Capítulo seis — Las tres de la mañana #3
Y me levanté, cogí el ventilador —que era domingo pero ya nadie contaba la custodia—, lo puse enfrente de su mesa, y lo giré hacia ella, y volví a mi silla a tomar el aire del montón.
Ella no dijo gracias. Yo tampoco pedí perdón.
Manolo gimió una vez por la pared, y fuimos los tres, el ventilador y Manolo y yo, fingiendo que aquello no había sido lo que había sido, que era, en definitiva, la segunda especialidad de la casa.
Aquella misma tarde, cuando ella bajó al bar a abrir, hice algo que llevaba dos semanas evitando: miré la aplicación del banco de día.
De día, con luz, el número duele distinto: menos afilado, más ancho, como una factura vista al sol.
Doscientos catorce euros seguían siendo doscientos catorce euros, solo que ahora eran menos, porque entre cañas, periódicos y la cuota de un seguro que no recuerdo haber contratado, el agujero se come lo poco aunque uno no mire.
No sé por qué lo miré precisamente aquel domingo.
Quizá porque el edificio se vaciaba y los números también tienen estaciones, y agosto es la estación en que los míos se ponen de uniforme de luto.
Quizá porque llevaba dos días demasiado contento conmigo mismo —la cocina de las tres, el silencio bueno, una tarde entera sin tachar en vano— y mi economía interior tiene un guardián que castiga las alegrías sospechosas subiendo la factura.
El caso es que ahí estaba yo, con el móvil en la mano y la cabeza en la cuenta —en la Gran Cuenta, la que nunca cuadra—, cuando oí la puerta del patio.
Giré la muñeca, apagué la pantalla con el pulgar y metí el móvil en el bolsillo en un solo movimiento, de esos que llevan practicándose desde los trece años. Ella entró con el delantal en la mano, caliente, con la cara del mediodía de julio, y se sirvió agua.
—¿Qué hacías? —preguntó, sin malicia, con la jarra en la mano.
—Nada —dije—. El crucigrama del domingo. —Y levanté la libreta, que por suerte siempre está abierta por alguna parte, como los escritores de verdad.
Me creyó. O hizo como que me creía, que era la forma en que los dos perdonábamos en aquella casa.
Y yo quedé con la factura del gesto apuntada en alguna parte: porque mentirle ya me costaba, y porque el «nada» de aquella tarde era la primera mentira que le decía dentro de la cocina, y la cocina —la de las tres— se me había quedado pequeña para guardarla.
El domingo por la tarde, ya de vuelta del bar, subí a la terraza a devolverle la sección de deportes a Beni y me encontré el edificio en retirada.
Los Espejo salían con dos maletas grandes y las caras de agosto; don Cesáreo bajaba con un maletín y cara de dejar la guerra en manos del enemigo; en la calle, un coche con matrícula de Benidorm hacía señales de luces a alguien del cuarto.
Madrid se vaciaba por drenaje, calle a calle, y el barrio entero se ponía ese aire de escenario entre funciones que tiene la ciudad en agosto, ese aire de local cerrado con las luces mal apagadas.
Irene me lo confirmó en el bar, con la barra medio vacía delante.
—Semana que viene esto es un desierto con terraza —dijo—. Los de siempre se van, los de siempre se quedan, y los que se quedan fingen que lo han elegido.
—¿Quiénes se quedan? —pregunté, aunque la lista me la sabía.
—Irene. Yo. —Señaló con la barbilla hacia el portal—.
Pilar, que este año no se va a ningún sitio por primera vez en diez.
Remedios, que no se va nunca, que agosto es su temporada alta.
Beni, que no se va nunca y que ni siquiera tiene temporada baja.
—Hizo una pausa y me miró con el rincón del ojo—.
Y tú, por lo visto. Eres de los que se quedan, Álvaro.
No contesté. Irene tenía esa manera suya de decir las cosas importantes: sueltas, de pasada, con la naturalidad de quien pide la sal.
Y yo quedé pensando que los que se quedan en agosto en una ciudad vacía forman un género aparte, los supervivientes de verano, y que hasta hacía una semana yo me quedaba porque no tenía adónde ir, y que ahora había un matiz nuevo en la categoría que no supe nombrar hasta que doña Remedios me lo nombró ella.
Doña Remedios, que se quedaba —agosto era su temporada alta, decía ella, con el edificio entero para su redacción—, presidió la retirada desde su púlpito, y a las ocho de la tarde, cuando el último coche arrancó, el grupo amaneció con el mensaje del verano:
«Ya estamos solos. Que Dios nos pille confesados.»
Yo estaba en la cocina, a las ocho, en horario legal, con el té de la noche, y leí el mensaje dos veces. La primera me hizo gracia. La segunda me dejó el estómago frío, porque entendí que no iba dirigido a los que se iban.
Escribí esa noche, en la libreta, bajo las anotaciones de costumbre, una página nueva.
No era el capítulo cuarenta y tres, que seguía muerto en el ordenador.
Era otra cosa: un arranque nuevo, de cero, sin título y sin fecha, con una cocina y una taza y un decimal movido de sitio.
Escribí dos párrafos y los taché. Luego los escribí otra vez.
Luego me dormí con la libreta abierta sobre el pecho, y soñé que alguien releía sus peores correos en voz alta y que, por primera vez en tres años, no dolían.
Nos quedábamos nosotros.