Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo uno — Unanimidad #2
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Capítulo uno — Unanimidad #2

Yo lo miraba escribir. Es una manía profesional: cuando alguien toma notas delante de mis números, necesito saber qué anota.

Pero él no anotaba cifras. Escribía frases cortas, subrayaba algo, ponía una flecha, sonreía por dentro de una manera que no me gustó nada.

Los que vienen a rebatirte subrayan números.

Los que subrayan adjetivos vienen a otra cosa.

Y entonces llegó el punto cuarto.

Doña Pilar me cedió la palabra con el abanico. Me levanté. Repartí la tabla. Y durante veinte minutos fui la mejor versión de mí misma, que es la que habla en columnas.

Les di la verdad, porque la verdad, bien ordenada, es el único argumento que no se desgasta.

El edificio tenía cincuenta y tres años y la fontanería era la original: tuberías de un material que ya no se fabrica y una paciencia que ya no se compra.

La factura energética del local había subido un treinta y uno por ciento en dos años, y yo había puesto ese treinta y uno en la fila nueve, en rojo, para que nadie tuviera que fiarse de mi palabra.

El trasbar no cumplía la normativa desde hacía una década; mientras no se adecuara, La Media Naranja no podía ampliar cocina, ni terraza interior, ni horarios, ni nada.

Y un bar que no puede crecer es un bar que está esperando turno para morir.

—Lo digo con números, no con dramatismo —dije, y señalé la fila once—.

Este es el flujo de caja del local proyectado a veinticuatro meses.

Aquí —fila doce— con la reforma hecha. La diferencia entre las dos líneas no es una opinión.

Es la diferencia entre que este portal siga oliendo a café todas las mañanas o a cierre definitivo.

—¿Y la aseguradora qué dice? —preguntó uno de los Espejo, aficionado a las letras pequeñas de los seguros.

—Dice lo suyo —contesté—. En la previsión que les pedí en junio hay una frase que yo misma subrayé dos veces: siniestralidad previsible en instalación de fontanería original.

Previsible. Lo escribieron ellos, que no regalan nada.

Traducción: las tuberías tienen cincuenta y tres años y están pensándose la jubilación anticipada con nosotros dentro.

La reforma no es un capricho estético, señores Espejo.

Es quitarse de en medio antes de que el edificio tosa.

Hice la pausa que ensayan los que han vendido algo alguna vez.

—La derrama son 9.800 € por puerta. Lo sé.

Es un disgusto. Por eso la fila siete es la más importante de este papel: con el crédito puente que he prenegociado, cada vivienda paga ciento sesenta y tres euros al mes durante cinco años, y la comunidad no desembolsa nada por adelantado.

Ciento sesenta y tres. Lo que cuesta cenar dos veces fuera de casa.

Don Cesáreo carraspeó. Yo ya tenía la respuesta cargada.

—Y su tendedero, don Cesáreo, va en la fila veinticuatro, con partida propia. La humedad desaparece y el zócalo de doña Remedios deja de recibir patinetes, porque el portal se repinta entero.

—Eso no lo habíamos pedido —dijo uno de los Espejo.

—Lo sé —dije—. Lo pongo igual. Es lo que tiene un presupuesto hecho con cariño: se anticipa.

Doña Pilar dejó de abanicarse un instante, que era su manera de aplaudir.

—Pues expuesto el punto cuarto —dijo—, se somete a votación.

Requiere unanimidad, como saben. Voto de las siete puertas, empezando por las mías.

Por el ático, sí. Por el bajo comercial, sí.

Por el bajo interior, sí. —Me miró—. Y que conste que voto sí porque los números cuadran, Lucía, no por las clases de gimnasia que le debo a usted.

—Anotado —dije.

—Primero, sí —dijo doña Remedios desde las alturas—. Aunque luego usted y yo hablamos de unas cortinas, niña. No se me asuste, que es cosa de dos minutos.

—Anotado —repetí, y anoté también lo de las cortinas, porque un sí con letra pequeña es un sí, pero la letra pequeña hay que leerla.

—Cuarto, sí —dijeron los Espejo, él primero, ella después, coreografiados.

—Tercero —don Cesáreo se ajustó la carpeta en el regazo—, sí. Pero que conste en acta que lo estudiaré.

—Constará que vota sí —precisó doña Pilar con el tapón en la mano—. Lo de estudiarlo es asunto entre usted y su conciencia.

—Que conste igualmente —insistió él.

—Que conste —cedió ella.

Y entonces el silencio hizo lo que hace siempre en las juntas: buscar la silla del fondo.

Álvaro Reyes cerró la libreta con una lentitud que a mí se me clavó en alguna parte entre las costillas. Miró la tabla que tenía delante, sin tocarla. Miró a doña Pilar. Y levantó la mano a media altura, con la pereza exacta de quien pide la cuenta en un restaurante.

—En contra —dijo.

El portal entero aspiró aire a la vez. Oí el clic de la persiana del primero subiendo un palmo de golpe, que era doña Remedios asomándose a su propia noticia.

—¿Cómo dice, hijo? —preguntó doña Pilar, y en su boca la palabra hijo pesaba como un expediente.

—En contra. Del punto cuarto.

—Motivos.

—Personales.

—Los motivos personales —dijo doña Pilar— se los guarda uno para su almohada. Esto es una junta.

—Entonces: ninguno que deba a esta junta.

Yo estaba de pie. No recuerdo haberme levantado, pero estaba de pie, con el bolígrafo de repuesto en la mano, y les juro que noté la punta temblando contra el acta.

Sesenta y ocho mil seiscientos euros. Veinticuatro meses de margen.

Treinta y una filas. Todo aquello, toda aquella arquitectura de números que me había costado medio invierno, derribada por una palabra de dos sílabas pronunciada con la voz de quien confirma que quiere el café solo.

—Seis votos a favor —dijo doña Pilar despacio, como dándole tiempo a arrepentirse—. Uno en contra. El acuerdo requiere unanimidad. El punto cuarto queda… —buscó la fórmula menos cruel—… aplazado.

—Rechazado —corrigió Álvaro, amable—. Aplazado es cuando hay esperanza.

Y abrió otra vez la libreta.

Nadie se movió durante tres segundos enteros, que en una junta de vecinos equivalen a tres minutos de gritos.

Luego doña Pilar golpeó la mesa con el tapón de cristal y levantó la sesión, y el portal se llenó de ese rumor de sillas arrastradas y frases a media voz que es la manera que tienen los edificios de digerir las desgracias.

Doña Remedios ya estaba tecleando. Mi móvil vibró antes de que yo llegara a la puerta.

«VOTO EN CONTRA DEL ESCRITOR. SIN MOTIVO. Repito: SIN MOTIVO. Esto va a traer cola.»

Irene me llevó del brazo al bar, que es donde nosotras procesamos todo: las alegrías, las pérdidas y los desastres de planificación urbanística. Blanca estaba cerrando la caja y nos había seguido la junta por el grupo de doña Remedios, que en rigor debería cobrar suscripción.

—Céntrate —dijo Irene, poniéndome delante un vaso de agua con gas que yo no había pedido—. Es una votación. Se repite. Se trabaja. Tú ya has levantado cosas peores.

—No he levantado nada peor —dije, y mi voz salió tan plana que me asusté—. Lo peor que he levantado en este bar fue lo de la boda que no se celebró, y aquello era un depósito y dos familias. Esto es un edificio entero con una tubería de cincuenta años abrazada a nuestro cuello.

—Lo de la boda lo levantaste tú sola —insistió Irene—. El depósito del sitio, el cambio de fecha, los números para que ni tu madre ni la mía perdieran un euro gritándose «¡no!» en el bar. Nadie te lo pidió, Lucía. Lo hiciste.

—Porque cuadraba.

—Porque no sabes hacerlo de otra manera —dijo Blanca, sin levantar la vista de la caja.

Callé, porque era verdad y porque la verdad, desordenada, es insoportable.

Cuando lo de la boda de Irene se torció —la boda que no fue, la de octubre, la que montaron nuestras madres por su cuenta con depósito del local incluido—, fui yo la que se sentó con aquellas cuentas y las deshizo número a número hasta que el dinero volvió a su sitio y las madres a la suya.

Nadie me lo había pedido. Yo lo hago por deporte y por supervivencia.

Ya lo he dicho: en mi caso son la misma columna.

Blanca cerró la caja con un chasquido limpio, se quitó las gafas de cerca y dedicó al techo dos segundos de reflexión, que era como daba a entender que había llegado a una conclusión.

—Ha dicho que no con la misma cara con la que pide la cuenta: como si el mundo le debiera una explicación que él no debe a nadie.

Irene soltó la risa por la nariz. Yo no. Yo estaba repasando la tabla en mi cabeza, fila a fila, buscando qué había visto él que no hubiera visto yo, y la respuesta era: nada. No había nada. La tabla estaba bien.