Jaime
La llave del despacho vacío lleva colgando una etiqueta de cartón con un número escrito a máquina y un agujero reforzado con una arandela metálica, de esas que se ponían cuando las llaves las guardaba una persona con nombre y apellidos y no un cajón con una lista pegada por dentro.
Antes de encender el ordenador bajo cuatro sillas a la planta y las dejo en la isla tres, donde llevaban meses trabajando dos personas con una silla buena y otra sacada del office que tiene el respaldo de plástico y una pegatina de un fruto seco.
Lo hago por mi cuenta, me cuesta doce minutos y cero euros, y me sale bastante más barato que las cosas que suelo hacer yo para caer bien en un sitio nuevo, que casi siempre llevan una factura detrás y un correo mío diciendo que lo pago yo.
Bajo a comer a las tres menos cuarto, más que nada porque llevo desde las siete de la mañana con un café de máquina y porque quiero ver dónde come esta gente.
La Bodeguilla del Aljub está a tres minutos andando por la calle y a esa hora ya solo quedan menús con pescado de segundo, un pescado que llega con la guarnición de otro plato y que no reclama ni el que lo pide.
Óscar Devesa aparece con la chaqueta puesta en un local donde el resto vamos en camisa, se sienta enfrente, pone el móvil boca abajo encima de la servilleta y ataca sin rodeos, cosa que hay que reconocerle y que le voy a reconocer poco.
— Por orden — dice — . Uno, bienvenido. Dos, ¿esto va a ser todos los días o va a ser una temporada?
— Todos los días.
— Perfecto. Tres: hay cosas que llevo diciendo desde junio y que están por escrito.
— Mándamelas.
— Te las mandé en junio. Estaban en ese correo del que hablábamos esta mañana.
Y ahí me como el pescado y me callo, porque lo que iba a decir era que me entran cuatrocientos correos a la semana y que los suyos van en el montón de los que llevan adjunto, y eso, dicho en una barra a un hombre que lleva cinco meses escribiéndote sin respuesta, es una manera carísima de perder a un director comercial en mitad de la campaña más grande del año.
Le pregunto por Aldán. Me cuenta lo de Aldán con la cabeza puesta, sin adornos y con las cifras bien, y a mitad de la explicación se le nota en la voz que a este hombre le preguntan poco y le repreguntan menos.
Pago la comida sin preguntarle si quiere pagar la suya.
Dieciocho con cuarenta los dos, con el café.
Él lo deja pasar y sigue hablando de porcentajes, y el que lo deja pasar lo apunta en algún sitio, y de eso también sé bastante, porque en mi casa el que dejaba pasar las cosas era mi padre y luego las sacaba todas juntas en Navidad.
Vuelvo arriba a las cuatro menos diez y convoco a seis personas en la sala acristalada, con dos horas de antelación y por correo, porque así se convoca uno en un sitio donde todavía no sabe a quién puede interrumpir de pie.
Me siento el primero, en el sitio del fondo, que era el que estaba libre, y la silla no gira: empujo con el talón, la silla se queda mirando fijamente a la ventana y a mí me toca girar el cuerpo entero cada vez que quiero mirar a alguien.
Salgo de la reunión con una contractura en el trapecio derecho, cincuenta minutos de información nueva y la certeza absoluta de que las seis personas que estaban ahí dentro saben perfectamente cuál es esa silla y llevan años sabiéndolo.
— Es la del que llega tarde — me dice Bego al salir, sin la más mínima maldad.
— Yo he llegado el primero.
— Lo sé. Pero usted no lo sabía.
Lo de «usted» me dura hasta el jueves, y lo de la silla no lo arregla nadie, y a mí me cuesta un esfuerzo físico serio no llamar esa misma tarde al proveedor de mobiliario que me montó las oficinas de la Vallonga y comprar doce sillas nuevas a ciento noventa euros la unidad, dos mil doscientos ochenta euros más portes, que es exactamente lo que cuesta dejar de tener este problema para el resto de mi vida y de la de mis nietos.
Me aguanto.
Y me aguanto porque en esos cincuenta minutos, girando el cuerpo entero para mirar a la gente, he entendido una cosa que en mi otra empresa no me ha hecho falta entender hasta hoy.
Ahí dentro había seis personas que llevan toda su vida laboral haciendo funcionar una fábrica de turrón y que me han contestado a todo lo que he preguntado.
En cincuenta minutos, ninguna me ha llevado la contraria ni una sola vez.
Ni siquiera cuando he dicho dos cosas que estaban mal, y que yo mismo he oído que estaban mal a mitad de la frase.
En Grado Cero me pasa lo mismo, con una diferencia de matiz: allí hay uno que me la lleva.
Bajo al aparcamiento a las siete menos cinco a por unos papeles del coche y me quedo un rato mirando la plaza número siete, que está vacía porque en el suelo, medio borrado por las ruedas y por el sol que entra por la rampa, se lee todavía el apellido del hombre que mandaba aquí antes que yo, pintado en blanco con plantilla y con la eme comida por la mitad.
La gente aparca en la trece, que está pegada a la pared y es peor, antes que aparcar encima de ese apellido.
Yo soy el dueño de esta sociedad, tengo la firma de las cuentas y de las nóminas, y llevo todo el día con el coche en la calle, en zona azul, porque a mí no me ha dicho todavía nadie dónde va mi coche.
Pintar la siete de blanco otra vez cuesta cuarenta euros y la mañana de un pintor.
Y no la voy a pintar, y no sabría explicar por qué con palabras que sirvan en una reunión.
Vuelvo a subir y la planta se ha ido vaciando y quedan seis o siete personas repartidas, con esas lámparas de mesa que se encienden cuando se apagan los fluorescentes generales, y desde mi mesa, por el hueco de la puerta que he dejado abierta a propósito, se ve la nuca de Nuria Bellot, la línea del hombro y el codo derecho subiendo y bajando cuando escribe.
Ella lo sabe. Lo sabe desde esta mañana, y en toda la tarde se ha girado dos veces hacia mi puerta y las dos ha hecho como que buscaba algo en la ventana, que es un movimiento que le sale fatal para lo bien que le sale todo lo demás.
Y ahora es cuando tengo que decidir qué hago con el sábado.
Lo que habría que hacer está clarísimo y cabe en una frase: levantarme, cruzar la planta, sentarme en el borde de esa mesa y contarle lo del dossier.
Coste directo, cero euros. Beneficio evidente e inmediato, que es que a partir de ese minuto las cartas quedan boca arriba y dejamos los dos de andar por los pasillos con una cosa colgando.
Y no lo voy a hacer.
Me digo tres motivos, y los tres son verdad, y los tres me sirven perfectamente hasta que apago la luz del despacho.
El primero, que esto se le dice a una persona cuando no hay doce compañeros suyos a treinta metros con la oreja puesta y el móvil en la mano.
El segundo, que hoy ha sido su primer día trabajando para alguien con quien se acostó el sábado y bastante ha aguantado ya delante de todo el mundo con un café en la mano.
Y el tercero, que esa mujer me pidió expresamente, con todas las letras y en un coche parado en doble fila, que no supiéramos quién era el otro, y respetárselo hoy es exactamente igual de barato que respetárselo entonces.
El motivo de verdad es otro, y también me lo sé, y lleva doce horas haciéndome ruido debajo de todo lo demás.
Esa mujer contesta con la cifra exacta delante de veintidós personas y sin pestañear.
Eso ya me consta. Lo que no me consta es qué hace cuando la cifra exacta la deja a ella en mal lugar, y esa es una diferencia que en mi oficio se paga en dinero.
He entrado en ocho almacenes ajenos desde 2011 y en todos había alguien que sabía muchísimo más que el organigrama y que llevaba años sosteniendo su propio sitio con lo que sabía.
Gente que no miente jamás y que administra la verdad con un cuentagotas, en el orden que le conviene y a la velocidad que le conviene.
Si la persona que lleva el sin es de esas, la campaña se cae en la segunda semana de diciembre y se lleva por delante cuatrocientos dos contratos de temporada de un pueblo de siete mil habitantes.
Así que decido no preguntárselo. Decido comprobarlo.
Y esa decisión, tomada un lunes a las siete y veinte de la tarde en un despacho con un archivador vacío y un calendario viejo encima, la tomo yo solo, en silencio y sin consultársela a una sola persona de esta empresa.
En ese momento me parece un ejemplo razonable de prudencia por parte de alguien que se acaba de gastar mucho dinero en una fábrica que se le está partiendo por la mitad.
Bajo al almacén de muestras de la planta baja y subo una caja de cartón de las pequeñas, las de doce tabletas, con el membrete impreso en un lateral.
Dentro meto dos tabletas del sin de la tanda veintinueve, que es la última que ha salido entera y que lleva envasada desde el veintitrés de octubre sin que la haya tocado una sola mano.
En un papel blanco escribo la fecha de envasado, el número de tanda y la hora, lo doblo por la mitad y lo pongo debajo de las dos tabletas, y cierro la caja con una sola tira de celo por el canto, sin precintarla del todo, para que se pueda abrir sin cuchillo, porque es una prueba de conservación y es de manual.
La campaña de esta casa se acaba el veinticuatro de diciembre, y de hoy a esa fecha hay cincuenta y dos días.
Si dentro de cincuenta y dos días esas dos tabletas siguen enteras dentro de una caja cerrada con una tira de celo, el problema está en la línea de corte y en el envasado, y se arregla con máquina y con dinero.
Si están partidas ahí dentro, sin que las haya tocado una mano ni una cinta ni un camión, entonces el problema está en la pasta.
Y llevamos dos meses arreglando a gritos la máquina equivocada.
Dejo la caja encima de su mesa, apoyada en la torre de papeles y girada hacia la silla para que sea lo primero que vea mañana al sentarse.
Cojo un rotulador de su bote, de los negros.
El veinticuatro cae en Nochebuena, o sea que la fecha se puede escribir sin escribir una fecha.
Y escribo encima de la tapa, en mayúsculas y con mi letra, que es mala y siempre lo ha sido:
ÁbrELO EN NAVIDAD
Lo leo desde arriba, con el rotulador todavía destapado en la mano, y suena a broma de oficina, que es exactamente lo que quiero que parezca, porque en el momento en que le explique qué estoy midiendo dejaré de estar midiendo nada y estaré midiendo a una persona avisada.
En la Vallonga esto se llama muestra testigo, se apunta en un registro y lo firman dos. Aquí, de momento, va a llamarse regalo.
Cojo la chaqueta del respaldo, apago la luz del despacho y compruebo, ya con la mano en el interruptor, que desde la puerta la caja se ve perfectamente y que las letras se leen desde el pasillo.
Y antes de salir vuelvo tres pasos, cojo el rotulador de encima de la mesa, le pongo el capuchón y lo dejo otra vez en el bote con la punta hacia abajo, igual que estaba.
Así no se seca.