Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo cuatro — Cláusula primera
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Capítulo cuatro — Cláusula primera

El jueves vino el perito y midió mi ruina con una cinta métrica.

Era un hombre eficiente y amable. Midió la cocina, midió el pasillo, levantó una esquina del parqué hinchado —que crujió como cruje el pan viejo—, hizo fotos, dijo «plazos técnicos inexcusables» tres veces con tres entonaciones distintas, y se fue dejándome un papel con un número de expediente y el piso convertido en otra cosa. Ya no era mi casa. Era «el siniestro».

Me quedé un rato en el centro del salón, mirando el mapa nuevo: las paredes con una línea de agua a la altura del tobillo, como un medidor de mi hundimiento; los zócalos despegados con pudor; el sillón de escritor de éxito, a salvo sobre cuatro ladrillos, mirándolo todo desde su pedestal de testigo mudo.

Olía a moho dulzón y a yeso mojado. Olía, seamos exactos, a mil novecientos setenta y cuatro.

Aquella primera noche, la del miércoles, la había pasado en el sofá de Irene, en su piso de la calle de al lado, con una manta que olía al suavizante del bar y una orden terminante de mi anfitriona: «No hagas nada raro.

» Había prometido no hacerlo, aunque a las cinco de la mañana no tenía muy claro qué contaba como raro para una mujer que había pasado la noche achicando agua en tacones.

Dormí cuatro horas y soñé con tuberías. En el sueño, la tubería me pedía disculpas con voz de locutor de radio, y yo le decía que no pasaba nada, que yo también me había roto alguna vez por dentro.

El perito, dicho sea, no se inmutó ante nada de aquello. Los peritos han visto demasiado: son los capellanes de las aseguradoras.

Y entonces tocó resolver la pregunta que llevaba desde la madrugada del miércoles haciendo cola en mi cabeza con un número en la mano: dónde duerme un escritor arruinado mientras le secan la vida.

Hice inventario de opciones. Lo hice por escrito, en la libreta, porque últimamente todo lo importante lo escribo ahí, que es el único sitio donde no me cobran por entrar.

Opción primera: hotel. El seguro lo cubriría «conforme a póliza y previa conformidad de la compañía», que en castellano significa: cuando el perito firme, la compañía estudie y el administrador tramite.

Hasta entonces, de mi bolsillo. Consulté precios en el móvil con la esperanza idiota de que julio en Madrid se hubiera abaratado por solidaridad.

No se había abaratado. Una semana de hotel modesto costaba más que mi cuenta corriente entera, y yo ya había invertido mis reservas estratégicas en dos cañas con Beni, operación de la que no me arrepentía.

Opción segunda: el sofá de Daniel. Llamé a Daniel, que es mi amigo desde los tiempos en que yo fichaba por equipos de barrio y él ya explicaba las tácticas con diagramas. Me atendió con la voz de quien estaba esperando esa llamada.

—Claro que tienes mi sofá —dijo—. Es un sofá de ciento ochenta, tú mides ochenta y cinco, sobra espacio en proyección longitudinal. Hay un solo problema de compatibilidad.

—¿Cuál?

—Boole.

Boole es la gata de Daniel. Daniel la adoptó de un refugio y le puso el nombre de un matemático, lo cual ya les dice todo sobre mi amigo.

Boole odia a la humanidad con una constancia que yo admiro profesionalmente: no es un capricho, es un sistema.

La última vez que me quedé a cenar, la gata me vigiló desde la estantería durante dos horas sin parpadear, y cuando me levanté a por agua me dejó un arañazo en el tobillo que el parte médico habría descrito como «leve» y mi tobillo como «declaración de principios».

—Me araña —dije.

—No es personal —dijo Daniel—. Es que eres humano. Lo tiene muy estudiado. Vente, de verdad. Pero tráete espinilleras.

Opción tercera: mi primo de Getafe. Tiene un piso pequeño, un bebé de ocho meses con pulmones de tenor y la costumbre de llamarme «el artista». Le quiero. Me quiere. Dos noches allí y el hotel de la opción primera empezaría a parecer razonable.

Y opción cuarta, la que no figuraba en mi libreta porque no me atrevía ni a escribirla: la habitación libre del bajo interior.

La oferta que Lucía Fernández había soltado en el portal a las cuatro de la mañana, con voz de saldo de ejercicio, y que doña Pilar había dejado en suspenso con aquello de «una cosa es el impulso y otra el contrato».

El jueves por la tarde, en el bar, ella lo repitió. Con luz, con testigos, con la voz ordenada de siempre.

—La habitación sigue libre —dijo, sin levantar la vista de la caja que estaba cuadrando—. Lo de anoche no fue la adrenalina.

Había dos turistas en la terraza fingiendo no escuchar y Beni en la barra no fingiendo nada. Yo tenía la respuesta preparada desde el mediodía, la había limado frente al espejo del baño del siniestro, que era el único espejo que el agua me había respetado.

Y yo hice lo que había ensayado: dije que no.

—No puedo aceptarlo —dije. Y como las frases cortas me parecían sospechosas, añadí—: No puedo.

Hubo un silencio del tamaño exacto de una moneda.

Ella asintió una vez, cerró la caja con su chasquido limpio y dijo «de acuerdo» con una neutralidad tan perfecta que me dejó peor que una bronca.

Beni bajó el periódico dos dedos, me miró por encima, y volvió a subirlo sin comentar nada, que en su código era un comentario entero.

Me fui a mi piso inundado sintiéndome victorioso.

Porque aquello era lo que quedaba de mi capital, no nos engañemos: la capacidad de decir que no a una ayuda era mi último billete, y lo estaba gastando con la solemnidad con que se gastan los últimos billetes, en algo que no necesitaba, solo por comprobar que todavía podía pagarlo.

El viernes por la mañana, doña Pilar me citó en su ático.

Subí los tres pisos con el corazón haciendo inventario.

El ático de doña Pilar era lo que sería el portal si alguien lo hubiera cuidado setenta años: macetas con nombre de familia, fotos en las que todos los difuntos parecían recién peinados, y un olor a café recién hecho que era, supe después, permanente, estructural, como el moho de mi cocina pero al revés.

—Siéntese, hijo —dijo. El abanico estaba plegado sobre la mesa, entre los dos, como un tercer negociador—. Lucía me ha enseñado un papel. Lo ha redactado ella, lo he leído yo, y ahora me lo va a leer usted. Después hablamos.

Mientras yo leía en el ascensor de mi cabeza —que no funcionaba, como el de la escalera—, doña Pilar sirvió dos cafés sin preguntar. En su casa no se preguntaba: se servía. Luego supe que aquello también era una cláusula, solo que no escrita.

El papel era una hoja impresa, titulada en mayúsculas discretas: CLÁUSULAS DE CONVIVENCIA TEMPORAL. Abajo, dos líneas de firma. Y en medio, siete cláusulas redactadas con la prosa menos literaria y más hermosa que yo había leído en años.

Las leí de pie, porque no me atreví a sentarme delante de aquello.

La primera decía que la habitación se cedía «sin contraprestación económica presente ni futura, sin generación de deuda, de favor u obligación moral en ningún sentido».

La segunda era la que me tembló en las manos: «La hospitalidad no compra votos.

El acogimiento descrito en este documento es ajeno por completo a la votación del punto cuarto del orden del día de la junta de quince de julio, y ambas partes conservan intacto su voto, su opinión y su derecho a la discrepancia.

» La tercera: cualquiera de las dos partes podía terminar la convivencia con cuarenta y ocho horas de preaviso, sin alegar causa, «y la salida se producirá sin reproche, sin negociación y sin pena de telediario».

La cuarta regulaba el baño por franjas. La quinta: «Se llama a las puertas; la llamada se contesta; nadie entra en la habitación del otro, ni por emergencia de curiosidad.

» La sexta —y aquí tuve que tragar— decía: «La zona de trabajo del segundo ocupante (mesa, papeles, ordenador y libretas) es intangible.

La primera ocupante se compromete a no ordenarla, no auditarla y no mejorarla.

» Y la séptima cerraba con la contabilidad de los pequeños imperios: cada uno su comida, su colada, su jabón; los gastos comunes, por libreta y a final de semana.

—Bien —dijo doña Pilar cuando levanté la vista—. ¿Qué le parece?

Lo que me parecía no cabía en la conversación.

Me parecía que aquella mujer había traducido la frase «te respeto» a su lengua materna, que era la lengua de las listas.

Me parecía que había puesto por escrito todo lo que yo temía —que me cobrara, que me lo echara en cara, que mi voto quedara hipotecado— y lo había desactivado cláusula a cláusula con la frialdad de una desminadora.

Me parecía, sobre todo, que «la hospitalidad no compra votos» era la primera frase de aquel verano que me dejaba respirar entero.

—Me parece —dije— que la cláusula sexta es innecesaria. Yo no tengo nada que valga la pena auditar.

—Tiene un manuscrito —dijo doña Pilar, que no se le escapaba una—. Y ella tiene unas manos que ordenan solas. Fírmelo si le parece, o no lo firme. Pero sepa que yo tengo copia y que si alguien la incumple, el que responde ante mí es el que la incumplió, no el que la escribió.

—¿Por qué hace esto? —pregunté, y no era una pregunta elegante, pero era la única que tenía.

Doña Pilar abrió el abanico un tercio, lo justo para pensar.

—Porque este edificio tiene cincuenta y tres años y yo he visto todo lo que puede pasar en él —dijo—.

Bodas, muertes, dos incendios, una fuga de gas y un notario que resultó no ser notario.

Y le voy a decir una cosa, escritor: en este edificio nunca ha pasado nada porque dos personas durmieran bajo el mismo techo con las reglas claras.

Todo lo malo que ha pasado ha sido por gente que no dijo las cosas a tiempo.

—Cerró el abanico—. Lucía las dice por escrito.

Usted verá cómo las dice. Pero dése prisa en aprender, que a los dos les queda poco verano de orgullo.

No respondí. Hay sentencias que no admiten apelación, solo silencio y café.