Capítulo cinco — Horario de visitas
La primera semana de convivencia con un escritor en excedencia domiciliaria me enseñó una cosa que ninguna contabilidad prevé: los seres humanos no son números, son stocks.
Ocupan espacio, se mueven sin orden de traspaso, generan ruido fuera de horario y jamás, jamás, coinciden con el inventario que uno hizo de ellos.
El lunes amaneció con treinta y nueve grados anunciados y con la primera crisis de la convivencia, que no fue el baño ni la cocina ni la intimidad ni ninguna de las cosas que doña Pilar me había advertido con el abanico. Fue el ventilador.
Antes del ventilador, conviene decir, hubo una mañana de domingo de pruebas, que fue nuestra primera mañana de verdad bajo el mismo techo y que transcurrió con la tensión protocolaria de unas primeras jornadas de puertas abiertas.
Yo me levanté a mi hora —las siete, que es una hora de contables y de panaderos— y encontré la cocina limpia, la cafetera preparada y una nota con letra de urgencias: «He salido a comprar el periódico.
El café está listo. No he tocado nada más.
Juro que no he tocado nada más.» No había tocado nada más: lo verifiqué, y luego me sentí mal por verificarlo, que es el ciclo completo de mi carácter.
Volvió con el periódico, con pan y con cara de haber caminado más de lo necesario.
Desayunamos en silencio de domingo, él con la sección de cultura doblada hacia dentro como quien esconde un diagnóstico, yo con mi libreta roja repasando la semana.
Al recoger, dejó la sección de deportes apartada, doblada con precisión de quirófano.
—Para Beni —dijo, sin que yo hubiera preguntado.
—Ya lo sé —dije—. Llevas años haciéndolo.
Me miró con la sorpresa de creer que sus liturgias eran invisibles. Error: yo llevo tres años detrás de esa barra. Desde la barra se ve todo, y lo que no se ve se reconstruye por las propinas.
Y entonces llegó el lunes, y con el lunes, el ventilador.
Mi bajo interior tenía exactamente un ventilador.
Uno. De pie, oscilante, de los de antes, con una rejilla que pesaba como un escudo y un motor que sonaba a moto de barrio.
Yo había sobrevivido tres veranos con él mediante una técnica depurada: lo ponía frente a mi mesa de cuentas y no me movía de la mesa.
El escritor, claro, tenía su propia técnica de supervivencia, que consistía en escribir junto a la ventana del patio donde el ventilador no llegaba.
Lo descubrimos a las doce del lunes, cuando salí de mi cuarto con la carpeta del trimestre y me lo encontré plantado en el pasillo, frente a mi puerta, con el ventilador en brazos y la cara de un hombre que ha venido a negociar la paz.
—Propongo un sistema —dijo.
—El ventilador es mío —dije.
—Lo sé —dijo—. Por eso propongo un sistema y no un robo.
La negociación duró veinticinco minutos y se documentó por escrito, naturalmente.
Anexo al contrato de convivencia, primer anexo, titulado «Custodia del ventilador»: los días impares de la semana —lunes, miércoles y viernes— el ventilador pertenecía a su mesa («jornadas de producción literaria», redactó él), los días pares —martes, jueves y sábado— a la mía («jornadas de cierre y conciliación», redacté yo); los domingos se decidía por necesidad acreditada, y la entrega se haría «en el pasillo, con las dos manos, oscilación apagada».
Él quiso añadir una cláusula de ceremonia —«el traspaso se hará con solemnidad, como una custodia»— y yo la admití porque me hizo gracia y porque no cuesta dinero.
Y así nació el traspaso del ventilador, que durante toda aquella semana se celebró cada mañana a las nueve con la solemnidad efectivamente real de una procesión pequeña: él salía con el aparato en brazos, yo lo recibía con las dos manos, y una mañana —la del miércoles, impar, suya— nos sorprendió doña Remedios bajando de la escalera y se quedó mirando la escena con las manos en la cintura.
—Ni en mis tiempos de noviazgos de puerta vi yo cosa más seria —dijo—. ¿Esto qué es, la custodia?
—Es el ventilador, doña Remedios —dije.
—Ya —dijo ella—. El ventilador.
Y subió a retransmitirlo. El episodio salió en el grupo con el titular «YA SE REPARTEN LOS BIENES. Con ceremonia. Esto va rapidísimo» y cuarenta y tres lecturas, todas del mismo edificio.
El lunes por la tarde tuvimos la primera disputa de custodia de verdad: él alegó que el anexo no preveía las siestas.
Yo alegué que el anexo no preveía las siestas porque no contemplaba que un escritor durmiera con ventilador compartido a su mesa durante una hora «de creación».
Él propuso una enmienda sobre las siestas; yo propuse que se durmiera de noche, que es cuando duerme la gente.
Se quedó la enmienda redactada —«disposición transitoria: no habrá siestas oficiales hasta septiembre»— y firmada por los dos, y nos sentamos a tomar café con las ganas de reírnos que escondíamos detrás del protocolo.
Ahí, sentados con las tazas en la cocina de las cuatro de la tarde, con Manolo gimiendo suave por la pared, se me ocurrió pensar —y lo pensé muy bajito, casi en susurro de columnas— que aquello era lo más parecido a una convivencia feliz que había visto en mi vida, y que ni siquiera era una convivencia, era una estancia hospitalaria con horarios.
La segunda crisis fue el baño. El cerrojo de la puerta del baño llevaba roto desde antes de que yo alquilara el bajo; yo me había acostumbrado a él como una se acostumbra a un compañero ruidoso: cantando.
Yo, en el baño, cantaba. Era mi sistema, funcionaba, y no figuraba en ningún presupuesto.
Con un segundo ocupante, el sistema se vino abajo el martes por la mañana, cuando él salió de la cocina a la vez que yo salía del pasillo y los dos frenamos ante la puerta del baño con el mismo sobresalto.
La cláusula séptima se amplió aquel mismo día.
Y el miércoles otra vez. Y el jueves una tercera.
La versión final, anexa al anexo, colgada de un imán en la nevera porque él se negaba a «ir al baño con lectura», decía así: franjas de mañana fijas (él hasta las ocho y media, yo después, que es cuando bajo al bar); el resto del día, la puerta entreabierta significa libre y la puerta cerrada significa ocupado «en cualquiera de las acepciones»; la cerradura se reparará cuando el seguro pague, «o antes, si alguna de las partes sabe usar un destornillador, que no es el caso».
Y conste que los dos cumplimos el anexo con un rigor de tratado internacional: aquella semana entera, ni un descuido, ni una puerta forzada, ni una toalla fuera de sitio.
Los dos hacíamos el rodeo por la cocina para no cruzarnos en el pasillo en según qué horas, y los dos fingíamos que era por el pan.
La tercera diferencia irreconciliable fue la comida.
El escritor cocinaba como escribía, es decir, despacio, con ceremonia y dejando la cocina como un campo de batalla narrativo.
El miércoles hizo un sofrito que tardó cuarenta minutos en empezar a ser comida, y la casa entera olía a una cosa extraordinaria que resultó ser arroz.
Yo, mientras tanto, cocino como hago la declaración: todo medido, todo rápido, nutrientes completos, cero lírica.
Doce minutos por comida, cronometrados por costumbre y no por neurosis, conste.
El martes le ofrecí la mitad de mi tortilla de dos huevos —hecha en ocho minutos, cuadrada, eficaz— y él la miró con la cara de un crítico ante un haikú.
—Está buena —dijo, sorprendido, casi ofendido.
—No tiene mérito —dije—. Tiene dos huevos y una patata.
—Eso —dijo— es lo que dicen los humildes de verdad.
Lo anoté en la libreta roja, columna nueva que titulé «convivencia»: «No subestima la tortilla. Punto a favor.»
El miércoles por la noche pasó algo peor. Volví del bar a las once y me encontró lavando la olla del arroz de su sofrito, que llevaba treinta minutos en remojo cuando yo llegué.
—La olla de arroz se lava caliente —dije—. Si se deja, el arroz se pega y luego hay que pelear.
—Lo sé —dijo—. Me gusta pelear con las ollas. Es el único enfrentamiento que gano todas las tardes.
—Pierdes tiempo —dije—. Y agua caliente.
—Lo llamas tiempo. Yo le llamo recreo. —Apagó el grifo, se quitó el agua de las manos con el trapo que yo le tendía, y me miró con esa cara de anuncio de grandes marcas que pone cuando le da la gana—.
Lucía: tu tortilla es eficaz, tu verdura está en su punto exacto, tu mesa es la más ordenada que he visto en mi vida.
¿Me permites tener una olla difícil? Es lo único difícil que me queda.
Lo miré con la olla en la mano, sin saber si reñirle por el agua o darle la enhorabuena por la frase, que era buena. Le dejé la olla difícil. Y en la libreta roja, debajo del punto a favor de la tortilla, añadí: «Se siente en casa. Ojo.»
El bar, mientras tanto, seguía a medio gas.
La cocina y la barra estaban limpias, el almacén seguía acordonado con su cinta de obra, y la empresa de secado venía por las mañanas con unos aparatos que rugían más que Manolo, que seguía gimiendo por las noches con su voz de tubería viuda.
La clientela de aquella semana era la de siempre menos los que ya habían huido del horno: cuatro turistas con guías, dos mensajeros, Beni. Siempre Beni.
Doña Pilar bajó un día a la semana a supervisar el secado con la seriedad de una presidenta en visita a zona afectada. Caminó entre los aparatos rugientes, tocó una pared, palpó la humedad con dos dedos profesionales y dictaminó:
—Aquí estamos como el primer día. ¿Cuánto dicen que falta?
—Semanas —dije yo, que ya llevaba la palabra con la misma naturalidad con que se llevan otros tiempos muertos.
—Las semanas de julio son más largas que las de enero —dijo doña Pilar—. Que conste en mi carpeta. —Y constó, porque en su carpeta no constaba nada en vano.