Capítulo dieciséis — Voto favorable
El martes me levanté en el sofá de Daniel con la cláusula cero segunda redacción en la libreta y una certeza nueva: que el día se había acabado de esconder.
Desayuné solo —Daniel había salido temprano a la oficina, dejándome el día libre de propósito—, escribí dos páginas del libro que ya no me daban miedo, y a media mañana llamé a Diana.
Le dije la verdad, toda, por teléfono: que el libro iba por la página ciento cincuenta, que era distinto de todo lo mío, que tenía la fecha del treinta de septiembre clavada en la cocina como un cuadro.
Diana escuchó, y al final dijo la frase que yo necesitaba sin necesitarla ya:
—Vas a llegar —dijo—. Se te nota en la prisa, que ya no es de huida.
Después me duché, me afeité, me puse la camisa menos arrugada que quedaba en la bolsa de deporte —la de las juntas, la de los días en que uno va a dar la cara—, y salí de casa de Daniel a las seis de la tarde, caminando hacia la calle del Pez como se camina hacia un examen del que uno lleva meses fugándose.
Boole me despidió desde la estantería sin arañarme. Fue el único gesto diplomático de su parte en cuatro días, y lo tomé como lo que era: un permiso.
El paseo fue el más corto de mi vida y el más largo.
Veinte minutos de Madrid de agosto, que ya no era la ciudad fantasma de hacía un mes: volvía la gente, volvían los coches, volvía el ruido de los regresos de la playa, con las maletas llenas de arena, y las terrazas empezaban a tener otra vez ese aire de los bares que esperan septiembre.
Pasé por delante de la frutería de los trescientos sesenta y cinco días, que seguía abierta con su ley propia, y el dueño me saludó con la cabeza, que era su saludo para los de la casa, ya no para clientes de paso.
Pasé por delante de la librería del Olmo, y el librero no estaba, pero el cartel de «compramos libros» seguía ahí, y yo ya no necesitaba que me comprara nada: le debía a ese cartel la manera de mirar mi propia estantería.
Pasé por delante de la farmacia de la esquina, donde la cola del miércoles de agosto ya era de ocho personas, señal de que la ciudad volvía a ser la de siempre, que era la única señal que me interesaba.
Y en el portal del doce, antes de entrar, vi la puerta del segundo.
Estaba limpia. La nota ya no estaba: la había quitado ella, o la había quitado el portero del aire, o se la había quedado él, que era lo importante.
En el marco de la puerta quedaba la marca del celo, dos tiras de huella pegajosa, y debajo, la puerta de mi casa, que llevaba tres semanas siendo un siniestro y que a partir de septiembre iba a ser, otra vez, una casa.
Me quedé un rato mirando la puerta, y haciendo la cuenta de las veces que aquel edificio me había esperado: la noche del agua, la mañana del contrato, el día del ventilador, la cocina de las tres, la junta.
Edificios así no se compran ni se heredan: se ganan, puerta a puerta, con la cara.
Y yo llevaba toda la vida sin querer dar la mía.
En el portal del doce me encontré con don Cesáreo, que había vuelto del pueblo para firmar en persona, porque «los poderes de lejos son de fiar a medias y mi voto no es de medias».
Estaba delante del tablón de la comunidad con la carpeta de las reclamaciones bajo el brazo y cara de guerra pequeña.
Me vio, me miró de arriba abajo, y soltó el resumen del verano entero:
—Usted es el que dijo que no.
—Soy el que dijo que no —dije—. Vengo a decir otra cosa.
—Pues dígala allí —dijo él, señalando el portal con la barbilla—. Que aquí dentro todo el mundo ha venido a escuchar algo, y eso, en este edificio, es la primera vez que pasa en cuarenta años.
El portal estaba montado como la primera noche: la mesa de la administradora, las ocho sillas plegables de La Media Naranja, el tapón de cristal de la licorera en el centro.
Pero no era la primera noche: el ventilador hacía su turno sin custodia, Manolo gemía de fondo con su voz de tubería que aún no era nueva, y en la silla del fondo —mi silla, la de la primera noche— no había nadie.
Doña Remedios presidía desde la barandilla del primero, con la persiana arriba del todo, que en ella era la declaración de que aquello era histórico.
Los Espejo estaban en su sitio, recién llegados de Benidorm con el moreno de la playa y el poder firmado de vuelta en la mano de Pilar.
Blanca estaba junto a la mesa con la carpeta de los poderes, de pie, con la serenidad de haberlo contado ya todo dos veces.
Y Lucía estaba junto a la barra, con la libreta roja en la mano, sin mirarme todavía.
La entrada fue rara, como lo son todas las vueltas: nadie aplaudió, nadie me miró de más, y sin embargo todo el portal estaba al tanto.
Don Cesáreo me dejó pasar sin comentario, que en él era una recepción oficial; los Espejo me sonrieron con la sonrisa de haber leído la crónica entera por WhatsApp; doña Remedios, arriba, no dijo nada, que era su ovación.
Y Lucía, junto a la barra, siguió sin mirarme, con la libreta roja cerrada contra el pecho, y yo entendí que no mirarme era el único gesto que le quedaba: que mirarme, para ella, era ya decirlo todo delante de todos.
Doña Pilar golpeó la mesa con el tapón.
—Se abre la sesión. Junta extraordinaria de la comunidad de propietarios del número doce de la calle del Pez, treinta y uno de agosto de dos mil veintisiete.
Punto único del orden del día: rehabilitación integral del edificio y adecuación del local comercial.
—Miró la sala—. Constatada la presencia o representación de las siete puertas. Seis constan. Falta una.
Y todas las cabezas del portal se giraron hacia la silla del fondo, y hacia mí, que estaba de pie junto a la puerta con las manos quietas, y entendí que aquel era el momento que el verano entero había estado preparando sin que yo lo supiera: no la junta, no el voto, no la reforma.
El momento en que uno deja de ser el que se esconde en los libros.
Entré. Me senté en la silla del fondo, en la mía, y levanté la mano.
—El señor del segundo pide la palabra —dijo doña Pilar, con la neutralidad de saberlo ya todo—. Antes de la votación.
—No es para la votación —dije—. Es para la acta.
Y hablé. Hablé sin notas —la única vez en mi vida que hablé en público sin notas—, y hablé entero, porque las cosas enteras solo se dicen una vez y se dicen enteras o no se dicen.
Les conté lo del libro: que escribí una segunda novela que fue un fracaso, que la llamaron promesa y luego decepción, que mi agente se fue con una carta muy bien escrita y mis lectores se fueron con reembolsos por escrito, y que la editorial tenía derecho a pedirme doce mil euros que yo no tenía.
Les conté lo del banco: doscientos catorce euros, y lo dije mirando a la mesa, y la mesa no me miró de vuelta, que es lo que tienen las mesas.
Les conté lo de la derrama: que 9.800 € eran para mí una cifra imposible, y que voté en contra no porque la reforma fuera mala —la reforma es buena, la tabla de Lucía es perfecta, lo digo en acta—, sino porque no podía pagarla y no sabía decirlo.
Y les conté lo de la otra derrama, la de la tubería general, la urgente, la que sí llegó con recargo y vía de apremio: que tampoco pude pagarla, y que alguien de este portal la pagó por mí sin firmarla, con la casilla del adelantante en blanco, y que esa casilla vacía fue el gesto más generoso y más equivocado de mi verano, y que hoy, delante de todos, tiene por fin el nombre que no quiso poner ella.
Y les conté lo de mi padre, porque era la parte que debía a todos: que a los trece años vi a mi padre pedir dinero por la calle, puerta a puerta, con la gorra en la mano, y que aquel verano juré no pedir nunca, y que el juramento me había servido veintitrés años para esconderme.
Mientras hablaba, el portal hacía lo que hacen los portales cuando alguien dice la verdad: se quedaba quieto.
Los Espejo dejaron de abanicarse. Don Cesáreo dejó de mover la carpeta en el regazo, que era en él el equivalente a contener el aliento.
Doña Remedios, arriba, apoyó las dos manos en la barandilla y no tecleó nada, que era la noticia.
Y Lucía, junto a la barra, miraba la mesa con la libreta roja cerrada contra el pecho, y yo sabía que no me miraba porque mirarme era ya decirlo todo delante de todos, y lo que quedaba por decir era nuestro.
Hice una pausa, porque la frase siguiente era la que llevaba tres meses ensayando sin saber que la ensayaba, y salió entera, sin que yo tuviera que construirla:
—Voté en contra porque no podía pagarlo —dije, y la frase salió entera, la frase que me había costado el verano—.
Y no lo dije porque me enseñaron que pedir ayuda era perder.
Me enseñó la calle, me enseñó mi propio juramento, y me desenseñó este edificio, que me ha tenido tres meses viviendo encima de un bar que cuenta historias sin saber que las cuenta.
—Miré a la barra. Miré a Lucía, que tenía la libreta roja abierta y los ojos en la mesa—.
Se lo debo a esta junta y se lo debo a ella.
La reforma tiene mi voto. Y mi agradecimiento, que es más caro y llega más tarde.
El silencio duró tres segundos enteros, que en un portal de vecinos equivalen a una ovación.
Nadie se movió. Doña Remedios, arriba, no tecleó.
Y en el móvil de la señora Espejo, que lo enseñó después a todos, consta el mensaje que doña Remedios mandó al grupo aquel minuto, el único mensaje de su historia sin una sola exclamación:
«El escritor ha dicho la verdad. Ha costado. Ya está.»
Doña Pilar levantó el tapón de cristal, y la mano se le quedó un medio segundo en el aire, con la pausa de firmar tarde a propósito, y golpeó.
—Se procede a la votación del punto único —dijo—. Por el ático, sí. Por el bajo comercial, sí. Por el bajo interior, sí.