Capítulo quince — Poderes #3
—Yo pensé que si salvaba este bar no tendría que pedirle nada a nadie.
—La voz me salió entera, con la claridad de las cosas que llevan años escritas por dentro—.
Mi padre tenía un bar en Hortaleza. Lo cerró esperando: que el año que viene, que cuando pase lo malo, que cuando cuadren las cuentas.
La noche del cierre la pasamos los dos haciendo números hasta las tres de la mañana, con la persiana echada, y yo juré que ningún bar que yo tocara se cerraría así.
Por eso cuento. Por eso las tres de la mañana.
Por eso la reforma, la junta, la guerra de las puertas.
—Me giré hacia ellas—. Y resulta que este bar, al que le he dado todos los números que tengo, me está enseñando la única cosa que no se puede contar: pedir.
Pedirle a Pilar que firme. Pedirle a Cesáreo que no cuelgue.
Pedirle a él que venga mañana. —Hice una pausa—.
Llevo toda la vida pagando las cuentas de los demás para no tener que pedirles nada.
Y no funciona, chicas. Se pagan dos veces: una en dinero y otra en silencio.
Me quedé con la frase acabada y con la cara al aire libre, y por un segundo —un segundo de verdad— me vi a mí misma a los veintitrés años, en aquel bar de Hortaleza con la persiana echada, contando con mi padre lo que quedaba, que era poco, y lo que se debía, que era más, y pensando que si yo contaba más rápido, si yo encontraba la fila correcta, el bar no se cerraría.
No encontré la fila. El bar se cerró, y mi padre me dijo, aquella noche, la única cosa que me dijo en toda la noche: «No cuentes más, Lucía.
Las cuentas no salvan los sitios. Los sitios los salva la gente que pide a tiempo.
» Llevaba años sin oír esa frase. La oí aquella tarde en la terraza, delante de las dos, con la voz de mi padre entera, y supe por fin lo que venía a decir: que no era una contabilidad, era un aviso.
—Lucía —dijo Irene, con la voz baja.
—Estoy bien —dije, que era la frase de Daniel, la prohibida, y las tres lo supimos y nos reímos un poco, con la risa corta de estar aguantando.
Nadie dijo nada un momento. Luego Irene me cogió la mano por debajo de la mesa, que en ella equivale a una firma, y Blanca, que no toca a nadie, me cogió la otra.
—Pues pide —dijo Irene—. Estamos aquí.
—Ya pedí —dije—. A media España. Falta uno.
Blanca cerró su carpeta con el chasquido de las cosas decididas.
—Entonces mañana —dijo— lo pedimos entre todos. Que es lo único que sabe hacer este barrio.
Beni, que no había abierto la boca en toda la conversación —cosa rara en él, que comenta todo—, levantó su vaso hacia mí desde su sitio de la terraza, sin levantarse, con el gesto de brindar en las distancias largas.
—Yo ya lo dije en mi lista —dijo—. Yo no voto: acompaño. Que eso también vale, y más.
Le brindé de vuelta con mi manzanilla. La calle del Pez se iba poniendo de color de agosto, esa luz anaranjada de los últimos días, y yo pensé que la ciudad vacía se había llenado de nuevo, puerta a puerta y línea a línea, con la única cosa que no se puede comprar: con gente que dice que sí cuando se lo pides.
A las diez de la noche, con el bar cerrado y la operación del día terminada, hice el recuento final en la libreta roja, en la página de los poderes, con la letra de las cosas que no se borran:
«Seis puertas. Falta una. La del segundo. La de Álvaro Reyes. La única que no se puede pedir por teléfono, porque el teléfono no es su sitio, y porque pedirle a él no es pedir: es abrir la puerta grande que Beni dijo que alguien tenía que dejar abierta.»
Hice también el balance del día, que era lo que me tocaba, y el balance salió raro: no cuadraba a mi manera.
En la columna de haber: un poder escrito, un sí a regañadientes, dos presencias, un impreso que era mejor que los de la administración, una lista de Beni, y una frase dicha en la terraza que me había costado treinta y un años.
En la columna de debe: una nota pegada con celo en una puerta del segundo, y una conversación de mensajes vacía desde el jueves.
Y en el saldo, donde yo siempre escribo el resultado, no escribí nada, porque el saldo del día de pedir no se cuenta: se espera.
Y debajo, en la pestaña del Expediente Álvaro Reyes, que había cerrado el jueves y que aquel lunes volví a abrir, escribí la última línea del día:
«Mañana, en la junta, le diré las cuentas claras. A él. Que es a quien se las debía desde la fila siete.»
Apagué la lamparita de la cocina a las once, porque la cocina de las tres se quedaba vacía hasta que él volviera, y yo no iba a encenderla sola ni una noche más.
Manolo gimió una vez, desde dentro de la pared, con el tono exacto de quien da las buenas noches sin saber si alguien las está recibiendo.
Las recibí. Le dije «buenas noches, Manolo» a la pared, que era la última costumbre que me quedaba de la casa compartida, y me fui a dormir con el Expediente abierto y la respuesta en otra parte, como todas las respuestas de aquel verano: fuera de mis tablas, y de camino.