Ábrelo en Navidad Jaime #2
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Jaime #2

Y se mueve ella. Despacio primero, buscando el sitio, con una mano apoyada en mi esternón para tenerme sujeto y la otra agarrada al barrote del cabecero, y después menos despacio, y en algún momento apoya la frente en la mía y se queda ahí respirándome en la boca.

Cada vez que intento incorporarme me empuja hacia abajo con la palma abierta y me lo dice con la mano.

Y esta vez va rápido, y ella lo lleva otra vez, y no le hace falta pararse porque no quiere que me pare, y cuando le digo cuándo, en voz alta y con todas las letras, ella se ríe y me aprieta la cadera con los muslos y no se levanta.

Son las dos menos veinte cuando nos quedamos boca arriba mirando el gotelé del techo.

— ¿Tienes hambre? — me pregunta.

— Mucha.

— Hay tres huevos y hay pan de ayer.

Hacemos huevos fritos a las dos de la mañana en una cocina de seis metros con una sartén que hay que levantar del fuego cada poco para que la puntilla salga y no se queme, cosa que ella hace tres veces sin dejar de hablar y sin mirar la sartén ni una sola vez.

Comemos de pie, con los platos en la encimera y el pan de ayer partido con la mano.

— ¿Sal?

— Segundo cajón.

— Aquí hay pilas.

— Entonces el tercero.

En el tercero está la sal, que es lo único ordenado de esta cocina. Se ha puesto mi camisa porque le queda de vestido, porque su jersey está en el pasillo y porque ir a por él le parece un viaje.

Y hablamos hasta las cuatro. Hablo yo, más bien, y esa es la parte de la noche que no había previsto.

Le cuento lo de la furgoneta. Que en 2011 me gasté cuatro mil doscientos euros en una furgoneta de segunda mano con el compresor gastado y que dormí dentro dos noches en un polígono porque no podía pagar la vuelta en vacío.

Le cuento que me adelantaron dos cursos a los once y que a esa edad eso no es ningún premio, porque te quedas sin compañeros de tu tamaño.

Le cuento que en mi casa, los domingos, después de comer, mi padre me sacaba a hacer cuentas de cabeza delante de las visitas.

Los porcentajes de una consignación, el cambio de una moneda, la raíz de un número gordo.

Y que yo las hacía. Y que todo el mundo aplaudía y decía qué barbaridad, y que luego se hablaba de otra cosa y a mí no me preguntaba nadie nada más en toda la tarde.

Le cuento que tengo una casa con el mar delante y once cajas de la mudanza en el cuarto de atrás, sin abrir.

— ¿Y por qué no las abres?

— Porque llevo siete años funcionando sin lo que hay dentro.

— Eso es un argumento buenísimo para tirarlas.

— Eso es un argumento buenísimo para dejarlas donde están.

Se queda pensándolo con el trozo de pan a medio camino, y decide que tengo razón, y me lo dice, y me molesta bastante más de lo que esperaba que me diera la razón tan pronto.

— ¿Y eso te gustaba?

— Eso era lo que había.

— No te he preguntado eso.

— Sé perfectamente lo que me has preguntado.

Se queda callada un momento, con el plato en la mano y los pies descalzos encima del mío porque tiene frío, y no insiste.

Y ahí, en el hueco que deja, tendría que hablar ella, y no habla.

Le pregunto por su trabajo de dos maneras distintas y las dos me contesta una cosa que suena a respuesta y que cuando la piensas cinco minutos después no lo es.

Y a mí, que llevo toda la vida contando lo justo y cobrando en información, esa noche me parece de un desahogo enorme.

Me estoy vistiendo en ese salón a las nueve y cuarto de la mañana, con la persiana medio subida y una franja de sol de noviembre cruzando el aparador, y por la ventana entra el ruido de una calle estrecha que a esta hora de domingo consiste en una moto, una persiana que sube y dos señoras que se han encontrado justo debajo y que van a tardar en despedirse.

Duerme boca abajo, con un pie fuera de la sábana y el brazo colgando por el lado de la pared.

A las siete, sin abrir los ojos y con una voz que era de otra persona, ha dicho que la puerta se cierra sola y que no hace falta que la despierte, y se ha vuelto a dormir en el mismo segundo.

Cojo la camisa del respaldo de la silla.

Me abrocho los puños. Y al girarme hacia la entrada paso al lado de la mesa de la cocina, donde anoche dejé las dos cajas de cartón que subió en la cadera y que no volvimos a tocar.

En la de arriba, en un lateral, hay una etiqueta impresa: Alberola Xixona, S.

A. Muestras. Y debajo, doblado por la mitad y con una goma alrededor, hay un dossier de campaña con el cuadro de entregas del sin en la portada, y abajo a la derecha, a bolígrafo azul, con una letra que hace las eles muy altas, una firma y un nombre en mayúsculas: NURIA BELLOT RIPOLL.

Me quedo quieto.

Podría ser cualquier Nuria. No lo es. En Alberola hay ciento treinta personas fijas y yo me sé cuatro nombres: el de Ximo, el de Loreto, el de Amparo, que me grita por teléfono desde expediciones, y el de Óscar Devesa, que me llama los viernes a las nueve.

Este no me lo sabía. Este lo acabo de leer de pie, con la camisa a medio abrochar, en la cocina de su casa.

Podría despertarla. Podría dejarle una nota debajo de la goma con mi nombre y las cuatro cosas que hacen falta para que esto no sea un desastre el lunes por la mañana, y sé perfectamente que es lo que habría que hacer y que hacerlo no cuesta dinero, y en lugar de eso me pongo la chaqueta, levanto el perchero del suelo y lo dejo de pie en su rincón, y salgo al rellano bajando el escalón que hay que bajar, y espero el ascensor en una escalera que un domingo de noviembre huele a café de todos los pisos a la vez.