Capítulo tres — Agua que no has de beber #3
—Bien —dijo doña Pilar, cerrando el tema como quien cierra un sobre—. Mañana hablamos las dos, Lucía. Que una cosa es el impulso y otra el contrato.
El jueves confirmó lo que Genaro había dictaminado de madrugada: el perito vino a primera hora, midió, fotografió, no prometió nada en voz alta y lo prometió todo por escrito después.
Secado industrial del segundo y del trasbar, suelo nuevo en ambos, fontanería del tramo general entera.
Semanas, había dicho Genaro. El perito usó una fórmula más elegante —«plazos técnicos inexcusables»— que significaba exactamente lo mismo con menos poesía.
El bar podía abrir a medias: barra y cocina limpias, almacén acordonado, terraza operativa.
Lo anoté todo en la libreta roja, que empezaba a parecer un parte de guerra, y debajo escribí la única línea buena de aquel desastre: la tubería que había reventado era la misma que yo llevaba desde junio poniendo en las diapositivas de mi argumentario.
La aseguradora lo había llamado «siniestralidad previsible».
Ya no era previsible: era archivo. La fila cinco de mi tabla, la del riesgo de fontanería, acababa de aprobarse a sí misma por unanimidad del universo.
Volvimos al trasbar a por las últimas fregonas, y yo me entretuve en lo que me entretengo siempre cuando no sé qué hacer con las manos: en papeles.
Le hice una carpeta a él, ahí mismo, sobre el mueble de los vasos.
Portada con rotulador: «2º — DAÑOS». Separadores: perito, fotos, facturas, secado, alojamiento.
Le dejé dentro copia de mi relación de daños de su piso, que había hecho mientras él abrazaba la caja, y el número de siniestro subrayado dos veces.
Se la di sin explicarla. Él la tomó, la abrió, miró los separadores uno a uno —perito, fotos, facturas, secado, alojamiento— y abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—No tenías que… —dijo al final.
—No —dije—. Ya lo sé.
Blanca, que para entonces había aparecido en persona con una bolsa de cruasanes de la única pastelería que abría de madrugada en todo el barrio —no me pregunten cómo lo hace; lleva años haciéndolo y ninguna nos atrevemos a auditarlo—, contempló la escena de la carpeta con la atención de una naturalista que avista dos especies nuevas comportándose raro en su charca.
No dijo nada. Repartió cruasanes. Cuando me tocó el mío, me lo entregó con una frase que sonaba a contabilidad del alma:
—Muy completa, la carpeta —dijo—. Hasta con el alojamiento.
—Es el siguiente punto —me defendí—. Todo siniestro tiene un punto de alojamiento.
—Todos —concordó Blanca—. Y en todos pone tu nombre y tu escalera, supongo.
No le contesté porque no tenía contestación que cupiera en una fila.
Irene, a su lado, mordió el cruasán y cambió de tema con la sutileza de un camión: habló del secado, de la terraza, del parte meteorológico.
Qué haría yo sin esas dos, pensé; y acto seguido, con la disciplina de mi oficio: qué haría yo sin esas dos se anota en activos, no en gratitud, y dejen de ablandarse que estamos en guerra.
Y eso fue todo. Cerramos el bar a las cinco menos cuarto, con la luna metiéndose en los charcos del almacén como si quisiera ella también una habitación.
Yo subí a mi bajo, hice la cama de la habitación libre con sábanas limpias —blancas, sin dibujos, que uno no sabe los gustos de los náufragos— y me senté en la cocina con la libreta roja abierta.
Hice entonces lo que hago siempre, lo que hago desde hace años sin habérselo contado a nadie: repasé el día.
No el día entero, que sería sano. Los números del día.
La caja del miércoles, cuadrada dos veces.
Las cifras del siniestro, cotejadas contra la póliza.
Las cuentas de la Operación Unanimidad, releídas puerta por puerta.
Todo cuadraba, naturalmente. Todo cuadra siempre; esa es exactamente la enfermedad.
Cuando todo cuadra, mi cabeza levanta la vista y pregunta: ¿estás segura?
Y yo vuelvo a empezar. A aquella hora de aquella noche, con un escritor náufrago a punto de dormir bajo mi techo y una tubería muerta colgando del edificio como un cadáver ilustre, mi cabeza decidió que lo urgente era rehacer la multiplicación de la fila siete.
La rehice. Salía. Siempre sale.
En la columna de «Probabilidad de caída», junto al nombre Álvaro Reyes, escribí: «Pendiente. Vecino forzoso. Verano.»
Y debajo, porque la contabilidad lo perdona todo menos el silencio, escribí la verdad:
«Le he ofrecido mi casa a un hombre que prefiere salvar cuartillas a salvar el banco. Que duerma la primera noche y luego ya veremos cómo se audita esto.»
Fuera, en el patio, goteaba todavía el mundo. Dentro, en la libreta, la Operación Unanimidad tenía una fila nueva que no había previsto ninguna de mis treinta y una: «gastos de convivencia con el voto en contra». La dejé sin total. Hay totales que es mejor no hacer de noche.
Apagué la luz. O no la apagué: la dejé encendida un rato más, por si llamaba a la puerta.