Una pared y dos insomnios (Las del bar 2) Capítulo siete — Agosto fantasma #3
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Capítulo siete — Agosto fantasma #3

—No has contestado —dijo Irene, suave.

—He contestado con números —dije—. Es mi manera de decir que no puedo contestar de otra.

Irene no insistió. Irene nunca insiste: apoya la barbilla en la mano, te mira con esa cara de perro que ha olido la tormenta, y te deja el trueno a ti.

Yo recogí los tres informes, los alineé, y en la libreta roja, después de mucho no escribir nada en la pestaña del Expediente, escribí en la de convivencia: «Irene me ha preguntado. No he contestado. Anotado.»

Me lo quedé mirando un rato, esa línea. Porque era falsa, y las líneas falsas en mi libreta son las únicas que duelen: yo sí había contestado, con la única respuesta que tengo, que es un número.

Treinta y un años contra nueve. La cuenta de mi padre se cerró en once, cerrada a las tres de la mañana entre dos personas y una caja vacía, y yo tenía veintipocos años y sufría ya de los cierres, y desde entonces no he dejado de llevar la cuenta de ningún bar que me dejaran cerca.

Eso es lo que no le dije a Irene. Eso es lo que hay detrás de los informes, de la reforma, de la guerra de las puertas, de todo.

Un bar que se cerró una noche de verdad, con luz apagada y persiana echada, mientras el barrio dormía.

No pienso contarlo entero ni aquí ni ahora: baste el registro, y baste que Irene, que me conoce desde antes de saber contar, haya formulado la pregunta exacta.

Las preguntas exactas son la mitad de las respuestas.

Aquella noche, al cerrar, el calor no había cedido ni un grado.

Madrid entera dormía con las ventanas abiertas como una boca cansada, y en el bajo interior el aire estaba parado de tanto estar.

Yo hice lo que hago siempre en esas noches: saqué el ventilador al patio, puse dos sillas, y me senté a hacer cuentas al aire de las doce, que es el aire menos malo del día.

Oí la puerta. Álvaro salió con dos vasos de agua con limón —había aprendido, sin consultar con nadie, mi manera de tomar el agua de agosto— y se sentó en la otra silla.

—Esto es un consejo de administración —dije, porque había libreta roja en mi regazo.

—Entonces informo —dijo él—. Mañana no hay obra. Los obreros descansan, el trasbar descansa, Manolo descansa si le dejan. —Señaló con el vaso hacia el patio abierto, hacia el edificio, hacia la calle—. Mañana, Lucía Fernández, Madrid es nuestro.

Lo dijo sin retórica, con la naturalidad de quien anuncia que mañana no llueve. Y yo, que llevaba una semana mirando cuentas con miedo y un mes sin pisar la calle para nada que no fuera proveedores, sentí una cosa tonta y caliente subirme por el pecho, una cosa sin asiento contable posible.

Antes de eso, sin embargo, estuvimos un rato hablando de nada, que era la especialidad del patio a esas horas.

Le conté lo de los once euros del delantal y lo encontré funambulesco; él me contó que Galdós el geranio había dado una flor —una sola, amarilla, «como un sol de segunda mano»— y que la había fotografiado para la posteridad; yo le dije que fotografiar flores era de tías y de abuelas, y él dijo que las tías y las abuelas eran los únicos críticos de arte incorruptibles que conocía.

El ventilador, que había salido conmigo en concepto de custodia nocturna —anexo silencioso, redactado esa misma tarde en diez segundos y sin firmar—, nos miraba desde su esquina con su cara de aparato doméstico.

—Oye —dije, cuando el agua con limón se acabó y el silencio se puso cómodo—. ¿Por qué me dijiste eso, el otro día? Lo de «pregúntame otra cosa».

—Porque era la única que te iba a hacer falta —dijo—. La gente siempre pregunta lo que puede soportar.

—¿Y tú qué sabes lo que yo puedo soportar?

—Nada —dijo, con una sinceridad que me descolocó—.

Por eso estoy aquí, averiguándolo. —Se bebió lo último del vaso, mirando al patio—.

Es lo único que estoy escribiendo de verdad este verano, si te soy honesto: una investigación sobre lo que puedes soportar tú.

Es malísimo. No tiene trama. Estoy enganchadísimo.

Yo no supe contestar a eso. La libreta roja me pesaba en el regazo como un ladrillo cariñoso. Así que hice lo de siempre: cambié de asiento el tema, lo llevé a terreno llano.

—Madrid es nuestro —repetí, recuperando su frase para probar cómo sonaba.

Sonaba bien. Sonaba a día impar y a día par a la vez, a algo que ningún anexo del ventilador preveía.

—Trato hecho —dije, por segunda vez en mi vida, y esta vez ni siquiera fue a las tres de la mañana.

Nos levantamos, recogimos los vasos con la eficiencia de la práctica compartida, y en la puerta del bajo nos cruzó doña Remedios en bata, que bajaba a por el periódico del día siguiente con la puntualidad de un editor jefe.

Nos miró: el ventilador en brazos de él, los vasos en las manos de ella, la libreta roja bajo el brazo.

—Consejo de administración —dije yo, preventivamente.

—Ya —dijo doña Remedios—. Eso decían los de mi época también.

Y bajó la escalera riéndose sola, que es el privilegio de su oficio: informar y reírse la última.