Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Epílogo — Reapertura
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Epílogo — Reapertura

El dieciocho de septiembre, La Media Naranja reabrió con el trasbar nuevo y las luces nuevas, y el barrio entero vino a comprobar que los bares, como las personas, solo de verdad renacen si alguien los ha esperado.

La placa de la naranja partida presidía la barra nueva.

Beni llegó a las siete, con su vaso —que ahora colgaba de un gancho propio, instalado por Daniel con nivel láser y por Irene con lágrimas disimuladas— y ocupó su sitio de siempre, que era el sitio de siempre más veinte centímetros de encimera nueva.

Doña Pilar y doña Remedios se sentaron en la mesa buena, la del ventanal, y pasaron la velada comentando la obra con la autoridad de haberla pagado: Remedios contaba las visitas («yo he venido once veces, once») y Pilar corregía las cifras («nueve, hija, dos fueron a ver el tejado»).

Daniel e Irene se turnaron detrás de la barra y delante de ella con la coordinación de un equipo ya oficial, y en un descuido del servicio, cuando nadie miraba, se dieron la mano por debajo del mostrador, que era su modo público de decir lo suyo.

Hasta vino don Cesáreo, que no venía nunca al bar, y se tomó una caña de pie junto a la puerta, mirando el trasbar nuevo con cara de aprobar a regañadientes.

«El tendedero —dijo, sin saludar— va en la primera fase.

Que conste.» Constó, porque constaba ya desde la fila veinticuatro, y Beni le guardó un vaso de más en la barra, que era la manera que tenía Beni de darle la bienvenida a los que llegaban tarde al verano.

A las nueve, doña Pilar pidió silencio con el abanico —no con el tapón, que el tapón era de las juntas y esto no era una junta— y pronunció el único discurso de la noche, que duró once palabras: «Este bar lleva abierto desde antes de que nacieran casi todos.

Que dure.» Y se sentó, y el bar aplaudió, y Remedios lloró sin disimulo delante de todos, que era su única manera de llorar, y Beni gritó «¡por Ramón!

» con su vaso en alto, y todos gritamos «¡por Ramón!

», y la placa de la naranja presidió el grito desde su sitio nuevo, que era el sitio de siempre.

A eso de las diez, cuando la fiesta ya era una fiesta de verdad —de las de barrio, con los niños de alguien bailando en la esquina y el volumen subiendo por escalones—, Álvaro y yo nos escapamos a la cocina, que era la cocina del bar pero era también, desde agosto, la nuestra.

Estaba el ventilador, que había pasado el verano sin custodia y que ahora, en septiembre, nadie sabía ya de quién era.

Lo miramos los dos, en silencio, y él dijo la única cosa que se podía decir:

—Propiedad compartida.

—Como todo lo demás —dije yo— que vale la pena.

Álvaro llegó con la libreta bajo el brazo. La puso en el cajón de la barra, entre los recibos y las tizas, y dijo, señalándolo:

—Aquí vive mejor.

El manuscrito llevaba ciento ochenta páginas.

El plazo del treinta de septiembre seguía ahí, clavado en el calendario como un cuadro, pero ya no era un plazo: era una fecha.

Las fechas son plazos que han dejado de dar miedo.

Y el contrato de convivencia —el original, el de la nevera, el de la cláusula cero con multa— presidía la cocina del bar, enmarcado también, que fue idea de Irene y voto unánime de todos, porque los papeles de aquel verano se habían ganado su sitio en las paredes igual que la placa.

A las tres de la mañana, con la fiesta cerrada y el barrio en silencio, los dos nos sentamos en el umbral del trasbar nuevo —el suelo nuevo, la ventana nueva, el olor a pintura que ya era olor a bar—, con dos tazas de tila, que habíamos vuelto a comprar, que era la primera compra de la casa nueva.

—¿Sabes lo que me dijo Pilar al cerrar? —dijo él.

—Dime.

—Que esta casa ha vivido tres veranos malos y uno bueno, y que el bueno ha sido el de la gente que contaba las cosas. —Levantó la taza—. Por las cuentas claras.

—Por decirlas —dije yo, que era la otra mitad.

Brindamos con tila, que es el brindis de los que ya no necesitan celebrar.

Afuera, Madrid no había aprendido aún a quedarse quieto: se oía un coche lejano, la persiana de algún bar que cerraba tarde, la ciudad entera preparándose para septiembre, que es su mesa grande.

Y yo pensé, mirando el local que había jurado salvar, que la cuenta del verano por fin cuadraba, y que no cuadraba por los números: cuadraba porque alguien había aprendido a pedir, y otro a dejarse pedir, y las dos cosas eran la misma operación hecha por dos partes, cada una en su lado de la pared.

El bar estaba vivo. No por la reforma, ni por la tabla, ni por la junta: porque dos personas que se pasaron un verano contando paredes descubrieron, una madrugada de agosto, que la pared era la misma. Y eso, que no se apunta en ninguna fila, es lo único que hay que aprenderse.

Fin del verano. Fin del expediente. La cuenta del bar, por una vez, la cerramos entre los dos.

Cuando ya íbamos a cerrar, sonó la campanilla.

Blanca estaba detrás de la barra con el inventario de las botellas y, delante, la carta del sobre gris de la noche de la junta —logo desconocido, cortesía de los que compran calles enteras: un escrito de intenciones sobre los locales de la calle del Pez, redactado con tacto de guante de terciopelo.

El que entró era el abogado de la mesa del fondo, el de los documentos y el whisky solo, años viniendo al bar sin ser del bar.

Aquella noche cruzó el local como quien entra por primera vez en un sitio, se detuvo ante la barra y dijo que buscaba al responsable, que quería hablar de los locales de la calle.

Depositó una tarjeta sobre el mármol con las dos manos: Hugo Mendieta. Asesoría legal.

Blanca lo miró. Miró la tarjeta. Miró la carta doblada en su otra mano, y sopesó las dos cosas con la calma de las que pesan sin balanza.

—Con permiso —dijo, con su sonrisa más educada—. Esta conversación necesita una agenda.

Él sonrió, dijo que él siempre llevaba una, y Blanca ya sacaba la suya.