Jaime
Eso es Grado Cero a las siete de la mañana de un nueve de noviembre, y esto es lo mío.
Aquí dentro yo sé dónde está todo y a cuánto sale la hora, y lo sé sin mirar una pantalla, porque en esta empresa he descargado camiones, he dormido encima de una nave y he despedido a nueve personas mirándolas a la cara.
Empecé con una furgoneta y un cliente, y el año pasado esta casa facturó diecinueve millones.
La nave grande huele a cartón y a frío, que es un olor que la gente cree que no existe y que existe.
En el muelle uno cargan pescado congelado para el interior, en el dos hay un semirremolque de zumo, y en el cuatro se está bajando la almendra marcona que sube esta mañana a Jijona, once sacas, con Merche Ivorra en la carretilla girando con la carga a la altura exacta y sin bajarla ni un centímetro.
Las cámaras son lo que mejor sé, y en este oficio la obsesión con la temperatura es lo que separa a los que duran de los que se comen una reclamación de sesenta mil euros el primer verano.
En septiembre del año pasado, con la compra de Alberola recién firmada y con una lista de cuarenta cosas que arreglar en una libreta de espiral, me senté una tarde entera con los ciclos de las cuatro naves, uno por uno, y los ajusté todos, y aquella tarde le quité a la factura de la luz setenta y cuatro mil euros al año.
Treinta y un mil de esos setenta y cuatro mil salieron de una sola cámara: la cuatro, la de la almendra a granel, estaba a ocho grados con el deshumidificador trabajando todo el día para sostenerle un cincuenta y cinco por ciento de humedad relativa, y un aparato de ese tamaño se come él solo lo que se comen dos cámaras enteras.
Lo apagué y bajé la consigna a cuatro grados, que es como se guarda el fruto seco en media Europa, dejándole a la cámara la humedad que quisiera darme.
Treinta y un mil euros al año, decidido un jueves por la tarde en cuarenta segundos.
Rafa Berná sube a las siete y veinte: es mi jefe de planta, tiene cuarenta y cuatro años, mide un metro sesenta y cinco, lleva las manos coloradas de entrar y salir de la cámara y un bolígrafo de cuatro colores en el bolsillo del polar.
Se queda de pie al lado de la puerta aunque le diga que se siente, porque se ha sentado dos veces en seis años y las dos porque le dolía una rodilla.
— El compresor de la cuatro.
— ¿Otra vez?
— Otra vez. Arranca siete veces por hora y tendría que arrancar cuatro. Aquí está el registro de octubre.
Me pone el folio delante, lo miro y le digo que llame al proveedor, que lo cambie sin esperarme y que si pasa de doce mil euros me llame al móvil. Rafa dobla el folio en tres y se lo guarda en el polar.
Y no se va.
Rafa Berná es la única persona de esta empresa, y probablemente de mi vida, que me lleva la contraria.
Lo hace de una manera muy suya, jamás en el muelle, jamás delante de nadie y jamás en voz alta, sino por correo, con el asunto empezando por «para que conste», sin adjetivos y sin reproche, y firmando con su nombre y sus dos apellidos como si estuviera firmando un albarán delante de un notario.
En seis años no me ha dado los buenos días primero ni una sola vez. Me los devuelve.
— Hay otra cosa — dice, y se pasa el peso de un pie al otro.
— Dime.
— La almendra de la cuatro. Desde que quitamos el deshumidificador, esa cámara se me pone al sesenta y ocho por ciento de humedad relativa con la puerta cerrada. La marcona en big bag chupa lo que le echen. Y ahí dentro hay género que lleva desde julio.
— ¿Ha entrado alguna reclamación por esa almendra?
— No.
— ¿La han rechazado en Jijona alguna vez?
— No.
— Rafa, el aparato ese costaba treinta y un mil euros al año en luz. Treinta y un mil. Y la almendra entra en especificación, la firma el proveedor y la firma Loreto Pastor cuando llega arriba.
Rafa se queda mirando la pared de detrás de mi cabeza, que es lo que hace en lugar de discutir, y luego dice lo que dice siempre.
— Entonces te lo mando.
Y se va, y baja los escalones de chapa de dos en dos, y a mí me queda la satisfacción tonta de haber cerrado una conversación en cuatro frases sin haber tenido la discusión.
Le tengo montada una carpeta solo para él, con una regla automática, y ahí dentro hay ochenta y siete correos de seis años.
Los leo todos y contesto pocos: nueve o diez veces, casi siempre para decirle que tiene razón en algo pequeño.
En lo grande no le contesto, porque lo grande ya lo he decidido yo antes de que él escriba, y contestarle sería volver a abrir una cosa cerrada, que en logística se llama volver a manipular la mercancía.
Esta mañana busco uno de junio sobre ese mismo compresor y me paso de largo, subiendo con la rueda del ratón: agosto, julio, marzo, enero, diciembre.
Septiembre del año pasado. «Para que conste: cambio de ciclo en cámaras 3 y 4.
» Está sin contestar, como casi todos, y se me queda delante un momento antes de seguir bajando hasta junio.
Como todos los lunes, a las nueve en punto, llama Héctor Palau.
— Buenos días, Jaime. ¿Cómo vamos de la parcial del trece?
— Vamos.
— Los almacenes centrales tienen la ventana el trece de nueve a una. Si entra fuera de ventana, entra la semana siguiente y el lineal se resiente.
— Entrará dentro de ventana.
— Perfecto. ¿Y las ciento ochenta mil enteras?
Héctor Palau pregunta siempre igual: repite la pregunta con dos palabras más cada vez, muy despacio, hasta que el de enfrente se cansa y dice un número, y en cuanto lo has dicho lo apunta, y en enero te lo lee.
Aquí es donde un hombre prudente diría que ciento cincuenta y tantas mil seguro y el resto probablemente. Yo digo ciento ochenta mil, y lo digo con la voz con la que se dicen las cosas que ya están hechas, y colgamos con la misma cordialidad de hielo con la que hemos empezado.
Luego abro la hoja de seguimiento y miro despacio lo que hay debajo de la frase que le acabo de decir a un comprador de una cadena de supermercados con toda la seguridad del mundo.
Hay ciento veintiséis mil quinientas envasadas y liberadas, y hay dos tandas en molde que salen el miércoles y el jueves si Ximo dice que sí, y eso son otras cincuenta y tantas mil.
Hasta ahí la cuenta sale, y no sale por otro lado: la línea de envasado de Jijona hace once mil tabletas por turno con dos turnos, y con la marca propia metida en la misma línea, del miércoles al jueves no caben las dos cosas.
Faltan turnos.
Y aquí es donde yo soy bueno, porque llamar a diez plantas de envasado un lunes de noviembre para pedirles un turno entero es la clase de cosa para la que existe la gente como yo: sé a quién llamar, sé a qué hora se le llama, y sé que a la de Cocentaina hay que decirle la cifra en el primer minuto porque le molesta muchísimo la gente que da rodeos.
Tengo a las diez y cuarto la lista de plantas de la provincia con sala blanca y hueco en noviembre, y buscar eso en noviembre viene a ser como buscar hotel en Fallas: de diez llamadas me cogen el teléfono dos, y a las once y media Envasados Serrella, de Cocentaina, me dice que tiene libre el turno de noche del jueves porque le ha caído un cliente.
— ¿Turno entero?
— Entero. Doce operarias, la línea dos y el jefe de turno.
— ¿Cuánto?
— Catorce mil ochocientos, más el porte.
— Hecho. Mándame el correo y te lo devuelvo firmado en veinte minutos.
Cuelgo y hago la división, que es la parte que a mí me relaja como a otra gente le relaja el mar.
El turno da para sesenta mil tabletas. Catorce mil ochocientos entre sesenta mil sale a veinticuatro céntimos y siete por tableta, más el porte de ida y vuelta, que son otros cuatro céntimos largos si van los palés bien montados.
Veintinueve céntimos. La tableta se la vendo a Aldán a uno treinta y ocho.
Mientras espero el correo de Serrella firmo la renovación de nueve tractoras: cuatrocientos veintiocho mil euros a cinco años con el mantenimiento dentro. Tardo menos en firmar eso que en decidir dónde como.
Convoco a cuatro personas a las doce y media por videollamada y lo cuento, y Óscar dice que le parece bien y pregunta quién asume el sobrecoste, si campaña o logística.
Loreto dice que Serrella tiene certificación vigente y que ella pide el expediente, punto seis uno tres.
Amparo dice que eso son dos palés de trabajo extra para su gente. Nadie dice que sea mala idea.
Y luego habla Nuria.
— Una cosa.
— Dime.
— Sacar la pasta moldeada de Jijona, meterla en un camión, hacerle treinta y tres kilómetros de puerto y desmoldarla y cortarla en una nave que no es la nuestra, con gente que no ha cortado esto en su vida...
— Se va cortada. Se corta aquí y allí solo se envasa.
— Aun así, el sin va a llegar allí con dos manipulaciones más de las normales. Y este producto se rompe cuando lo miras de reojo.
— Por eso van los palés bien montados y por eso paga el porte quien lo paga.
Y entonces Nuria hace una cosa que no hace nadie en esta empresa, que es volver a abrir la boca después de que yo haya contestado.
— Espera. Tengo cuatro tandas apuntadas que han viajado antes de envasarse. La de agosto, dos de septiembre y la del catorce de octubre. Las cuatro llegaron con más rotura que las que se envasaron en casa. No es una impresión mía, está apuntado con la fecha.
— ¿Cuánta más?
— Entre un dos y un tres por ciento.
— Un tres por ciento de sesenta mil son mil ochocientas tabletas. Dos mil cuatrocientos ochenta y cuatro euros. La penalización del trece son cuarenta mil, y el lineal no tiene precio porque no se compra.
— Ya sé que sale a cuenta, Jaime. No te estoy diciendo que no salga a cuenta.
— ¿Entonces?
— Que esas mil ochocientas se van a partir igual, y que el jueves por la noche las va a estar mirando alguien de Cocentaina que no las ha visto en su vida.
Hay un silencio, que en una videollamada se hace larguísimo, con seis caras quietas en seis recuadros y con Amparo mirando hacia un lado porque en su recuadro está entrando alguien con una carpeta.
Luego Nuria dice que de acuerdo, que lo prepara ella, y me pregunta a qué hora quiero los palés en la dársena y con qué altura de carga.
Se lo digo, ella lo apunta sin comentar nada más, y en once minutos hemos convertido un problema de fabricación en un problema de horarios, como pasa siempre que yo entro en una reunión con la solución ya comprada.
Yo cuelgo esa reunión convencido de dos cosas: de que he resuelto en cuatro horas un problema que llevaba tres semanas ahí, y de que la gente que trabaja conmigo es gente sensata que dice lo que piensa.
Las dos son verdad esa mañana. Solo que la segunda es verdad de una manera muy concreta, que es la manera en la que una persona te dice una cosa dos veces, ve que no entra y no la dice una tercera.
Por la tarde llamo a expediciones de Jijona para cuadrar la carga del jueves. Me contesta Amparo con el fijo pegado a la oreja y el muelle abierto detrás, y mientras me está leyendo las dársenas se oye, muy claro, un estampido metálico que suena exactamente a escopeta de caza.
— ¿Qué ha sido eso?
— La flejadora.
— ¿Y hace eso?
— Desde marzo.
— Amparo, ¿eso lo ha visto alguien?
— Sí, señor. Lo vemos todos los días, cuatro o cinco veces.
Y sigue leyéndome las dársenas, y yo apunto las dársenas, y el asunto se queda ahí, y cuando cuelgo me quedo un momento con el teléfono en la mano y con la idea rarísima de que en esa nave hay una máquina que pega un tiro cinco veces al día y que a nadie se le ha ocurrido que eso se pueda contar.
El resto de la tarde son dos incidencias de temperatura en un reparto de Elda, una baja médica que hay que cubrir el sábado y una llamada de mi hermana Blanca para recordarme que el ocho de diciembre hay comida en Busot y que mi madre ha preguntado si esta vez voy a llevar a alguien.
Firmo el contrato de Serrella a las ocho y media y lo mando escaneado, y a las nueve menos cuarto salgo y cierro yo, porque en esta nave cierro yo desde 2011 y porque me gusta el ruido que hace la persiana metálica del muelle uno cuando baja del todo.
Fuera, en el aparcamiento del polígono, hace una noche de once grados con el aire quieto, sin una nube, con esa luna de noviembre que aquí abajo parece de marzo. En el suelo, junto a la rueda delantera de mi coche, hay una arandela metálica.
No es de mi coche, y tampoco es de una máquina que yo conozca. La cojo, la miro a contraluz de la farola, está limpia y no tiene rosca, y me la meto en el bolsillo de la chaqueta por si es de algo.