Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo dieciséis — Voto favorable #3
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Capítulo dieciséis — Voto favorable #3

Blanca estaba en el extremo, con su carpeta, y abrió un sobre que le habían traído esa tarde —gris, sin membrete conocido, con un logo que yo no reconocí—, y lo leyó de pie, con las gafas de cerca, y no dijo nada.

Leí su cara, que era mi oficio y el suyo, y su cara hizo una cosa mínima: la ceja derecha se movió un cuarto de milímetro, ni un pliegue más, y volvió a su sitio.

Blanca dobló la carta, la guardó en la carpeta, y se reincorporó a la conversación de la playlist con la normalidad de no haber abierto nada.

Nadie lo vio. Lucía estaba contando botellines, Irene estaba discutiendo la iluminación con Daniel, Beni estaba explicando a la pared por qué el verano del setenta y ocho había sido mejor.

Y yo me quedé con el dato, sin saber que era un dato: que la única persona de aquel bar que leía las cosas antes de que pasaran había leído algo que no le gustaba, y lo había guardado en su carpeta, que era el archivo del que no se escapa nada.

Daniel levantó el botellín y dictaminó, con solemnidad de cierre de informe:

—El sistema ha dejado de funcionar —dijo—. Enhorabuena a los dos.

Blanca no dijo nada hasta el final, y cuando lo dijo lo dijo como se dicen las cosas de las carpetas: mirando el documento.

—He guardado el contrato —dijo—. El roto. Que lo sepan los dos: no está roto, está pausado. Las pausas se levantan cuando las partes quieren. —Cerró la carpeta—. Es una observación, no una opinión.

—Las observaciones de Blanca —dijo Beni, desde su vaso— son las únicas que yo firmo sin leer.

Salimos del bar a la una, con la calle del Pez en su hora buena, y en el portal, delante de la puerta del bajo, nos paramos los dos sin saber quién entraba primero.

La casa llevaba cuatro días siendo una casa sin él, y ahora era otra vez una casa con dos, y el pasillo nos recibió con el olor de siempre, que era el olor a casa, que era el olor de las cosas que no se pueden comprar.

En el rellano del primero, doña Remedios estaba con la puerta entreabierta, esperándonos. No dijo nada de la junta, ni del discurso, ni del aplauso: sacó medio cuerpo, nos miró a los dos con la persiana de los ojos, y soltó la única frase que hacía falta:

—Ya era hora —dijo—. El grupo llevaba desde julio esperando esta conversación, y yo no cobro por esperar, pero tampoco regalo el agosto.

Y cerró con su cerrojo de siempre, y subimos los dos solos, y en la escalera, sin mirarnos, ella me cogió la mano, y fue el primer gesto de la casa nueva, que era la casa vieja con la verdad por fin en su sitio.

En la nevera, el contrato pausado seguía en su sitio —Blanca lo había devuelto esa tarde, sin decir nada, con una nota de «observaciones: ninguna»—, y Lucía lo descolgó del imán y lo puso sobre la mesa, abierto, con el margen de la cláusula cero arriba.

—Hay una enmienda pendiente —dijo ella.

—La escribo yo —dije—. Que la primera la taché yo.

Escribí en el margen, debajo de «redactada por dos, rota por dos», con el boli rojo de las urgencias y la mano firme de las cosas definitivas:

«Cláusula cero, tercera redacción: prohibido no pedir ayuda. Multa: un beso. Aplicable a las dos partes, con carácter retroactivo al quince de julio.»

Lucía la leyó, y sonrió, y dijo la palabra que aquel verano había aprendido a decir mejor que yo:

—Admitida.

Y me besó, o la besé yo, y la cocina de las tres de la mañana —aunque no eran las tres, eran la una y media, y no importaba— recuperó su condición de zona de no-hostilidad, con la lámpara encendida y el té de verdad en la tetera, dos tazas, las dos, la del asa grande y la del asa pequeña.

Y la puerta se cerró, y lo que pasó después de la puerta es de las dos personas que la cerraron, que fue la segunda cláusula que ninguna de las dos partes redactó y la que mejor se cumplió de todo el contrato.

Más tarde, mucho más tarde, cuando la casa ya dormía y Manolo gimió su gemido de todas las noches, los dos dijimos «cállate» al mismo tiempo, en la oscuridad, sin mirarnos, y nos reímos bajito, y la risa fue la primera que sonó en aquella cocina desde el jueves.

Y antes de dormir —porque la noche pedía un cierre, y los cierres de las casas compartidas se hacen en voz baja y en dos libretas—, ella escribió en la suya, desde su cuarto, y yo escribí en la mía, desde el mío, y las dos libretas quedaron abiertas sobre sus mesillas, una frente a la otra a través de la pared, con las páginas de la noche recién escritas, como dos cuentas que por fin cuadraban cada una en su lado.

Antes de dormirme, en mi cuarto —mi cuarto de nuevo, el de la ventana al patio, el de la mesa junto a la luz—, abrí la libreta y escribí la crónica de la noche, con la letra de las tres de la mañana, que era la hora en que ya escribía todo lo que importaba: la junta, el discurso, la casilla, la cena prorrogada, la cláusula con multa.

Y al final, en la página, escribí la nota que me había estado esperando todo el verano:

«Esta página no la corrijo.»

Y cerré la libreta, y me dormí a las cuatro, que era una hora nueva, una hora de haber contado la verdad y que no pase nada.

A las tres, conste, ya no me levanté. La cocina de las tres seguía existiendo, y seguiría, pero ya no era la hora de los escondidos: era la hora de contarse.

Y las dos libretas, en sus dos mesillas, lo sabían.

Y Manolo, que todo lo sabía desde julio, no gimió ni una vez más en toda la noche, que era la manera que tenían las tuberías viejas de dar el visto bueno.