Ábrelo en Navidad
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Jaime
Las siete menos veinte de un sábado de finales de octubre, y en la nave de Jijona hay once personas que hoy no tendrían que estar aquí, cobrando un recargo de sábado que me sale a mil ciento veinte euros contando a Ximo, porque a las cinco de la tarde he decidido yo que de esta nave no se va nadie hasta que se corte entera la tanda treinta y dos del sin.
La empresa es mía.
Podría haber mandado a alguien.
Tengo una responsable de calidad que firma los partes, un maestro turronero con treinta y ocho años de perol, un director comercial en Alicante al que le pago un sueldo largo para que me cuente lo que pasa y noventa y seis personas más en mi otra empresa que se pasan el día resolviendo cosas sin preguntarme.
Y aun así llevo tres noches durmiendo en una pensión de la carretera con una toalla que en realidad son dos toallas cosidas, porque a la tercera vez que te cuentan un problema por teléfono lo que te están contando ya es un problema distinto, más redondo, más contado, con las esquinas limadas por el camino.
Yo he montado una empresa entera sobre la idea de que las cosas llegan tarde cuando las mira poca gente.
La treinta y dos entró en el perol el lunes.
Miel de romero, agua, el maltitol donde tendría que ir el azúcar, las claras cuando coge el punto, la almendra tostada encima.
Y a partir de ahí, cinco días de reloj lento que no se pueden apretar por dinero, que es la primera cosa de mi vida adulta que se me ha resistido de esa manera: los cajones, los molinos, el boixet, y después el remesat, cuarenta y ocho horas quietas en las que el aceite de la almendra hace por su cuenta lo único que de verdad importa aquí.
Luego los moldes, otras cuarenta y ocho horas escurriendo. Y hoy sábado, el corte.
O sea que lo que se corta esta tarde se decidió el lunes, y ya está fuera de mi alcance y del de todo el mundo.
El miércoles, en el remesat, Ximo metió la mano hasta la muñeca, sacó los dedos, se los frotó contra el pulgar y dijo que esta no iba a aguantar.
No pidió nada. No propuso nada. Lo dijo de la manera en que se dice que va a llover, y luego se fue a mirar otro perol, y yo me quedé apuntando en el móvil una palabra que ni siquiera sabía escribir.
Empiezan a desmoldar a las ocho y veinte, y al principio suena bien, porque así suena esto cuando va bien: a nada.
La cuchilla entra, la operaria levanta la tableta, la deja en la bandeja, coge la siguiente, y la siguiente se abre por el medio antes de llegar a la bandeja con un ruido pequeño de rama seca, y detrás la tercera hace exactamente lo mismo, y la cuarta, y la quinta ya se parte sola en el molde, sin que la toque nadie.
Hay unos segundos en los que solo se oye la cinta.
— Otra vez — dice Ximo, y se limpia las manos en el delantal, despacio, dedo por dedo.
— ¿El molde entero?
— El molde entero y los otros once, cada uno de su perol.
Me voy hasta la puerta de la sala blanca, donde está el contenedor gris del rechazo, y me quedo mirando cómo lo llenan de tabletas partidas por la mitad, con la almendra a la vista, un producto que hace cuarenta minutos era perfecto y que ahora es basura envuelta en papel de envasar bueno.
— Veintiséis mil cuatrocientas tabletas — digo, y no las cuento, me las sé, porque una tanda del sin son doce peroles y doce moldes y de ahí salen veintiséis mil cuatrocientas — .
A uno treinta y ocho puestas en el almacén de Aldán, ahí dentro hay treinta y seis mil cuatrocientos treinta y dos euros.
— Ahí dentro hay doce peroles — dice Ximo.
— Ahí dentro hay treinta y seis mil cuatrocientos treinta y dos euros, Ximo.
— Y doce peroles. Es lo mismo, pero se paga distinto.
Loreto llega con el parte y me lo pone delante, y a Loreto le he cogido cariño en dos meses porque Loreto se limita al manual y el manual se lo sabe entero.
— Punto siete cuatro dos — dice, y me señala el renglón con el bolígrafo — : si la textura no cumple, el lote no se libera. Treinta y dos del sin, no conforme. Van seis de treinta y dos.
— ¿Seis de treinta y dos?
— Seis de treinta y dos. Y la veintinueve salió entera sin que hubiéramos cambiado una coma.
Y aquí es donde hago lo que hago siempre, lo que me ha dado de comer desde los veinticuatro años y lo que esta tarde no sirve absolutamente para nada.
— Subimos la miel un punto y medio.
— Ya la subimos.
— Le damos una pasada menos de molino.
— Se pegó el martes pasado.
— Alargamos el remesat doce horas, que si el aceite necesita tiempo se lo damos. El tiempo lo pongo yo.
— El tiempo no lo pones tú.
— Pues cambiamos el maltitol por otro. Me da igual lo que valga, el lunes llamo al de Valencia, le compro lo que haga falta y bajo yo mismo a traerlo en una furgoneta.
Ximo se apoya en la mesa de amasado y me mira desde ahí abajo, porque le saco veinte centímetros y le da exactamente igual.
— ¿Has acabado?
— No.
— Pues acaba, que así terminamos antes.
Se ríe alguien al fondo, cerca del refinado, y se calla enseguida. Y lo que me revienta de esta tarde no es la tanda ni el contenedor: es eso, que se rían al fondo y se callen.
Empiezo otra vez y esta vez me callo yo primero, con las manos en los bolsillos, mirando la cinta, y entonces Ximo me cuenta en cuatro frases lo que lleva tres días intentando contarme mientras yo le contestaba por encima: que la almendra suelta su aceite en el remesat y que ese aceite es el que pega, que el azúcar normalmente sostiene todo ese invento mientras el aceite hace su trabajo, y que aquí el azúcar no está.
— ¿Y hay días que emulsiona y días que no?
— Eso es.
— ¿Y en agosto?
— En agosto salía. Hasta que dejó de salir.
— ¿Qué día?
— Yo no llevo calendario. Yo llevo peroles.
La marcona está a seis euros con veinte el kilo y en cada perol de esos se van doscientos ochenta kilos de almendra, y hago la cuenta en voz alta delante de la cuadrilla entera esperando que alguien me diga que me he equivocado.
Nadie me dice nada, porque no me he equivocado.
Iván, el chaval del almacén, que tiene veintidós años y la cara de estar aprendiendo tres cosas a la vez, se queda mirando el contenedor como si lo estuviera pesando con los ojos, y luego me pregunta si eso lo tiran o lo venden a granel, y le digo que ya me gustaría, y no le explico por qué, y él tampoco insiste.
Al fondo de la nave, en el muelle de expedición, sigue el palé 47: turrón de coco de la campaña de 2024, forrado de plástico, con la etiqueta amarilleada, en el mismo metro cuadrado desde que compré esto.
Lo he preguntado dos veces, y la primera me dijeron que estaba pendiente de una devolución y la segunda me dijeron que estaba pendiente. Un día de estos lo miro.
Héctor Palau llama a las nueve menos cuarto desde el coche, con el intermitente sonando de fondo.
Héctor Palau compra dulce navideño para cuatrocientas y pico tiendas y tiene una manera de hablar despacio que te enfría el aparato.
Me pregunta por el avance del sin, le digo que vamos, me pregunta qué quiere decir vamos, y le contesto que quiere decir que el viernes trece tendrá sus ciento ochenta mil tabletas en su almacén.
Cuelga sin despedirse del todo, y yo me quedo con el teléfono en la mano delante de un contenedor lleno de producto roto, haciendo la única cosa que sé hacer, que es dividir.
En esta nave la campaña son cuatrocientas dos personas más, casi todas de aquí arriba y casi todas con un contrato que empieza en septiembre y se termina cuando se termina el turrón.
De eso se habla poco aquí dentro y se lleva puesto todo el rato, como el olor.
Paran a cenar a las nueve y diez y bajamos al comedor de operarios, que tiene encima del tablón de turnos un reloj adelantado desde que existe el mundo, que no ha tocado nadie y que todos corrigen mentalmente sin darse cuenta.
Ceno con ellos. Una hora entera, con el táper de uno y el bocadillo de otro y una radio pequeña encima de la nevera que a treinta y uno de octubre ya está poniendo villancicos, y aquí dentro eso se recibe regular, porque aquí la Navidad es un turno de mayo a diciembre.
Se habla del sorteo del veintidós. Se habla de un cuñado que se ha comprado una furgoneta de nueve plazas para llevar a cuatro. Se habla del frío que hace aquí arriba, que a cuatrocientos cincuenta metros de altitud es frío del que pide chaqueta.
En toda la hora la fábrica no sale ni una vez en la conversación.
Ximo se levanta el último, se pone el chaquetón y me señala con la barbilla la ventana del comedor, que da al polígono y a la sierra negra de arriba.
— Xe, tú vete a dormir, amo, que llevas aquí desde el miércoles.
— Veintiocho euros la noche me cuesta la pensión. Por veintiocho euros al día yo me quedo aquí hasta Reyes.
— Si el problema no es lo que cuesta.
Y se va con las manos en los bolsillos y me deja esa frase encima de la mesa, que es la primera cosa inteligente que me han dicho hoy y que me la dice el que menos cobra de los dos.
Firmo el parte de Loreto y cierro el despacho de fábrica, que es un cubículo con un ventanuco a la sala de amasado, una mesa, dos sillas y un libro de firmas de visitas de tapas azules encima del alféizar en el que llevo catorce meses sin apuntarme, porque los dueños no firman.
Salgo a las diez y veinte. Jijona de noche es una cuesta con farolas amarillas, un castillo apagado arriba y un olor a almendra tostada que aquí no se va, ni en abril.
Hasta que no coges la carretera no te das cuenta de lo alto que estás: se ve Alicante al fondo, abajo, naranja, con la raya negra del mar detrás, a treinta y cinco minutos y veintinueve kilómetros de aquí, y entre medias no hay más que monte.
A la espalda, arriba, la sierra por la que se sube hacia Alcoi tiene esta noche una niebla puesta como una tapadera.
La CV-800 baja en curvas, con dos carriles, un arcén de nada y ni una farola desde que se acaban las últimas naves del polígono.
Conduzco despacio, porque el coche tiene doscientos cuarenta mil kilómetros y porque tampoco tengo prisa por llegar a una casa donde hay once cajas de mudanza con el rotulador borrado y una televisión enorme apoyada de canto contra la pared.
Mi padre me preguntó en agosto, en la casa de Busot, por qué compro fábricas si lo mío es mover cajas frías de un sitio a otro, y le contesté que porque la tenía delante y estaba mal llevada, y él dijo que eso mismo dice todo el mundo justo antes de comprar cualquier cosa.
Llevo desde los veinte años sin deberle nada a nadie de mi casa y en eso he sido de una constancia aburrida.
Aquello sabía hacerlo. Un camión sale a una hora y llega a otra, y entre las dos hay una lista finita de cosas que se pueden arreglar con una llamada o con dinero, y a estas alturas de mi vida esas dos son la misma herramienta con distinto mango.
Voy pensando en el viernes trece: ciento ochenta mil tabletas de primera entrega, y detrás el pedido entero de Aldán, un millón cuatrocientas mil tabletas, un millón novecientos treinta y dos mil euros, el cuarenta y uno por ciento de toda la campaña metido en una referencia que se parte sola.
Y para servirlo tengo seis tandas rotas de treinta y dos, cuarenta y ocho horas de reposo que no se pueden acortar, un maestro turronero que cuenta el tiempo en peroles y un cliente que llama los lunes a las nueve en punto para preguntar por el avance con una educación que da frío.
Se puede comprar almendra. Se puede comprar maquinaria. Se puede comprar un turno entero de una planta ajena, y de hecho lo voy a hacer y ya sé lo que me va a costar. Lo que todavía no he encontrado es la nave donde venden la razón por la que unos días liga y otros no.
Doce kilómetros después de Jijona, en un ensanche a la derecha, hay un coche con las cuatro luces puestas.
Un utilitario viejo con el capó levantado, aparcado donde se aparca cuando no queda otro sitio.
Y de pie al lado, de espaldas a la carretera, con un anorak que no es de abajo, una mujer con el brazo estirado hacia arriba y el móvil en la mano, moviéndolo despacio de izquierda a derecha, buscando la raya de cobertura que en esta curva no hay y que a mí tampoco me sale cuando llamo desde aquí.
Levanta el brazo un poco más. Se sube al bordillo del terraplén y lo levanta otra vez.
Y yo, que no he parado a ayudar a nadie en una carretera desde que tengo carné, porque para eso están los seguros y porque los seguros los pago religiosamente y a tiempo, freno.