Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo dos — El único voto #2
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Capítulo dos — El único voto #2

Lo acompañé una vez. Una sola vez bastó.

Recuerdo la primera puerta: la de la señora de la pescadería, una mujer que me había dado gambas de propina toda la infancia.

Mi padre se quitó la gorra —mi padre no llevaba gorra nunca, pero aquel día se había puesto una, supuse que para tener algo que quitarse— y dijo la frase que había ensayado delante del mostrador vacío, y la pescadera dijo claro, Ernesto, claro, hombre de Dios, y fue a por el monedero.

Y mientras lo abría, le hizo a mi padre la cara.

Ya saben la cara. La cara que no es desprecio, que es peor que el desprecio porque no se puede devolver con dignidad: una mezcla de pena y de alivio por no ser uno el que está pidiendo.

Mi padre, que era un hombre que sabía el nombre de todos los tornillos del mundo, recogió los billetes sin mirarlos, como quien recoge una multa, y en la calle me apretó el hombro demasiado fuerte y no dijo nada en todo el camino.

Así, de puerta en puerta, la calle entera: la gente decía que sí casi siempre, que no casi nunca, pero sobre todo decía con la cara algo que no tenía precio ni devolución.

Lástima. La lástima de los vecinos entraba antes que nosotros y se quedaba después, y pesaba más que el dinero que daban.

Mi padre volvía a casa con los billetes en el puño y los ojos en el suelo, y yo entendí, con la claridad brutal de los trece años, que hay cosas peores que no tener.

Pedir es peor que no tener. Pedir es enseñarle al barrio tu radiografía y dejar que el barrio te la mire con esa cara.

Ese verano juré una cosa, en el cuarto de atrás, entre los estantes de las brocas: que yo no pediría nunca.

Que preferiría cualquier aritmética a cualquier rodilla.

Los juramentos de los trece años son contratos sin cláusula de salida, y uno los firma con sangre de verdad porque a esa edad todavía no sabemos que la sangre no es un notario.

Así que no, señoría. Anoche no voté contra la reforma.

La reforma está bien; la tabla de la contable está mejor; ciento sesenta y tres euros al mes es, objetivamente, una ganga para no morirse de viejo bajo una tubería de los setenta.

Yo voté contra una factura de 9.800 € con mi nombre encima, contra una cuota de ciento sesenta y tres euros que mi cuenta no puede prometer ni de broma, contra el momento exacto —imaginado con la nitidez de mi oficio— en que doña Pilar llamara a mi puerta a cobrar y toda la escalera se enterara de que el escritor del segundo no tiene donde caerse muerto.

Voté en contra porque «no puedo pagarlo» son cuatro palabras que no he aprendido a decir.

Treinta y seis años, dos novelas, una lengua materna riquísima, y hay una frase de cuatro palabras que no me cabe en la boca.

Por si quedaba alguna duda metodológica, el viernes por la tarde hice inventario.

No del banco, que ya venía hecho de fábrica, sino de la estantería: los libros son lo único que tengo que se puede vender sin que se note demasiado desde la calle.

Pasé la mano por los lomos como un banquero pasando la mano por las monedas.

Los Proust de la edición buena. El Faulkner con la sobrecubierta entera.

Los firmados, ahí duele: el dedicado por un autor al que admiré antes de conocerlo, que son los únicos que conviene admirar.

Hice la cuenta dos veces con dos criterios —precio de mercado, precio de urgencia— y ni en la más optimista llegaba a la mitad del primer plazo.

Aun así dejé apartados veinte volúmenes en una pila junto a la puerta, sin saber todavía para qué.

Uno hace esas cosas: prepara la cuerda antes de saber si va a saltar.

Esa misma noche, de madrugada, me descubrí pensando en ella otra vez.

No en la reforma: en la fila siete. Me la imaginé en la barra desplegando mi avión con cara de notaria, comprobando la amortización una vez, dos veces, tres —tres seguro, es una mujer de tres comprobaciones como mínimo—, y encontrándolo todo correcto.

Me entró una risa idiota en la oscuridad, seguida de un escozor que no era risa.

Porque uno engaña a la gente para salir del paso, y luego resulta que el paso se queda abierto y hay que seguir saliendo por él toda la vida.

El avión de papel, eso sí, fue obra mía y me enorgullece como se enorgullece uno de sus hijos pequeños y malvados.

Llevaba pensándolo desde la noche de la junta.

Porque claro, llega un momento en la derrota en que uno ya no puede ganar la partida y solo le queda elegir el terreno de la derrota.

Ella iba a salir del portal con su tabla intacta y su derrota administrativa, y si yo no hacía nada, la historia de la noche era «el escritor dice que no por manía».

Yo necesitaba que la historia fuera otra: «el escritor vio algo que ella no vio».

Si el asunto era matemático, no era monetario.

Si yo corregía una fila, no me corregía nadie mi saldo.

La fila siete estaba bien, naturalmente.

Estaba perfecta; yo mismo la había comprobado cuatro veces con la calculadora del móvil, hipnotizado por esa cuota mensual que en mi cuenta bancaria sonaba a ciencia ficción.

Pero decirle «tiene usted un error» era la única forma de acercarme a su mesa sin abrir la mía.

Abrí la libreta. Escribí, en la página donde ya tenía apuntado lo de «rechazado, no aplazado: aplazado es cuando hay esperanza» —buena frase, lástima de contexto—:

La punta de su bolígrafo temblaba cuando levantó la sesión. Temblaba de verdad, como una aguja de sismógrafo. No admitir que me di cuenta. No admitir que llevo desde anoche pensando en cómo doblé su tabla: en dos pliegues, sin romper una cifra.

Cerré la libreta. La libreta es mi contabilidad: todo lo que no me atrevo a pagar lo apunto ahí.

El sábado amaneció peor, que ya es decir.

Regué a Galdós —el geranio de la ventana de la escalera, al que puse ese nombre el invierno en que no escribí ni una página, porque al menos uno de los dos iba a florecer— y bajé la basura con la sección de deportes del periódico doblada bajo el brazo, porque era sábado y los sábados Beni madruga por los resultados.

Lo de ponerle nombres a las plantas del edificio empezó como un ejercicio de calentamiento y acabó como un ministerio.

En el patio interior vive Quevedo, un ficus reseco y lleno de agravios; en la entrada, junto al cuadro de la luz, una cinta que doña Pilar riega con devoción y a la que llamo Concha Piquer, porque aguanta todo con la cabeza alta; y en mi propia ventana tengo una maceta con algo que se niega a ser identificado y que figura en mis papeles como El Incógnito.

La gente que escribe nombra cosas. La gente que no escribe nombra plantas, que es lo mismo pero con más riego.

—¡Reyes! —gritó desde abajo, antes de que yo pisara el portal. Tenía un radar para mí, el viejo. Llevo años creyéndome que soy yo el que le guarda la sección, cuando es evidente que es él el que me guarda a mí—. ¡Que se me escapan los de la segunda división!

Beni tiene setenta y muchos, un vaso propio en La Media Naranja —nadie más puede usarlo; es ley no escrita y por tanto sagrada— y la costumbre de opinar de literatura con la autoridad de quien ha leído muchas contraportadas.

Le di la sección, se sentó en la terraza que acababan de abrir y me hizo la seña de siempre: dos dedos, las cañas.

Fui a la barra. Estaba ella.

Lucía, claro. Con su carpeta de junta todavía bajo el brazo, no disimulaba ni en la derrota, la muy contable.

Me cobró las dos cañas con la voz más plana que le había oído jamás —«tres con cuarenta»—, contó el cambio moneda a moneda sobre la barra y no me dirigió ni una palabra más, aunque en el silencio cabía perfectamente un «en contra» con eco.

Le pagué con el último billete de veinte que me quedaba en la cartera.

Hay decisiones financieras que son ruinosas y hay decisiones financieras que son ruinosas y además estúpidas; aquella fue de las segundas y la volvería a tomar.

Uno no invita a Beni con dinero. Uno invita a Beni con territorio.

—¿Su mujer? —dijo Beni cuando volví, señalando la barra con la barbilla.

—No es mi mujer. Es mi vecina de la contabilidad. La del sótano con números.