Nuria
Jijona huele a almendra tostada antes de que se vea Jijona.
Es un olor dulce y seco que entra por la rejilla del coche cuando todavía estás subiendo entre bancales, y en noviembre está tan cargado que se te queda en el jersey.
Yo dejé de olerlo a los veintiuno. Vuelvo a olerlo hoy porque va alguien conmigo que lo huele por primera vez y que ha bajado la ventanilla dos centímetros sin decir nada.
Salimos de la avenida de Elche a las siete y media, treinta y cinco minutos de curvas, y él conduciendo el mismo coche del sábado, con la misma goma del pelo enrollada en el cargador.
Ninguno de los dos ha dicho una palabra de eso.
Lo hemos resuelto como se resuelven aquí las cosas grandes, que es decidiendo por unanimidad y sin votar que no existen.
Yo he ido al asiento del copiloto con la carpeta en las rodillas.
Él ha puesto el manos libres y ha hablado once minutos con un tal Rafa sobre una cámara y un compresor.
Y a partir del enlace de la circunvalación hemos hablado de trabajo, y hablando de trabajo se nos ha ido el camino entero.
— ¿Cuántas veces has bajado tú este año? — me pregunta en una recta.
— ¿A la fábrica? Sesenta y ocho.
— ¿Las llevas contadas?
— Las llevo apuntadas, que es distinto.
Se ríe con la nariz. Es un ruido que ya le conozco y que me molesta conocerle.
Lo del lunes lo llevo gestionado de la única manera que sé, que es trabajando más.
Ayer martes salí a las nueve y media de la noche.
Hoy he puesto el despertador a las seis menos cuarto.
Y a las siete y veinte estaba en la puerta del edificio con la carpeta debajo del brazo y una coartada preparada por si él bajaba solo.
No hizo falta la coartada. Bajó el ascensor, dijo buenos días, y me preguntó si prefería conducir yo.
El polígono del Rabosí está a la entrada del pueblo, con la sierra detrás y la niebla todavía puesta en la parte alta a las ocho y diez. Aquí arriba estamos a nueve grados.
La nave son cuatro mil doscientos metros y se recorre siempre en el mismo orden, porque el turrón va en una dirección y no da marcha atrás.
Empezamos por el muelle de descarga, que es la única parte de la nave que no huele a dulce, porque aquí la almendra todavía no ha pasado por el fuego.
Aquí entra la almendra. Marcona, en sacas grandes, que baja de las cámaras de la Vallonga en los camiones de él y que se descarga en dos horas si va bien.
Es el sesenta y cuatro por ciento de lo que se vende luego en una tableta, y eso quiere decir que este muelle es lo más caro de toda la nave aunque parezca lo más tonto.
Iván está firmando el albarán con el bolígrafo mordido.
— ¿Va todo? — le pregunta Jaime.
— ¿Las once sacas o las trece?
— Las que hayan bajado.
— ¿Entonces once?
Iván contesta con preguntas. Lleva cinco meses aquí y todavía no ha aprendido que una frase se puede terminar con un punto. A mí me hace gracia. A Óscar le pone de los nervios y eso me hace todavía más gracia.
Firmamos las once sacas. Jaime mira la carretilla, mira el suelo del muelle, mira la junta de la puerta de lona. Y hace una pregunta que a mí me parece de tonto y que resulta que no lo es.
— ¿Esto entra tapado?
— Entra en saca. Va cerrado desde la Vallonga.
— Cerrado desde la Vallonga.
Y se queda ahí, mirando la lona, más de lo que hace falta.
Del muelle se pasa al tostadero. Ahí se decide de verdad todo, y ahí no decide nada ninguno de los que salimos en el organigrama.
Hay tres bombos esféricos girando con un ruido de bombo de sorteo.
Dentro, la almendra da vueltas entre cuarenta y cinco y cincuenta minutos.
Esos minutos no se acortan por mucho que se firme un pedido de un millón cuatrocientas mil tabletas.
Ximo levanta la trampilla del segundo con un gancho, saca cuatro almendras con una paleta, las deja enfriar en la palma, parte una con la uña del pulgar y la mira por dentro.
— Un poquet más.
— ¿Cuánto es un poquet? — pregunta Jaime.
— Un poquet.
Y baja la trampilla y se va, y ahí termina la conversación.
Yo he visto a un ingeniero de una consultora de Valencia intentar poner una sonda dentro de un bombo para medirle el punto a Ximo. Duró una campaña. La sonda sigue en un cajón de la oficina de fábrica con el cable enrollado y una brida.
Este pueblo se llena en campaña de contratos de tres meses. Cuatrocientos dos son nuestros. La Navidad se fabrica en verano y se cobra en enero. Yo he visto a gente de aquí no querer ni ver una tableta hasta marzo. Y luego, el veinticuatro, la ponen en su mesa como todo el mundo.
Después vienen los peroles. Ollas grandes con palas girando dentro, la miel de romero y el agua, y en el nuestro maltitol en lugar de azúcar.
Cuando el jarabe coge el punto entran las claras, y la pasta cambia de color en cuestión de segundos y se vuelve más clara y más viva.
Y entonces cae la almendra tostada, caliente, de golpe, y el olor de la nave sube tres pisos.
Jaime se acerca demasiado al segundo perol y una de las operarias le pone la mano en el brazo y lo aparta quince centímetros, con la misma naturalidad con la que se aparta a un niño de una barandilla. Él le da las gracias. Ella sigue a lo suyo. Y a mí eso me alegra el día entero.
De ahí a los cajones, donde se enfría veinticuatro horas.
Los cajones son de madera y están apilados en la sala más aburrida del mundo, que es también la más importante.
Ahí dentro, durante un día entero, la única actividad es enfriarse.
Es lo único de esta empresa que funciona igual en 1951 y en 2026, y a mí, cuando tengo un día malo, me gusta entrar y estar dos minutos.
Luego los molinos de piedra. Dos piedras que giran y muelen la pasta fría hasta dejarla cremosa, con un zumbido grave que se te mete en el esternón.
Después, el boixet: un mortero grande donde la maneta sube y baja, sube y baja, removiendo, sin golpear.
Los turistas creen que el turrón se machaca. El turrón se remueve.
Y cuando sale del boixet empieza lo único que importa de verdad, que es el remesat.
Cuarenta y ocho horas quieto. La pasta reposa y el aceite que suelta la almendra emulsiona por su cuenta y le da la textura.
Eso es lo que hace que una tableta de blando sea una tableta de blando y no una piedra ni una crema.
Cuarenta y ocho horas. Eso no se compra más barato ni pagando más.
Ximo mete la mano en la pasta de la del lunes hasta la muñeca y se limpia en el delantal.
— Esta va bien.
— ¿Y eso cómo se sabe? — pregunta Jaime.
— Se sabe.
— Ximo, en serio.
— En serio: se sabe con la mano, tres días antes de que se vea en la cinta. La del martes pasado ya la toqué y ya lo dije.
— ¿Y si tú dices que una no va a aguantar, se para?
— No se para. Se apunta.
— ¿Y quién lo apunta?
— Ella.
Y Ximo me señala con la barbilla sin mirarme, sigue con lo suyo y le pide a Iván que le acerque el otro cubo.
Yo lo apunto. Lo apunto siempre. Lo llevo apuntando desde 2015, y hasta hoy nunca me lo había preguntado un jefe.
Después están las mesas de amasado y el refinado, que le da la última pasada, y luego el moldeado: moldes perforados forrados de papel secante donde la pasta pasa otras cuarenta y ocho horas escurriendo el aceite y cogiendo consistencia.
Y al final del recorrido, el corte con la cortadora neumática y la sala blanca de envasado, que tiene sobrepresión, gorro y bata, y donde hay once mujeres trabajando de pie con una radio puesta a un volumen que aquí es la ley.
La emisora se decide en septiembre, por mayoría simple, y luego se respeta hasta enero.
Este año ganó la de las canciones antiguas por siete a cuatro.
Le doy un gorro de papel. Le queda ridículo. Se lo pone sin decir nada y sin mirarse en el cristal, y eso, en un hombre de metro noventa que ha comprado la empresa, lo apunto también.
Llevamos tres horas y veinte dentro y él no ha mirado el móvil ni una vez.
En la oficina de fábrica saco la libreta y la abro por la parte de las tandas.
— ¿Qué es eso?
— Las tandas.
— Eso está en el sistema.
— En el sistema está lo que se declara. Aquí está lo que pasa.
Le doy la vuelta y se la pongo delante. Tapas de hule verde, una goma, y renglones a bolígrafo con mi letra.
Fecha, número de tanda, kilos, y una columna estrecha a la derecha donde apunto una palabra: bien, bien, bien, rara, bien, partida.
Sin adjetivos y sin explicaciones, porque cuando lo apuntas a las seis de la mañana no tienes tiempo de explicarte.
Pasa tres hojas hacia atrás. Luego cinco más. Se para en agosto.
— ¿Esto es de este año?
— De todos los años. Ese cuaderno empieza en 2015.
— ¿Y esta letra pequeña de aquí?
— Es la hora.
— Nuria.
— Dime.
— Esto vale más que el sistema.
— Esto es una libreta de tres euros.
— Por eso lo digo.
Cierra la libreta con mucho cuidado, le pone la goma y me la devuelve, y hay algo en cómo la sujeta que me obliga a mirar hacia otro lado y ponerme a buscar un bolígrafo que tengo en la mano.
Comemos a las doce y media en el comedor de operarios, debajo del reloj adelantado.
Hay veintitantas personas, tres microondas y una discusión abierta sobre si el lote de este año va a existir.
Amparo dice que si no hay lote hay que decirlo en octubre y no en diciembre, porque una cosa que se calla dos meses acaba pesando cuatro palés.
Una de la sala blanca cuenta que su hija se casa en junio.
Y a mí se me pasa la comida entera oyendo a esta gente hablar de dinero sin decir la palabra dinero ni una vez, que es un idioma que yo hablo desde los diecinueve años.
Jaime come con nosotros y habla poco. Cuando le preguntan qué tal por Alicante dice que la silla del fondo de la sala de reuniones no gira, y a partir de ahí ya lo tratan de otra manera.
Bajamos a la una a la cámara de producto terminado, que está a dieciocho grados y tiene la puerta de esas que pesan, con la manilla larga y la goma perimetral.
Dentro hay palés hasta el techo, pasillos de dos metros y una luz blanca que le sienta mal a todo el mundo.
Vamos a comprobar el etiquetado de una partida del sin que sale mañana, y para eso hay que abrir el plástico de un palé y contar cajas.
La cámara está así porque el blando de Jijona a menos temperatura se pone duro y a más se ablanda, y dieciocho es el número con el que se lleva trabajando aquí toda la vida.
Es el único frío de esta empresa que decidimos nosotros.
El resto del frío lo decide él, en la Vallonga, y hasta hoy eso me parecía una nota a pie de página.
— Sujeta esto — le digo.
Le paso la linterna y me subo al primer nivel para leer la etiqueta de arriba. La caja está fría. La goma de la manga se me engancha en el fleje. Y al bajar apoyo mal el pie y él me sujeta por la cintura, sin apretar y sin soltar, y me deja en el suelo. Y luego no me suelta.
Yo tengo la etiqueta en la mano y el bolígrafo en la boca, y me lo quito de la boca muy despacio, y en este minuto eso es lo único que me sale bien.
Estamos muy cerca, entre dos palés, con la puerta cerrada y la luz blanca encima. Le huele el cuello a lo mismo que le olía el sábado. Y aquí dentro hace un frío que se nota en las manos y que no se nota en ningún otro sitio del cuerpo.
— Nuria.
— No digas nada.
Y ahí nos quedamos, sin contar, con sus manos en mi cintura y con la respiración de los dos saliendo blanca hacia arriba y separándose en el aire.
Yo pienso, con una claridad rarísima, que si esto pasa aquí dentro se acaba el mundo.
Y él también lo piensa, se le ve en la cara, y esa es la única razón por la que no pasa.
Y hay una parte de mí, la que lleva media vida haciendo bien las cosas en esta empresa, que está gritando desde muy lejos y muy bajito. Y hay otra parte que está calculando cuánto tarda alguien en abrir esa puerta desde el pasillo. Lo que tarda en sonar la manilla.
Se aparta. Se aparta él, y me da la linterna, y se pone a leer la etiqueta de la caja de al lado en voz alta, como si estuviera dictando, y yo apunto los números en la carpeta con la letra de otra persona y con las orejas ardiendo a dieciocho grados.
Salimos de la cámara a la una y veinte y no lo comentamos. Ni entonces, ni en el muelle, ni en el camino de vuelta. En mi libreta esa página se queda en blanco. Aquí las cosas que pasan de verdad se quedan siempre así.
Yo he tenido antes la cabeza en un sitio en el que no debía. Sé perfectamente cómo se apaga eso. Se apaga con trabajo, que es un extintor que a mí me funciona desde los veintitantos y que hoy, por primera vez en la vida, se me ha quedado sin carga en mitad de un pasillo de palés.
En el muelle de expedición hay seis dársenas, cuatro con camión y dos vacías, y un suelo con las marcas negras de las ruedas de las carretillas dibujando la misma curva desde hace cuarenta años.
En la tercera está Amparo, con el albarán en la mano y las gafas subidas en la cabeza, dirigiendo a dos chavales a base de mover la barbilla.
— Mi alma, esto son cuatro palés de retraso y dos cajas de disgusto — dice, y me lo pone delante.
Y luego mira un momento hacia el muelle tres, donde la precintadora lleva parada desde antes de comer, y no dice nada, y vuelve al albarán.
Amparo entró en esta casa en 1987 y mide el mundo en palés.
Los problemas van en cajas, los disgustos en palés y las alegrías, cuando hay, en medio palé.
A todo el mundo le dice mi alma. A él no se lo ha dicho todavía, y yo estoy pendiente del día en que se lo diga, porque ese día será que ha pasado algo.
Al fondo, contra la pared, sigue el palé del coco. Nadie lo mueve porque moverlo obligaría a decidir alguna cosa.
— Nuria, ¿tú sabes por qué...? — empieza Jaime, señalándolo.
Y entonces la máquina de flejar suelta el tiro.