Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo siete — Agosto fantasma #2
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Capítulo siete — Agosto fantasma #2

No contestó. Removió la cuchara en la olla de las ollas difíciles, y la cocina entera olió a sofrito, y yo supe —lo supe con la certeza de los cierres— que acababa de pisar un terreno que no estaba en ninguna cláusula: el cláusula octava le protegía el manuscrito de mis comentarios, no de mis preguntas, y yo acababa de hacer una pregunta.

—Perdón —dije—. Cláusula octava.

—No ha sido el manuscrito —dijo él, muy bajito—. No ha sido eso lo que has tocado. —Y me miró, y la cocina se quedó quieta—. Pregúntame otra cosa.

—¿Qué escribes?

—No lo sé todavía —dijo—. Esa es la verdad entera. Escribo algo que no sé lo que es, y llevo tres años sin hacer eso, y tiene tanto miedo como yo.

Cenamos en silencio los dos, con el arroz de compás de taladro, y yo apunté en la libreta roja, con la puerta de la cocina cerrada para que no lo oyera: «Escribe algo que no conoce. Peligroso para él. Para mí también.»

Álvaro, en aquella semana, me dio dos datos nuevos para el Expediente, uno por cada muñeca.

El lunes noté que el reloj bueno, el de pulsera de acero que llevaba desde que yo lo conocía, había desaparecido, y en su sitio lucía un reloj de pulsera de plástico negro, digital, de los de quiosco.

No dije nada: la gente cambia de reloj, los relojes se rompen, agosto es el mes de los relojes baratos.

Pero el dato se apuntó solo, sin orden mío, en la columna de incógnitas.

La gente que cambia un reloj bueno por uno de quiosco no ha cambiado de reloj: ha cambiado de prioridad, y la prioridad nueva lleva correa de plástico.

El segundo dato no llegó de su muñeca: llegó de la barra, y fue Beni quien me lo dio, aunque él no lo sabía.

Fue el miércoles por la noche. El bar estaba vacío —Beni, su vaso, un turista con el periódico de cabo a rabo que había pedido dos cafés en tres horas y que yo ya había incluido en el inventario como planta fija— y yo hacía la cuenta de la obra entre servicio y servicio, con la libreta roja abierta en la barra.

Irene había subido a dormir; la cocina estaba cerrada; el único ruido era Manolo, el gemido tranquilo de las noches sin cuadrilla.

Beni me observó un rato. El viejo tiene un radar para el silencio ajeno que en otro cuerpo sería inquietante y en el suyo es un oficio, como el de Remedios pero al revés: ella vigila la calle, él vigila por dentro.

—Ese muchacho está escribiendo —dijo de pronto, sin que hubiéramos hablado de Álvaro en toda la tarde—. Se le nota en la cara. Cuando uno está escribiendo, se le acomoda la cara.

—¿Y no escribía antes? —pregunté, porque uno pregunta lo que ya sabe para oírlo en voz de otro.

—Antes estaba guardado —dijo Beni—. Ahora está escribiendo, que no es lo mismo.

—Bebió un trago largo—. Yo vi lo mismo en mi cuñado cuando dejó el autobús.

Veinte años conduciendo de noche, y el día que se jubiló se puso a contar historias de pasajeros, y le salieron tres años de historias de golpe.

Lo que guarda uno, se aguarda. Lo que se aguarda, sale cuando sale.

—¿Y el libro suyo? —dije, señalando con la cabeza el estante del rincón, donde la librería del bar guardaba su ejemplar de «Los días eléctricos» con la dedicatoria de cuando era un éxito y el cartelito de «preguntar al dueño» que Irene se empeñó en ponerle.

—Ese —dijo Beni, con el respeto de siempre a las cosas ajenas— lo he leído yo entero.

—¿Entero?

—La contraportada entera —matizó—. Y le digo una cosa: el muchacho escribe malo cuando está guardado. Está usted mirando sus cuentas con miedo, Lucía, y yo le digo que el muchacho no da miedo: da pena, que es distinto, y la pena se arregla antes.

Yo dejé de contar. El turista de los cafés dobló el periódico y fingió no estar presente, que en este bar todos aprenden rápido.

—¿Qué cuentas miro con miedo? —dije, a la defensiva, con la libreta cerrada sobre la palma.

—Las de arriba —dijo Beni, señalando el techo con la barbilla, hacia el segundo, hacia Manolo—. Las del bolsillo. Usted mira las cuentas del bolsillo ajeno como si fueran las suyas, y eso, hija, es un síntoma que no aparece en ninguna tabla.

Me quedé callada un rato. Fuera, en la calle vacía, un semáforo cambió de rojo a verde para nadie, con la disciplina de los funcionarios de verano.

—Tú no sabes nada, Beni —dije al final, con la voz que uso para las cosas que no son ciertas.

—No —dijo él—. Pero usted sí, y no me lo ha contado. Buenas noches, niña.

Se llevó el vaso al escurreplatos —sistema inventado por Irene, pecado de gente que quiere demasiado a los vasos— y salió con su paso de relojero.

Yo me quedé con la libreta cerrada en la mano y el dato nuevo apuntándose solo otra vez: que Beni, que solo lee contraportadas, había leído mi cara entera.

Lo peor es que tenía razón, y la tenía por partida doble.

Yo había pasado la semana mirando las cuentas del bolsillo ajeno —el reloj de quiosco, el sobre viajero, las facturas dobladas a lo bruto— como se mira lo propio, porque las miraba con la cara de quien ya sabe lo que hay dentro: no se cierra la persiana de un bar entero por un voto de principios.

Se cierra por una cifra. Y si la cifra tiene nombre y apellidos y duerme en la habitación de enfrente, la cuenta pasa a ser de esas que no se apuntan ni en la libreta roja.

Aquella noche hice algo que no hacía desde el jueves de la junta: saqué la tabla de la reforma, la de las treinta y una filas, y la miré de arriba abajo buscando la fila en la que el señor del segundo tuviera su sitio.

No estaba. Mi tabla era de puertas y de dinero, no de personas.

Y la reforma, si me apuraban, se estaba convirtiendo en otra cosa que no figuraba en ninguna fila: en el único proyecto que tenía en marcha aquel verano, y el único que no sabía acabar.

El jueves fue el día en que Irene me hizo la pregunta.

La obra descansaba los jueves por la tarde —no sé si por ley del gremio o por pacto con el calor, pero los jueves por la tarde el trasbar callaba—, y yo aproveché la calma para bajar las cuentas de la obra a la mesa del rincón con tres informes impresos: el de gastos, el de plazos y el de flujo.

Irene se sentó frente a mí con una manzanilla y la cara del momento esperado, que es una cara que conozco bien porque la tengo yo.

—Lucía —dijo—. Te hago una pregunta y me la contestas de verdad, no con informes.

—Tira.

—¿Tú estás salvando este bar —señaló la barra, la cocina, el local entero con una vuelta de muñeca— o estás salvando el de tu padre, el que no se salvó?

El aire se quedó quieto. Manolo, dos metros por encima de nuestras cabezas, eligió aquel segundo exacto para gemir, con su puntualidad de aparecido.

Yo tenía preparadas tres defensas —los tres informes estaban ahí, en la mesa, con sus pestañas—, y las usé todas en veinte segundos: flujo de caja a veinticuatro meses, estructura del edificio, normativa del trasbar.

Irene escuchó con educación, asintió en cada pestaña, y cuando acabé me repitió la pregunta entera, palabra por palabra, sin cambiar ni el orden.

—Este bar lleva treinta y un años abierto —dije al final, con la voz más baja de lo previsto—. La media de vida de un bar de barrio son nueve. Lo demás son adornos.