Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo cinco — Horario de visitas #2
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Capítulo cinco — Horario de visitas #2

Antes de marcharse me dejó el dato bueno: la junta de diciembre, la de mantenimiento, la que yo le había puesto sobre la mesa con tres presupuestos, le acababa de llegar por escrito la fecha de firma del cambio de empresa del ascensor.

El técnico nuevo vendría a la primera quincena de agosto.

Cuando le conté lo del ascensor a Beni, el viejo dejó su vaso tres segundos sin beber, que era su medida de máxima impresión.

—¿Otro ascensor? —dijo—. Que nos dejen al que hay. Uno se acostumbra a las caídas.

Beni, por cierto, eligió el jueves para sacar su expediente favorito.

—El contrato de boda de la Irene —le contó a un turista alemán que no había preguntado nada, señalándome con la barbilla—. Un contrato, oiga. Firmado. Para ir a una boda de mentira. Y la de las cuentas —eso soy yo, conste— lo tenía todo en una carpeta con pestañas. ¿Se lo puede creer?

—Puedo —dijo el turista, en español de manual.

—Pues acabaron juntos de verdad —remató Beni—. El papel aguanta más que la gente, oiga.

Yo seguí limpiando vasos sin entrar al trapo. La leyenda fundacional de La Media Naranja ya no me pertenecía: era de Beni, que la contaba mejor que nosotras y además gratis. Solo corregí una vez, de pasada:

—Las pestañas eran de colores, Beni. Los colores importan.

—Ya lo sé —dijo él—. Los estoy poniendo yo ahora.

No supe a qué se refería y preferí no saberlo.

Blanca hizo el viernes la entrega de su turno, porque el lunes se iba a Valencia dos semanas, a casa de su hermana, y Blanca no se va de vacaciones: despliega.

Llegó con tres hojas de Excel impresas —mi chica—, el inventario del almacén sano y del almacén mojado, los teléfonos de todos los proveedores ordenados por grado de fiabilidad y una carpeta que me entregó con las dos manos, con más solemnidad que nuestro ventilador.

—Si pasa algo con un proveedor, llamas tú —dijo—. Si pasa algo con el personal, llamas tú. Si pasa algo con Irene, llamas a Daniel. Está todo aquí.

—¿Y si pasa algo contigo? —pregunté.

—Entonces estoy en Valencia —dijo—, y eso ya es asunto del turismo.

Puso los ojos en mí entonces, los de cuando tiene algo en la punta de la lengua y está decidiendo si lo afila o no. Se decidió por la media afilada, que es su modalidad favorita:

—Que conste —dijo— que yo me voy dos semanas con la tranquilidad de quien deja el inventario cuadrado y la caja cuadrada. No con la tranquilidad de quien deja una casa compartida con un escritor al que, por lo visto, tampoco le cuadra algo.

—No sé de qué hablas —dije, que es mi versión poco corriente de la verdad.

—Lo sé —dijo Blanca—. Ya me lo apunté.

Repasó el bar entero con la vista, como se despide un general de una plaza bien defendida, y al pasar junto a la nevera de mi casa —había bajado a dejarme la carpeta y «ver el dispositivo»— leyó de arriba abajo el contrato de convivencia con sus anexos, que yo había colgado del imán porque a mí las reglas me gustan a la vista.

Se quitó las gafas. Se las limpió. Se las volvió a poner.

—Es el contrato más bonito que he visto firmar a dos personas que dicen no firmarse nada —dijo.

—Es logística —dije.

—Claro —dijo Blanca—. Logística con ceremonia de ventilador. —Y se fue a la calle, donde el horno la recibió como recibe el horno a los suyos: sin respeto ninguno.

La despedida de Blanca fue la única nota organizada de aquel viernes.

Por lo demás, el grupo de doña Remedios entró en su temporada de pleno derecho, y durante toda la semana amaneció con la crónica de nuestra convivencia como quien sigue un culebrón por capítulos: el lunes informó que el escritor había comprado «periódico y pan, muy de casa ya», el martes contó que yo había subido al segundo «con llave en mano, que ya se le ha confiado la de arriba», el miércoles lanzó la teoría del ventilador («no es un ventilador, es un niño repartido por divorcio») y el jueves, con la autoridad de una cronista de guerra, corrigió su propio titular del lunes: «Rectifico: no es muy de casa.

ES de casa. Han cenado juntos en la terraza del bar y él ha recogido botellines.

Yo no invento. Yo informo.» Cuarenta y tres lecturas.

Siempre cuarenta y tres. Hay edificios con muros de carga; el nuestro tiene cuarenta y tres lectores.

Esa misma semana, la del ventilador y la tortilla, descubrí lo del libro.

Fue el jueves. Él no estaba —había subido al segundo a supervisar no sé qué del secado— y yo pasé por delante de su puerta con una caja de la compra y vi, en la estantería que le había cedido, el lomo gordo del «Ulises».

Y en el «Ulises», asomando medio centímetro por el corte superior, un canto de papel blanco con membrete.

Yo conozco ese membrete. Lo conozco porque el mismo sobre, con el mismo membrete y la misma letra de la administradora, llevaba tres días asomando del buzón del segundo, sin abrir, cuando yo subía a dejarle la nota debajo de la puerta.

El calendario de pagos de la derrama. A los solos efectos informativos.

Primer plazo, 4.900 €; segundo plazo, 4.

900 €. Yo sé lo que dice dentro porque Pilar me lo mandó a mí también, con mi sobre, a mi buzón, y yo lo llevé directo a la carpeta de la reforma donde vivían las cosas serias.

Él llevaba el suyo por las casas como un paquete bomba que le faltaba vender las instrucciones.

La semana anterior estaba dentro del «Moby Dick» —me lo contó la propia estantería, que tenía el hueco del gordo y el del ballenero juntos—; ahora el sobre había emigrado al «Ulises».

Libro gordo por libro gordo. Como si el papel quemara y hubiera que irlo pasando de mano en mano, de novela en novela, para que no se enfriara ni se abriera.

Yo no dije nada. Quiero dejar constancia de lo raro que fue aquello: yo, Lucía Fernández, la de las tres comprobaciones, la que llama a los bancos, la que una vez discutió veinte minutos con una cajera por cuatro céntimos, vi el borde de una deuda ajena asomando por un libro y no dije nada.

Metí la compra en la cocina, colgué el delantal, y en la libreta roja, en la pestaña del Expediente Álvaro Reyes, escribí una sola línea y la dejé sin conclusión:

«El sobre se mueve. No lo abre. No es mi cuenta.»

Esa última frase, «no es mi cuenta», era mentira de la buena, de la contable: era una cuenta, estaba en mi edificio, afectaba a mi reforma y dormía a un metro de mi pared. Pero la dejé escrita así porque la alternativa —«es una cuenta que ya miro de reojo»— no me gustaba nada como asiento.