Nuria
Bajo del bordillo con el brazo todavía en alto, por si acaso.
Cuarenta y tres minutos llevo así. He probado el terraplén, he probado el capó y he probado el talud de la derecha, que está mojado y me ha costado una bota.
En esta curva el móvil marca una raya y medio segundo después ya no marca, y deja de marcar justo cuando el mensaje empieza a cargar.
Es como cuajar una crema a fuego vivo. Parece que va, y luego se corta.
Han pasado seis coches y han pasado los seis. Yo tampoco habría frenado, así que no me quejo del todo. Me quejo un poco, porque estoy sola en una carretera a las once menos veinte y llevo la batería al doce por ciento, pero me quejo hacia dentro y en voz baja. Es mi manera.
Lo de esta noche empieza a las seis y media.
Salgo de Alicante con el maletero vacío y una lista de tres cosas apuntada en el reverso de un albarán: bajar los estuches corregidos para el lunes, recoger las dos cajas de muestras del sin y comprobar con mis ojos que el reetiquetado de la partida de la semana pasada está hecho de verdad.
Hecho de verdad, quiero decir, y no hecho en un correo.
En esta empresa la mitad de las cosas se hacen en un correo.
Podía haber ido cualquiera. No ha ido cualquiera porque cualquiera es un señor que un sábado tiene una comunión, y porque cuando alguien tiene que bajar a Jijona un sábado, la que baja soy yo.
Llevo tantos años bajando que ya ni se propone en voz alta.
Se mira la mesa del fondo a la derecha y se sigue con la reunión.
El lunes hay reunión de campaña a las nueve.
Yo llevaré las muestras, el cuadro de entregas y una hoja con lo que falta por cerrar.
Esa hoja no me la ha pedido nadie. La llevo desde hace años, porque el primer año que no la llevé se decidieron dos cosas mal en veinte minutos y las dos las arreglé yo en enero, de noche y sin que se enterara la mitad de la planta.
Eso tiene ser la que sabe dónde está todo.
Que luego no hay manera de dejar de saberlo un rato.
Mientras espero, hago la lista de mañana. Llamar a la grúa a las nueve. Llamar al taller de mi calle, que abre los domingos hasta la una y que me dirá que la correa es lo de menos. Avisar a mi padre de que llegaré tarde a comer y aguantar que se ofrezca a acompañarme al taller.
Así que un sábado entero. Eso es lo que cuestan dos cajas de cartón.
He entrado por el muelle de expedición con mi llave y he estado dos horas y media dentro sin pisar el obrador, que está en la otra punta de la nave, detrás de la sala blanca, con su puerta y su ruido y su gente.
Yo he trabajado en la mesa de expediciones con el flexo encendido y el resto a oscuras, con esa luz verde de emergencia que te va marcando el pasillo hasta la salida.
De doscientas cajas había once sin reetiquetar.
Once. Las he hecho yo, de rodillas encima de un palé, con el rotulador entre los dientes, y he apuntado el número en la libreta.
Un número apuntado a mano es lo único que luego aguanta una discusión.
Y me he ido de allí con esa sensación buena y tonta de haber dejado algo cerrado, que a mí me sostiene la semana entera y que me dura hasta el primer semáforo.
He cerrado a las diez menos veinte, he arrancado y he salido del polígono con la radio puesta.
Doce kilómetros después la aguja de la temperatura ha empezado a subir como una leche que se va a ir por encima del cazo.
He parado en el ensanche, he abierto el capó y ahí estaba: la correa del alternador, rota, colgando como una tira de regaliz vieja.
Eso son dos mañanas de teléfono y un lunes de mal humor.
Aquí arriba hace un frío que se mete por las mangas.
En Alicante, a media hora de aquí, estaremos a dieciocho grados y habrá gente cenando fuera en manga corta con la chaqueta al hombro por si acaso.
Llevo el anorak de mi padre, que me viene tres tallas grande y huele a taller.
Está en mi maletero desde marzo porque él me lo metió allí sin preguntarme.
Esta noche resulta que el por si acaso era esto, y ya me está costando reconocérselo aunque sea a solas.
Aparecen unas luces largas en la curva de arriba y frenan.
Es un coche grande y viejo, de esos de empresa que se pasan la vida en la autovía y que se lavan cuando alguien protesta.
Se mete en el ensanche, se para a mi altura y baja la ventanilla.
Dentro hay un hombre muy alto encajado en un asiento que le queda pequeño, con una carpeta de gomas al lado y el mapa de la pantalla todavía encendido.
— ¿Alternador o correa?
— Correa. Del alternador.
— Entonces las dos cosas.
Se baja del coche y mide como una puerta. Mira el motor con la linterna del móvil, tira de la correa rota, la suelta y se limpia la mano en el pantalón sin ceremonias.
— Esto no se arregla aquí.
— Lo sé.
— Te llamo una grúa y la pago yo. Ciento diez euros desde Jijona a esta hora. Ciento treinta si tiene que subir hasta aquí.
— No.
— Es que si la llamas tú te va a costar lo mismo.
— Que no. Mañana la llamo yo, con el taller abierto y sin recargo de nocturnidad. El coche aquí está bien, en un ensanche y con las luces puestas.
Se queda mirando el ensanche, la señal y el arcén. Hace un cálculo que se le ve entero en la cara, como una cuenta que se hace sola.
— Baja el capó, que te llevo.
Y ahí tengo que decidir si me subo al coche de un desconocido en una carretera sin farolas.
Me subo. Me subo porque le he mirado las manos, porque en el asiento de atrás lleva un mono de trabajo doblado y una caja de herramientas de las que pesan, y porque llevo tres cuartos de hora con el brazo en alto como una boba.
Cojo el bolso, las dos cajas de muestras y la libreta, y bajo el capó de un golpe seco que suena a lata.
El coche por dentro huele a café frío y a plástico caliente.
Doscientos cuarenta mil kilómetros, un cargador enrollado con una goma del pelo que no es suya, un paquete de pañuelos abierto en la puerta.
Ni una miga, ni un ticket, ni una lata rodando.
Es un coche que se usa muchísimo y en el que no vive nadie.
— ¿Te dejo en algún sitio o te dejo en tu casa?
— Benalúa. Si te pilla.
— Me pilla.
Bajamos. Desde aquí quedan diecisiete kilómetros y veinte minutos, dos carriles, curvas y un arcén estrechísimo. Conduce despacio y sin adelantar a nadie. Eso me relaja bastante más de lo que estoy dispuesta a admitir a estas horas de un sábado.
— ¿Vives arriba? — pregunta.
— Abajo. Subo por trabajo.
— Ah.
Y ahí se para. No me pregunta qué trabajo, y yo tampoco le pregunto el suyo. Con el mono doblado detrás y la carpeta delante ya me he hecho una idea que a mí me sirve. Preguntar es abrir una puerta, y esta noche tengo las manos ocupadas sujetando cajas.
En la radio hay un villancico. A treinta y uno de octubre, con la calefacción puesta y una carretera de curvas, alguien ha decidido en alguna emisora que ya toca.
— Estos empiezan antes que nosotros — digo, y me río sola, y él no me pide que se lo explique. Es lo mejor que ha hecho en toda la noche.
Pasamos por delante de una venta de carretera cerrada, con la persiana a medias y una silla puesta debajo para que no acabe de bajar del todo.
— Esa silla lleva ahí desde que yo tengo memoria. Ese bar tiene una persiana con muleta.
— ¿Y aguanta?
— Aguanta mejor que muchas cosas que sí se han arreglado.
Coge el móvil del hueco de la puerta, mira la pantalla en un semáforo y lo deja donde estaba.
— ¿Malas noticias?
— Noticias de mañana.
— Entonces son de mañana. Déjalas ahí hasta mañana.
— Eso estoy haciendo.
Y deja el móvil boca abajo, esta vez con la palma encima, y no lo vuelve a tocar en todo el camino.
Habla poco y contesta rápido. Dice una cosa, se calla, y luego añade la mitad que se había dejado en la boca.
Hay un tramo largo de bajada en el que no decimos nada y el silencio no se corta, y esa es la primera cosa rara de la noche, porque yo con los silencios ajenos me pongo a rellenar como quien tapa un agujero con la mano.
En el segundo bostezo me pregunta si he cenado.
— Un paquete de galletas de la máquina.
— Eso no es cenar.
— Eso es cenar cuando bajas a Jijona un sábado.
— Paramos en la avenida de Elche y comemos algo. Invito yo.
— Que no.
— Es la segunda vez que me dices que no en veinte minutos.
— Es que llevas veinte minutos intentando pagar cosas.
Se ríe con la nariz, con la vista en la carretera. Y no insiste. Eso también es raro, porque la gente que ofrece dinero suele ofrecerlo tres veces, para que se le note bien que lo ha ofrecido.
Entramos en Alicante por la avenida de Elche a las once y cinco.
Palmeras y una terraza con las sillas ya recogidas y tres personas de pie al lado.
En tres semanas encienden las luces de la Rambla y de Maisonnave y esto se llena de bombillas colgadas por encima del tráfico.
A mí me pasará lo de todos los años: fabricar la Navidad desde julio y llegar a diciembre sin ganas de mirarla.
Llegamos a la calle de Alcoraya. Aparca en doble fila con las cuatro luces puestas, como todo el mundo.
Y entonces le miro. Le miro de verdad, con la luz naranja de la farola entrándole por la ventanilla y marcándole el lado izquierdo de la cara.
Mañana como en casa de mi padre a las dos.
Eso me deja la noche entera y cuatro horas de sueño, y las cuatro horas las doy por buenas ahora mismo, sin hacer más cuentas y sin pedirle permiso a nadie.
Subir un vino a un desconocido a las once de la noche es una cosa que yo no he hecho en mi vida.
Lo digo por si alguien lleva la cuenta. Tengo treinta y tres años, un contrato indefinido, media hipoteca y una libreta con las tandas apuntadas a mano desde 2015.
Y esta noche voy a meter en mi casa a un hombre del que no sé el nombre porque se lo he prohibido yo.
— Te subo un vino — digo.
Quita el contacto y se saca las llaves.
— Espera.
Me quedo con la mano en la manilla, medio girada hacia él, buscando la manera de decir esto sin que me salga un discurso.
— No me digas cómo te llamas.
— ¿Cómo?
— Que no me lo digas. Ni el nombre, ni a qué te dedicas, ni de dónde eres.
— ¿Por algo en concreto?
— Sí. Porque si me lo dices, el lunes te busco. Y el martes me acuerdo de que te debo una. Y el jueves estoy resolviéndote a ti un asunto que no me has pedido, gratis, en mi hora de comer y con la comida en el cajón.
— Eso lo has dicho muy deprisa para ser la primera vez.
— Lo pienso desde hace años. Decirlo es nuevo.
Se queda un momento con las llaves en la mano y una sonrisa que no acaba de salirle del todo. Luego abre su puerta, y esa es la respuesta.
Salimos. El portal tiene la luz temporizada de siempre, que dura un tramo y medio, y huele al detergente de la del segundo. Meto la llave, empujo con el hombro y él sujeta la puerta por encima de mi cabeza, esperando a que pase yo primero.
— Entonces tú tampoco me lo preguntes — dice, y entra detrás.