Capítulo quince — Poderes
Hay gestos que no se ensayan. Los que se ensayan son los que ya has decidido hacer; los otros, los de verdad, los que cuestan la vida, se hacen con las manos antes de que la cabeza llegue.
El lunes treinta de agosto, a las ocho de la mañana, yo ya estaba en la barra del bar con el teléfono cargado, la libreta roja abierta en una página nueva y un solo nombre escrito en el margen: «poderes».
La convocatoria había llegado el domingo por la noche, como llegan las decisiones de doña Pilar: por teléfono, sin discusión.
Yo estaba en la cocina vacía, sin encender la lamparita, haciendo el cierre del domingo sin tener nada que cerrar, cuando sonó.
«Mañana quiero verte —dijo—. El martes hay junta.
» Y colgó, y me quedé con la noticia en la mano como se queda uno con una taza que alguien acaba de llenar: caliente, inesperada, y sin sitio donde dejarla.
Me pasé el domingo por la noche releyendo la pestaña del Expediente, que había cerrado el jueves y que desde entonces no había abierto, y no añadí nada, porque en el Expediente ya no cabían incógnitas: solo quedaba una fila en blanco, esperando la respuesta de la última columna.
La junta extraordinaria era el martes. Doña Pilar la había convocado con punto único del orden del día, la reforma, unanimidad de las siete puertas.
En agosto, unanimidad de siete puertas significaba una cosa exacta: cuatro puertas estaban en Madrid, y tres estaban en la playa.
Los Espejo en Benidorm, don Cesáreo en su pueblo, que era un pueblo de interior, de esos que aparecen en las noticias cuando nieva, y el segundo, que estaba en el sofá de Daniel y del que no sabía si venía o no venía.
La cuenta era de esas que no perdona: siete puertas, siete votos, todos presentes o representados, todos a favor. Doña Pilar venía con sus tres. Doña Remedios venía con la suya. Faltaban tres. Y de esas tres, dos se podían pedir por teléfono.
La tercera no.
Lo supe con la certeza de los cierres: el teléfono era mi terreno —los números, los plazos, las formas—, y el teléfono no era su terreno.
A Álvaro Reyes no se le pedía un voto por teléfono, como no se le pedía perdón con un impreso.
Lo de él era otra cosa, y esa otra cosa era exactamente lo que yo no había hecho en dos meses: dejar que él llegara solo.
—¿Y si no viene? —me preguntó Irene el domingo por la noche, cuando le conté la convocatoria.
—Entonces la junta se repite en septiembre —dije—, con el mismo resultado si él sigue en contra.
—¿Y si viene?
—Entonces la reforma tiene unanimidad o no la tiene —dije—. Y yo habré aprendido a pedirlo, que es lo único que la reforma no puede hacer por mí.
Irene me miró un rato, y luego dijo la frase de la que se hacen los cierres de verano:
—Aprender a pedir no es una reforma, Lucía.
—Es la única que me queda —dije yo.
Blanca me preparó la operación como se preparan las operaciones de verdad: con la mesa del rincón despejada, la carpeta de las juntas abierta y un impreso que había redactado ella sola el domingo por la noche, después de que yo le contara —todo, sin adornos, la operación del fondo incluida, porque con Blanca ya no quedaba nada que decir por dentro— mientras cerrábamos la semana del bar con el volumen bajo de las radios de madrugada.
El impreso de poder de Blanca tenía campos para todo: nombre del delegante, puerta, nombre del delegado, fecha, alcance del voto, y una casilla al final que a mí me pareció la más Blanca de todo el documento: «observaciones, si las hubiera».
Pilar la revisó el lunes por la mañana, la leyó con las gafas de cerca y la mano en la mesa, y no encontró ni un fallo, que era el certificado de calidad que en este edificio no da nadie.
—Es mejor que los de la administración —dijo doña Pilar, devolviéndomelo—. Guárdame una copia en la carpeta. Las próximas juntas se hacen con este.
La escena de la entrega del impreso la presenció Beni, que estaba en la barra con su primera caña de la mañana, y la contó después en su lista de la noche como «el día en que la secretaria de dirección le ganó el concurso de formularios a la administración de fincas», que era el modo que tenía de decir que Blanca llevaba años ganándolo.
Blanca recogió el cumplido con la mitad de una sonrisa, señal de que lo daba por bueno, y se puso a ordenar las copias por orden de puerta, «que el orden de las puertas es el orden del edificio», dijo, y nadie supo si hablaba de los papeles o de nosotras.
Irene, por su parte, convirtió la mañana en lo que ella convierte todo: en una movilización.
A las nueve ya había hablado con Beni, que había aceptado ser el testigo de las firmas —«que para eso llevo yo cuarenta años firmando en este bar», dijo— y había puesto sobre la barra su bolígrafo bueno, el de los recibos, con una solemnidad de notario.
A las diez el grupo de doña Remedios dejó de ser un culebrón y se convirtió en lo que nunca se había imaginado: un canal de movilización.
Doña Remedios lo anunció ella misma, con la seriedad de una directora de informativo en pie de guerra:
«ATENCIÓN VECINOS. Mañana, junta. Se necesitan poderes de los ausentes. Quien conozca a alguien que conozca a alguien, que escriba. Esto es por el bar y por el edificio y por nosotros. Firmado: la dirección.»
Y entonces empecé a llamar.
La primera llamada fue a los Espejo, que era la fácil: me cogieron el teléfono entre sombrillas, con el ruido de la playa de fondo, y dijeron que sí antes de que yo acabara la primera frase.
«Pero si la reforma la queremos nosotros más que nadie», dijo la señora Espejo, y su marido, detrás, gritó «¡que conste!
», que era su voto de siempre. Tardé cuatro minutos.
El poder llegó por foto a las once, firmado en una mesa de chiringuito, con la arena todavía en la esquina del papel.
La segunda llamada fue a don Cesáreo, y me colgó.
La tercera fue a don Cesáreo, y me colgó.
La cuarta fue a don Cesáreo, y antes de que colgara yo conseguí decir la primera palabra que aquel día me costaba más que todas las demás, que era «por».
—Don Cesáreo, por favor, no me cuelgue.
Silencio del pueblo. Se oía una campana, una televisión, la vida de un hombre que ha contestado tres veces al teléfono de una vecina que le quiere pedir algo.
—Diga —dijo él, al final, con la desconfianza de no recibir favores sin letra pequeña.
Le conté la junta, la unanimidad, el poder, el impreso de Blanca, que tenía casilla de observaciones y todo. Don Cesáreo escuchó en un silencio que en él era un auditorio entero, y al final dijo lo que llevaba diciendo toda la vida, pero con una variación nueva:
—Lo estudiaré. —Pausa—. Llámeme mañana a primera hora. Y dígale a la del ático que mi tendedero va en la primera fase, que lo tengo por escrito.
—Va en la primera fase —dije—. Fila veinticuatro.
—Esa fila me la sé —dijo, y colgó, y aquel colgar no era un no: era un sí con el formulario pendiente, que es como cuelgan los Cesáreo las victorias.
La quinta llamada fue la de los teléfonos cruzados: un primo de los Espejo que contestó por error, una conversación de diez minutos sobre la marea que no era la mía, y la lección de que en agosto los números de los demás pertenecen a la marea y no a nadie.
La sexta fue a la administración de fincas, para confirmar que el impreso de Blanca servía, y la administradora de secano me dijo la frase más bonita del verano: «Servir, sirve.
Está mejor hecho que los nuestros. ¿De dónde han sacado esto?
» —«De la que lleva los proveedores», dije.
Y me di cuenta, al decirlo, de que era la primera vez en la operación entera que daba las gracias en voz alta por algo que no había hecho yo.
Entre llamada y llamada, la barra se fue convirtiendo en lo que Irene llamaba «el puesto de mando»: la libreta roja abierta en la página de los poderes, el impreso de Blanca en copias, el bolígrafo de Beni cargado como un testigo oficial, y mi teléfono, que no había sonado tantas veces en mi vida seguidas sin que yo fuera quien llamaba.
Porque llamé yo. Llamé yo a todos. Y cada llamada me costaba lo mismo —el primer segundo, el de la palabra «por»—, y cada llamada costaba menos que la anterior, y esa era la curva de aprendizaje más cara que había hecho nunca, que no venía en ninguna tabla: la curva de aprender a pedir en agosto, a desconocidos y a conocidos, por una cosa que no era mía y que lo era entera.
La séptima llamada fue la que me enseñó la palabra.
Era para una vecina de la comunidad de al lado —prima de los Espejo, que se había ofrecido a llevar el poder a Benidorm en persona el martes por la mañana—, y salió sola, sin que yo la preparara, sin que me diera tiempo a atragantarme con ella: «Lo necesito.
» Dos palabras. Las dije mirando la libreta roja, donde el plan de la junta estaba escrito con mi letra más cuadrada, y las dije como se dicen las cosas que no se pueden calcular: directas.
La prima dijo que claro, que cómo no, que para eso está la familia, y yo colgué y me quedé mirando el teléfono con una cosa nueva en la boca, que no era una frase nueva: era una frase vieja que yo no había dicho nunca.
La octava llamada fue a don Cesáreo otra vez, porque el «lo estudiaré» tenía la costumbre de no quedarse quieto, y me dijo que lo había estudiado y que venía, pero que quería constar que no le gustaba cómo se hacían las cosas, y yo le dije que constara, y él dijo que constaba, y colgamos los dos satisfechos, que es el único tipo de victoria que los Cesáreo conceden: la que se firma a regañadientes.