Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo cinco — Horario de visitas #3
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Capítulo cinco — Horario de visitas #3

Esa misma semana cometí mi primera omisión a propósito.

No confundir con las silenciosas: una omisión a propósito es la madre de las silenciosas.

Los de la empresa de secado dejaron en el bar el parte de las máquinas con tres hojas de mediciones, y yo se las llevé a la carpeta «2º — DAÑOS» como corresponde, y al abrirla —que a estas alturas ya no me cortaba, la abríamos los dos— vi que él había dejado dentro las facturas del primer desembolso, metidas sin orden, dobladas a lo bruto.

La contable que vive en mí se puso en pie de armas: tres facturas sin encuadrar, sin fecha anotada en el margen.

Diez minutos y las tenía archivadas y la carpeta entera revisada.

Las cogí. Las ordené. Y luego me quedé con los tres folios en la mano, y las volví a dejar desordenadas.

Diez minutos y la contable de casa volvió a su silla con una bronca interna que duró toda la tarde.

Por las noches, aquella semana, empecé a conocer sus sonidos.

Los cuartos compartían pared, y la pared del bajo era de las de antes, gruesa de verdad, pero el silencio de la una de la mañana es un mensajero muy eficiente.

Oía su teclado. Tecleaba ráfagas de diez segundos, callaba dos minutos, tecleaba una ráfaga corta, callaba.

Paraba. Empezaba. Había noches en que el teclado sonaba contento, y noches —la del miércoles— en que sonaba a una sola tecla machacada con rencor, que cualquiera que haya usado una hoja de cálculo sabe qué tecla es.

El sábado de la mudanza le había oído trastear la estantería a altas horas, y yo me quedé esperando el gemido de Manolo que suele acompañar cualquier cambio del edificio.

No llegó. Llegó algo peor: un ruido de papel largo, el de folios alineándose contra otro folio, y luego silencio, un silencio de media hora que era el más ruidoso de todos porque era el silencio de alguien que se ha sentado a mirar lo suyo y no sabe qué hacer con ello.

Yo me quedé del otro lado de la pared, con mi libreta roja en las rodillas y el corazón haciendo el tonto, sin atreverme a teclear yo ni una sola tecla para no romperle lo que estuviera haciendo.

Hay paredes que son paredes, y hay paredes que son fronteras, y hay paredes que son el tabique de una casa donde duermen dos personas a las que las tres de la mañana les cuadran igual de mal, y yo aquella noche no sabía en cuál de las tres vivía.

La madrugada del jueves al viernes me desperté a las tres, como me despierto siempre, con el día a cuestas y la cabeza ya sumando.

Lo de las tres de la mañana no es insomnio, quiero aclararlo.

El insomnio es no poder dormir. Lo mío es un cierre: mi cabeza se levanta, se pone el batín invisible y dice «revisamos el día», y no hay dios que la acueste hasta que el día cuadra.

Llevo años así. Hay noches en que el cierre es rápido, un pasillo con luces encendidas y todo apagado; y hay noches en que el cierre es un laberinto de almacén, y una duerme mal y madruga cansada y se lo come el día siguiente igual.

La gente cree que no dormir es un castigo.

Los que nos levantamos a las tres sabemos que es un turno de noche, y que alguien tiene que hacerlo.

Aquella madrugada el día no me cuadraba por una tontería —el cierre de caja del jueves me había dado once euros de más que no me había explicado—, así que me levanté, cogí la libreta roja y fui hacia la cocina a rehacer la cuenta con café descafeinado, que es mi manera de no ponerme peor.

Los once euros, para quien quiera el desenlace, estaban en el bolsillo del delantal: dos billetes pegados que yo misma había metido por inercia.

A las tres de la mañana nadie encuentra nada, todo se encuentra a las ocho con el sol de verdad.

La cocina estaba iluminada.

La puerta estaba entreabierta y por la rendija salía la luz baja de la lamparita de la nevera, que es la que uso yo para mis cierres, la que no despierta a la casa entera. Empujé la puerta con dos dedos.

Él estaba sentado a la mesa. En mi silla, además, la de siempre, la que cojea de la pata trasera izquierda.

Delante tenía mi taza —mi taza, la del asa grande, la del té de las malas noches— humeando con algo que olía a manzanilla, y la libreta suya abierta, y un bolígrafo quieto entre los dedos, y la cara de un hombre al que han pillado en mitad de un crimen que no ha cometido todavía.

Nos quedamos mirándonos. Manolo aprovechó el silencio para gemir una vez, bajito, como un testigo que tose.

—¿Tú también? —dije yo.

Y él, con la voz de las tres de la mañana, que es una voz que no miente porque no tiene fuerzas:

—Tú también.

No era una pregunta. Era una constatación de los dos: que en aquella casa, a aquella hora, éramos dos los que se levantaban a mirar lo que no cuadraba.

Se levantó de mi silla sin disculparse, y yo le dije que se sentara otra vez, que la cocina era neutral, que las sillas también, y que si íbamos a ser dos fantasmas en una casa había que repartirse los turnos de pena o se nos estropeaba la asignatura.

Me sirvió manzanilla en una taza que no era la mía —la suya, la del asa pequeña— sin que ninguno de los dos dijera nada de los vasos.

Bebimos el primer trago en silencio, mirando la nevera como se mira un horizonte, y yo pensé, con la manzanilla caliente y el corazón haciendo ruido de teclado contento, que llevaba una semana durmiendo mejor de lo que dormía desde hacía años, y que aquello no cuadraba, y que por una vez me daba igual.

Porque hay cierres que uno hace con los números y hay cierres que uno decide, y aquel fue el segundo tipo.