Capítulo cuatro — Cláusula primera #3
Cenamos en la terraza del bar, la tropa de la mudanza: Daniel e Irene, Beni que se autoinvitó con la autoridad de los treinta años de barra, y Lucía, que subió del bajo con una bolsa de patatas y la excusa de «controlar que no se os queme nada», aunque no había nada encendido en un radio de cien metros.
Doña Pilar pasó por la acera de enfrente con su bolso de verano, nos vio, cruzó, inspeccionó mi cara de inquilino nuevo como se inspecciona una obra, y se dio por satisfecha.
—Mañana, misa y luego compro yo —anunció Beni, levantando su vaso—. Que hoy ha pagado la casa.
—No ha pagado nadie —dijo Lucía, rápida—. Cláusula primera.
—Pues que conste —dijo Beni, solemne, hacia la persiana del primero, por si la redacción tomaba nota.
Brindamos con cerveza de botellín. La calle del Pez hacía su ruido de julio: conversaciones ajenas, una guitarra lejana, la persiana metálica de la frutería.
Irene y Daniel se enzarzaron en una discusión sobre si el verano de Madrid era mejor vacío o lleno, que era la forma que tenían de darse la mano en público.
Y yo pensé, con la cerveza fría y el sillón de otra vida a dos pisos de distancia, que llevaba tres años escribiendo sobre la soledad y que la soledad, vista desde una terraza con gente, era un género que se me había quedado anticuado.
Lucía se levantó la primera, recogió botellines en una sola pasada —eficiencia de camarera, dijo Daniel; eficiencia de contable, dijo ella; eficiencia de las dos cosas, dijo Irene, y se acabó la polémica—. Al entrar me soltó, de pasada, con la voz de quien informa del tiempo:
—Mañana domingo. El baño, por las mañanas, lo tienes hasta las ocho y media. Y el lunes empieza la logística de verdad. Descansa.
Era una orden. Era, también, otra cosa, y los dos lo sabíamos, y ninguno lo dijo, que era la especialidad de la casa.
Ya instalado del todo, oí el ruido por primera vez.
Era un gemido grave, tubo y viejo, que subía por la pared del pasillo como si el edificio tuviera algo que lamentar.
Salí al pasillo. Lucía salió a la vez desde su cuarto, con el batín y la libreta roja, porque los dos habíamos oído lo mismo y los dos habíamos ido a verificarlo, que ya es una definición de pareja de hecho, pero administrativa.
—La tubería provisional —dijo ella, pegando el oído a la pared con la seriedad de una cardióloga—. Genaro la dejó consolidada pero no nueva. Va a hacer eso hasta que la cambien.
—Suena a vecino quejoso —dije.
—Suena a Manolo —dijo ella.
Y así, sin votación ni acta, la tubería herida de la comunidad de propietarios de la calle del Pez doce pasó a llamarse Manolo, por unanimidad de los presentes, que éramos los dos únicos despiertos para bautizarla.
Después vino el momento que yo había estado temiendo sin saber que lo temía: la despedida de la primera noche. Estábamos en el pasillo, uno frente a otro, cada cual con su puerta detrás, y el silencio hizo lo que hacen los silencios en los pasillos estrechos: multiplicarse.
—Buenas noches —dijo ella.
—Buenas noches —dije yo.
Y entramos cada uno en su cuarto. Las dos puertas se cerraron con un segundo de diferencia —primero la suya, luego la mía, o quizá al revés, no lo juro—, y los goznes hicieron un ruidito limpio y antiguo, uno y otro, como dos cañonazos de salva de un barco diminuto.
Me quedé quieto detrás de mi puerta, escuchando si se oía algo más.
No se oía nada. Manolo gimió una vez, suave, ya dormido.
Abrí la libreta por la página limpia —la primera página de la vida nueva, me pongo así de cursi cuando escribo para mí— y antes de escribir nada me quedé escuchando la casa.
La habitación nueva compartía pared con la suya.
Lo supe porque al apoyar la mano en el tabique noté, del otro lado, una vida funcionando a un metro de la mía: el roce de una silla, el golpecito de un bolígrafo contra la mesa —el bueno, reconocí el timbre; el de repuesto sonaba más hueco—, un suspiro de contable al que una columna le ha dado guerra.
Pared con pared, pensé, y la frase se me quedó rondando con pinta de título, que es la pinta más inútil que puede tener una frase cuando uno no escribe.
En el patio, al otro lado de la ventana, Quevedo el ficus me miraba desde abajo con su reseca displicencia de siempre.
Le hice un gesto con la cabeza. «Ya estoy instalado», le dije en voz baja.
«Esto es temporal.» El ficus no contestó, que es lo que más aprecio de él: en tres años no me ha contestado ni una vez, y así le va de florecido.
Entonces escribí, en lo alto, con mi letra de urgencias:
Cláusula cero: no enamorarse de la casera.
La miré un rato. Era una buena cláusula: breve, sensata, de obvio beneficio mutuo. La leí dos veces, me gustó menos, y al final la taché entera, con una sola raya horizontal, prolija, de notario arrepentido.
Porque las cláusulas, pensé, no las redacta uno solo. Eso lo aprendí aquella misma mañana, de una contable con dos bolígrafos. Las cláusulas las redactan dos, o no son cláusulas: son solo miedo con buena tipografía.
Cerré la libreta. Manolo volvió a gemir, ya en sueños, y apagué la luz.