Capítulo dos — El único voto
El viernes amaneció con la temperatura de un horno precalentado y yo amanecí con mi ritual de siempre, que no es meditar ni hacer flexiones ni ninguna de esas cosas que hacen los escritores en las entrevistas.
Mi ritual es abrir la aplicación del banco antes de abrir los ojos del todo, del mismo modo en que se comprueba el parte meteorológico antes de decidir si merece la pena vestirse.
Doscientos catorce euros. Con diecisiete céntimos, que no son nada pero suenan a precisión, y la precisión es lo último que se pierde.
Había un tiempo en que aquella cifra me habría dado pánico.
Ahora me daba casi ternura: doscientos catorce euros es exactamente el precio de mi dignidad a plazos.
Hice el cálculo que hacía todas las mañanas —café en casa, cero coma sesenta; menú del día los martes, doce; el resto, literatura—, cerré la aplicación y me quedé mirando el techo, donde una grieta con forma de rio seco llevaba tres años siendo mi mapa favorito de España.
En el ordenador me esperaban las otras cifras.
Tres correos sin abrir de Diana, mi editora, el más antiguo de hacía nueve días.
Los veía ahí, en la bandeja, con su negrita de reproche ordenado, y no los abría por el mismo motivo por el que uno no abre el capó de un coche que echa humo: porque ya sabe lo que hay dentro.
Los asuntos eran una novela en tres actos: «Entrega», el primero; «Álvaro, necesito hablar contigo», el segundo; y el tercero, el más reciente, con esa desnudez escalofriante de los finales: «Re: nada».
Diana escribía siempre lo mismo con palabras distintas, como una poeta de la amenaza amable.
El libro, Álvaro. Las páginas, Álvaro. La editorial necesita saber, Álvaro.
Lo que la editorial necesitaba saber era si el treinta de septiembre —o la fecha que tocase, que se iba moviendo como los horarios de los museos— yo entregaría una novela o le devolvería el segundo anticipo.
Doce mil euros. Doce mil euros que en su día me parecieron el principio de una vida y que hoy eran una deuda con solapa.
Yo vivía, por ordenar el asunto con la crudeza de una cuenta de resultados, de dos grifos: corregir libros ajenos a cuatro euros la página y escribir de prestado.
Aquel mes tenía entre manos las memorias de un empresario del ladrillo que quería titularlas «Mi verdad», en singular, y que me dictaba por teléfono capítulos enteros donde todos le debían algo a él.
Cuarenta mil palabras de la verdad de otro, por las que cobraría lo que mi agente —mi ex agente— solía ganarse en una comida.
No me quejo. Bueno, sí me quejo. Pero conste que me quejo en prosa correcta, que también es un oficio.
Y encima del ordenador, literalmente encima, sujetándolo contra el polvo del mundo, el manuscrito. Cuarenta y dos páginas. Tres años. Si mi novela fuera una comunidad de vecinos, llevaría tres juntas seguidas sin aprobar el punto primero del orden del día.
Aquel viernes me senté ante ella con la disciplina de un condenado que limpia su celda.
Abrí el documento —se llamaba «definitivo_tres.docx», y el dos y el uno existen también, no sigamos por ahí—, escribí una frase sobre un hombre que esperaba un tren, la leí en voz alta, la borré entera y me quedé cuarenta minutos mirando el cursor, ese parpadeo que tiene la lengua de los censores.
Al final escribí en la libreta, que es donde escribo lo de verdad: «El hombre del tren no tenía adónde ir. Como su autor.»
Me hice el café de los cero coma sesenta, me lo bebí de pie junto a la ventana y miré la calle del Pez despertarse con la lentitud de los julios: el chino de la frutería subiendo el cierre, una mujer paseando un perro que claramente le caía mal, y abajo, en la terraza de La Media Naranja, las sillas todavía apiladas, esperando a que las desapilaran las chicas.
Del bar subía a veces, por las rendijas del mundo, la risa de Irene, que atraviesa suelos como las buenas noticias: sin pedir permiso.
Anoche, en aquel portal, yo había dicho «en contra» con la mano a media asta y la voz de quien pide la cuenta. Lo había ensayado. No la frase —la frase salió sola— sino la cara. Llevaba dos semanas ensayando la cara frente al espejo del baño.
Lo que no había ensayado era ella. Lo confieso aquí, donde confieso todo: yo esperaba una contable gris con una carpeta gris, y me encontré una oficial de artillería con pestañas de colores.
Lucía expuso su reforma con la voz de las cajas registradoras antiguas, esa que no sube nunca pero que nadie discute; dijo «fila nueve» y «fila once» como otros dicen «capítulo primero», y durante veinte minutos el portal entero —los jubilados, el viejo de las reclamaciones, la señora de la barandilla— estuvo leyendo su tabla por encima del hombro de la vecina como si fuera la última página de un periódico de los buenos.
Yo la miraba y pensaba: esta mujer ha venido a salvar un edificio y yo he venido a no poder pagarlo, y los dos lo sabemos hacer con mucha dignidad, que es la única coincidencia que tendremos jamás.
Cuando llegó la votación me dolió la mano de verdad al subirla. Esto también conste.
Y ahora, para el que quiera entenderlo —para mí mismo, que soy el único que lee esto—, el acta completa de mis motivos.
Primera partida: «Los días eléctricos». Mi segunda novela.
La editorial la sacó en dos mil veinticuatro con una campaña que decía «la voz de una generación», frase que debería estar prohibida por la autoridad de consumo.
Hubo presentación en un teatro pequeño, con focos y con Celia diciendo en voz baja «esto va a ser grande»; hubo entrevistas donde me preguntaban por mis influencias y yo contestaba con nombres que apenas había leído, que es lo que se hace cuando a uno le ponen un foco encima.
La novela salió un martes. El jueves ya había una reseña que empezaba con la palabra «lamentablemente», y las reseñas que empiezan con lamentablemente no terminan bien, como los telegramas.
Luego vinieron otras, cada una con su adjetivo: «ambiciosa hasta el vértigo», que es como se dice fallida con educación; «una promesa que se retrasa», que es como se dice caducada con poesía.
Entró en dos listas de fin de año: las dos eran de decepciones.
Mi nombre, que había salido en la primera novela junto a la palabra «revelación», salía ahora junto a la palabra «confirmación», y no de las buenas: la confirmación de que lo primero había sido suerte.
Las devoluciones volvieron al almacén en cajas que yo me imaginaba numeradas, como un censo del fracaso.
Las ventas no dieron ni para amortizar el primer anticipo, de modo que de regalías, cero.
El contador de mi vida pasó a medir en negativo con una elegancia que solo se aprende arruinándose despacio.
Segunda partida: el anticipo me lo gasté.
No en vicios, que habría tenido al menos la decencia novelesca, sino en algo mucho más ridículo: en vivir como vivía.
Alquiler de escritor de éxito, restaurantes de escritor de éxito, un sillón de lectura de escritor de éxito que ahora me mira desde el rincón como un testigo mudo de un juicio.
Pagué cenas de treinta personas donde la mitad no sabía mi apellido.
Compré un aparato para hacer café que apenas he usado tres veces.
Regalé libros —los míos, qué generosidad la nuestra— hasta que me quedé con la colección de autor y la estantería de cómplice.
Yo me había creído la campaña. Había confundido «la voz de una generación» con un sueldo fijo, y las generaciones, querido diario, no hacen nómina.
Tercera partida: Celia. Mi agente durante seis años, la mujer que me llamaba «fenómeno» en los correos y «cariño» en los restaurantes.
Cuando «Los días eléctricos» se apagó, Celia aguantó una temporada de silencios administrativos y luego me mandó un correo de despedida tan bien escrito que casi se lo agradecí: hablaba de «caminos que se bifurcan» y de «etapas que se cierran con gratitud».
Luego desapareció del mapa con la limpieza de un personaje bien editado. Gratitud tuvo, eso sí.
Cuarta y última partida, la que pesa: mi padre.
Yo tenía trece años el verano en que la ferretería se hundió.
Ferretería Reyes, en la calle de las tiendas, con el letrero pintado a mano por mi abuelo y el olor a tornillo nuevo y a cera de suelo que todavía hoy, si lo pienso, me sube por la nariz.
No se hundió de golpe; se fue hundiendo por trimestres, como se hunden las cosas de verdad, y mi padre fue hundiéndose con ella por la parte de dentro, donde no se ve.
Primero dejó de reponer las estanterías del fondo.
Luego empezó a darle vueltas al cierre un rato más cada tarde, como si el cierre, bien apretado, fuera a sujetar el negocio.
Luego dejó de llevarme los domingos a ver el fútbol, y eso, en mi padre, era el equivalente a izar la bandera a media asta.
Hasta que un sábado empezó a salir a pedir.