Ábrelo en Navidad Jaime
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Jaime

— Cuidado, que hay un escalón.

— ¿Dónde?

Salgo del ascensor como quien sale de un contenedor mal nivelado, con un pie más arriba que el otro, y ella ya está metiendo la llave en la puerta de la derecha con las dos cajas apoyadas contra la cadera y la libreta debajo del brazo, en un equilibrio que se sostiene por costumbre y no por física.

El piso huele a cerrado y a ropa tendida dentro, y son sesenta y pocos metros, calculados de un vistazo desde el felpudo, que es una manía que tengo y que no sé apagar.

A la izquierda, una cocina estrecha con la ventana a un patio de luces y una mesa de cuatro sillas que hace de escritorio, con dos torres de papeles y un portátil cerrado encima.

Al fondo, un salón pequeño con un sofá que no ha elegido quien vive aquí, un aparador oscuro de los que pesan doscientos kilos y, encima del aparador, una libreta de tapas de hule cerrada con una goma.

A la derecha, una puerta entornada y un trozo de cama sin hacer.

Le cojo las cajas y las dejo donde me dice, encima de la mesa de la cocina, y cuando vuelvo a la entrada ella está colgando el anorak enorme de su padre en un perchero de pie de esos que se plantan en un rincón sin sujetarse a nada.

Cuelgo mi chaqueta al lado, y el perchero aguanta, con dignidad, se inclina hacia la puerta y se cae con las dos prendas puestas y un ruido de palo contra parqué.

— Cae solo — dice ella, sin girarse.

— ¿Pasa mucho?

— Con dos abrigos, siempre. Con uno, nunca. Yo vivo sola y esto lo tenía resuelto.

— Te lo compro yo. Los de pared con tres ganchos valen dieciocho euros y aguantan un saco de cemento.

— Estás otra vez.

— Estoy otra vez.

Se ríe con la boca cerrada, mirando el perchero en el suelo, y no lo levanta. Va a la cocina, abre un armario, saca una botella de vino con un lazo de rafia todavía puesto y le da la vuelta para leer la contraetiqueta.

— Esto me lo regalaron en una boda.

— ¿Y ha estado ahí desde la boda?

— Ha estado ahí y ha estado de pie, que es lo peor que le puedes hacer a una botella. Te he prometido un vino y te voy a dar un vaso de agua del grifo. Del grifo de Alicante, además, que tiene su cal y su personalidad.

Me da el vaso y bebo, y está fresca y sabe a tubería, y estoy en la cocina de una desconocida a las once y veinte de la noche de un sábado con el móvil vibrando en la mano por tercera vez, y me lo saco del bolsillo por puro reflejo, porque llevo sacándome el móvil del bolsillo cada vez que vibra desde que tengo empresa propia.

Ella me lo quita.

No me lo pide. Me lo saca de la mano de un tirón limpio, lo pone boca abajo en la repisa que hay al lado de la puerta de la cocina, encima de un montón de correo sin abrir, y deja la palma un momento encima, igual que hacía yo en el coche pero mejor, porque ella lo hace mirándome a los ojos.

— Eso es de mañana — dice.

— Eso es de ayer, en realidad.

— Peor todavía.

Y entonces me coge de la camisa a la altura del segundo botón, con toda la mano, y me empuja hacia atrás hasta que la espalda me da en la pared del pasillo, entre el marco de la cocina y el perchero caído, y a partir de ese segundo queda clarísimo quién está llevando esto.

— Agáchate un poco — dice — , que no llego y me da rabia.

Me agacho. Me besa. Me besa despacio al principio y con método, con una mano en la nuca y la otra ya bajando por el cinturón, y a los diez segundos deja de ser despacio y deja de ser método y me muerde el labio de abajo lo justo para que yo suelte el vaso encima del mueble sin mirar dónde lo dejo.

— ¿Se ha roto?

— No sé.

— Bien.

Le paso las manos por la cintura, por debajo del jersey, y tiene la espalda fría de la carretera y la piel del vientre caliente, y cuando le subo el jersey y se lo saco por la cabeza el pelo se le queda todo hacia delante y se lo aparta hacia atrás y se queda mirándome desde ahí, despeinada, con el sujetador puesto y una marca roja en el hombro de donde le ha estado apretando el bolso durante hora y media.

— Quítate la camisa.

Me la quito. Ella me mira. Y hay un instante en el que estoy a punto de decir una tontería para llenar el silencio, y me callo, y es la primera decisión buena que tomo en toda la noche.

— Así.

Me pone la mano en el esternón y me empuja otra vez contra la pared, con firmeza, no de broma, y baja la boca por el cuello y por la clavícula mientras me desabrocha el cinturón con las dos manos y sin mirar, y yo levanto la mía para tocarle el pecho y ella me la coge por la muñeca y me la vuelve a poner contra la pared.

— Ahora no.

— ¿Ahora no?

— Ahora no. Luego sí. Estate ahí.

Me quedo ahí, con las palmas contra el gotelé y una claridad casi administrativa en la cabeza: a mí no me manda estarme quieto ni el dentista, y la última instrucción que he recibido de una persona venía con un número de factura y un vencimiento a sesenta días.

— Los vecinos — digo.

— El de abajo tiene noventa y un años y el aparato de oír lo apaga a las diez. La del segundo trabaja los domingos y a estas horas duerme como un tronco. Y arriba están de obra desde junio.

— Te lo has mirado.

— Me lo miro todo. Es un defecto que tengo.

Me baja los pantalones y el calzoncillo de un tirón, se pone de rodillas en el pasillo de su propia casa con el perchero todavía tirado a medio metro y me la coge con una mano, y cuando levanta la vista para mirarme mientras se la mete en la boca yo cierro los ojos y ella me da un golpe seco en el muslo con la palma.

— Mírame.

— Es que si te miro esto se acaba en cuarenta segundos.

— Pues que dure cuarenta y uno.

Se ríe con la boca ocupada, experiencia nueva para mí, y sigue, y va sin prisa, y va cambiando el ritmo cada vez que nota que me estoy acercando, y cada vez que voy a decírselo ella ya lo sabe y para y me aprieta la base con los dedos y espera con la frente apoyada en mi cadera hasta que se me pasa.

— ¿Lo haces a propósito?

— Claro que lo hago a propósito.

— Es que hay gente que trabaja mañana.

— Mañana es domingo. Cállate.

A la tercera vez que para, me suelta, se levanta y se quita los vaqueros ahí mismo, dando saltitos sobre un pie, porque los vaqueros mojados de rodillas no salen de otra manera y porque a esta mujer le da exactamente igual que la vea.

Se quita el sujetador. Lo tira encima del anorak de su padre.

Y luego me coge otra vez de la nuca y me pone la boca en el oído.

— Levántame.

— ¿Contra la pared?

— Contra la pared. Y luego ya vemos.

La levanto. Pesa lo que pesa una persona y no lo que pesan las personas en las películas, y hay tres segundos de reajuste bastante poco elegantes en los que ella me clava el talón en el riñón y yo doy un paso lateral y el perchero, que estaba en el suelo y en paz, sale rodando y se estampa contra el zócalo con un estruendo desproporcionado.

— Ese perchero nos va a denunciar.

— Ese perchero lleva tres años esperando este momento — dice, y me busca con la mano y se coloca ella, y ahí ya no hablamos.

Entra despacio porque no queda otra y porque ella no se deja meter prisa.

Se para a mitad, con la frente contra la mía, respirando fuerte por la boca, y me dice que no me mueva, y no me muevo, y cuando por fin baja del todo y se le escapa un sonido de la garganta que no ha decidido ella, me clava las uñas en el hombro y se queda quieta unos segundos larguísimos.

— Ahora sí — dice.

Se oye el frigorífico. Se oye un coche abajo, uno solo. Después ya no se oye la calle.

Y ahora sí. La sujeto por debajo de los muslos y la subo y la bajo, y ella me marca el ritmo con los talones en la parte de atrás de las piernas, dos toques para más despacio, y yo aprendo el código en tres intentos porque es un código bueno, y en algún momento se agarra al marco de la puerta de la cocina con una mano para levantarse más y coger otro ángulo, y desde ahí me mira.

— ¿Ahora puedes hablar?

— Ahora sí.

— Pues habla.

— Estabas empapada antes de que yo te tocara. Lo noté en el pasillo y no dije nada.

— Se te notó a ti también. En el coche, en la rotonda de Sant Joan.

— Te voy a follar contra este marco hasta que se te vaya la pierna. Y cuando se te vaya, en tu cama, y otra vez.

— Eso lo decido yo.

Me muerde debajo de la oreja y me lo dice ahí, muy bajo y con todas las letras.

— En la cama te vas a estar quieto y vas a bajar. Y no subes hasta que yo lo diga.

— ¿Y si tardas?

— Pues tardas tú.

Y en algún momento me manda callar y luego me manda seguir hablando, las dos cosas en menos de un minuto, y cuando se corre lo hace sin hacer casi ruido, apretando los dientes contra mi hombro, y me deja una marca que voy a tener durante tres días.

— Al suelo — dice, con la voz rota — , que me estoy quedando sin pierna.

Le sudan las sienes. Tiene una peca debajo del pecho izquierdo. Se le ha corrido el rímel de un ojo y del otro no. Todo eso lo apunto sin querer. Yo apunto así desde siempre.

Nos deslizamos por la pared hasta el parqué, ella encima, todavía dentro, y ahí se queda un rato con la cabeza en mi cuello y la respiración yéndosele por la espalda.

— No has terminado.

— No pasa nada.

— Lo sé. Levanta.

Me lleva de la mano al dormitorio, que está a cuatro pasos y tiene la persiana medio bajada y una lámpara de mesilla con la pantalla torcida, y me tira encima de la cama con la palma abierta en el pecho, y se sube ella, y me mira desde arriba, apoyada en mis costillas.

— Ahora sí puedes tocar.

— Menos mal.

— Y quiero que digas cuándo. En voz alta. No me hagas adivinarlo.

— ¿Siempre das tantas instrucciones?

— Siempre. Lo que pasa es que la gente prefiere adivinar y luego quejarse.

— Yo no te he pedido ninguna.

— Tú las has obedecido a la primera. Eso es mejor que pedirlas.

Le pongo las manos en las caderas y por fin me deja subirlas, y le paso los pulgares por debajo del pecho, y cuando llego arriba se le corta la frase por la mitad, se le queda la boca abierta y se le olvida cerrarla, y esa es, de toda la noche, la imagen que se me queda.

— Ahí.

— ¿Ahí?

— Ahí, y tú quieto, que ya me muevo yo.