Ábrelo en Navidad Nuria
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Nuria

— Nota del martes: preguntar por el lote antes del viernes. Hoy es viernes.

Quique lo lee del móvil en voz alta a las nueve y cuatro minutos, desde su mesa y sin dirigírselo a una persona en concreto. Así dirige Quique todas las cosas de su vida.

— Pregunta — le dice Bego.

— Es que la nota dice preguntar, no dice a quién.

— Pon otra nota.

Y pone otra nota, y desde aquí se le ve escribirla con el pulgar y con esa cara de concentración que pone la gente cuando está haciendo algo que sabe que no sirve.

En esta planta el lote de Navidad lleva desde octubre pasando de una reunión a la siguiente como una patata caliente que además está fría.

Y todo el mundo sabe ya que si a estas alturas todavía no se ha dicho que sí, es que va a ser que no.

Los viernes de campaña se parecen todos.

Se cierra la semana, se cuadran las entregas del lunes y se manda todo antes de las dos, porque a partir de las dos la gente empieza a pensar en el sábado.

Yo tengo hoy dieciséis cosas apuntadas y dos son mías.

Las otras catorce son de gente que las tiene apuntadas en otro sitio o que no las tiene apuntadas en ninguna parte.

Ayer tampoco vino. Está en la Vallonga desde el jueves con lo de un compresor, y en la planta se nota, porque la puerta de ese despacho lleva dos días cerrada y la gente pasa por delante mirándola de reojo, como una obra tapada con una lona.

Yo también la miro. Eso me molesta bastante más que el resto de cosas que me han molestado esta semana.

Cierro las etiquetas del lunes con la imprenta, mando el cuadro de entregas y discuto por teléfono con un transportista sobre una dársena, y gano, que es una alegría pequeña y muy barata.

Y a las once y cuarenta y dos entra el correo que llevo esperando desde el martes, que es cuando personal avisó de que estaba en camino y de que esta vez sí que era el bueno.

Asunto: «Organigrama de campaña 2026. Definitivo». Lo manda personal con copia a toda la planta y a los responsables de fábrica, y lleva adjunto un PDF de una sola página que pesa doscientos y pico kilobytes. Lo abro.

Seis recuadros.

Arriba del todo, dirección: Jaime Berenguer Lloret.

Debajo, en fila, cinco: dirección comercial, Óscar Devesa.

Calidad, Loreto Pastor. Producción, Ximo Sanchis.

Marketing y envases, Begoña Talens. Expediciones, Amparo Server.

Cada recuadro con su línea, su nombre completo y su cargo, y todos con el mismo grosor de borde.

Debajo del último recuadro, separada por una línea fina, hay una nota a pie de página en cuerpo ocho.

«Coordinación operativa de campaña: apoyo de N. Bellot (administración comercial).»

Lo leo tres veces. La primera busco mi nombre en los recuadros. La segunda lo busco otra vez, por si me lo he saltado en la primera. La tercera lo encuentro donde está.

Apoyo.

La otra vez que mi nombre salió dentro de un recuadro fue en febrero de 2013, en una hoja impresa que colgaron en el tablón del almacén con la lista de los que pasaban a fijos.

Diez nombres en una tabla, con una línea de puntos y el número de contrato al lado.

Mi padre pidió que le hiciera una foto. Todavía la tiene, y la tiene puesta en el mueble del salón, en un marco de los de cristal fino, entre una figura de barro y el mando de la televisión.

Cierro el PDF y lo vuelvo a abrir para mirar una cosa concreta: el tamaño de letra. Ocho. Los recuadros van a once.

Yo hago el calendario de campaña. Yo decido el orden en que se fabrica.

Yo digo cuántas tandas del sin y cuántas de la marca propia y en qué semana, yo pacto con Amparo las dársenas y con Ximo los peroles, y yo soy la que baja un sábado a las siete de la tarde cuando hay once cajas mal etiquetadas.

En el sistema soy técnico administrativo comercial.

En el organigrama soy una nota a pie de página.

Y esa contradicción lleva funcionando de maravilla desde hace años, sin que se le caiga encima a una sola persona de este edificio.

Estar en un recuadro y estar en una nota a pie de página no es lo mismo. Y sin embargo el trabajo que sale es exactamente el mismo trabajo.

Miro la planta por encima del monitor durante un rato largo, con las manos quietas encima del teclado y el cursor parpadeando dentro de una casilla vacía de la hoja de entregas.

Nadie ha levantado la cabeza. Es un organigrama. La gente abre un organigrama, se busca, se encuentra o no se encuentra, y sigue con lo suyo, y a las doce menos cuarto de un viernes de noviembre hay cosas más urgentes que un PDF.

Bego me escribe por el chat interno: «te han puesto en cuerpo 8, Central Nuclear». Le contesto que así abulto menos y le pongo una carita, y ella me manda tres jajás y vuelve a lo suyo, y con eso queda el asunto oficialmente convertido en una broma.

Y me pongo a trabajar. Y esto es lo que hago exactamente, contado con todo el detalle, porque a mí misma me gustaría saber por qué lo hago.

Abro el PDF otra vez. Busco el correo de la persona de personal que lo ha mandado.

Y le escribo un mensaje de cuatro líneas para avisarle de que el apellido de Bego está mal, que es Talens y no Talents, y de que en el recuadro de expediciones falta la segunda ese de Server.

No digo una palabra de la nota a pie de página.

Le mando el correo a las doce y cuatro. Me contesta a las doce y nueve dándome las gracias y diciendo que lo corrige y lo vuelve a mandar.

Y a las doce y veintiséis llega el organigrama corregido a toda la planta, con Talens con ese y Server con dos eses, y con la nota a pie de página igual que estaba, en cuerpo ocho, porque nadie ha pedido que se toque.

O sea, que he revisado el documento que me deja fuera y he mejorado la parte de los demás, con mucho cuidado, en horario de trabajo y por iniciativa propia.

Eso son cuatro minutos de mi vida. Los apunto en mi cabeza, en la columna estrecha de la derecha, con una sola palabra, y la palabra no es bien.

Óscar sale de su despacho a la una y media con dos folios grapados y se planta en el pasillo central.

— ¿Podéis dos minutos?

Nos giramos cinco. Loreto se acerca con el café. Quique deja el móvil boca abajo, que en él es un gesto solemne.

— Por orden — dice Óscar — . Uno, traigo una cuenta hecha. Dos, la he hecho tres veces y me sale lo mismo las tres.

Nos pone el folio delante, encima de una mesa que no es la suya, y lo gira para que se lea desde nuestro lado.

En el folio están, columna a columna, los números del sin.

Precio de venta a Aldán, uno con treinta y ocho.

Coste de la almendra marcona al sesenta y cuatro por ciento.

Coste del maltitol, que es más caro que el azúcar.

Miel de romero. Envase. Mano de obra directa con los recargos de campaña.

Amortización de la línea. Y abajo, subrayado dos veces con bolígrafo azul, el margen.

— El sin no es un producto, es un problema de margen con un envase bonito — dice — . Y el problema no es que se parta. Aunque saliera entera cada tableta, esto se firmó a un precio con el que no se gana dinero.

— ¿Y por qué se firmó? — pregunta Quique.

— Porque un millón cuatrocientas mil tabletas es una cifra preciosa dentro de una presentación, y porque el que la firmó ya no está aquí para explicarla.

— ¿Y ahora qué se hace? — pregunta Bego.

— Ahora se sirve, se cobra y se pierde dinero con una puntualidad admirable. Yo lo único que pido es que conste que estaba contado desde junio.

Loreto mira el folio y busca instintivamente el punto del manual que se aplica, y no hay ninguno, porque el manual regula la calidad y no la aritmética.

— ¿Esto lo has mandado? — le pregunto.

— En junio. Y en julio. Y otra vez en septiembre, cuando cambió el dueño.

— ¿Y?

— Y estamos en noviembre.

Se hace uno de esos silencios de pasillo que terminan siempre igual: alguien mira el reloj, alguien dice que a ver, y todo el mundo vuelve a su mesa.

Bego dice que a ver. Quique coge el móvil.

Loreto se lleva su café. Y Óscar recoge los dos folios grapados, los dobla por la mitad y se mete en su despacho, detrás de la persiana.

Yo me quedo un momento de pie en el pasillo con la taza vacía en la mano y con la sensación exacta de estar mirándome en un espejo puesto a la altura equivocada.

Y lo que pienso es esto, y lo pienso con toda la mala idea: que Óscar tiene razón, que la ha tenido desde junio, y que lleva seis meses mandando un folio a gente que no lo lee.

Y que yo llevo años mandando un informe todos los lunes a las siete y media.

Y que la única diferencia entre él y yo es que él lo dice en el pasillo y yo lo apunto en una libreta.

Bajamos ocho personas a comer a las tres y en la mesa se habla del lote otra vez, y del sorteo, y de una compañera de la isla dos que se ha comprado una freidora de aire y que lleva desde septiembre explicándonos que se puede hacer de todo en una freidora de aire.

Yo como poco y contesto lo justo, y Bego se da cuenta y no me pregunta nada, que es la manera que tiene ella de preguntar.

La tarde se va en lo de siempre: la imprenta, las dársenas del lunes con Amparo.

A las seis me quedo sola con el fluorescente de mi isla encendido y la avenida de Elche ya de noche, con los coches subiendo hacia el hospital y con dos operarios encima de una plataforma colgando una guirnalda que se enciende el veinte.

Antes de irme abro el informe del lunes y empiezo el apartado nuevo, el que me pidió él: lo que creo que hay que hacer.

Escribo cuatro líneas y las borro. Escribo dos y las dejo, y las dos que dejo son la propuesta de parar la línea del sin en cuanto la pasta salga rara del boixet, aunque eso cueste una entrega parcial, en lugar de cortar y ver qué pasa.

Es lo que llevo pensando desde agosto y es la primera vez que lo escribo en un documento que va a leer alguien que puede decidirlo.

Lo releo. Lo dejo. Y le añado delante, por si acaso, un «en mi opinión» que me quito otra vez enseguida.

Y luego, porque soy quien soy, abro el organigrama definitivo por última vez y lo guardo en mi carpeta con el nombre que le pongo a todo lo que quiero encontrar rápido.

Campaña 2026. PDF. Una página. Seis recuadros a once puntos. Una nota a pie a ocho. Guardado a las dieciocho cero cuatro.