Capítulo tres — Agua que no has de beber
Las guerras de escalera no se ganan con discursos. Se ganan con visitas, que es como se ganaban antes todas las guerras, antes de que la gente se creyera que con un comunicado bastaba.
El lunes por la mañana abrí una pestaña nueva en mi cabeza —la del Expediente Álvaro Reyes seguía en blanco, ahí seguía, desafiándome— y una libreta de tapa roja que titulé, con toda la solemnidad de mi oficio: «Operación Unanimidad, segunda vuelta».
Cuatro columnas. Vecino. Objeción. Contrapartida.
Probabilidad de caída. Yo organizo así el desastre: si cabe en una tabla, es que se puede ganar.
El fin de semana anterior no lo cuento como descanso porque no lo fue.
Recalculé la tabla entera con tres escenarios nuevos —obra en dos fases, obra en tres, fase de emergencia adelantada por si la fontanería decidía jubilarse antes que nosotros—, hablé otra vez con el banco de la esquina para que la preautorización no caducara y fotocopié veinte resúmenes de una página, porque aprendí hace tiempo que la gente no lee treinta y una filas pero perdona una página bien maquetada.
Irene me vio el domingo en el bar, con los papeles extendidos sobre la barra entre servicio y servicio, y me dejó una manzanilla sin decir nada.
Eso, en el código de nuestra sociedad, es un abrazo con factura.
—No vas a parar —dijo al segundo vaso.
—No puedo —dije—. Los bares no se salvan en las juntas. Se salvan en los rellanos.
Primera visita: don Cesáreo, tercero, mi sí con pies de barro. Me recibió con el batín de los días laborables y la carpeta de reclamaciones históricas ya abierta sobre la mesa del comedor, cargada, habría jurado, desde el jueves.
—Lo he estado estudiando —anunció.
—Ya lo sé —dije—. Lo dijo usted en la junta. ¿Y qué conclusión ha sacado?
—Que hay que estudiarlo más.
—¿Y la antena va también en el estudio? —pregunté, porque con don Cesáreo había que dar salida a los expedientes viejos antes de abrir los nuevos.
—La antena es otro cauce —dijo, solemne—. No mezcle usted los cauces, señorita Fernández, que así se hunden las administraciones.
Yo había previsto exactamente eso, de modo que saqué mi contraoferta: el estudio térmico de su fachada, que el técnico me había regalado con tal de quitarme de en medio, y la previsión de que la obra de su tendedero entrara en la primera fase, no en la tercera.
Don Cesáreo hojeó los papeles con desconfianza de tratado internacional, me sirvió un café que sabía a expediente y me interrogó sobre la fila veinticuatro como si yo fuera una ministra en comisión de investigación.
Aguanté el tipo. Al cabo de veinte minutos y dos cafés soltó la frase que yo esperaba: «Bueno.
Si consta por escrito, no digo yo que no.
» En mi libreta roja, columna cuatro: caído, con vigilancia.
Los Cesáreo no se ganan; se arriendan por temporadas.
Segunda visita: doña Remedios, primero, mi sí con letra pequeña. No me dejó ni sentarme: me plantó delante una revista de decoración abierta por una página de cortinones y me señaló una foto con la autoridad de una generala.
—Mi nieta —dijo—. Tiene un taller de confección en Carabanchel. Cose que da gloria y no le sale trabajo ni en las rifas.
—Doña Remedios…
—Las cortinas del salón nuevo del bar —remató—. Ustedes van a necesitar cortinas nuevas cuando reformen, no me venga con cuentas, que llevo cuarenta años viendo telas.
Hice el cálculo en la cabeza: doce metros lineales de caída, confección a medida, precio de taller familiar contra precio de la tienda de la plaza.
Salía más caro. Lo miré por el lado bueno: salía más caro y compraba a la redactora jefa del periódico oficial del edificio.
En la libreta roja: «Cortinas. Nieta. Sí, con margen para la tela buena. »
—Que conste —dije— que esto no es un trato. Es que me gustan las cortinas bien hechas.
—Claro, hija —dijo doña Remedios, guiñando un ojo con el entusiasmo de una telonera—. A mí también me gustan. Qué casualidad.
De camino al ascensor —no funcionaba, otra razón de peso para la fila tres— oí el clic de su persiana y supe que la crónica de mi visita ya viajaba por el aire del edificio.
En efecto, a los dos minutos el grupo amaneció con una crónica en diferido: «La contable va puerta por puerta con la libreta roja.
Ha salido de lo de Cesáreo entera, que ya es más de lo que consiguió el de las luces de Navidad.
En mi casa ha estado veinticinco minutos y se ha ido con las cortinas encargadas.
Esta mujer no sube escaleras: las declara. »
Me reí sola en la escalera. Hay edificios con portera automática. El nuestro tiene a doña Remedios, que es más barata y da mejor cobertura.
Tercera visita: doña Pilar, ático, mi sí de piedra, que aun así tenía su peaje.
El ascensor. La empresa de mantenimiento actual, sostuvo mi casera con el abanico plegado en ristre, era «una cuadrilla de desaparecidos que cobran religiosamente y aparecen en Pentecostés».
Ella quería cambiar de empresa, y la comunidad llevaba aplazándolo desde antes de que yo viviera allí.
Yo me lo olía —llevo tres años oliéndome las pólizas de este edificio— y llegué con los deberes hechos: tres presupuestos de mantenimiento, comparados en tabla, con la columna de «tiempo medio de respuesta» en negrita.
—La segunda es setenta euros más cara al trimestre —dijo doña Pilar, que leía tablas con la velocidad de una cajera de mercado—. Pero responden en cuatro horas.
—En cuatro horas —confirmé.
—Pues ya sabe lo que voto —dijo, y guardó la tabla en su carpeta de presidenta, que era el archivo más peligroso de este edificio después del mío.
Martes: los Espejo, que estaban tranquilos, agradecidos y vagamente preocupados por el ruido, a lo que respondí con el calendario de fases y la promesa de que los martes no habría martillos antes de las diez, hora a la que ellos daban su paseo.
Caídos sin bajas. La libreta roja, al anochecer del martes, decía: seis puertas, seis síes en orden de batalla, uno de ellos arrendado por temporadas, todos con su precio pagado por adelantado.
Quedaba el segundo.
Llamé a la puerta del segundo dos veces el martes y una el miércoles.
La primera vez oí pasos que se paraban a medio camino, como una frase que se arrepiente.
La segunda, el teclado de un ordenador que dejó de sonar justo cuando mi puño tocaba la madera —lo oí, juro que lo oí, el silencio tiene también su sonido cuando uno lo provoca—.
La tercera vez no llamé. Le dejé debajo de la puerta una hoja con el resumen de la propuesta, la fila siete recuadrada y una nota mía escrita con el bolígrafo bueno: «La cuota sale a ciento sesenta y tres euros al mes.
Si hay un error, dígamelo y lo corrijo. Si no lo hay, hablemos. »
No hubo respuesta. O sí: al pasar por el rellano de vuelta, me pareció oír que la hoja se deslizaba hacia dentro.
Su buzón, eso sí, hablaba por él. El de todos, en la entrada, era una boca educada que se vaciaba a diario; el del segundo se desbordaba.
Sobresalían tres propagandas de pizzas, una revista de la editorial de turno y un sobre con el membrete de la comunidad —el calendario de pagos que doña Pilar había repartido a título informativo, reconocí el membrete al instante— metido a medias, sin abrir, con la solapa intacta.
Tres días llevaba allí, por el ángulo en que las pizzas lo apretaban.
Uno aprende en mi oficio a leer los buzones como se leen las cartas astrales: la gente que no abre los sobres de dinero no es que no les interese el dinero. Es que ya saben lo que pone dentro.
Lo anoté también, y luego taché la anotación, porque un buzón no es una prueba y yo no soy detective de nada. Soy contable. Los contables no espiamos: conciliamos.
Escribí en la libreta roja, columna cuatro, junto a su nombre: «Imprevisible.
No forzar.» Y debajo, contra toda disciplina contable, una línea que no era un dato: «La punta del bolígrafo no me ha temblado desde el jueves.
Me tiembla la otra cosa.» Taché la línea.
Hay datos que no pasan auditoría ni aunque uno los tache.
El miércoles la ciudad seguía en el horno. Madrid, veinticinco de julio menos cuatro, las diez de la noche, y la acera devolvía el calor del día como una plancha. Yo hacía el cierre de caja del bar —caja pequeña, miércoles flojo, cuatro turistas y Beni con su vaso— cuando oí el ruido.
No fue un estruendo. Fue peor: un rumor grave, continuo, de agua corriendo donde no corre nada. Los que llevamos caja conocemos los ruidos de los sitios igual que las madres conocen los llantos, y aquel ruido era el edificio llorando por dentro.
El almacén del trasbar tenía el techo llorando a chorros.
No voy a hacer épica de lo que pasó después porque la épica estorba a las mangueras.
Crónica de una inundación, en partidas. Primera: corté la llave de paso del local, llamé a Pilar, llamé a Irene, avisé a Remedios por si el agua buscaba escalera abajo.
Segunda: de arriba no respondía nadie al timbre, y fue bajando a la carrera el propio Álvaro Reyes, empapado hasta las rodillas, con los ojos de quien ha visto el mar meterse en su salón.
—La cocina —dijo, sin voz—. El tubo general. Ha reventado en mi cocina y baja por el hueco de atrás.
Tercera partida: la llave general del inmueble.
Estaba en el cuarto de contadores, atascada desde el pleistoceno, y fue Daniel —el novio de Irene, ingeniero, un chico que explica las llaves de paso con la ternura de un padre— quien nos guió por videollamada: «No fuerces a la izquierda, que la rompes; media vuelta a la derecha primero, afloja, y ahora sí, todo a la izquierda, con dos.
» Con dos. La llave cedió, el rumor se murió por tramos, y en el silencio siguiente se oyó a doña Remedios, desde el rellano, informando en directo a su redacción:
«INUNDACIÓN EN EL SEGUNDO. La tubería gorda. El escritor lo ha salvado todo menos el parqué. Traed fregonas.»