Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo quince — Poderes #2
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Capítulo quince — Poderes #2

A las dos de la tarde tenía un poder firmado, una presencia confirmada por teléfono desde un pueblo de interior, y la ciudad entera llena de mis voces: Benidorm, el pueblo de Cesáreo, la administración, el móvil de Pilar repartiendo órdenes desde su ático.

La ciudad fantasma se había llenado otra vez, por las líneas, de todos los que se habían ido, y cada llamada era una puerta que se abría a distancia, y cada puerta abierta era una prueba más de la lección que doña Pilar me había firmado en el ático: que las cuentas se cuadran solas, y que lo que no se cuadra solo es pedir.

Irene me trajo la comida a la mesa del rincón a las tres —bocadillo y manzanilla, que era su menú de operaciones especiales— y me dejó un papel al lado: la lista de Beni, que el viejo había dictado con su voz de conductor nocturno y Irene había transcrito: «Lo que yo he visto en este bar desde mil novecientos noventa y seis: que las cosas que se hacen entre todos se hacen, y las que se hacen solo no se hacen.

Firmado: Beni, que lo ha visto todo.» Era la movilización de las firmas hecha historia oral, y debajo, Beni había añadido de su puño y letra —una letra vieja, de las de antes, de esas que ya no se enseñan—: «Dígale a la niña que yo no voto: yo acompaño. Que eso también vale.»

Leí el papel dos veces y me lo guardé en la libreta roja, en la página de los poderes, que era la página donde ese día se apuntaba todo lo que valía.

Irene se sentó un momento enfrente, con las manos en la mesa, y me contó que Daniel le había dicho por teléfono que Álvaro estaba escribiendo.

«Escribiendo de verdad —dijo—, que Daniel dice que se le oye distinto.

» Y añadió, sin que nadie se lo pidiera, que en casa de Daniel las frases se hacían cortas pero las cosas se hacían largas, y que si él estaba escribiendo era porque estaba llegando a algún sitio.

«Los que escriben —dijo, levantándose— no escriben cuando están mal.

Escriben cuando ya saben.» Me dejó con eso y con el bocadillo, que estaba frío y perfecto, y yo me lo comí pensando que el edificio entero llevaba semanas haciendo de coro, cada uno desde su sitio: Remedios desde la persiana, Beni desde la barra, Pilar desde el ático, y ahora Daniel desde el sofá.

Los coros no se apuntan en las tablas. Yo los apunté aquel día.

Por la tarde, con los poderes de la mañana ya en la carpeta, hice lo que llevaba cuatro días aplazando: abrí la conversación de mensajes con Álvaro.

Estaba vacía desde el jueves. La última era mía, del miércoles anterior, una foto de Manolo con el pie «hoy ha gemido con cadencia de vals».

Antes, la del martes, de los dos cocos de la Asunción.

Antes, todas las demás, que eran un archivo entero de un verano que ya no existía.

Escribí tres mensajes. Borré tres. En el cuarto me detuve, porque entendí lo que estaba haciendo: estaba escribiendo para que él no tuviera que contestar, que era mi manera de seguir pagando las cosas sin que nadie lo viera, y aquel día —el día de las llamadas, el de los «por favor» y los «lo necesito»— ya no me servía.

No le escribí. Escribí otra cosa, en papel, con la letra cuadrada y el bolígrafo bueno, y la subí al segundo, y la pegué en la puerta de su piso con celo, centrada, a la altura de los ojos, como se pegan los avisos oficiales:

«Mañana, punto cuarto del orden del día. Junta extraordinaria, veinte horas, portal. Ven aunque sea para votar en contra. Lucía.»

Escribí esa frase sabiendo lo que significaba: que le daba permiso para votar en contra.

Que la reforma entera, que era mi verano y mi contabilidad y mi manera de no dejar morir a los bares, podía depender de que él viniera a decir que no en mi cara, y que yo prefería eso a que no viniera.

Hay decisiones que no se entienden con números; esa era una.

La tomé con la mano que me temblaba un poco al pegar el celo, y no por miedo a la respuesta: por la certeza de que la pregunta, por fin, era la correcta.

Bajé la escalera con el celo en la mano y el corazón en la boca, y en el rellano del primero me crucé con doña Remedios, que salía de su casa con la bolsa de la compra y me miró con la persiana de los ojos.

—Deja de ser tú la que sube las escaleras sola —dijo, sin saludar—. Eso ya lo has hecho suficiente este verano.

Y entró en su casa, y se oyó el cerrojo, y fue la única mención que me hizo nadie de que yo estaba pidiendo cosas.

A las seis, en el bar, Blanca hizo el recuento parcial con la carpeta y su calma de contar sin equivocarse nunca: «Un poder escrito —los Espejo—, una presencia confirmada: don Cesáreo viene en persona, que los poderes de lejos no le son de fiar.

Cuatro puertas más, las de aquí. Seis de siete.

Queda el segundo.» —Y debajo, con la letra de no poner nada en vano—: «El segundo no se tramita.

El segundo se espera.» Yo le pregunté si eso era una observación contable y ella dijo que era una observación de la casilla final, «observaciones, si las hubiera», y que ella siempre llenaba todas las casillas.

Era su manera de decirme, sin decírmelo, que lo del segundo no era una gestión pendiente: era lo único que importaba del día entero.

El atardecer fue de doña Pilar.

Subí al ático a las ocho, con la carpeta de los poderes, para el recuento oficial.

Doña Pilar los contó con las gafas de cerca y la mano en la mesa, uno por uno, con la lentitud de las que cuentan votos en serio: Pilar por tres puertas, Remedios por la suya, Espejo por poder escrito, Cesáreo en persona, que había confirmado que venía y los Cesáreo no faltan cuando dicen que vienen. Seis puertas. Faltaba una.

Doña Pilar cerró la carpeta, apoyó las dos manos encima, y me miró con esa mirada que tiene, la de haber visto todas las juntas del mundo y saber exactamente qué falta siempre.

—Seis —dijo.

—Seis —dije.

—Falta el del segundo —dijo ella.

—Ya lo sé.

—Y no puedes llamarlo —dijo ella.

—No —dije—. No puedo llamarlo.

Doña Pilar se abanicó una vez, despacio, con el abanico a medio abrir, tomándose su tiempo de presidenta. Luego dijo, mirando la carpeta y no a mí, la frase que me había dicho en aquella misma mesa diez días antes, la de la firma:

—Cuentas claras, hija, empiezan por decirlas. —Y levantó la vista—. ¿Se las has dicho a él?

La respuesta me salió sola, como las palabras de la séptima llamada, sin pasar por la tabla:

—No. Se las digo a todo el mundo menos a él. Le he pedido a media España en vacaciones que me deje su voto, y no le he pedido a él que se quede.

Doña Pilar asintió, que era su aplauso.

—Pues ya sabes lo que te falta —dijo—. No es un voto. Es una frase. Las frases se pagan mejor que los plazos, pero duelen más.

Bajé al bar con la carpeta en la mano y la frase en la cabeza, y en la terraza, donde Beni presidía su turno de la tarde con su vaso y su cara de sabérselo todo, me encontré a Irene y a Blanca contando las sillas de la reapertura, que era su modo de esperarme sin esperarme.

Me senté con ellas. No dije nada durante un rato, y ellas no dijeron nada, y Manolo gimió una vez, desde dentro, con la prudencia de acompañar.

Y entonces lo dije. Lo dije a las dos, que era la única manera de decirlo a mí misma, y lo dije mirando la calle del Pez, que a esa hora del atardecer tenía la luz de los días que se acaban: