Lucía Fernández lleva las cuentas de La Media Naranja como quien defiende una fortaleza: cada euro justificado, cada fila de la hoja de cálculo en su sitio.

Ha hecho los números y el veredicto es claro: o el edificio se reforma o el bar cierra en dos años.

Por eso ha preparado la propuesta perfecta —presupuesto, derrama razonable, obra por fases— y solo le falta una cosa: que la junta de propietarios la apruebe por unanimidad.

Votos a favor: todos. Voto en contra: uno. El del segundo.

Álvaro Reyes, escritor, no publica una novela desde hace tres años y no piensa explicarle a nadie por qué no puede pagar nueve mil ochocientos euros de derrama.

En la barra, convierte la hoja de Lucía en un avión de papel y se la devuelve con una provocación: «Su tabla de amortización tiene un error en la fila siete».

Ella lo comprueba tres veces. No hay ningún error. Esto no ha hecho más que empezar.

Y entonces revienta una tubería.

El segundo queda inhabitable, las reparaciones durarán semanas y la única cama disponible del edificio está en el cuarto que Lucía no usa.

Solución temporal, por supuesto. Con su contrato de convivencia, su reparto de estanterías y su calendario de custodia del ventilador.

Dos personas que no se soportan, separadas por un tabique y unidas por un descubrimiento inesperado: los dos se despiertan a las tres de la mañana.

Él, a releer correos que todavía duelen. Ella, a revisar cuentas que ya cuadran.

En la cocina de madrugada nadie finge. Y a las tres de la mañana, hasta los enemigos dicen la verdad.

Una comedia romántica de vecinos en guerra y convivencia forzosa, con una junta de propietarios como campo de batalla y un bar de Malasaña jugándose su futuro. Ríete de ellos y con ellos: final feliz garantizado.

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