Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo dieciséis — Voto favorable #2
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Capítulo dieciséis — Voto favorable #2

—Primero, sí —dijo doña Remedios desde las alturas, y esta vez no pidió cortinas ni nada, solo se oyó su silla de arriba, moviéndose.

—Cuarto, sí —dijeron los Espejo, él primero, ella después, coreografiados.

—Tercero —dijo don Cesáreo, con la carpeta en el regazo—, sí. Con reservas. —Y añadió, antes de que Pilar lo cortara—: La reserva es que lo he estudiado y está bien estudiado. Que conste.

—Que conste —dijo doña Pilar.

Y todas las cabezas volvieron a la silla del fondo.

—Segundo —dije yo—. Sí.

Doña Pilar bajó el tapón con la solemnidad de los que cierran épocas.

—Por unanimidad de las siete puertas —dijo—, queda aprobada la rehabilitación integral del edificio y la adecuación del local comercial.

Que conste en acta que la unanimidad se alcanzó con la verdad, que es la única manera de que las unanimidades duren.

Y que conste también, para que nadie confunda las cuentas, que la derrama de conservación de la tubería general —la urgente, la de julio— está abonada y su devolución reglada en este mismo registro: aquella fue otra cuenta, de otra junta que no necesitó junta, y ya tiene su propio camino. Lo que hoy nace es la reforma.

El portal aplaudió. No sé quién empezó —creo que fue Beni, desde la puerta del bar, con su vaso en la mano y la palmada de los que aplauden con una sola mano porque la otra sostiene lo importante—, pero el portal aplaudió, y Manolo gimió una vez por encima de los aplausos, y yo sentí una cosa que llevaba veintitrés años sin sentir delante de tanta gente: que la cara que me hacían no era la de la lástima. Era la de los vecinos. Que es otra.

Los vecinos fueron pasando por mi silla, uno a uno, con la solemnidad de un expediente bien cerrado.

Los Espejo me dieron la mano, él primero, ella después, y me dijeron que en Benidorm habían seguido todo el verano por el grupo «y que menudo verano, hijo».

Don Cesáreo me dijo que mi voto de la primera noche había sido «una cosa muy fea», y que el de esta noche era «una cosa muy bien dicha», y que entre una y otra cosa había pasado exactamente lo que tiene que pasar en un edificio: «que la gente aprenda a contar».

Doña Remedios no bajó; desde su barandilla me lanzó un «bien hecho, escritor» con la voz de no repetir nunca, y subió a redactar su crónica, que fue la más corta de su historia y la que nadie olvidará.

Blanca se quedó la última, con la carpeta de los poderes cerrada contra el pecho, y me dijo la frase que no me esperaba:

—Que conste que su discurso tenía números —dijo—.

Doce mil euros, doscientos catorce, nueve mil ochocientos.

Todo cuadrado. —Me miró por encima de las gafas—.

Es la primera vez que alguien le da las cuentas a esta junta con las cuentas de verdad.

—Se fue hacia la puerta, y a mitad de camino añadió, sin volverse—: Bienvenido a la escalera, escritor.

Las carpetas de la escalera, esas sí son mías.

Lucía no aplaudió. Lucía se quedó junto a la mesa con la libreta roja cerrada, esperando a que la sala se vaciara, y cuando el portal quedó casi vacío, con las sillas ya recogiéndose, se acercó con la carpeta del seguro bajo el brazo.

—Enhorabuena por el voto —dijo, con la voz de las cuatro de la tarde, la de las frases difíciles dichas fácil.

—Gracias por la nota —dije—. La de la puerta. Me la quedé.

—Ya lo vi —dijo ella—. Estaba quitada esta mañana.

—Puso la carpeta sobre la mesa, y la abrió por una página marcada con una pestaña amarilla—.

He venido con un documento, porque soy así.

Es el plan de pagos del fondo. La administración lo ha devuelto con la casilla del adelantante en blanco, como pedí yo.

—Señaló la casilla—. Pilar dice que la casilla es mía y que la puedo dejar vacía otra vez.

Miré la casilla en blanco. La miré bien, porque era la casilla más importante de todo el verano, la que ella había pagado para que yo no la viera y que ahora me enseñaba con el dedo quieto.

—¿Por qué me la enseñas ahora? —dije.

—Porque ahora ya no es un secreto —dijo ella—.

Y porque las casillas en blanco no existen, Álvaro.

Las casillas en blanco son decisiones que nadie ha tomado todavía, y esta la teníamos que tomar los dos.

—Pausa—. Yo la pagué sola, que fue mi error.

Pero no voy a repetirlo: de ahora en adelante, las casillas se rellenan de dos en dos o no se rellenan.

—¿Y si no la dejas vacía? —dije.

—Entonces constaría quién adelantó —dijo ella—. Y tú me deberías algo con nombre.

—Te debo algo con nombre de todas formas —dije—. Escríbelo.

Ella escribió mi nombre en la casilla, despacio, con el bolígrafo bueno, con la letra cuadrada de las que firman a diario. Y cuando terminó, debajo del nombre, en la línea de observaciones, escribió la otra cosa, la que no era un documento:

—«Me debes una cena —leyó en voz alta, mientras escribía—. Plazos: el resto del verano.»

—El resto del verano se acaba —dije.

—Se prorroga —dijo ella, cerrando la carpeta—. Las cláusulas buenas se prorrogan solas.

Y en el portal vacío, con las sillas recogidas y el tapón de cristal ya en su bolsa, nos miramos por fin sin la mesa de por medio, y ella dijo la frase que yo había estado esperando desde la cocina del jueves:

—Yo no te miré, Álvaro. Lo hice sin mirar, y me equivoqué, y no pienso pedirte perdón con la carpeta en la mano. Perdón. —Tragó—. Las cuentas claras empiezan por decirlas. Estas son claras: te quise ayudar y te hice daño, y las dos cosas eran verdad al mismo tiempo, y yo no sabía que cabían juntas.

—Yo tampoco sabía que cabían —dije—. Llevo tres meses pagando contigo sin saber que se podía deber y querer a la vez. —Me acerqué un paso, que era el paso que quedaba—. El libro ya tiene el final, por cierto. La página donde él se lo cuenta todo.

—¿Y cómo acaba?

—Él se lo cuenta delante de todo el edificio —dije—. Y ella le cobra una cena.

—Buen final —dijo Lucía, y sonrió con las dos mitades de la boca, la suya, la de los días buenos—. Redondo.

—No es redondo —dije—. Redondo sería que él supiera decirlo sin que ella le hubiera enseñado cómo.

Esto es otra cosa: es un final escrito por dos, como las cláusulas.

Él escribe la confesión y ella escribe la factura, y juntas hacen el libro.

—La miré, con la carpeta entre los dos y el verano entero detrás—.

Yo llegué a este edificio creyendo que la única manera de no perder era no deber nada.

Y me voy de este verano debiéndote una cena, una reforma, un verano y una cocina de las tres, y es la primera vez en veintitrés años que deberle algo a alguien no me da miedo.

Bajamos al bar, que estaba cerrado por junta, y abrimos solo para los de dentro: Irene, Daniel, Blanca, Beni, y las dos de arriba, Pilar y Remedios, que bajaban de la victoria con sed.

Brindamos con lo que había —cerveza de botellín para todos, que era el brindis de la victoria no esperada—, e Irene, desde la barra, dejó caer su comentario de jefa:

—Visto para sentencia —dijo—. Este verano ha sido muy caro y muy bueno. Que conste.

Y acto seguido, porque Irene no deja pasar ni un brindis sin su correspondiente trabajo, sacó de debajo de la barra una hoja impresa, la extendió sobre el mármol con la palma abierta y le dio un golpe seco, con la autoridad de abrir temporada:

—La reapertura es el dieciocho de septiembre —anunció—. Sábado. Lista de la compra. —Señaló la hoja—. Necesito voluntarios para la cava, la iluminación del trasbar nuevo y la playlist. Los que no se apunten se apuntan igual, que es el sistema de siempre.

—Yo llevo la playlist —dijo Daniel, levantando el botellín.

—Tú llevas los cables —dijo Irene—. La playlist la lleva la casa, que es la que sabe lo que le gusta al barrio.

Daniel aceptó la rectificación con la deportividad de haber perdido ya todas las votaciones domésticas de su vida, y el grupo se disolvió en risas y en planes, y yo me quedé con el botellín en la mano mirando la barra, donde la placa de la naranja partida —la de mil novecientos noventa y seis, la que había sobrevivido al derribo— presidía su sitio nuevo con la patina de las cosas que han visto nacer el bar dos veces.

Fue entonces cuando pasó lo del sobre, que nadie notó y que yo solo vi porque estaba mirando la barra.