Capítulo dos — El único voto #3
—Pues le tiene usted una cara —dictaminó el viejo, y abrió la sección de deportes con el respeto de un archivero—. A mi Mercedes le ponía yo esa cara cuando le debía el sueldo en casa.
—No le debo nada —dije.
—Peor —dijo Beni—. Las deudas que no son de dinero son las que más corren.
No contesté, porque los viejos tienen esa manía de meterle goles a uno en propia puerta y luego seguir leyendo los resultados.
Beni pasó las páginas con el pulgar húmedo, comentó en voz alta un fichaje del Atlético con el tono con que se comenta la marcha de un hijo pródigo, luego los resultados de segunda, donde su equipo de toda la vida había empatado «a nada, que es como empatan los cobardes».
Estuvimos un rato en silencio, con el calor subiendo por la fachada como una marea lenta, y entonces a Beni le dio por la sección cultural que llevaba doblada dentro de la de deportes, que era mi manera de que no se me acabara el periódico en el primer sorbo.
—Oiga, ¿usted no escribió uno de estos? —dijo, señalando la lista de libros recomendados del verano.
—Escribí dos.
—El de los días esos. «Los días eléctricos.» —Se lo pensó—. Yo lo vi en el escaparate de la librería de la plaza. Muy bonito el lomo. ¿Se muere alguien al final?
—Se muere casi todo el mundo, Beni.
—Pues eso —dijo, satisfecho, pasando la página—. A mí me lo contó el lomo entero.
Me reí. Me reí de verdad, con esa risa que a uno se le escapa por una puerta que no sabía que tenía abierta, y el viejo me miró de reojo con cara de árbitro que concede el penalti pero no comenta.
Aquella fue, creo, la primera risa de mi verano.
Costaba diez euros la caña, vista la economía del momento, y fue barata.
Subí a casa con la cartera vacía y el ánimo raro de haber hecho algo bien sin proponérselo.
En el portal, el buzón me esperaba con una sorpresa administrativa: un sobre de la comunidad, con el membrete serio y mi nombre escrito por la administradora con esa letra de funcionaria de las cosas inevitables.
No hizo falta sacarlo para saber lo que era.
Aquella misma mañana doña Remedios le había hecho al suyo lo que su redacción le hace a todo: transcripción íntegra en el grupo, con titular en mayúsculas y la fidelidad de un notario sin tarifa.
Yo lo había leído con el café, como se lee la previsión de una tormenta que ya le está cayendo a uno encima:
«Comunidad de Propietarios, calle del Pez, 12.
Estimado propietario: con independencia del resultado de la votación del punto cuarto, y a los solos efectos informativos, se adjunta el calendario de pagos propuesto para la derrama de rehabilitación integral.
Primer plazo: 4.900 €. Segundo plazo: 4. 900 €. Quedamos a su disposición.»
Con independencia del resultado. A los solos efectos informativos. Doña Pilar no mandaba sobres: mandaba avisos de navegación. Aquello era una presión de las buenas, de las de antes, papel con membrete para que lo tuviera uno presente en el cajón y en la conciencia.
Leí la cifra dos veces y mi cabeza hizo la operación que hace siempre, la de las malas noticias: cuatro mil novecientos entre doscientos catorce.
Salen veintidós cuentas corrientes como la mía, apiladas una sobre otra, y aun así no se llega.
O dicho en mi unidad de medida favorita: cuatro mil novecientos euros son dos mil ochocientas ochenta y dos cañas de las de Beni.
Todo es más dramático expresado en cañas; por eso los periódicos lo dan en euros.
Dejé el sobre donde estaba. Hay papeles que uno no abre porque ya sabe lo que dicen, y mientras el sobre siga cerrado la deuda no ha llegado del todo: está ahí, sí, pero como está la gente detrás de una puerta, que hasta que no llama no existe.
Subí las escaleras despacio, pasé junto a Galdós, que no me miró, entré en casa y me quedé en medio del pasillo, con las manos vacías, oyendo abajo la persiana del bar y la vida de los demás puesta en marcha.
Aquella noche oí subir del bar la risa de Irene, que atraviesa los suelos con la salud de las cosas que no se deben, y me alegré de que al menos una persona de este edificio conservara la costumbre.
Yo, mientras tanto, hice lo que hago con todo lo que me da miedo últimamente: le busqué acomodo en la bibliografía.
Podía haber bajado a por él. Podía haberlo roto sin abrir, que es la manera más limpia de no enterarse dos veces.
En vez de eso me quedé eligiéndole libro desde la cama: «Moby Dick» —que es un libro sobre un hombre, una obsesión y una cosa enorme debajo del agua, no digamos más—.
Ya tenía hasta la página pensada. Le haría de marcador, plano, sin estrenar.
Un marcador que algún día iba a estallar.
El sobre se quedó en el buzón seis días, ejerciendo de decoración oficial del portal, hasta que la mudanza me obligó a darle asilo.
Aquel día sí bajé a por él, lo archivé sin abrir en la página elegida, cerré el libro y lo devolví a la estantería, entre Melville y nadie más, y me dije que aquello no era esconder.
Era archivar. Los escritores no escondemos las cosas: las guardamos en novelas ajenas hasta que se quedan quietas.