Capítulo seis — Las tres de la mañana
Hay una hora de la madrugada que tiene nombre propio en mi oficio, y no es la hora en que uno despierta. Es la hora en que uno se encuentra.
La mía es las tres. Llevo tres años levantándome a las tres de la mañana, y durante mucho tiempo fui el único ciudadano de esa hora, un pueblo de un solo habitante con electricidad, una almohada sin uso y un ordenador que no me quiere.
La gente llama a esto insomnio. Yo no. El insomnio es una ventana que no se cierra; esto es una cita que uno se da consigo mismo, puntual y cruel, y a la que uno acude sin saber bien por qué.
Uno llega a las tres y la casa duerme y el mundo duerme y ahí, en esa franja de nada, tiene uno sitio para mirar la cosa que de día no se puede mirar.
Yo, las tres de la mañana, miro mis peores correos.
Lo hago desde hace tres años, desde el otoño en que «Los días eléctricos» murió en las librerías y yo descubrí que el fracaso tiene archivo: reseñas, correos de lectores enfadados, dos entradas de blog con títulos ingeniosos y aún hoy activas.
La carpeta tiene nombre propio, que no voy a decir aquí, y dentro viajan, ordenados por gravedad, mis documentos favoritos.
El peor no es el más cruel: es el más corto.
Un correo de un lector de Albacete, cuatro líneas, sin insultos, que termina con la frase «me da pena que usted sepa escribir y haya escrito esto».
Tres años leyéndola, y sigue entrando por la misma puerta.
Las crueldades largas duelen una vez; la pena breve duele cada noche, que es lo que tiene la pena.
Cada noche abro la carpeta y la recorro despacio, de la primera a la última, como un rezo al revés.
Nunca sé qué espero encontrar. Quizá que alguno se haya vuelto inofensivo con el tiempo, que el dolor envejezca mejor que el libro que lo provocó.
No ocurre: el dato está comprobado, llevo tres años y las reseñas duelen exactamente igual, con la frescura del primer día, lo cual es, ahora que lo pienso, la única obra de mi vida que no envecece.
Soy masoquista con currículum. Escribí la frase en la libreta hace un año y sigue siendo la mejor descripción del fenómeno que he producido.
Que conste: no lo recomiendo. Pero de noche, en el silencio del bajo, con el patio ennegrecido detrás de la ventana y Manolo durmiendo su turno, aquel archivo es lo único que me acompaña de verdad.
Los críticos que me destruyeron con elegancia.
Los lectores que pidieron el reembolso por escrito.
La columna aquella que me llamó «el heredero prematuro de una corona de cartón».
De noche, a las tres, son mi congregación. Y yo, su pastor ateo, repaso el sermón.
Aquella madrugada del viernes al sábado —la primera semana entera de convivencia, la del ventilador y las ollas difíciles— repetí la ceremonia.
Me levanté a las dos y media, como siempre, me llevé la libreta a la cocina porque el ordenador hace ruido y la cláusula octava, aunque protege el manuscrito de sus comentarios, no prohíbe que yo la ocupe, y me serví un té frío del termo, sentado en la silla de ella —la que cojea—, porque la silla mía estaba en el otro extremo de la mesa y a aquella hora uno sienta donde sienta el cuerpo.
Había estado veinte minutos con mi archivo cuando oí pasos.
Los pasos de una casa compartida son un idioma que uno aprende en una semana.
Conocía ya los de ella: el crujido del segundo peldaño, la pausa del pasillo, el roce del batín contra el marco de la puerta.
Pero no conocía estos. Estos pasos eran de alguien que se levanta a las tres porque se levanta, no porque algo le pesa.
Alguien que se despierta y camina con la naturalidad de ir a la cocina de su propia casa a comprobar que la nevera sigue ahí.
Oí la puerta de la cocina. La luz estaba encendida, era inútil fingir.
—¿Tú también? —dijo ella, desde la puerta.
—Tú también —dije yo.
Y entonces pasó algo que no estaba en ninguna cláusula.
Las dos palabras se quedaron flotando entre la mesa y la nevera, y ninguno de los dos las recogió, porque decirlas otra vez era mentirlas y callarlas era peor.
Ella se quedó en el umbral con la libreta roja en la mano, con el pelo recogido de cualquier manera, con la cara sin el maquillaje del bar y con una cosa en los ojos que yo no le había visto nunca: cansancio sin armadura.
El cansancio de las tres de la mañana es el único que no se disfraza.
—La cocina a las tres no estaba en el contrato —dijo ella, por fin.
—Ni en el anexo del ventilador —dije yo—. Podemos redactar una enmienda.
—¿Qué pone?
—Que la cocina, de dos a cinco, es zona de no-hostilidad. Que aquí no se cuentan cuentas ni se firman nada.
Ella lo pensó con la cara de las calculadoras serias, y yo vi, por primera vez, que la cara de las calculadoras serias era también una manera de no llorar, y que quizá todas las caras eran eso.
—¿Y qué se hace en una zona de no-hostilidad? —preguntó.
—Lo que hacen los dos únicos despiertos de un edificio entero —dije—. Se miente poco.
Se sentó. Se sentó enfrente, no en su silla ni en la mía, en la del medio, la del taburete bajo que nadie usa, y apoyó la libreta roja en la mesa como quien baja las armas sin rendirse.
Sirvió manzanilla en dos tazas —la mía con el asa pequeño, porque conste que yo me había servido en la suya sin saberlo, y los vasos ya nos habíamos mentido antes de sentarnos— y bebimos el primer trago mirando la nevera como se mira el mar.
Y entonces, porque la noche era de esas en que las tres de la mañana abren puertas que el día cierra con llave, le conté lo mío.
Se lo conté sin adorno, que es como se cuentan las cosas de verdad.
Le conté la carpeta. Le conté el rezo al revés, la columna de la corona de cartón, los lectores que pedían el reembolso por escrito con una educación que daba más rabia que el insulto.
Le conté que llevaba tres años levantándome a la misma hora para re-leer lo que de día me costaría un ojo de la cara admitir que me dolía.
Soy masoquista con currículum, le dije, y ella no se rio, que era lo que yo esperaba de cualquiera y lo que menos necesitaba de ella.
—¿Y te sirve de algo? —preguntó.
—No —dije—. Me sirve de compañía. Hay una diferencia.
—Sí —dijo ella, muy bajito—. La hay.
Y entonces me contó lo suyo, y el mundo, que a las tres de la mañana ya de por sí tiembla, cambió de eje.
No me lo contó como yo me lo conté a mí.
Ella lo contó como se cuenta una factura: con números, con fechas, con la culpa en su casilla correspondiente.
En dos mil diecinueve trabajaba en un despacho de la Gran Vía, decía, contabilidad para pymes, la profesión de la gente que cuadra las vidas de los demás.
Tenía una clienta, una mujer con una tienda de ultramarinos en un barrio del sur, con la contabilidad tan ordenada que daba gusto, una de esas contabilidades que son una declaración de amor.
Y un trimestre, en una declaración, ella —Lucía, con dos años de colegiada y la mano ya famosa en el despacho por no fallar nunca— movió un decimal.
Uno. Un punto en una casilla, de la casilla de los céntimos a la de los euros, y la tienda pagó una sanción que no le correspondía, una cantidad pequeña para el fisco y enorme para una tienda de ultramarinos, y cuando el error salió —porque los errores salen, es la única ley de la contabilidad que nunca falla—, la clienta no gritó.
La clienta dijo, con la voz de las personas que ya han vivido esto: «Ya sabía yo que algo no cuadraba. »
—Renuncié —dijo Lucía, mirando su taza—.
No me echaron, nadie me echó, el despacho me ofreció quedarme y arreglarlo y aprender.
Renuncié yo. Porque desde aquel trimestre mi cabeza no vuelve a dormirse sin revisar el día, y lleva ocho años revisándolo.
Cada noche. Los cierres que tú oyes a través de la pared. El cierre de las tres.
Calló. Manolo, a través de la pared, gimió bajito, sin saber dónde se había metido.
—Así que no es insomnio —dije.
—Es aritmética —dijo ella—. Es que mi cabeza cree que si vuelve a revisarlo todo, una y otra vez, algún día podrá borrar aquel decimal. Ocho años revisando cierres para borrar un punto.
Y yo la miré a la luz de la nevera, con la manzanilla humeando entre los dos, y sentí una cosa que no me pasaba desde hacía años, que no es decir poco en alguien que se la pasa sintiendo cosas: sentí que la enfermedad de ella y la mía eran la misma enfermedad en dos plantas distintas del hospital.
La misma certeza infantil de que el daño se deshace con constancia, de que la culpa se amortiza con rituales, de que uno puede, cerrando la puerta mil veces, volver a abrirla en la versión en que no se rompió nada.
Yo releo mis peores correos para no escribir el peor de todos.
Ella rehace sus cierres para no volver a firmar el que la rajó.
Dos oficios distintos de la misma vigilancia.
—Lucía —dije, y me salió sin prepararlo—. La cocina de las tres. ¿La declaramos neutral?
—¿Neutral cómo?
—Neutral en serio. Aquí no se firman cláusulas, no se cuentan cajas, no se releen correos. Aquí se viene a las tres, se toma lo que haya —té, manzanilla, el agua de la eternidad—, y se está. Sin archivo. Sin cierre. Sin deber nada.
Ella lo pensó. La vi pensarlo con toda la maquinaria, con las dos mitades de la boca, con los ojos bajando a la libreta roja que había dejado en la mesa, la libreta que en aquella cocina, a aquella hora, era un documento sin validez.
—Sin deber nada —repitió—. Te refieres a que no te deberé la hospitalidad a las tres de la mañana.
—Me refiero a que a las tres de la madrugada no hay hospitalidad ni deudas. Hay dos personas despiertas en un edificio que duerme. Eso es todo lo que hay.
—¿Y mañana?
—Mañana hay un contrato con ocho cláusulas y dos anexos, y lo cumplimos con la solemnidad de siempre. Pero a las tres no.