Ábrelo en Navidad Nuria
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Nuria

Las ocho de la tarde de un viernes trece y llevo dieciséis horas de pie, contando desde las cuatro de la madrugada.

A las cuatro y veinte se empezó a cargar.

A las cinco y cuarenta salieron los tres camiones por la puerta del polígono, con ciento ochenta mil tabletas del sin repartidas en ciento veinte palés y con Amparo en el muelle en chaqueta y con una linterna, dirigiendo a los conductores con la barbilla, como siempre.

A las nueve y veinte entró el primero en el almacén central.

A las doce y cincuenta salió el último, descargado, sellado, dentro de ventana.

Eso es una entrega. Sale en dos líneas de una hoja de seguimiento y se ha comido tres semanas.

La noche de ayer no dormí. Ni yo ni el turno.

Hubo que recontar dos palés a las once porque un fleje venía mal y las cajas se habían movido dentro.

Iván subió a por más film. Amparo dijo que eso eran dos cajas de retraso y una de vergüenza.

Yo me senté en un palé a las doce y media con la carpeta en las rodillas y estuve cuatro minutos con los ojos cerrados.

Cuatro minutos. Después me levanté y seguí, porque a las cuatro y veinte había que empezar a cargar.

Es la novena entrega grande de mi vida. Sigo sin acostumbrarme a la parte de mirar cómo se va el camión.

Yo me enteré de que estaba todo bien por un mensaje de tres palabras. Lo leí en el pasillo de la sala blanca y me apoyé en la pared con el móvil en la mano un momento. Luego seguí. Encima de esa entrega hay otra: seiscientas veinte mil tabletas el veinte de noviembre, que es dentro de siete días.

Por eso hoy hay doble turno de noche. Y por eso estoy aquí y no en mi casa.

En la sede se han ido todos a las seis. Bego me ha escrito una carita de sueño.

Quique ha puesto una nota en el móvil que decía «felicitar a la gente de Jijona» y luego se ha ido sin felicitar a nadie, porque las notas de Quique son para él y no para el mundo.

Y Óscar ha mandado un correo a las siete menos cuarto con el asunto «entrega parcial 13 nov: ok» y una sola línea dentro, sin destinatarios en copia oculta por una vez en su vida.

El obrador a las diez de la noche es otra fábrica.

La luz general está apagada en la mitad de la nave, las máquinas grandes suenan más porque no hay voces encima, y en la sala blanca hay ocho mujeres del turno de noche con la radio a un volumen razonable por primera vez en el año.

Huele igual que de día. La almendra no distingue horas.

Ximo está de pie delante del boixet con las manos en los bolsillos.

Lleva aquí desde las seis de la mañana. Se ha ido a comer a su casa y ha vuelto. Y cuando llego yo con el termo y la carpeta, ni me saluda: mete la mano en la pasta hasta la muñeca, la saca, se frota los dedos con el pulgar y me mira.

— Esta está rara.

— ¿Rara cómo?

— Rara. Está más suelta de lo que tiene que estar y se me pega distinto.

— ¿Como la del cuatro?

— Como la del cuatro.

Lo apunto en la libreta, con el bolígrafo que llevo en el bolsillo de la bata desde hace dos años. Tanda treinta y ocho. Rara.

Escribo la palabra despacio, con la libreta apoyada en el muslo. La columna de la derecha está llena de palabras cortas desde 2015. Bien. Bien. Rara. Partida. Y desde agosto hay más raras que bienes, y eso ya no cabe en la casualidad.

— Ximo, ¿tú desde cuándo notas esto?

— Desde el verano.

— ¿Julio o agosto?

— Yo no llevo calendario.

— Eso ya me lo has dicho. Inténtalo.

— Después de la fiesta. Eso te lo firmo.

La fiesta de aquí es a mediados de agosto. Lo apunto también. Y ahí lo dejo, porque a las diez y media de la noche de un viernes trece no tengo cabeza para un misterio, y porque el misterio no sirve la entrega del veinte.

La tanda treinta y ocho entró en el perol el martes, sale del remesat esta noche y hay que moldearla ya, porque si se moldea ya, se corta el domingo y entra en la entrega del veinte. Si no se moldea esta noche, no entra.

Jaime aparece a las once menos veinte con el mono de trabajo puesto encima de la camisa.

Lleva desde el jueves durmiendo aquí otra vez.

El turno de Cocentaina salió bien y ha vuelto con la nave entera contentísima y con él el más contento de todos, y esta noche ha bajado a ver moldear porque ha dicho que quiere ver moldear.

Y a mí, que llevo dieciséis horas de pie, me da una rabia física que sea verdad.

— ¿Cómo va?

— Ximo dice que la treinta y ocho está rara.

— ¿Rara?

— Suelta. Como la del cuatro de noviembre.

— ¿Y la del cuatro qué hizo?

— Se partió el sábado siguiente. Veintiséis mil cuatrocientas al contenedor.

Y aquí empieza la discusión de esta noche, que es la primera de verdad que tengo con este hombre y que va a durar veinticinco minutos.

— Yo la pararía — digo — . La treinta y ocho no la moldeo. La dejo, hago la treinta y nueve con almendra nueva y asumo que del veinte se van sesenta mil tabletas a la semana siguiente.

— No podemos mandar sesenta mil a la semana siguiente.

— Podemos mandar sesenta mil rotas y que nos las devuelvan.

— Eso todavía no ha pasado.

— Eso ha pasado siete veces de treinta y ocho, Jaime.

Se apoya en el canto de la mesa de amasado y se cruza de brazos, y a partir de ahí discutimos veinticinco minutos seguidos.

Discutimos bien, además. Sin levantar la voz y sin decir ni una cosa personal.

Él saca la hoja de entregas y yo saco la libreta.

Él dice una cifra y yo digo una fecha. Es la primera vez en mi vida que discuto de esto con alguien que me contesta con datos y no con un gesto de cansancio, y me molesta muchísimo estar disfrutándolo.

Y lo bueno, o lo malo, es que los dos tenemos razón a medias y los dos lo sabemos.

Él tiene razón en que si el veinte falla, Aldán no aplica una penalización: rompe el lineal del veintisiete, y un lineal roto en la última semana de noviembre no se recupera ni con cuarenta camiones.

Yo tengo razón en que meter en molde una pasta que el maestro turronero dice que está rara es fabricar basura por adelantado, con luz, con gente y con la almendra más cara que hay.

— Tú lo que quieres es no equivocarte — me dice.

— Yo lo que quiero es no tirar sesenta mil tabletas el domingo.

— Y yo lo que quiero es servir.

— Servir qué, es lo que te estoy preguntando.

Ximo, que lleva todo el rato a dos metros, dice que él moldea lo que le digan y se va a fumar fuera, que es su manera de opinar.

A las doce y veinte llegamos a la única salida posible, que es justo la que no estaba encima de la mesa: se moldea la mitad. Seis moldes de la treinta y ocho, doce de la treinta y nueve, y el domingo se ve. Es una decisión de las que no se pueden defender en una reunión y de las que funcionan.

La firmo yo en el parte. Él la firma debajo, y encima de su firma escribe la hora, que son las doce y veintitrés, porque este hombre pone la hora en todo.

Ximo vuelve de fumar, mira el parte, no dice nada y se pone el gorro.

Y a la una y media pasa lo que pasa siempre en este oficio. La moldeadora se para.

Se para porque tiene que pararse: hay que limpiar el cabezal entre pasta y pasta, y la limpieza son cuarenta minutos con el equipo de noche, y durante esos cuarenta minutos la nave se queda con las máquinas paradas y con las ocho de la sala blanca tomando el bocadillo en el comedor.

A la una y cuarenta el obrador está vacío. Vacío del todo, con las máquinas paradas y con ese silencio raro que se hace en una nave grande cuando lleva doce horas haciendo ruido y de pronto deja de hacerlo.

Está la luz de emergencia, que es una cosa antigua que hay encima de la puerta del pasillo y que se enciende sola cada nueve minutos, ilumina el techo con una luz verde durante veinte segundos y se apaga.

Lleva haciendo eso desde antes de que yo entrara.

Se ha pedido cambiar el temporizador cuatro veces.

Estamos los dos apoyados en la mesa de amasado, con el termo entre medias, sin hablar.

Yo tengo los pies destrozados. Tengo el pelo que huele a almendra tostada y me va a oler tres días.

Tengo una carrera en la media que empezó a las seis de la mañana en el muelle y que ya llega a la rodilla.

Y estoy tan cansada que se me ha caído la vergüenza, que es lo primero que se me cae siempre.

A mí esto me importa demasiado. Lo sé desde hace años.

Una tanda del sin no es mi tanda. La almendra no es mía.

La nave no es mía y la firma tampoco. Y aun así, cuando Ximo dice rara, a mí se me pone el estómago igual que si me lo hubieran dicho de un hijo.

Mi hermana Mireia me lo dice una vez al mes.

Yo le contesto siempre lo mismo, que alguien tiene que hacerlo, y ella se calla y se le nota lo que piensa desde la otra punta de la provincia.

— ¿Sabes lo que me revienta? — digo.

— Dime.

— Que voy a llevar razón. Y que cuando lleve razón el domingo, va a dar exactamente igual, porque ya estará moldeada la mitad.

— Vas a llevar razón a medias. Las dos mitades del parte las hemos firmado los dos.

— Eso es lo que más me revienta, sí.

Se ríe. Se ríe con la nariz, sin abrir la boca, mirando al frente, y a mí ese ruido me lleva volviendo loca desde el treinta y uno de octubre.

— Nuria.

— Ni se te ocurra.

— Yo no he dicho nada.

— Llevas dos semanas sin decir nada y se te oye desde el aparcamiento.

Y entonces se gira. Y yo me giro. Y estamos otra vez a la misma distancia de la cámara, con la diferencia de que aquí no hay palés, no hay linterna y no hay una partida que comprobar.

— Aquí no — digo.

— Estoy de acuerdo.

— Es zona de producción. Yo firmo los partes de higiene de esta nave.

— He dicho que estoy de acuerdo.

— Es que lo estás diciendo mientras me pones la mano en la cadera.

— Las dos cosas pueden ir a la vez.

Y ahí ya se acabó la parte en la que yo tenía algo que decir.