Capítulo siete — Agosto fantasma
Blanca se fue el lunes a primera hora, con un taxi, dos maletas y la expresión de una general que deja el frente en manos de dos oficiales que sabe que son buenas pero que son, en el fondo, suyas.
Le regalamos la despedida en la puerta del bar: Irene con los brazos cruzados, yo con la libreta roja —por costumbre, no por trabajo— y doña Remedios asomada a su persiana, porque Blanca era de las pocas personas que salían del edificio y merecían cronica.
—Que conste —dijo Blanca desde la ventanilla del taxi, serena como un cierre— que lo he dejado todo cuadrado. Lo que no esté cuadrado, no existía.
Y se fue. El taxi dobló la esquina de la calle del Pez y Madrid, a esa hora de la mañana de agosto, ya se había quedado vacía de verdad, con el vacío de los supermercados a la hora de la siesta: todo en su sitio, todo muerto.
Agosto fantasma. Yo lo llamo así desde hace años y lo digo sin maldad: agosto en Madrid es una ciudad que se va de casa y deja las luces encendidas para que los ladrones crean que sigue viva.
Los semáforos trabajan turnos completos para calles sin un solo coche.
La farmacia de la esquina, que en junio tenía cola de doce, atendió el miércoles a una sola persona, una señora con una bolsa de hielo, y la dependienta salió a la puerta a despedirla, que es lo más parecido a un acontecimiento que vive una farmacia en agosto.
Los turistas seguían llegando en manadas hacia Gran Vía, pero la calle del Pez, nuestra calle, se quedó en manos de los de siempre: la frutería de la esquina, que abre los trescientos sesenta y cinco días porque tiene sus propias leyes y sus propios santos; Beni, que no tiene adónde ir porque el bar es su casa y su casa es el bar; y nosotros, los de la lista del domingo.
Con Blanca fuera, el bar pasó a régimen de guerra suave: Irene y yo nos repartíamos los turnos por la libreta roja —mañanas suyas, tardes mías, noches de las dos si hacía falta, que en agosto no hacía falta— y la clientela se redujo a una fauna de supervivientes.
Los turistas de paso, que preguntaban por la Plaza Mayor con mapas sudados; los mensajeros de las apps, que paraban cinco minutos a la sombra de la terraza y se tomaban el agua como si fuera la última del desierto; un matrimonio de profesores holandeses que vinieron tres días seguidos a las siete de la tarde a tomar el mismo vermut y a sentarse en la misma mesa con la devoción de los peregrinos; y Beni, que empezó a venir a las dos comidas.
Dos comidas. Yo se lo apunté en la libreta roja sin comentario: en agosto, la gente come cuando puede y Beni comía donde quería.
El lunes por la tarde, faltaba una hora para mi relevo, sonó el móvil con el mensaje de voz de Valencia. Blanca mandaba una foto de una paella con proporciones de ingeniería civil y, debajo, la frase de despedida que yo sabía que llegaría:
«Que conste que echo de menos el inventario.»
Se la enseñé a Irene. Irene sonrió con la mitad de la boca, que es su manera de echar de menos sin romper la disciplina.
—Dos semanas —dijo—. Aguanta dos semanas y vuelve echando de menos a todo el mundo menos a nosotras.
—Echo de menos el inventario —repetí yo—. Ni la playa, ni la paella, ni la hermana. El inventario.
—Blanca —dijo Irene, solemne como una ley natural— no echa de menos personas. Personas, el inventario.
Y la obra. La obra sí trabajaba.
Pero antes de la obra, un apunte de agosto fantasma que quiero dejar en acta, porque define la semana: el martes por la noche se nos acabó el hielo a las nueve y media, y el hielo en un bar de agosto es como la gasolina en un coche de carreras, no admite sustituciones.
Cerré la caja, cogí la bolsa isotérmica y me planté en la puerta del bajo, calculando la ruta más corta a la gasolinera que vendía cubitos.
Álvaro bajó las escaleras con sus llaves y su gorra de escribir, y se ofreció a acompañarme antes de que yo abriera la boca.
—Es por hielo —dije—. No es una expedición.
—En agosto fantasma —dijo— todo es una expedición.
Y lo fue, en efecto. La calle del Pez entera estaba sin un alma; los toldos de las tiendas bajados, las persianas de las terrazas cerradas, y los semáforos de la glorieta cambiando con su puntualidad de funcionario de verano, rojo, ámbar, verde, rojo, para un público de cero peatones.
En la esquina de la plaza, el buzón de Correos seguía tragando cartas que nadie recogería hasta septiembre.
Cruzamos tres calles sin cruzarnos con nadie, y yo pensé que llevaba años viviendo en ese barrio y que nunca lo había visto entero, que siempre lo veía en vertical —del bajo al bar, del bar al bajo, la ruta del pan y de las facturas— y que aquella noche, caminando en horizontal por el medio de la calzada como dos dueños de un pueblo pequeño, lo veía por primera vez de perfil.
—¿Te fijas? —dijo él, señalando con la barbilla un escaparate de una tienda de lámparas, cerrada, con las lámparas encendidas para la noche—. Toda la ciudad está mirando para adentro con las luces puestas. Como nosotros a las tres de la mañana.
—Compara poco —dije—. Que no vamos a llevarte la contraria.
Gasolinera, cubitos de hielo, y de vuelta una cola de un minuto detrás de un hombre que compró dos sandías y un ventilador de los pequeños, el equipaje exacto de un superviviente. Álvaro lo miró con admiración profesional: los supervivientes se reconocen entre sí.
—Ese hombre —dijo al salir— ha entendido agosto.
—Ese hombre —dije— ha hecho la compra de su vida en una gasolinera. Que conste que el ventilador pequeño es una traición a la especie.
—Los ventiladores pequeños —dictaminó él— son el café descafeinado del aire.
Lo apunté en la libreta roja. Hay frases que se roban en caliente.
El lunes por la mañana, mientras Blanca ya estaría cruzando la A-3 con su carpeta de tres hojas en el regazo, entró en el trasbar la cuadrilla de derribo con el visto bueno urgente de doña Pilar, que había firmado la reparación de emergencia —y con ella la derrama de conservación, que las urgencias no necesitan unanimidad ni junta: firma de presidenta y certificación de la administradora— en el tiempo exacto que tarda una presidenta decidida en firmar una cosa que lleva meses decidida.
Yo no pregunto por los papeles de la obra: en mi experiencia, los papeles de las obras son como los papeles de los bancos, se miran cuando salen mal.
Lo que sé es lo que vi: el almacén acordonado se convirtió en un almacén sin paredes, y donde antes vivían estanterías de cristalería vieja y cajas de recambios que nadie recordaba comprar, el martes al mediodía había ya una montaña de escombro ordenada, dos obreros con la camiseta empapada y un polvo fino que se colaba hasta la barra del bar.
—Esto huele a futuro —dijo Irene, aspirando con solemnidad la primera mañana del derribo.
—Esto huele a factura —dije yo—. Pero sí, es el mismo olor.
Doña Pilar bajó a la obra el mismo lunes, con el abanico y una carpeta de las suyas, y recorrió el trasbar en ruinas controlada como una propietaria ante su yacimiento arqueológico.
Encontró, entre los restos de la pared del almacén, la placa de cerámica del año de fundación del bar —Ramón la había encargado en mil novecientos noventa y seis, con una naranja partida por la mitad y la letra de un pintor de rótulos de la calle—, la limpió con el pañuelo del bolso y me la entregó con las dos manos, como se entregan las cosas que mandan.
—Guárdela usted —dijo—. Las platas y las placas no las guardan los obreros.
La tengo sobre la barra desde entonces, con la naranja mirando a la calle.
Irene le puso al lado un vasito con flores de plástico de la tienda de la esquina, y la combinación, para ser sincera, es de lo más feo que hay en el bar, y ninguna de las dos lo ha movido ni lo moverá, que hay objetos que se colocan solos en el corazón de un local sin consultar con la estética.
Manolo, en la pared del pasillo del bajo, amaneció vocinglero.
La tubería provisional de Genaro, que llevaba dos semanas gimiendo su queja de vieja, descubrió con el derribo un eco a su escala: los golpes de mazo de arriba le daban la rítmica y él contestaba con su gemido grave, y durante toda la semana el edificio entero sonó a dúo.
El escritor lo bautizó primero: la obra cantaba, Manolo respondía, y eso, me explicó en la cocina de las cuatro de la tarde, con el ventilador en su día impar, era un coro.
—¿Has oído alguna vez a dos viejos cantar juntos en una plaza? —preguntó—. Pues eso, pero con más moho.
—¿Y tú qué sabes de moho? —dije—. Llevas dos semanas escribiendo con Manolo de fondo.
Se quedó quieto con la cuchara en el aire, y luego dijo la frase que yo llevaba tres días queriendo oír sin saberlo:
—Escribo más. No sé por qué. Llevo años buscando silencio para escribir, años de cerrar ventanas y poner tapones y odiar obras, y ahora la cuadrilla pica arriba y Manolo gime aquí y yo escribo tres horas seguidas como si me pagaran.
—Se encogió de hombros—. Hasta he escrito con el taladro.
Hay un párrafo entero que tiene compás de taladro. No sé explicártelo.
—No hace falta —dije—. Es el ritmo. A mí me pasa con la caja registradora: redondeo mejor con el ruido de la barra que en silencio. El silencio es para cuando ya sabes lo que piensas.
Me miró como me mira cuando robo una frase de las suyas, que últimamente era a menudo.
—¿Y qué escribes? —pregunté, porque la pregunta llevaba dos semanas en la cocina dando vueltas con el ventilador.
—Lo de siempre —dijo, demasiado rápido, y enderezó la espalda, que es lo que se endereza cuando uno ha dicho una verdad a medias—. El libro atascado. Las cuarenta y dos páginas eternas.
—Álvaro —dije—, llevas dos semanas escribiendo tres horas al día. Eso no son cuarenta y dos páginas eternas. Eso son páginas nuevas.