Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo seis — Las tres de la mañana #2
35%

Capítulo seis — Las tres de la mañana #2

Se quedó mirándome un rato largo. Luego extendió la mano por encima de la mesa, la mano de los cierres, la de los dos bolígrafos, y dijo la única frase que valía:

—Trato hecho.

Y me dio la mano sobre la mesa de la cocina, con Manolo gimiendo de fondo y la nevera zumbando su zumbido de siempre, y fue el primer acuerdo de mi vida que no me dio miedo firmar.

Nos quedamos un rato más, sin hablar de nada importante, que era la novedad.

Me contó que su taza del asa grande era la de los cierres, la de las malas noches, y que la del asa pequeña era la de los buenos días, y que no podía explicarme por qué una taza era una cosa y otra taza era la otra, solo que así era.

Yo le conté que Galdós el geranio se llamaba así porque era el único ser vivo que aguantaba mi conversación sin corregirme, y que los viernes le cambiaba la tierra y le contaba el periódico.

Ella dijo que mi terapia vegetal era la cosa menos literaria que había oído de un escritor, y yo dije que su sistema de tazas era una contabilidad emocional, y los dos aceptamos los cargos con solemnidad de tratado.

A las cuatro y media nos levantamos, apagamos la lamparita, y cada uno se fue a su puerta. No hubo salvas de goznes aquella vez; las puertas cerraron bajito, de puntillas, porque en la casa de las tres de la mañana hasta las puertas saben dónde están.

El sábado amaneció con la cocina ya normal, con el anexo del ventilador cumpliéndose a las nueve con toda solemnidad, y con los dos fingiendo que la noche anterior no había existido. Es fácil fingirlo de día. De día hay ruido y facturas y el calor que aprieta, y la gente se comporta.

Solo hubo un momento, a media mañana, en que la ficción crujió.

Pasé por delante de ella con el termo y dije «buenos días» y ella dijo «buenos días», y los dos seguimos de largo, y fue la despedida más educada y más mentirosa que he firmado en mi vida.

Porque a las ocho de la mañana, con el sol ya alto y el bajo oliendo a café, lo de las tres de la madrugada parecía un sueño compartido que ninguno iba a reconocer, y eso, entendí muy bien, era exactamente lo que la cláusula de la cocina pedía: que lo de la noche viviera en la noche.

Hay acuerdos que se cumplen mejor olvidándose de que existen. Este era uno.

Por la tarde, en mi mesa —sábado, día par, con el ventilador de ella cedido sin ceremonia—, con ella en la cocina cuadrando algo del bar, pasó lo del color.

Yo tenía la libreta abierta y ella pasó detrás de mí con la cesta de la colada, y vio, no sé cómo, una página donde yo había anotado algo suyo.

No recuerdo qué anoté, exactamente; ella no lo llegó a leer.

Lo que vio fue la página anterior, donde yo había copiado —para robarle el ritmo, que es lo que hacen los escritores pobres con la gente que habla bien— una frase suya del miércoles sobre las ollas difíciles.

Y debajo de la frase, una anotación mía en el margen: «La contable también sabe definir. Cuidado.»

—¿Cuidado? —dijo ella, desde detrás—. ¿Cuidado por qué?

—Porque me copio frases —dije, sin darme la vuelta, que es la única dignidad que me queda—. Es un defecto profesional. No es personal.

—Todo lo que hace un vecino a dos metros es personal —dijo ella, y se llevó la colada, y yo no supe si venía un consejo de guerra o un cumplido, y pasé la tarde sin saberlo, que para un escritor es el estado natural.

El domingo por la mañana fue el día del ventilador arbitral.

La enmienda de los domingos decía «necesidad acreditada», y los dos, con la naturalidad de haber acordado ya cosas peores a las tres de la mañana, acreditamos la necesidad de verdad: el patio interior a las doce del mediodía era un horno de ladrillo, y nos instalamos los dos en la cocina, que era la única estancia con dos ventanas, con el ventilador en el medio, a medio camino entre las dos mesas, girando a izquierda y derecha con la ecuanimidad de un juez cansado.

Yo llevaba mi libreta, ella llevaba la suya, y durante una hora compartimos el silencio de dos oficios paralelos: yo tachaba y retachaba una página que llevaba tres años entera —la cuarenta y dos—, ella cuadraba unos números del bar con la cabeza inclinada y el bolígrafo bueno en ristre.

El silencio era bueno. De vez en cuando ella murmuraba una cifra y yo murmuraba una frase, y ninguno de los dos interrumpía al otro, y aquello, pensé, era lo más cerca que iba a estar en mi vida de la vida en común.

A mitad de la tarde, sin levantar la vista de sus cuadrículas verdes, me preguntó:

—¿Qué tacha tanto alguien que no escribe?

—Practico —dije—. Es como el fútbol sala: nunca jugaría un partido largo, pero no quiero perder la pierna.

—El fútbol sala tiene partidos largos —dijo ella.

—Pues mi metáfora también es de práctica —dije—. Táchala.

Y la oí sonreír sin verla, que es un oficio que llevaba una semana aprendiendo, y me lo apunté mentalmente —tinta de ladrón de frases ajenas—: aquella risa sin cara me gustaba más que casi todas las risas con cara que había oído en mi vida.

Hasta que me equivoqué yo.

Ella tenía el ordenador encendido —el suyo, que era de los de antes, con una funda azul descascarada—, y me dio por mirar la pantalla, que estaba a mi izquierda y medio girada, con las hojas de cálculo abiertas de par en par.

Y eran feas. No fea la contabilidad, que de eso no opino; feo el verde.

Un verde pistacho de oficina funeraria, un verde que mi generación asocia a los formularios de la vida adulta y a nada bueno.

—Ese verde —dije, porque el silencio de los domingos me había hecho confiado—. ¿No te da lástima la gente que trabaja para ti? ¿No hay un modo oscuro, un gris, algo que no parezca una orden de desahucio?

Ella no contestó enseguida. Terminó la columna que tenía entre manos, la cerró, y luego dijo, con la voz de las cosas que no se dicen dos veces:

—Ese verde es el de las cuadrículas del libro de cuentas de mi padre.

El ventilador siguió girando. El silencio se quedó de pie en medio de la cocina, mirándome.

—Mi padre llevaba los libros a mano —siguió ella, sin levantar la vista de la pantalla—.

En libros de tapa verde, de los de papelería, con la cuadrícula impresa.

Yo aprendí a contar en la barra de su bar, con esos libros.

No sé hacerlo de otra manera. —Hizo una pausa, y añadió, ya más bajito—: No me pidas que cambie el verde.

No sé qué contestó mi cara, porque mi cara hizo algo raro: se calló.

La mía, que siempre tiene una réplica en el bolsillo, se quedó sin monedas.

Porque entendí —con el golpe seco con que uno entiende las cosas que ya sabía— que aquel verde no era una decoración ni un capricho ni un vicio de oficina.

Era un altar doméstico, la única iglesia pequeña que Lucía Fernández se había permitido construir en treinta y un años de arquitectura contable. Y yo le había pedido que la pintara.

—El verde está bien —dije, por fin.

—Sí —dijo ella.