Una pared y dos insomnios (Las del bar 2)
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Capítulo uno — Unanimidad
Aquella noche todo era cuestión de aritmética, y la aritmética es el único terreno donde yo no pierdo.
Lo tenía calculado desde febrero, que es cuando una persona sensata empieza a preparar una junta de julio: siete puertas, siete votos, una reforma de sesenta y ocho mil seiscientos euros, nueve mil ochocientos por vivienda y una unanimidad que conseguir a las nueve de la noche de un jueves con treinta y ocho grados de resaca térmica flotando todavía sobre la calle del Pez.
Yo había llegado al portal a las siete y media, con dos horas de margen, porque los portales no se conquistan de improviso. Se conquistan con sillas.
Bajé del bar ocho sillas plegables en dos viajes, las dispuse en herradura alrededor de la mesa de la administradora —una mesa de madera que doña Pilar sacaba del cuarto de contadores cuatro veces al año con solemnidad de relicario exhumado— y coloqué sobre ella mi carpeta, mi tabla impresa, mi acta modelo y dos bolígrafos.
Dos. Uno para firmar y otro por si el primero decidía morir en servicio, que es el tipo de tragedia que no figura en ningún presupuesto y sin embargo ocurre.
La carpeta era la pieza central. Treinta y una filas de Excel pasadas a papel, con la fila siete en negrita, que era la de la amortización si la comunidad pedía el crédito puente que yo ya había negociado con el banco de la esquina.
Nadie me lo había pedido. Yo lo hago por deporte y por supervivencia, que en mi caso son la misma columna.
Llevaba desde junio con aquella tabla. Seis semanas de mediciones, tres presupuestos de constructoras, dos visitas del técnico del seguro y una conversación de cuarenta minutos con el director de la sucursal bancaria, que me había acabado llamando «señora Fernández» con el respeto que se le tiene a un temporal anunciado.
La tabla tenía pestañas. La tabla tenía colores.
La tabla tenía, estoy dispuesta a jurarlo, alma.
Hay quien me pregunta —nadie me lo pregunta, pero hay quien lo piensa muy alto— por qué una contable se deja la piel en el edificio donde solo es inquilina.
Respuesta corta: porque mi vida cabe entera en el bajo interior de esa escalera y mi trabajo cabe entero en el bajo comercial, y cuando un edificio se hunde, no pregunta por el contrato de cada uno antes de llevarse a todos por delante.
Respuesta larga: La Media Naranja no es un trabajo, es la suma de todo lo que tengo.
Irene puso el nombre, heredado de su tío Ramón, que decía que un bar es la media naranja de un barrio: la mitad que le falta para ser feliz.
Blanca puso el orden. Yo puse los números.
Y los números, aquella noche, decían algo muy sencillo: o el edificio se reformaba, o en veinticuatro meses la media naranja era un local en venta con persiana echada.
Yo había visto una persiana echarse así una vez, despacio, con un cartel de «traspaso» colgado torcido.
No pienso contarlo. Baste decir que desde entonces hago las tablas con pestañas.
A las ocho menos diez, la persiana del primero emitió su clic de siempre. No la subió del todo; doña Remedios nunca la subía del todo. Dejaba la franja justa para que la calle supiera que estaba siendo observada, y aquella noche la calle éramos nosotros. Tres segundos después vibró mi móvil.
«Vecinos Pez 12», decía el grupo. «Ya están montando el teatro en el portal. La del bar ha bajado sillas. Traed palomitas.»
Sonreí. Doña Remedios llevaba cuarenta años cosiendo dobladillos y sesenta y cinco perfeccionando el arte de saberlo todo antes que nadie; su grupo de WhatsApp era el periódico oficial del edificio y ella su redactora jefa, su corresponsal de guerra y su consejo de redacción.
Yo había aprendido a quererla como se quieren los telediarios: con resignación y con la esperanza de salir bien en la foto.
A las ocho y media llegó doña Pilar Ordóñez, presidenta, propietaria del ático, del bajo comercial y del mío, y única persona en este edificio capaz de acallar una bronca de vecinos con un solo movimiento de abanico.
El abanico era de caoba, heredado de su madre, y lo usaba como un cetro.
Se sentó a la cabecera, depositó junto al acta un tapón de cristal de una vieja licorera —su mazo de presidenta, nadie recordaba ya desde cuándo— y me dirigió una inclinación de cabeza que en el código Pilar significaba: «Veo que has venido a ganar. No te confíes.»
—Buenas noches, Lucía —dijo—. Veo sillas de más.
—Sillas de menos, diría yo. Esta noche hay quorum de sobra.
—Eso —contestó, abriendo el abanico— es lo que dicen los optimistas antes de cenar.
Detrás de ella entraron los Espejo, el matrimonio del cuarto, dos profesores jubilados que votaban siempre igual, primero él y luego ella, como si llevaran cuarenta años ensayando el movimiento.
Luego don Cesáreo, el tercero, con su carpeta de reclamaciones históricas bajo el brazo —la antena comunitaria, la humedad de su tendedero, el horario de la limpieza de la escalera, un expediente de once años— y su cara de venir a decir que no a algo que todavía no se ha dicho.
Yo llevaba tres semanas trabajándome a don Cesáreo.
Su tendedero figuraba en mi tabla, fila veinticuatro: reparación incluida, partida propia, ochocientos cincuenta euros. Era mi póliza de paz.
El último en llegar fue el del segundo.
Álvaro Reyes. Treinta y pico, camisa arrugada de escritor que plancha los lunes y olvida por qué, la libreta esa en el bolsillo del pecho, donde vivía siempre, como un órgano más.
Lo veía casi a diario desde la barra: bajaba a por el café de las diez, leía el periódico de cabo a rabo en la mesa junto a la ventana y se lo dejaba luego al viejo Beni, doblado por la página de deportes.
Nunca pedía nada raro. Nunca daba problemas.
Por eso no estaba en mis cálculos, y por eso, supongo, me equivocé.
En contabilidad lo llaman error de omisión: la partida que no ves porque no hace ruido.
Se sentó en la silla del fondo, la más alejada de mi mesa, y sacó la libreta. Eso me molestó sin saber por qué. La gente saca bolígrafo cuando viene a apuntar cifras. Las libretas pequeñas, en cambio, son para otra cosa.
—Buenas noches a todos —dijo, y saludó con la barbilla, como quien entra en un vagón de metro.
Irene bajó a las nueve menos cinco, directa desde el bar, con el delantal todavía puesto, entrando como se entra a un partido propio.
Ella era la cara de la operación: su nombre figuraba en la propuesta como titular del local, su sonrisa era la mitad de mi estrategia comercial.
La otra mitad era la fila siete. Se sentó a mi lado, me apretó la rodilla por debajo de la mesa y susurró:
—¿Cómo lo ves?
—Siete puertas —susurré—. Seis son trabajo hecho. La séptima no levanta la vista de la libreta.
—Pues que escriba bonito —dijo Irene—, porque esta noche firma.
Doña Pilar dejó caer el tapón de cristal sobre la mesa, un golpe seco y definitivo, y el portal entero se puso en pie de silencio.
—Se abre la sesión —anunció—. Junta ordinaria de la comunidad de propietarios del número doce de la calle del Pez, quince de julio de dos mil veintisiete. Habida cuenta de que la convocatoria fue entregada buzón por buzón, procedo a leer el orden del día.
Yo la había redactado yo misma, aquella convocatoria, y doña Pilar la había firmado sin cambiar una coma, que en ella era una declaración de amor. Aun así, la leí otra vez por encima de su hombro, como se repasa un examen ya entregado:
«CONVOCATORIA DE JUNTA ORDINARIA. Comunidad de Propietarios, calle del Pez, 12.
Orden del día: punto primero, lectura y aprobación, si procede, del acta anterior; punto segundo, estado de cuentas de la comunidad; punto tercero, varios; punto cuarto del orden del día: rehabilitación integral del edificio, acometida energética y adecuación del local comercial, con derrama estimada por vivienda: 9.
800 €. Se recuerda a los señores propietarios que, conforme al artículo diecisiete, el acuerdo requiere unanimidad. »
Unanimidad. Hay palabras que en los papeles parecen instrucciones y en la vida real son apuestas.
Los tres primeros puntos fueron lo que siempre: un duelo de trileros con reglas.
El acta anterior pasó con una corrección de don Cesáreo, que exigió que constara que su ausencia en marzo fue «por causa médica y no por desinterés vecinal, como maliciosamente se insinuó».
Nadie había insinuado nada, pero constó.
El punto segundo era mío por derecho de sudor: las cuentas de la comunidad las llevaba yo desde hacía tres años, gratis, con dos columnas y una hucha, y las aprobó la junta en cuatro minutos porque nadie quería el puesto.
Llevar las cuentas de una comunidad de vecinos es mi segundo trabajo: el que no me paga nadie y el que nadie quiere quitarme, que es la definición exacta de esclavitud voluntaria.
Hubo una pregunta del matrimonio Espejo sobre el fondo de reserva —«¿cuánto hay, exactamente?
»— y yo di la cifra exacta, con céntimos, de memoria: dos mil ciento doce euros con cuarenta.
Doña Pilar asintió como asienten los jueces.
En varios, doña Remedios reclamó desde la barandilla del primero —no había bajado; presidía la sesión desde su púlpito, con la persiana a media asta a su espalda— que se prohibieran los patinetes apoyados en la pared del portal, «que rozan el zócalo, que es de mármol de los de antes, no como ahora».
Don Cesáreo quiso enlazarlo con su expediente de la antena, doña Pilar lo desenlazó con el abanico, y se prohibieron los patinetes por seis votos contra la abstención de Álvaro, que no levantó la vista de la libreta ni para abstenerse con energía.