Capítulo catorce — El sofá de Daniel #3
No para consolarme, que no era su estilo. Irene llamó como se llaman las tormentas: para avisar de que vienen. Lo dijo sin preámbulo, con la voz de las que ya han hecho el trámite de la compasión por dentro y solo sacan el papel:
—Lucía va a pedir los poderes. Mañana. A puerta por puerta y a teléfono por teléfono.
Va a llamar a los Espejo, a los del pueblo de Cesáreo, a todo el que se haya ido de vacaciones, y les va a pedir que le deleguen el voto para la junta del martes.
—Pausa. Se oía el bar detrás, la campanilla—.
No sé si te das cuenta de lo que te estoy diciendo.
Lucía no pide nada. Nunca. Lleva años sin pedir ni el cambio a la cajera.
Y mañana va a pedirle a media ciudad de vacaciones que le confíen su voto para que tu junta salga.
—¿Mi junta?
—La junta del treinta y uno —dijo Irene—.
La de la reforma. La que necesita unanimidad.
La que necesita que tú levantes la mano, Álvaro.
—Dejó que eso se quedara solo un segundo—.
No te llamo para que vuelvas. Te llamo para que sepas lo que ella está haciendo mientras tú estás en el sofá de mi novio.
Lo que haces con la información es asunto tuyo. Yo solo aviso.
—¿Y por qué avisas? —dije, que era la pregunta de verdad, y me salió sin pensar.
Silencio al otro lado. Luego la voz de Irene bajó de las noticias a lo que había debajo, que era lo único que ella no sabía disimular:
—Porque llevamos dos meses viendo cómo os lo decís todo menos lo que hace falta —dijo—.
Y porque yo he visto a esa mujer cuadrar cuentas para no llorar durante años, y esta semana por fin le ha dado por no cuadrar, y me está asustando lo bien que le sale.
—Pausa—. Y porque el martes hay quorum o no hay verano, y yo no quiero que el verano se nos muera por un sobre.
Vente o no te vengas. Pero que sepas que ella estará en la puerta de todos los que se fueron, con la libreta roja y sin una frase preparada.
Que es la primera vez en la vida que no se ha preparado una frase.
Y colgó, que es como Irene abraza: cortando el aire.
Me quedé en la cocina de Daniel con el teléfono en la mano y el diagrama de la servilleta sobre la mesa, y miré el calendario del móvil como se mira un tribunal: martes treinta y uno. La junta. La unanimidad. La mano que había que levantar.
Y del otro lado de la semana, a cuatro días de distancia, había una mujer que iba a levantar el teléfono para pedir por primera vez en su vida, por mi reforma, por mi voto, por mí, sin pedir nada para ella.
Esa era la cuenta que no me cuadraba. Esa era la fila que ninguna tabla de la mía había previsto: que el verano entero —la junta, el contrato, el ventilador, la cocina de las tres, el libro que ahora tenía ciento cuarenta y tantas páginas y ninguna donde él se lo contaba—, todo había sido una operación de dos partes en la que yo había escrito los capítulos y ella había pagado las facturas, y ahora tocaba el plazo final, el martes, y yo estaba en el sofá de otro con la única mano que faltaba.
Manolo no gimía en la casa de Daniel. No había Manolo en la casa de Daniel.
Pero a las tres de la madrugada de aquel domingo, que fue mi última noche allí, me levanté igual, por costumbre, y me quedé en la cocina ajena con el vaso de agua y la certeza de que la puerta grande —la que Beni dijo que alguien tenía que dejar abierta— la tenía que abrir yo.
La abrí sin saber aún cómo. Pero la abrí.
Primero miré el teléfono, que es lo que hacemos ahora para no hacer nada.
El borrador seguía ahí, con su «No esperes.
Espera. No sé. Perdón.», y lo miré como se mira una carta que uno no sabe firmar.
No la envié. Pero tampoco la borré, que era el progreso: tres años de borradores, y el de aquella noche era el primero que dejé ahí sabiendo que se iba a enviar, tarde o temprano, que la carpeta de borradores dejaba de ser un sótano para convertirse en una escalera.
Luego abrí la libreta. Pasé las páginas de las anotaciones, las frases robadas, el nombre tachado en negro que ya no se podía tachar más. Encontré la página limpia que me quedaba, la última, y escribí con la letra de las cosas serias, sin tacharla después:
«Cláusula cero, segunda redacción: volver a pedir ayuda, aunque sea por teléfono, aunque sea en una junta, aunque sea delante de todo el edificio. Y si no se puede pedir, ir. El martes. Y dar la cara.»
La dejé sin tachar. La primera cláusula de mi vida que no taché.
Y debajo, porque las cláusulas buenas tienen siempre una segunda parte que no se lee hasta que se firma, escribí la línea que no iba a enseñarle a nadie, que era el motivo de la cláusula y no la cláusula:
«Que lo que ella pagó en mi nombre se pague en voz alta. Que la casa entera oiga que lo digo. Que ya no me queden libros para esconderme dentro.»
Cerré la libreta. En la nevera de Daniel, el zumbido moderno y correcto siguió su turno, y yo me quedé un rato oyéndolo, sin té y sin Manolo y sin la silla que cojea, y pensé que las cocinas de las tres de la mañana no son un sitio: son una hora.
Y que la hora, a partir del martes, ya no me pertenecía solo a mí.