Nuria
Y no hay Niño desde antes de la reforma del recibidor.
Y aquí eso es una de esas cosas que se saben a medias.
Cada año alguien dice que este año lo buscamos en serio.
Y cada año se pone la mula, se pone el buey, se dobla la paja en el pesebre y se sigue con lo que había que hacer.
Yo he mirado en el trastero. Dos veces. La segunda encontré un proyector, y el proyector sigue allí.
Detrás del recibidor está la planta, diáfana, con treinta y cuatro mesas repartidas en seis islas y una moqueta gris que absorbe el ruido y también las ganas de discutir.
La mía es la del fondo a la derecha, pegada a la ventana que da a la avenida de Elche.
Debajo tengo cuatro cajas de muestras que uso de reposapiés desde hace años y que ya tienen la forma exacta de mis pies.
A la izquierda hay dos despachos con puerta.
Uno es el de Óscar Devesa, con la persiana veneciana bajada a media asta desde una mañana de mayo en la que se atascó.
El otro lleva años vacío y dentro se guardan sillas.
Un lunes de campaña en esta planta tiene una forma reconocible.
Se entra antes. Se habla más alto. Se come de pie o se come tarde.
La gente que en junio contesta un correo en dos días lo contesta en cuarenta minutos, y la que en junio no contestaba sigue sin contestar.
Y todo el mundo, absolutamente todo el mundo, arrastra un carro invisible que pesa más cada semana hasta el veinticuatro de diciembre.
Enciendo la luz de mi isla y dejo el bolso debajo de la mesa.
En el office está la máquina de café, que funciona perfectamente y hace un café malísimo.
Aquí se toman unos cincuenta al día, calculo, desde que existe el edificio, y se protesta por los cincuenta.
Me sirvo el primero. Sabe a lo que sabe. Sigo.
Bego llega a las ocho y veinte con el pelo mojado y la carpeta de las pruebas del estuche debajo del brazo. Se para delante del belén con la cabeza inclinada, evaluándolo. Es como mira ella todas las cosas del mundo.
— Esto es el Belén Heritage — dice — . Edición 1994. Habría que ponerle una cartela pequeñita en una esquina.
— Ponle la cartela y verás quién la quita.
— La cartela no la quita ni Dios. Aquí lo que se pone se queda. Mira el proyector.
Bego le pone nombre comercial a todo lo que se le cruza por delante. A los estuches, a los turnos, a las carpetas y a las personas. A mí me llama la Central Nuclear desde marzo, se niega a explicármelo, y a estas alturas ya me da miedo preguntárselo.
El correo se abre a las ocho y cuarenta y empieza el lunes de verdad.
Hay un mensaje de Óscar de las siete y doce, asunto «Campaña Aldán, seguimiento», con nueve destinatarios en copia y, por supuesto, alguien en copia oculta.
Lo bonito llega a las ocho y treinta y ocho.
Quique contesta a todos desde su copia oculta con un «recibido, lo miro a primera hora».
A las ocho y treinta y nueve la planta entera sabe que Quique estaba en copia oculta.
Levanto la cabeza por encima de la pantalla.
Tiene la oreja derecha del color de un pimiento y la vista clavada en el monitor.
— Nota del jueves — dice en voz alta, leyendo del móvil y sin levantar la vista — : «no responder a todos». Está apuntado. Yo lo tengo apuntado.
— Está apuntado — repite alguien desde la isla tres, con mucha calma.
Y hasta ahí llega la broma, porque a las nueve entramos en la nevera y la nevera está a diecinueve grados con una humedad que ya quisiéramos en la fábrica.
La reunión de los lunes de campaña dura cuarenta minutos y la lleva Óscar de pie, con el mando del proyector en la mano y sin usarlo jamás, porque el proyector es el del trastero.
Somos siete. Loreto trae los partes de la semana en una carpeta de anillas con separadores de colores.
Bego trae el estuche. Quique trae el móvil boca arriba encima de la mesa, que es su manera de estar presente en un sitio.
Y yo traigo la hoja que no me ha pedido nadie, con lo que falta por cerrar y con el orden en que hay que cerrarlo.
— Por orden — empieza Óscar — . Primero, entregas. Segundo, incidencias. Tercero, lo del lote de Navidad, que ya me lo han preguntado cuatro personas antes de las nueve.
— ¿Al final hay lote o no hay lote? — pregunta Bego.
— Eso es el punto tres.
— Es que si no hay lote yo tengo que saberlo, porque el mensaje de la campaña interna se escribe distinto.
— Punto tres, Bego.
Se ríe media mesa. El lote de Navidad de empresa lleva sin decidirse desde octubre.
Entregas. Ciento ochenta mil tabletas del sin el viernes trece, seiscientas veinte mil el veinte y las seiscientas mil de la reposición de Reyes el veintiocho de diciembre. Loreto abre la carpeta por el separador azul con esa parsimonia suya que a Óscar le sube la tensión tres puntos.
— Punto cuatro dos uno del manual — dice — : no se libera una entrega parcial sin el acta de conformidad de la anterior. Y el acta de la treinta y dos la tengo aquí sin firmar.
— ¿Por qué sin firmar?
— Porque la treinta y dos no está conforme.
Ahí es donde hablo yo, porque si no hablo yo, en esta mesa los números se quedan en el pasillo.
— De las treinta y dos tandas del sin se han partido seis. La treinta y dos se cortó el sábado por la tarde y se fue entera al contenedor: veintiséis mil cuatrocientas tabletas. Las seis se han roto en el corte y en el envasado. En el transporte, cero. Eso lo tenemos medido desde agosto.
— ¿Y margen de maniobra? — pregunta Óscar.
— Cero. Si el trece no salen ciento ochenta mil, Aldán aplica penalización, y la penalización se come por dentro lo que ganamos con la marca propia.
Óscar deja el mando encima de la mesa y hace esa pausa suya de antes de decir algo que va a caer en saco roto.
— El lote de Navidad no es un regalo, es una nómina disfrazada. Y las nóminas disfrazadas salen caras y encima se agradecen poco. Lo dije el año pasado y lo digo este.
Silencio. Bego mira el estuche. Quique mira el móvil. Loreto apunta el punto del manual en el margen, por si acaso hace falta luego. Y yo me callo, porque el año pasado el cálculo del lote lo hice yo y Óscar tiene toda la razón del mundo.
Luego se pasa al punto tres y se habla del lote de Navidad durante veintidós minutos.
Veintidós. Los he cronometrado con el reloj del móvil por pura maldad.
Se discute si conviene lote o cheque. Se discute si el lote lleva vino.
Se discute qué se hace con los de campaña, que se van el treinta y uno y se llevan la mitad de la faena en el cuerpo.
Y se levanta la reunión sin decidirlo, que era lo previsto desde el minuto uno.
Yo salgo la última porque me toca apagar la luz de la nevera. Es una costumbre. Nadie me la ha pedido.
Volvemos a las mesas a las diez menos veinte.
Contesto once correos y cierro con Bego el listado de estuches.
Después meto en el sistema las once cajas que reetiqueté el sábado de rodillas encima de un palé.
En el mundo real ya estaban reetiquetadas.
Aquí el mundo real cuenta cuando aparece en una pantalla y ni un minuto antes.
Eso son cuarenta minutos que el lunes se come sin masticar.
Suena el fijo a las diez y veinte y en la pantalla pone Jijona, expediciones.
— Mi alma — dice Amparo, y con ese principio ya sé que viene material — , que sube el de Jijona.
— ¿Que sube quién?
— El de Jijona. Ha salido de aquí hace veinte minutos con la carpeta de las gordas debajo del brazo y ha preguntado por el organigrama de la tercera planta. Yo aviso, que es lo mío.
— Amparo, ese hombre lleva sin subir desde que firmó la compra.
— Pues son todos esos meses de correo sin abrir subiendo por la avenida de Elche dentro de un coche. Tres palés de correo, por lo bajo. Cuelgo, que tengo el muelle abierto.
Cuelgo yo también y me quedo mirando la planta por encima del monitor.
Aquí dentro no le ha visto nunca la cara.
Yo llevo catorce años en esta casa: entré con diecinueve haciendo prácticas en el almacén de Jijona, he visto tres logotipos, dos jefes de personal y un cambio de dueño, y del dueño sé lo que sabemos todos.
Que compró la empresa en septiembre del año pasado.
Que tiene una empresa de camiones fríos en la Vallonga.
Que baja a la fábrica a las seis de la mañana y se va antes de que aquí se encienda el primer ordenador.
Y que a esta planta no ha subido jamás, ni el día que firmó.
En la ventana de mi isla hay un cristal con una cinta de embalar puesta desde el verano, y desde aquí se ve la avenida de Elche entera. A esta hora ya circula la gente que ha ido a por el pan. Alguien va en bicicleta con una palmera de chocolate en la mano.
Estoy en el office a las once menos veinte con el segundo café, de espaldas a la puerta, discutiendo con Bego si el estuche va con ventana o sin ventana.
— Con ventana se ve el producto.
— Con ventana se ve el producto partido, Bego.
— Con ventana se ve el producto, y el partido no lo metemos en el estuche con ventana, que para eso está el control.
— Entonces es un estuche que solo sirve los días que va todo bien.
— Como todo lo bonito de esta empresa. Y como el estuche, que es sin y va sin.
Y en ese momento se abre el ascensor, y lo sé sin mirar porque el ascensor de esta casa hace un clac de puerta de nevera antes de abrirse del todo.
No me giro, porque estoy midiendo con el dedo una ventana troquelada. Oigo pasos. Oigo a la recepcionista decir buenos días con un tono que aquí solo se usa una vez al año. Y oigo cómo la planta baja de volumen de golpe, igual que baja una clase cuando entra alguien por la puerta del fondo.
— Ha subido — dice Bego sin mover los labios.
Me giro con el café en la mano y con el dedo todavía apoyado encima de una ventana troquelada que de repente me da exactamente igual.
Y es él.
Es el hombre del arcén. Es el hombre del escalón del ascensor, del perchero caído, de los huevos fritos a las dos de la mañana y de mi camisa puesta a las tres.
Lleva la misma chaqueta del sábado y las manos igual de grandes.
Está de pie en mi recibidor, al lado de un belén sin Niño, mirando la planta y contando mesas con los ojos.
A mí se me ocurren, en orden, estas cosas. Que el café está hirviendo y lo tengo en la mano. Que el sábado le dije que no me dijera cómo se llamaba, y por qué se lo dije. Y que el jersey que llevo hoy es el mismo que llevaba el sábado, porque el sábado bajé a Jijona directa desde la oficina.
Bego me está diciendo algo con mucho énfasis y yo la oigo como una radio en otro piso. La cabeza se me ha ido a hacer una lista. Es lo que hago yo con el pánico: listas.
Y detrás de mí, Quique, leyendo el móvil en voz alta y sin venir a cuento, dice el nombre.
— Jaime Berenguer Lloret. Nota de las nueve: «sube el consejero delegado, ser amables».
Veintidós personas levantan la cabeza a la vez. Yo también, y yo estoy la más cerca de todas.
Él me mira. Lo justo, ni más ni menos, con la misma cara con la que acaba de mirar las mesas y el belén.
— Buenos días — dice, a la planta entera — . Perdón por los catorce meses.
No contesta ni Dios, porque a eso no se sabe qué se contesta, y porque la mitad de esta planta está calculando cuánto correo suyo lleva ese hombre sin leer.
Echa a andar por el pasillo central y a mitad de camino se para, se gira y hace la pregunta.
— ¿Quién lleva el seguimiento del sin?
Tres personas me miran sin decir una palabra, que es la manera que tiene esta empresa de contestar a las preguntas de organigrama.
— Yo — digo.
— ¿Cuántas se partieron el sábado?
Y aquí tengo dos caminos. Uno es decirle que se lo paso por correo esta tarde y volver a mi mesa con el café. El otro es este.
— Veintiséis mil cuatrocientas. La tanda entera. Es la sexta de treinta y dos y las seis se han partido en el corte, no en el camión. El detalle está en el informe que mando todos los lunes a las siete y media, que es este de aquí.
Levanto la hoja de los lunes por encima del hombro, como quien enseña una entrada. La planta entera nos está mirando y se oye la fotocopiadora.
— ¿Todos los lunes?
— Desde 2019.
— ¿Y a quién se lo mandas?
— A quien había antes que tú.
Bego se atraganta con el café. Óscar sale de su despacho a mitad de una frase de teléfono, se apoya en el marco y se queda ahí con el móvil en la oreja sin hablar. Y él, que podría haberme mirado mal delante de todo el mundo, se mete las manos en los bolsillos y tarda en contestar.
— Pues desde hoy me lo mandas a mí. Y me lo mandas con lo que tú crees que hay que hacer, no solo con lo que ha pasado.
— Eso es más largo de escribir.
— ¿Cuánto más largo?
— Un jueves entero al mes.
— Pues un jueves entero al mes.
Y sigue andando hasta la puerta del despacho que lleva años cerrada, la abre con la llave que le acaba de dar recepción, entra y la deja abierta.
De la noche del sábado no hemos dicho ni media palabra. Y yo me vuelvo a mi mesa con el café frío y muy satisfecha de mí misma. Menos mal. Le he ahorrado a él un mal rato y a mí una vergüenza. Un sábado es un sábado y un lunes es un lunes.
La planta tarda en volver a sonar. Primero un teclado.
Luego dos. Luego el de siempre que carraspea.
Óscar se mete en su despacho y baja del todo la persiana, cosa que la persiana permite en un sentido y en el otro no.
Y desde la isla tres alguien dice, en el volumen exacto para que lo oigamos ocho personas, que este año igual sí que hay lote.
Bego se acerca a mi lado muy despacio, con la carpeta contra el pecho.
— Central Nuclear — dice — . Ahora ya sé por qué te lo puse.