Capítulo cuatro — Cláusula primera #2
Bajé al bajo interior a las doce. Lucía me abrió con el bolígrafo bueno en la mano —el de repuesto descansaba sobre la mesa, alineado con el documento, en una escena de notaría doméstica que me habría hecho reír en otro momento de mi vida y que aquel día me hizo otra cosa—.
—Puedes proponer cambios —dijo—. Las cláusulas admiten enmienda si las dos partes la firman.
—La tercera —dije—. «Sin pena de telediario.»
—Doña Remedios —dijo ella, sin inmutarse—. Es una cláusula de contención de daños externos.
Leí el documento otra vez, ya en su mesa, ya con café delante —me lo había puesto sin preguntar, como en lo de doña Pilar, y empecé a sospechar que en aquel edificio preguntar estaba mal visto—. Y entonces hice lo único que un escritor puede hacer ante un contrato bien escrito: pedí una enmienda.
—Quiero añadir una cláusula octava —dije.
Ella alzó la vista, ceja en alto: no esperaba resistencia en ese frente.
—Adelante.
—«El manuscrito y las libretas no se comentan —dicté—. Ni bien ni mal. Ni aunque el segundo ocupante los deje abiertos por descuido, ni aunque la primera ocupante crea tener una opinión útil. El silencio literario será absoluto salvo solicitud expresa y por escrito.»
Lucía lo pensó con la cara de las calculadoras serias.
—¿«Por escrito»? ¿Una solicitud para poder hablar?
—Usted de eso sabe —dije—. De solicitudes por escrito.
Me miró un segundo y luego hizo algo que no le había visto hacer en toda la semana: sonreír con las dos mitades de la boca. Cogió el bolígrafo bueno, añadió la cláusula octava al final, con su letra cuadrada, y rubricó el margen. «Admitida», escribió.
Firmé yo después, y ella firmó debajo, con su letra cuadrada de siempre. Dos nombres, dos líneas, ocho cláusulas, cero testigos presenciales y una presidenta de comunidad con copia en el ático, que en este edificio equivale a fe pública.
—Bienvenido al bajo —dijo, y me enseñó la habitación: cama hecha con sábanas blancas, armario vacío con las perchas alineadas por color, y sobre la mesilla una carpeta que ya conocía yo, la de «2º — DAÑOS», con dos separadores nuevos que no me atreví a mirar.
—Eso no debías… —empecé.
—Cláusula sexta —me cortó—. Tu mesa es intangible. Lo que ya estaba hecho antes de la firma, prescribe.
Era una trampa jurídica doméstica y estaba tan bien construida que casi la aplaudo.
El sábado se mudó lo que tenía, que es una manera elegante de decir que el sábado Daniel comprobó lo poco que tenía. Vino con su coche, con Irene de jefa de operaciones y con su manera de ser, que consiste en convertir cualquier tragedia en una visita técnica.
Lo primero fue la polémica del coche. Daniel había aparcado en doble fila, con las luces de emergencia y un triángulo, para un traslado de cincuenta metros escalera abajo.
—Daniel —dijo Irene—. Que es bajar dos pisos.
—La carga no se mide en metros, se mide en viajes —respondió él, con la paciencia de un profesor de autoescuela—. Tres cajas de libros a veinticinco kilos son setenta y cinco kilos de fuerza de corte en las lumbares. El coche es un sistema de poleas con aire acondicionado. Respétalo.
Irene lo miró con la cara que le ponía cuando le quería mucho y le iba a llevar la contraria exactamente el mismo rato.
Al final hicimos la mudanza a pulso y el coche sirvió para transportar el único objeto verdaderamente valioso: la impresora.
Daniel la cinturón-de-seguridó en el asiento del copiloto.
Le hice una foto mental, para el archivo.
Y después de la polémica del coche vino la autopsia.
—La tubería —dictaminó en mi cocina, con la linterna del móvil— murió de fatiga del material.
Cincuenta años de ciclos térmicos, corrosión interna progresiva, y un día la junta dice basta.
Es exactamente como un poeta: aguanta, aguanta, aguanta, y cuando se rompe se rompe por dentro y se lleva el suelo por delante.
—Gracias —dije—. Siempre quise que mi fontanería tuviera lectura existencial.
—Todo la tiene si mides bien —dijo Daniel, y se agachó a fotografiar la junta para sus archivos, porque Daniel archiva las averías como otros archivan los atardeceres.
Mis pertenencias, en cómputo oficial: tres cajas de libros que pesaban lo suyo, una caja de ropa que no pesaba lo suyo, el ordenador, la impresora, la carpeta de «2º — DAÑOS» y el manuscrito, que viajó en mi regazo durante el trayecto de cincuenta metros como viajan los bebés en los coches de época.
Daniel levantó la caja de la ropa con una ceja en alto.
—¿Esto es todo lo textil?
—Soy minimalista —dije.
—Eso no es minimalismo —dijo Daniel, que tiene la costumbre de definirlo todo—. El minimalismo es una elección estética con alternativas. Esto es otra categoría.
No siguió, porque Irene le clavó el codo en las costillas con la precisión de una que conoce el mapa. Le estuve agradecido una hora entera. Hay frases que un amigo te ahorra y otras que te ahorra la novia del amigo, y aquella fue de las segundas.
El sillón se quedó arriba. Hubo un momento, junto a la puerta, en que Irene señaló el pedestal de ladrillos y preguntó si lo bajábamos, y yo dije que no, que no cabía en la habitación, que ya lo recogería.
La verdad la sabíamos los tres y ninguno la dijo: aquel sillón era el mueble de otra vida, y mudarlo al bajo habría sido como llevarse el púlpito a la celda.
Arriba quedó también, por cierto, lo esencial de mi biblioteca muerta: las ediciones buenas, los firmados, la pila de veinte volúmenes que yo mismo había apartado junto a la puerta una semana antes sin saber para qué.
Al meter los libros en las cajas, «Moby Dick» pesó en mi mano medio gramo de más —el gramaje exacto de un calendario de pagos de la comunidad, a los solos efectos informativos— y lo metí igualmente, bomba dentro.
Uno no abandona sus explosivos: los empaqueta.
Beni presidió la mudanza desde la terraza, con su vaso, dando instrucciones que nadie le había pedido («¡Las cajas de libros, de dos en dos no, que se rompe uno el riñón!
»), y doña Remedios lo retransmitió todo por su canal: «MUDANZA DEL ESCRITOR AL BAJO DE LUCIA.
Tres cajas de libros, una de ropa y un sillón que no baja, se queda arriba el muy elegante.
La Irene manda mucho, eso hay que decirlo.
El ingeniero ha traído cinta métrica, no sé para qué, si ya está todo medido por Dios. »
A la última frase quiero dedicarle un pensamiento: doña Remedios se equivocaba.
Nada estaba medido. Yo llevaba años midiéndome con unidades equivocadas —ejemplares, reseñas, anticipos— y aquella mañana descubrí que existía otra métrica: cajas que caben en un maletero, sábanas blancas que no te deben nada, una cláusula que dice que la hospitalidad no compra votos.
Irene, por cierto, dirigió la operación con un taco de post-it en la mano, pegando etiquetas en mis cajas («LIbrOS.
FRÁGIL. EL AUTOR TAMBIÉN») y reñida simultáneamente con Daniel y conmigo por razones opuestas.
Cuando acabamos, se plantó en el centro de la habitación nueva, cruzó los brazos y dictaminó:
—Falta una cosa.
—¿Qué?
—El cartel de «se vende» en tu cara —dijo—. Quítatelo, que esto es temporal y encima te lo ha montado mi socia. Quien no esté a la altura de este bajo, no merece ni el baño por franjas.
Y se fue a comprar cervezas para la tropa, que es como Irene dice las cosas serias: de espaldas y yéndose.
Por la noche, ya instalado, oí el ruido por primera vez.
Antes del ruido hubo una hora de paz doméstica que quiero dejar registrada, porque las horas de paz no se registran nunca y luego pasan los años y uno no sabe en qué gastó los buenos días.
Monté mi cuartel general en la habitación: la mesa junto a la ventana del patio, el ordenador, las cuarenta y dos páginas —que en la mudanza habían adquirido, no sé cómo, la dignidad de un archivo histórico—, la libreta a la derecha, la carpeta de «2º — DAÑOS» a la izquierda, en una simetría que habría alarmado a mi casera si la hubiera visto: deuda a un lado, palabras al otro, y yo en medio, ecuánime por una vez.