro al respaldo por detrás de su cabeza y le muerdo el hombro por encima de la camiseta para no hacer ruido, porque a treinta metros hay ocho personas comiéndose un bocadillo.
— Más.
— ¿Más despacio o más?
— Más. Y no me hables, que me distraes.
— Antes querías que hablara.
— Antes era antes.
— Espera.
— ¿Qué?
— Que te has quedado con un pie dentro del mono.
— Me da igual el mono.
— A mí no, que me estás pisando.
Y luego me pongo yo encima del todo y ahí ya no hay conversación durante un rato largo.
Solo la silla girando media vuelta a la izquierda y volviendo.
Su mano abierta en mi espalda. La mía apretándole la nuca.
Y los dos intentando llevar el ritmo al mismo tiempo y chocando, y corrigiendo, y volviendo a chocar.
— Los dos no podemos.
— Los dos sí podemos.
— Los dos no cabemos aquí dentro.
Y en mitad de eso, la luz de emergencia del pasillo se enciende sola y entra por el ventanuco tapado a medias por el calendario, y nos pone la cara verde a los dos durante veinte segundos.
Él para. Me mira. Con la cara verde.
— ¿Eso qué es?
— Cada nueve minutos.
— ¿Nueve?
— Nueve. Se ha pedido cambiar cuatro veces.
— Yo lo cambio el lunes.
— Como se te ocurra cambiarlo el lunes...
Y no termino la frase, porque él se ríe con la boca abierta por primera vez desde que le conozco, con la cara verde, dentro de una oficina de cuatro metros, y a mí eso me remata más que todo lo anterior, y me corro agarrada a su hombro con la boca en su cuello y sin hacer casi ruido, y él va detrás, tres o cuatro embestidas después, apretándome tanto por la cintura que al día siguiente me encuentro cuatro marcas moradas y me quedo mirándolas en el espejo del baño más rato del que pienso reconocerle a nadie.
Se oye la puerta del comedor al fondo del pasillo. Alguien arrastra una silla. Alguien se ríe de algo que ha dicho otro. Son las dos y ocho y el equipo de limpieza está terminando el cabezal, y en once minutos esto vuelve a ser una fábrica y nosotros volvemos a ser dos personas que firman partes.
Nos quedamos así un rato. Yo con la frente en su clavícula. Él con la barbilla apoyada en mi cabeza y una mano abriéndose y cerrándose despacio en mi espalda, sin acabar de decidir dónde dejarla.
La silla nos escupe.
Se va hacia atrás y choca con el archivador, y nos deslizamos los dos al suelo.
Y ahí nos quedamos, sentados en las baldosas de una oficina de fábrica a las dos y cuarto de la madrugada, con el mono suyo y mi jersey por en medio.
Él con la espalda contra la pata de la mesa.
Yo con la espalda contra sus piernas. Sin aire ninguno de los dos.
Y nos entra la risa.
La risa empieza por él, además. Eso es lo último que me esperaba yo de esta noche. Empieza con un ruido corto por la nariz. Luego otro. Luego se le va de las manos.
Nos entra la risa tonta, la de después de correr, la que no se puede parar y que además hay que ahogar porque a treinta metros hay ocho señoras tomándose un bocadillo.
Yo tengo la cara metida en su hombro. Él tiene una mano en mi pelo y la otra sujetándose las costillas.
Se me han quedado las baldosas frías en las corvas.
Él tiene una marca roja en el hombro con la forma exacta de mis dientes.
Yo tengo el rímel donde no debe estar. Y nos reímos tres minutos largos sin decirnos ni una palabra, con la luz verde encendiéndose otra vez encima de nosotros a los nueve minutos exactos, y con la moldeadora arrancando otra vez al fondo de la nave, ese ruido de motor grande que arranca despacio y que aquí conocemos todos y que quiere decir que la mitad de la tanda treinta y ocho se va a moldear igual y que el domingo se verá, y a mí me da la risa otra vez pensando que mañana, a las nueve, tengo que firmar el parte de higiene de esta nave.