Capítulo uno — Unanimidad #3
—Se trabaja —repetí, copiando a Irene—. Mañana empiezo por don Cesáreo, que es un sí con pies de barro, y subo puerta por puerta. Al del segundo lo dejo para el final.
—¿Por qué para el final? —preguntó Irene.
—Porque quiero llegar a su puerta con los otros seis en el bolsillo —dije—.
Para que vea la foto entera antes de volver a decir que no.
Y porque no sé de qué va. A los que dicen que no por dinero se les habla de plazos; a los que dicen que no por obra, de fechas; a los que dicen que no por manía, de tendederos.
Pero él no ha dicho de qué va, y yo no negocio con incógnitas. Las incógnitas se despejan primero.
—Qué miedo das, bonita —dijo Irene, con admiración sincera.
—Gracias —dije—. Es mi don y mi condena.
—Y bien —dije, cerrando la carpeta—, esto no es una puerta cerrada. Es una puerta con seis llaves dentro y una fuera. Ya la meteremos.
Irene chocó su vaso contra el mío sin que hubiera nada que celebrar, que es el gesto que más quiero de todo su repertorio.
—Por las juntas —dijo—. Que nos den guerra corta.
—No hay guerras cortas —dijo Blanca—. Hay guerras con buena contabilidad.
Eso sí me hizo sonreír. Estaba anotando mentalmente la frase para robársela en la próxima junta cuando sonó la campanilla de la puerta.
Era él. La chaqueta al hombro —se la había dejado en el respaldo de la silla, en el portal; la traía recogida—, la libreta otra vez en el bolsillo del pecho, y esa calma insoportable de la gente que duerme bien.
No saludó. Cruzó el bar en cuatro zancadas, tomó de la barra, junto a mi vaso de agua, la hoja de mi tabla —mi tabla, mi original, la de las anotaciones a lápiz en los márgenes— y con dos dobleces precisos, de escolar aplicado, la convirtió en un avión de papel.
Lo posó en la barra con dos dedos y lo empujó hacia mí, suave, como se sirve una consumición.
—Su tabla de amortización tiene un error en la fila siete —dijo.
Y se fue. La campanilla hizo su tilín idiota. El calor de la calle entró un segundo y se quedó mirándonos.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Blanca, que había estado de espaldas.
Ya no estaba para traducciones. Desplegué el avión con dedos que no me obedecían del todo y planché la hoja contra la barra.
Fila siete. Amortización del crédito puente.
Capital, sesenta y ocho mil seiscientos.
Tipo, el que me habían dado por escrito en el banco de la esquina.
Sesenta meses. Cuota, ciento sesenta y tres euros con cuarenta céntimos.
Lo comprobé con el bolígrafo de repuesto. Luego lo comprobé con la calculadora del móvil. Luego volví a comprobarlo con el bolígrafo bueno, por rigor.
La fila siete estaba bien. Estaba perfecta. Era, si me apuran, la fila mejor calculada de toda la tabla.
—¿Y bien? —dijo Irene.
—Que no hay error —dije—. Que se lo ha inventado.
Blanca se puso las gafas, miró la hoja arrugada sobre la barra, las marcas de los pliegues atravesando mis columnas, y sonrió con la mitad izquierda de la boca, que era su sonrisa de diagnóstico.
—Entonces no te ha corregido la tabla —dijo—. Te ha declarado la guerra.
Yo miré el avión de papel, ya deshecho, ya inútil, ya mío otra vez, y supe dos cosas con la certeza de un cierre de caja.
La primera: que el señor Reyes no había venido a por su chaqueta.
La chaqueta era la excusa; la entrega era el mensaje.
A mi oficina, a mi barra, a mi hora de procesar el desastre.
Gente así existe: la que firma el no a la salida y vuelve a asegurarse de que lo has leído.
La segunda cosa que supe fue más incómoda: que no entendía a aquel hombre, y no entender algo me pone de los nervios.
Me puse a despejar la incógnita allí mismo, con la hoja todavía caliente bajo la palma.
¿Dinero? Descartado: su cuota de comunidad entraba puntual cada mes, año tras año, y los que no pueden pagar se delatan siempre primero por ahí; es la ley uno de mi oficio.
¿Obra, ruido, molestias? Imposible: él trabajaba en casa, sí, pero la fase ruidosa ni siquiera rozaba su piso.
¿Inquina al bar? Tampoco: llevaba años tomándose el café de las diez junto a la ventana, y nadie odia el sitio donde dobla el periódico con ese cariño.
¿Manía pura, deporte, carácter? Los Cesáreo de este mundo anuncian su no con semanas de antelación y expediente en mano.
Este no había dado ni una señal. Ni una.
Seis hipótesis en la cabeza, seis en blanco en el papel.
Le abrí una pestaña nueva, mental, con su nombre: Expediente Álvaro Reyes.
Motivo: desconocido. Estado: por despejar.
Y si hay algo que yo no tolero en una contabilidad —en ninguna contabilidad, la de un bar o la de un edificio o la de una vida— es una casilla sin rellenar.
—Te ha declarado la guerra —repetí, doblando mi tabla por las marcas que él mismo le había hecho, devolviéndole la simetría—. Pues que sepa que yo las guerras las llevo por partida doble. Todo lo que él quite, lo anoto. Todo lo que anoto, lo cobro.
—Ahí está mi socia —dijo Irene.
Esto no había terminado. Esto no había ni empezado.