Capítulo tres — Agua que no has de beber #2
Irene llegó en siete minutos con dos fregonas y un moño que ya era una declaración de principios.
Beni, que se negó a irse a casa, montó su propio puesto de socorro en la barra: rescató su vaso primero —lo abrazó contra la camisa con un cuidado que en otro contexto me habría parecido enternecedor y en aquel me pareció sencillamente correcto, hay protocolos que se respetan— y luego se dedicó a secar sillas y a darnos ánimos con la serenidad de haber visto inundarse cosas peores.
«En el ochenta y seis se inundó el depósito de autobuses», nos contó mientras el agua bajaba.
«Salvaron los coches. Lo que no salvaron fue la cafetera, y aquello sí que fue una pérdida nacional. »
Blanca no llegó: no hizo falta. Desde su casa, con tres llamadas que yo cronometré sin querer —dos minutos cuarenta y cinco segundos—, consiguió un fontanero de urgencias que no colgara el teléfono y una empresa de secado industrial que contestara «en julio, a estas horas».
Blanca tiene un poder sobre los proveedores que raya en lo pastoral: los reúne, los ordena, los trae.
Al tercer proveedor le oí decir, con la voz más dulce de la noche: «Le agradezco muchísimo que me lo deje para mañana, pero es que no se lo he pedido para mañana.
» Al cuarto no hizo ni falta que hablara: era el que le debía el favor de la boda de su cuñada.
Y en medio de todo, en la escalera, estaba él.
Álvaro Reyes no ayudaba con la fregona, y no por desgana: es que no soltaba lo que había bajado de su casa.
Una caja de cartón de mudanza, cerrada a medias, pegada al pecho con los dos brazos.
Yo pensé —soy así, perdónenme, pienso en inventarios hasta en los naufragios— que dentro irían documentos, el disco duro, la cartera, algo de ropa.
Cuando el agua le resbaló de la manga y mojó la caja, él giró el cuerpo entero para protegerla, y la caja se abrió un palmo y vi lo que era.
Papeles. Manuscritos. Folios grapados, cuartillas amarillentas, libretas. Ni una fotografía, ni un banco, ni una póliza. Aquel hombre había evacuado de su piso en llamas de agua un cajón de palabras y se había dejado dentro todo lo demás.
Lo anoté donde se anotan las cosas que no entiendo: en la pestaña del Expediente, columna de incógnitas. «Prioriza el manuscrito sobre cualquier bien material.» Debajo, y esto no sé por qué lo escribí: «El resto, al parecer, no vale nada. O vale demasiado.»
Cuarta partida: el protocolo. Aquí debo confesar que fui útil de una manera que a la gente le resulta inquietante.
Fotos antes de tocar nada, con la hora puesta.
Relación de daños por estancia, en dos columnas, una para el segundo y otra para el trasbar.
Número de póliza de la comunidad, de memoria.
Número de siniestro, tramitado a la una y diez de la madrugada, con la voz de una que ha llamado a las aseguradoras en horarios que no figuran en los contratos.
El perito vendría a primera hora, jueves.
La empresa de secado, en cuanto el fontanero diera el visto bueno al corte.
—Lo estás haciendo muy deprisa —dijo Irene, en un alto, con las manos en la cintura y el moño derrotado por la humedad—. Esto no se hace tan deprisa si no lo has hecho antes.
Y ahí se me escapó. Se me escapó como se escapan las ráfagas: por debajo de la puerta.
—No es la primera vez que salvo un local —dije.
Y me callé. Me mordí el interior del labio con tanta precisión que casi me saluda la sangre.
Irene me miró con la cara de haber oído exactamente lo que yo no quería decir, y tuvo el tacto infinito de volver a su fregona sin hacer la pregunta.
Blanca, al teléfono todavía, me miró también un segundo por encima de las gafas, y esa mirada sí que la archivé yo: Blanca no pregunta nunca. Blanca almacena.
El fontanero de urgencias —un señor de Fuenlabrada llamado Genaro que hablaba de las tuberías con cariño de veterinario— dictaminó hacia las tres de la madrugada, delante de todos, en el portal, con la autoridad de no deber nada.
Antes le había hecho el interrogatorio completo, con linterna y conmigo de escribana: año de la instalación, material del tramo, presión, estado de las juntas.
Genaro contestaba mirándome de reojo, y a la cuarta pregunta dijo la frase que más me ha gustado de todo el verano:
—Usted no es de la casa, ¿verdad, señorita? Usted es de las que saben.
—Soy de las que preguntan —dije—. Que es lo mismo pero sale más barato.
—El tramo general, de los años setenta —sentenció entonces—.
Se ha ido por la junta, que es por donde se van todos.
Esto, señores, son semanas. —Miró a Álvaro—.
Su piso: secado industrial, levantar suelo, picar hasta encontrar sanas, fontanería nueva del tramo.
Yo no me quedaba ahí a dormir ni con saco.
—Y al bar—: Y ustedes, el trasbar igual.
Secado y a ver el suelo. Lo bueno: la cocina y la barra están limpias. Pueden abrir. A medias, pero pueden.
Semanas. La palabra quedó flotando en el portal como flota el polvo en un rayo de sol: despacio y en todas partes. Aquel edificio de cincuenta y tres años se había tomado la palabra de mi aseguradora —siniestralidad previsible— y la había convertido en un hecho con humedad del noventa por ciento.
Doña Pilar hizo entonces lo que hacen las presidentas de verdad: contar en voz alta.
—El seguro de la comunidad cubre realojamiento, pero cuando el perito firme, y el perito firma cuando firma.
Un hotel, en julio, en Madrid, por semanas…
—movía los labios con las cifras—. No. El fondo de reserva tiene dos mil ciento doce euros con cuarenta.
—Me miró sin mirarme, porque la cifra la sabía por mí—. No llega.
Nadie dijo lo de la pensión de la tía de nadie, ni lo del sofá de ningún sobrino, porque en este edificio todos los sofás de todos los sobrinos están siempre, misteriosamente, ocupados.
Doña Remedios ofreció desde la barandilla «un té caliente cuando haga falta», que en ella equivalía a presidir el consejo de guerra sin bajar de la tribuna.
Irene miró a Álvaro, luego a mí, luego a su fregona, y tuvo la decencia de no ofrecer su salón porque Daniel tiene un gato que odia a la humanidad y eso, dicho ante un náufrago, es una crueldad documentada.
Y se hizo el silencio. El silencio de las cuatro de la mañana en un portal con olor a agua vieja, con doña Remedios ya en bata asomada a la barandilla, con Irene apoyada en su fregona, con el escritor abrazado a su caja de palabras como náufrago a su tabla, esperando que alguien —que cualquiera— dijera la siguiente frase.
La dije yo.
—En mi bajo hay una habitación libre.
Lo dije así, sin levantar la mano, sin mirar a nadie, como se dicen los saldos al final del ejercicio.
Y en el mismo segundo en que salió de mi boca, supe tres cosas con la certeza de un cierre de caja.
Primera: que no podía retirarla, porque retirarla delante de doña Pilar era peor que no haberla dicho.
Segunda: que acababa de meter en mi casa, en mi orden, en mis armarios etiquetados, al único hombre de este edificio cuya contabilidad yo no conseguía auditar.
Tercera: que doña Remedios ya estaba tecleando.
El móvil de Irene vibró contra la fregona. El mío, en el bolsillo del delantal, vibró medio segundo después. No necesité leerlo. Lo leí.
«¡¡QUE EL ESCRITOR DUERME EN LA CALLE!!… ¡¡No!! ¡¡Que se lo lleva Lucía a su casa!! ¡¡ESTO SÍ QUE ES UN VERANO!!»
Álvaro no había dicho nada. Estaba mirándome con la caja en los brazos y una expresión que no supe leer, lo cual —conste— me puso más nerviosa que toda el agua de Madrid.
No era gratitud. No era rechazo. Era la cara de un hombre al que le están ofreciendo exactamente lo que necesita en el momento exacto en que menos puede pagarlo, aunque el precio sea cero.
—Es una habitación —dije yo, a la defensiva ya, sin que nadie me hubiera acusado de nada—. Tiene cama y armario. No es un poema.
—Lucía —empezó él.
Y se paró. Lo vi: la mandíbula le hizo el movimiento de ordenar una frase, la frase no llegó, la mandíbula se rindió. Asintió una vez, con la barbilla clavada en la caja, y esa fue toda su declaración ante el notario del portal.